Corona de humo 5 La sangre no quiso esperar
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5 La sangre no quiso esperar

Y corrí como si aún pudiera salvarlas.

MARLOWE

Le ofrezco un poco de té a mi madre; apenas logra beber, respirando por puro instinto. La mezcla que prepara la madre de Nero es lo único que la mantiene en calma. Hace casi dos lunas que Vlad se llevó a Alys y a Emel.

La mujer frente a mí es solo un cuerpo vacío; su alma se fue con ellas.

Mi padre, por primera vez en su vida, parece afectado. No esperaba nada de lo que pasó. Y aunque fue él quien las ofreció como pago, sus ojos lloran, conscientes de que habría sido más misericordioso matarlas él mismo que enviarlas a Isla Sora.

Termino de cepillar el cabello de mi madre. Sus ojos, clavados en el fuego de la hoguera, arden.

Me descubro observando las llamas al igual que ella, como si en ese crepitar tembloroso pudiera encontrar una señal, algo que me diga que mis palabras no fueron en vano.

Pero aquel fuego solo cruje indiferente.

Roto, como la promesa de protección que les hice.

Mi pulso se acelera; cada latido me recuerda que fallé.

Cada segundo que respiro aquí es una tortura.

Me quedo quieta con el cepillo entre los dedos, intentando contener el odio que ahora siento por Vlad, pero también por mí.

—Las traeré de vuelta —susurro, besándole la sien.

—Te lo juro. —Limpio mis lágrimas con rabia, con esa necesidad imperativa de salir huyendo.

—Debí haber hecho más por detenerlos. —Corro a la casa vecina, como si el aire rozando mis mejillas pudiera salvarme de mis pensamientos. Es la impotencia que me asfixia.

La señora Doris ha estado cuidando a Freya. Mi bebé —aunque no sea mía— es lo único que me queda de ellas. Necesito estrecharla contra mi pecho para sentir que aún puedo con esto.

Me detengo al ver en su entrada un par de soldados con banderines de las tropas de Endellion.

Nero abraza a sus padres.

—¡Así que era cierto!

Él se va, se unirá a la Guardia Real. Nuestras miradas se cruzan. Paso de largo, siguiendo el cauce del río. Ya volveré por Freya después.

—¿Podrían esperarme un poco? —lo escucho decir.

—Cinco minutos, chico.

Sus pasos apresurados me siguen. Nero ya no es mi amigo; acabo de decidirlo. No quiero saber más de él.

—Mar, espera. Por favor. —Me alcanza más adelante.

—No. —Me zafo. —¿Por qué no me lo dijiste?

—Porque no quería entristecerte.

Me abraza y yo estallo, rebasada por la emoción. Hay dolor, culpa y noches sin dormir.

—¿Qué voy a hacer si no vuelves? Ese lugar es peligroso. Las historias que cuentan tu padre y Caiseth…

—Mi hermano es un idiota —dice—. Yo soy mejor guerrero que él. No te preocupes, volveré. Lo haré por ti.

—Nero, no te vayas. —Me aferro a su túnica con desesperación, sintiéndome al borde de un abismo.

—Debo hacerlo; es un llamado real, pero regresaré. ¡Te lo prometo! Seré el mejor guerrero y ahorraré todo el dinero que pueda para comprar una casa y, cuando lo haga, me casaré contigo .

Recoge mis lágrimas con sus pulgares y yo me pierdo en su sonrisa. «Creo en él». Desde niños, nunca me ha fallado.

Enlazamos nuestros dedos por última vez, antes de verlo partir con los soldados que lo escoltarán a palacio.

Sus padres se quedan tan dolidos como yo.

Si alguien conoce todos los peligros que le esperan, ese es Beirne.

Pido al cielo que su hermano mayor lo cuide y lo traiga sano y salvo a casa. A nuestro hogar.

Cuarenta lunas parecen pocas. Mi madre aún se levanta gritando por las noches. Mi contención se ha ido a la guerra y, con él, la estabilidad de pensar antes de actuar. No puedo resistirlo. Mi familia está rota y yo prometí que devolvería a mis hermanitas a casa.

Me cuelo sigilosa en la casa vecina. El armario donde tantas veces ayudé a guardar las armas de Beirne yace frente a mí. Su hijo me odiará por esto, pero es solo un préstamo. Las devolveré a mi regreso.

«¡Si logro hacerlo!»

Espero hasta que mis padres concilian el sueño y emprendo el viaje.

El miedo se apodera de mí al visualizar tan de cerca la monstruosidad que es el castillo de Endellion.

Lúgubre e imponente, se alza como una maldición tallada en piedra.

Sus colosales torres con techos de aguja parecen tan altas que perforan las nubes, desafiando el cielo y a la luna misma.

Enredaderas trepan los oscuros muros, como si quisieran embellecer las paredes corroídas por el tiempo y la barbarie.

Sus alrededores, abarrotados de pequeñas casas de roca caliza y tejados grisáceos, se apretujan entre las sombras.

Las farolas apenas titilan. Muestran calles vacías, con caminos serpenteantes de piedra y barro que conducen hacia todos lados.

Laberintos que parecen haber sido construidos para que nadie salga de aquí con vida.

Me acerco al embarcadero del que se llega a la Isla Sora, y el bullicio de las tabernas se vuelve cada vez más lejano. Solo queda el repiqueteo del agua contra los pilares del muelle y el canto de la fauna silvestre de los alrededores.

El hedor a algas podridas se intensifica. Atrás queda el olor a carne seca, vegetales encurtidos y bebidas fermentadas. El fango húmedo me cubre las botas y el frío me cala hasta los huesos.

Humo se alza desde la chimenea de barro de una pequeña choza a orillas del lago. Debe ser el cuidador del muelle. Lo sé por las redes cubiertas de moho que descansan entre las barcazas.

Me detengo un instante. Solo un minuto basta para acomodar la túnica vieja que ahora oculta mis formas. Y carraspeo la garganta, anunciando mi presencia.

—¿Quién anda ahí? —El vigilante sale de su morada.

Su tono hostil me pone en guardia. No llegué hasta aquí sola y tampoco pienso irme así. Me acompañan el par de dagas y la espada que robé del armario de los Callahan.

—Necesito cruzar a la Isla —anuncio.

—No —responde, riendo.

—No es una sugerencia, debo ir allá.

—Vete a tu casa, niño.

—No lo haré. ¿Puedes ayudarme o tendré que obligarte?

—¡Insolente muchachillo! ¿Qué te has creído? —Intenta tomarme por el cuello.

Soy más rápida; desenvaino la espada sin pensarlo.

—Ya, ya… bravucón —cede al fin.

—Vas a cruzarme —ordeno.

—No será gratis. ¿Qué tienes para ofrecer?

No mucho, a decir verdad.

—Una daga de la mejor calidad —respondo, mostrándosela.

—Es de la Guardia Real. Perteneció a algún miembro de los Mercenarios de Endellion, uno de alto rango. ¿Cómo la conseguiste?

—Maté a quien la poseía, y puedo enviarte a hacerle compañía con solo un movimiento.

—¡No me digas! —Su sonrisa vuelve—. Necesitarás más que suerte para salir de esa Isla. ¡Trato hecho! —Guarda la daga—. Te llevaré. Pero para volver, tendrás que esperar a que amanezca o ingeniártelas solo.

Claro, si sobrevives la noche.

—Acepto.

Doy por cerrado el trato y subo a la pequeña balsa. El transportista se acomoda y comienza a remar. Es un trayecto corto. Quince minutos sin detenerse. La neblina se intensifica a medida que nos acercamos al muelle del otro extremo. Las farolas titilan con el aire gélido.

Sora es una pequeña porción de tierra en medio de un lago, integrada en las tierras interiores de Endellion. Se le concedió al hermano menor del Rey Cassius para que jugara a gobernar. Aunque es ridículamente insignificante, él insiste en llamarla «Isla».

Tiene un pequeño castillo grisáceo, una plaza y diminutas casas avejentadas. Sus pobladores, aunque responden al Rey Supremo, también se rinden ante los designios de Vlad.

Este lugar es el patio de juegos de los Fitzgerald. Aquí los olores son aún más nauseabundos: algas putrefactas, pescado rancio y sangre. Gritos se oyen como si fueran ecos lejanos—¿será mi imaginación?—. Miedo, tal vez.

Me doy cuenta de que estoy lejos, muy lejos de casa. Donde los árboles abundan, el clima es cálido y se podían escuchar las dulces risas de mis hermanas, cantando en libertad.

—Bienveni… —El barquero se traga sus palabras. Había extendido la mano para ayudarme a bajar, pero la retira de golpe. —¡Una chica!

Vuelvo a cubrirme la cabeza con la capucha que el viento deslizó. Salto del bote antes de que se arrepienta y me lleve de regreso.

—¿Eres tonta?

—Valiente —dice mi madre.

—¡Sí eres tonta! —confirma.

—Tienes la daga del mismísimo comandante de las fuerzas de Endellion. Nuestro trato está cerrado. No puedes decirle a nadie que me has traído hasta aquí.

—No lo diré. Y no es por la daga. Ninguna mujer sale con vida de esta isla. Si se enteran de que yo te traje me cortarán la cabeza.

—Tu secreto está seguro conmigo.

Comienza a remar de regreso.

—Si sobrevives, tendrás que ingeniártelas tú sola para volver —Se aleja lo más rápido que le permiten las densas aguas.

No sé con exactitud si estoy en el lugar correcto. Pero supongo que, si mis hermanas ahora son propiedad de Vlad, debe tenerlas cerca de él. Eso solo podría ser en su castillo. Me pongo en marcha; debo aprovechar la oscuridad de la noche para mantenerme oculta.

Camino durante minutos, entre lápidas corroídas por el tiempo.

El moho de la humedad y la fauna se ha apoderado de la mayoría.

La neblina es baja, lo que da una apariencia lúgubre y terrorífica —son demasiadas—.

Esta isla debe tener más muertos que pobladores.

Solo alguien tan loco como Vlad pondría un cementerio en las entradas de su reino.

Quizá sea parte del miedo psicológico que pretende infundir en los moradores —y le está funcionando—.

Parece un camino minado sin fin, tanto que comienzo a leer los nombres a mi paso para distraerme.

¡Caigo en la cuenta! Retrocedo un poco, una tumba más, otra y…

otra. Cualquier lápida a la que me acerco tiene inscrito un nombre femenino.

Busco desesperada. Nada. ¿A esto se refería el transportista cuando dijo que ninguna mujer sale con vida de aquí?

Un grito lejano me eriza la piel. Me hace correr despavorida para esconderme.

Necesito salir de aquí. Respiro agitada en cuanto mis pies sienten el empedrado donde inicia el pueblo. Las farolas titilan a media luz; todos deben estar dormidos, nadie reparará en mi presencia.