4 La caravana de la muerte #2
Mi madre luce triste, pensativa. Al menos cuando Freya está cerca de ella es mucho menos escandalosa. Todo el tiempo la lleva pegada al pecho. ¡Por eso está gorda!
Una nueva noche ha caído. Ayudé a recoger los trastos de la merienda. Han pasado tres días completos desde que papá desapareció.
—¡Mamá, una caravana se acerca! —Emel entra a la cocina sobresaltándonos con su afirmación.
—¿Una caravana?
—Sí, son al menos diez personas. Papá viene con ellos.
—¡Imposible!
Me asomo por la ventana. —Banderines con el emblema de Isla Sora —anuncio.
Mi madre tiembla, solo podría tratarse de alguien. Esta historia la hemos vivido antes. Los instrumentos de viento suenan. El llamado explícito a salir, y más que una invitación es una orden. Acomodamos nuestras ropas.
—Quédense tras mío —ordena mi madre.
Es la primera en cruzar la puerta con la bebé en brazos. Inclina la cabeza. Pese a que Vlad no es nuestro gobernante, siempre exige que se le muestre el mayor de los respetos.
La imitamos.
Sus pesadas botas suenan al contacto con la grava del camino.
Mi madre tapa por completo mi campo de visión, pero intuyo que se acerca.
Comienza a rodearnos y eso sí que puedo verlo.
Es un hombre alto y corpulento, su cara está llena de marcas.
Lleva su cabello ralo y canoso hasta los hombros.
Su retorcida sonrisa, con algunos dientes de metal, forma ya parte de mis pesadillas.
—¿Esto es tuyo?
—Dependerá de su contenido —Mi madre responde sin vacilación.
—Es una amenaza, una sobre mi cabeza. Ah, sí, y tres jóvenes rubias que me he llevado.
—Entonces soy la autora de tal misiva, y espero que estés aquí para devolvérmelas.
—¿Las ves por algún lado? —Toma por las mejillas a mi madre, con brusquedad innecesaria. La hace voltear hacia cada integrante de su caravana.
Sus d os hijos forman parte de ella; sostienen a mi padre. El mayor, tan corpulento como Vlad; mirada oscura y cabello azabache, toda una amenaza. El menor, mucho más joven, sus rizos rubios se agitan con el viento. Hay nerviosismo en su postura, pero también orgullo en sus actos.
—Nadie, mucho menos una mujer, osa amenazarme sin recibir mi ira de vuelta.
La empuja tan fuerte que la manda al suelo. Mi madre hace todo lo posible por no lastimar a la bebé. Corro hasta ella. Vlad me detiene con su espada casi en el pecho.
—Este rufián —señala a mi padre— me debe la vida. ¿Y saben lo que me ofreció a cambio de perdonarlo por no poder mantener a su mujer a raya? —Nadie responde—. La vida de cada una de ustedes, su insignificante familia.
—Eso sería aburrido —Su hijo mayor hace un gesto de desaprobación ante el sacrificio.
—Lo sé. Hemos matado a tantas endellionesas como para sentir placer por tomar cinco vidas más —Acaricia mi cabello con sus ásperos dedos—. Tú también debieras pertenecer a Sora. Pero eres tan desagradable. Un engendro de la oscuridad —Mira por encima de mi hombro—. En cambio, ellas…
—¡No! —grita mi madre—. ¡Por favor… por favor ! —suplica.
—Vlad, no lo hagas.
La voz de Beirne nos hace girar hacia las sombras.
Está ahí de pie, junto a su hijo Nero. Suelen ser muy cautos, pero el bullicio sin duda los ha hecho venir a nuestro auxilio.
Su madre se acerca y ayuda a la mía a ponerse en pie, luego toma a Freya y se aleja con la pequeña en brazos, intentando calmar su llanto.
—¡Excomandante! —saluda Vlad con una reverencia de cabeza—. Le ha hecho tanta falta a las tropas —Sacude sus ropas—. Los Mercenarios de Endellion no son lo mismo sin su dureza.
—Como verá, ya no les era útil —Hace un gesto hacia su pierna mutilada.
—He oído que tu hijo forma parte de la Guardia Real, y ha sido una grata sorpresa en habilidad y obediencia. Mi hermano debe estar encantado con su presencia.
—Mi hijo Caiseth, pese a su corta edad, es un gran guerrero. Y este año el menor ha recibido una carta para su reclutamiento. En un par de días, Nero partirá para medirse con Los Mercenarios.
Lo miro molesta. Es mi mejor amigo y no me lo había dicho. Hay indulgencia en sus ojos. Pero no en los míos.
—Me alegro. Yo no habría sido tan condescendiente contigo. Mi hermano debe tenerte en alta estima para dejarte abandonar así sus tropas. Nadie deja a Los Mercenarios. No con vida, claro.
—No pude hacer mucho por la Reina, pero salvé a su primogénito. Supongo que sí, me tiene cierta estima. Y ahora tendrá un par de los mejores sucesores para representarme. Yo mismo los he entrenado.
—Como debe ser, las deudas del padre pasan al hijo. Lo que me recuerda por qué estoy aquí.
—Son solo un par de niñas pequeñas. No hay mucho que ellas puedan hacer en Isla Sora.
—Excomandante Callahan, por el respeto entre nuestras familias, le pido que no tome partido en un asunto que no le compete. No lo sé, Los Mercenarios podrían tomarlo como traición y cobrárselo con sus propios hijos. Sería una pena desperdiciar tanto talento.
Beirne aprieta el brazo de Nero y lo hace retroceder.
—Vlad, te lo suplico. No le hagas nada a mis niñas; no te sirven. Llévame a mí. Haré lo que sea —Mi madre implora desesperada.
—Te equivocas, mujer. Ellas son el castigo que tú y esta despreciable familia merecen por su insolencia.
Se acerca tanto a ella que puedo verlo rozarle el cuello con sus asquerosos labios. Es desagradable.
—¡Llévenselas!
Sus hombres sueltan a mi padre y corren hacia mis hermanitas. Todo sucede tan rápido. Mi madre y yo nos aferramos a ellas. Entre gritos de pánico y llanto, nos piden que no las soltemos.
Vlad vuelve a golpear a mi madre y esta vez mi padre es quien la contiene. Nero llega hasta mí para detenerme.
Pateo para intentar zafarme e ir tras ellos, pero su agarre es cada vez más fuerte.
Los vemos alejarse entre el caos, mientras mamá se parte de dolor.
En un abrir y cerrar de ojos, sus pequeñas desaparecen junto con aquella caravana de la muerte.