Corona de humo 5 La sangre no quiso esperar #2
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5 La sangre no quiso esperar #2

Sigo de largo. Pese a ser un pueblo pequeño, los letreros en algunos comercios me permiten saber que cuentan con todo lo indispensable para no tener que cruzar a la ciudad principal; al menos, lo más necesario.

Esta es una versión miniatura de Endellion.

No me equivoco, hay una taberna abarrotada de caballeros, algunos ya ebrios. Tengo sed; debo recuperar el aliento.

Llego hasta la barra y me dejo caer en un taburete alto, cuidando todo el tiempo mantener mi rostro oculto. Los instrumentos de viento, característicos de nuestras tierras, suenan; el humo de los hornos huele a pan y semillas.

—¿Tienes edad para estar aquí?

—Solo quiero un poco de agua —expreso con la voz más grave que puedo.

—¿Agua? Niño, deberías estar durmiendo en casa —El tabernero pone un tarro con cerveza frente a mí.

Ríe ante mi silencio. Lo hace deslizarse hasta el final de la barra, donde es interceptado por un hombre, quien, tan pronto como lo tiene en sus manos, le da un gran sorbo. El sonido de otro tarro estrellándose me hace regresar a mi sitio; por suerte, esta vez es solo agua.

No sabía que tenía tanta sed, me lo acabo casi en un respiro.

—¿Buscas a alguien?

—No, disculpe. Solo me resulta curioso. En Endellion, lugares como este están abarrotados de mujeres que atienden a los clientes y ofrecen sus servicios.

—¡Ya! ¿Así que eres demasiado joven para tomar cerveza, mas no para fornicar con una plebeya? Si tetas es lo que buscas, no las encontrarás aquí.

—¡No es eso a lo que me refería! —Me sonrojo. Agradezco que este hombre no pueda ver mi cara.

—Las mujeres en Sora son escasas. ¡Una maldición para mi taberna! Si Vlad o sus hijos se enteran de que tengo alguna por aquí, vendrían ya mismo a sacarla a rastras y llevarla a su cobertizo.

—¿Qué hay ahí? —cuestiono, casi sin darme cuenta—. Suena interesante —vuelvo a agravar mi voz.

—Sora es un lugar un tanto peculiar, como ya te habrás dado cuenta. Aquí la mayoría somos solo hombres.

—¡Salud! —Todos en el lugar entonan al unísono al escuchar tal afirmación.

—¿Es por eso que hay tantas tumbas con nombres de mujeres y muy pocas de hombres?

—Eres muy observador, pero no; eso es un trofeo personal de Vlad. Un recordatorio de que aquí el destino de todas las mujeres está en sus manos.

—¿Quién se encarga de los deberes del hogar o de traer hijos al mundo?

—Veo que no sabes cómo funcionan las cosas aquí. ¿De dónde dijiste que venías, niño?

—De las afueras de Endellion; y no se lo dije.

—Estás muy lejos de casa. Aquí nuestras mujeres son elegidas por el mismo Vlad. Solo las muy valientes o enamoradas siguen entre nosotros.

—¿Enamoradas?

—No encuentro más explicación para quedarse y afrontar tales humillaciones. Muchas prefieren perder la vida intentando huir antes que seguir su destino.

—¿Podría ser más específico?

—¡Mucho interés, jovencito! ¿Qué eres tú, un caballero que viene a rescatarlas?

No respondo. Él sigue en lo suyo, limpiando tarros y sirviendo bebidas.

—Nuestras esposas… —Regresa hasta mí después de un rato—. Todas han sido de Vlad; aquí la noche de bodas le pertenece a él y a sus hijos. Es la prueba de amor absoluto; solo él puede asegurarnos que son dignas.

—¿Dignas? Suena más como un castigo. ¿Y ustedes lo permiten?

—No tenemos muchas opciones: lo aceptamos o nos quedamos a complacernos los unos a los otros.

—Eso es desagradable.

—Al menos, después de esa noche, tenemos la certeza de que nuestras mujeres están realmente enamoradas.

—¡Vaya autoengaño! No imagino a papá tolerando que mi madre sea de alguien más. ¡Ni por una noche!

—Es afortunado; aquí las cosas son como son.

Regresa a tu casa antes de que los horrores de Sora te atrapen.

—¿Qué horrores?

—Veo que no has llegado a la plaza central.

Te sugiero no hacerlo. Se necesitan muchas agallas para pasearse por ahí.

Nuestras tierras están malditas con tantas muertes.

Vlad tortura por diversión. Es capaz de mutilar y desmembrar a cualquiera que se atreva, incluso, a malmirarlo.

El rey Cassius trae a muchos de sus condenados aquí para que su hermano se encargue del trabajo sucio.

—¿Los gritos que se escuchan desde el muelle?

—Es una posibilidad; aquí estamos tan acostumbrados que a veces ya ni los notamos. Gente siendo torturada o simples susurros del viento, ya da igual. ¿Ahora que lo sabes, qué piensas hacer, muchacho?

—No me iré sin lo que he venido a buscar; son más importantes que mi propia vida.

—Buena suerte, entonces. Y que los cielos te protejan.

Salgo de la taberna. Al menos ahora sé adónde dirigirme.

Llegar al castillo implica pasar por la plaza central; es el único acceso, y ya entiendo por qué.

El miedo es la protección natural: no necesitan más murallas que los cuerpos de los que han perecido.

Es la perfecta prohibición para no ir más allá.

El olor a sangre fresca se vuelve más penetrante con cada paso. Sí que se necesitan agallas para pasearse por aquí. Me tiemblan las piernas y debo haber palidecido. Máquinas de tortura con sangre fresca revelan el horror. La hoguera central arde con fuerza, señal de que algo aún se consume dentro.

Salto ante un ruido metálico en medio de la oscuridad.

Sobre mi cabeza cuelga una jaula. En su interior, un condenado hace sonar los barrotes con el hueso de su propio brazo, desprovisto de mano y con la carne seca.

Los animales han dejado huesos a la vista en varias zonas expuestas de su delgado cuerpo.

—¿Cómo es que sigue con vida?— Su ojo cuelga de la cuenca izquierda, y aves carroñeras tratan de alcanzarlo con desesperación.

Sin pensarlo, arrojo una piedra para alejarlas.

Me pregunto si debería tener piedad de ese hombre y acabar con su sufrimiento.

—Mi puntería es muy buena— Bastaría con lanzarle la daga directa al corazón.

Pero es la única que me queda, así que soy egoísta.

Debo mantenerme a salvo hasta el final del recorrido.

Personas se acercan. Me escondo tras una gran pila de leños, con el tiempo justo.

¡Vlad!

Su voz se me ha vuelto inconfundible y escalofriante.

—¡Qué gran noche, hermano!

Parece eufórico; suena como si palmeara la espalda de alguien.

—¡Suéltame, bastardo! Que no se te olvide ni por un maldito segundo que soy tu rey.

La afirmación tras esa voz ronca me hace querer verlo. En mis catorce años de vida, nunca había estado tan cerca de nuestro gobernante supremo. No parece tan intimidante como me lo han hecho creer.

Sus facciones rígidas imponen mucho más que su altura y delgadez. El cabello cano lo hace lucir mayor. Lleva el cuerpo cubierto de joyería y su capa se ondea con el viento. Si bien su aspecto no parece tan aterrador como el de su hermano, su mirada sí que lo es. Esos ojos oscuros irradian maldad.

—¿A qué más debo su gloriosa visita, «Majestad»?

Solo Vlad se atrevería a usar un tono sarcástico con el rey.

—Una mujer ha ido hablando por el pueblo. Asegura que has robado a sus hijas.

Debe tratarse de mi madre. Ella amenazó con ir ante el rey si no las recuperaba.

—Rumores, al fin y al cabo. No creerás lo que una loca acuse o demande.

—El reinado de mi padre se caracteriza por ser despiadado contra todo el que se atreva a perturbar sus leyes.

El joven al lado del rey se ha expresado —lo ha llamado padre—. El príncipe heredero, Lucien. Trato de visualizarlo mejor. Demasiado alto para su edad. Nero dice que tiene apenas dieciocho años.