Corona de humo 4 La caravana de la muerte
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4 La caravana de la muerte

Y tras ella la oscuridad que apagará los soles.

MARLOWE

El sudor me empapa la frente. Freya ya es demasiado pesada.

Tengo que acomodármela varias veces mientras apilo la paja.

Ha cumplido nueve meses en este mundo, y cuento ansiosa el tiempo que falta para que pueda caminar por sí sola.

Yo no soy su madre, y ella hace que todos mis deberes sean mucho más agotadores.

Por suerte, hoy Alys ha dejado a la niña juguetona de lado; está ayudándome en serio con las tareas. Suspiro agotada y sigo apilando paja.

—Papá ha mandado de bruces a mamá —Emel corre hasta nosotras y luce angustiada—. Estaba acomodando los trastos cuando Mamá llegó del pueblo y empezó la pelea. Papá está demasiado tomado, podría lastimarla —explica con tanta velocidad que apenas podemos entenderla.

Miro el sol a medio cielo; es demasiado temprano para que papá esté ebrio. Tengo la certeza de que mi madre le armó lío. Da igual, continúo con lo mío.

—Deja eso, ayúdame a detenerlos.

—Sí no acabo aquí tendré problemas, y si tú sigues interfiriendo en los asuntos de nuestros padres, los tendrás también.

La última vez que intenté defender a mi madre, terminé con un ojo morado y el labio roto a causa de los golpes cruzados en medio de su disputa.

—Por favor.

Exhalo. Comienzo a desatarme la tela con la que cargo a Freya y se la entrego. Apenas puede sostenerla.

—Quédense aquí y, sin importar lo que escuchen, no se acerquen a la casa.

Miro a esas tres pequeñas abrazándose; son tan adorables. Respiro.

Mi padre está calmado; es mi madre la que reclama. Discuten por mis hermanas mayores, otra vez. Parece que escucho algo en el pueblo sobre su destino en Isla Sora. Ese sobre el que ni los Callahan se atreven a hablar. La curiosidad me mata; me mantengo tras la puerta.

—¿Burke, qué pasó con mis hijas? No voy a preguntarlo de nuevo.

—Ya te dije que no lo sé.

—¿Cómo no vas a saberlo? Tú se las entregaste. Hace un año que dejamos de recibir sus cartas.

—Con toda seguridad, Vlad les ha prohibido que lo hicieran. O tal vez solo crecieron y se olvidaron de nosotros.

—En el pueblo circulan historias terribles sobre esa isla. Quiero que vayas allí y te asegures de su bienestar.

—Ni yo iré a Isla Sora, ni tú volverás al pueblo. Solo te llenan la cabeza de habladurías. Preocúpate por darme otra hija pronto. Cada vez te lleva más tiempo. Desde que murió la Reina no deberías perder tiempo en la cosecha. Ayudarme a saldar nuestra deuda: ese es tu único deber aquí.

Mis tres hermanas mayores se llevan por apenas un año. Después de ellas, las que les seguimos nacimos con mucha más diferencia de edad. Y ese es el principal motivo de discusión entre mis padres.

—No te daré una sola hija más. No, hasta que me asegures que mis tres soles están bien. ¿Qué le hiciste al hermano del Rey para que debas pagarle entregando a mis pequeñas?

—Si Vlad viene y no estás encinta para entonces, le deberemos aún más. Tenemos que reemplazar a la hija inservible que tuviste.

—Te prohíbo que sigas diciéndole esas cosas. Es nuestra hija, y es tan valiosa como las demás.

—¿Me prohíbes? —Se escucha un ruido seco—. ¿Quieres saber qué le debo?

Uno más. Sin duda la ha golpeado. Estoy a punto de entrar, pero me contengo.

—Vlad tuvo que matar a la mujer que amaba. Era una plebeya hermosa, una Endellionesa que trabajaba en la taberna.

—No sigas, sé adónde pretendes llegar.

—Querías saberlo, ¿no?

—Cállate, por favor.

—Esa mujer es la misma a la que yo amaré por siempre.

—¡Basta!

—Tú no eres nada comparada con ella. Fue la única capaz de hacerme sentir algo así. Vlad la mató cuando nos encontró juntos. Y tuve que ofrecerle tu vida a cambio.

—Eres un cobarde.

—Vlad vino aquí por ti y las vio a ellas, arreglando sus cabellos en el arroyo. Nuestros tres soles resplandecían. Perdonar mi vida requeriría muchos más sacrificios.

—¿Qué hizo con ellas?

Papá no responde. Se escucha un nuevo golpe, esta vez, más fuerte que los anteriores.

No me da tiempo a entrar. Mi madre sale corriendo. Nunca la había visto con tanta ira en los ojos. Ni siquiera se detiene al percatarse de mi presencia. La miro tomar una de las yeguas para alejarse a todo galope.

Mi padre yace en el suelo, tratando de recuperarse del golpe.

—Si enfrenta al hermano del Rey, la matará. —Lo ayudó a levantarse—. Padre, debes ir tras ella.

—No llegaré a tiempo. Morirá de todas formas.

Sus palabras me estrujan el pecho, no puedo respirar. Trato de salir tras ella. Él me contiene entre sus brazos.

—Padre, déjame ayudarla.

—No. Te matará a ti también. Tus hermanas te necesitan.

—Lo que necesitamos es a mamá.

—Volverá, te lo prometo. No salgan de casa hasta que uno de los dos regrese.

Lo veo marcharse. Siempre deseé que al menos él algún día no regresara más, pero ahora que se aleja me invade la posibilidad de perderlos a ambos.

Limpio mis lágrimas y llevo a mis tres pequeñas hermanas hasta el interior. No más labores por hoy.

Freya se aferra a mi ligera bata de manta con una dulzura que me desarma.

Tan pequeña, tibia y suavecita. Tiene los ojos anegados de sueño y el pulgar en la boca.

Cuando ella me sonríe con esas encías sin dientes, por un instante olvido que no es mía.

No existe medida que alcance a describir lo que siento por ella…

por las tres, en realidad. He cuidado de todas incluso cuando yo seguía siendo una niña.

Tanto que los pequeños soles de mamá se sienten míos también.

Las arropé mucho antes de que el cielo se pintara de estrellas. Esta noche todas han acabado en mi cama. Tienen miedo, ¿pero cómo explicarles que yo también estoy aterrada?

Se acurrucan a mi alrededor como polluelos buscando calor. Como si pudiera protegerlas no solo del frío. Las cobijo entre mis brazos. ¿Qué voy a hacer si mamá no vuelve?

Me trago mis propias lágrimas, siempre obligada a ser la fuerte.

—Puedes llorar si quieres.

Los bracitos de Alys me rodean. A veces, con solo ocho años, se siente como si fuera ella la que me sostiene.

—Anda… yo te cuido —insiste.

Su vocecita me rompe. Debo contenerme.

—¿Mamá no regresará? —pregunta Emel con el miedo cerrándole la garganta.

—¡No seas tarada! —la regaña Alys. Y no puedo evitar reír por sus modos.

—Claro que lo hará —respondo para ellas, pero más para mí—. Tiene que hacerlo —susurro.

—¿Y si Vlad la ha matado?

—A veces eres muy tonta, Emel. Deberíamos traer una cabra a la cama y a ti dormirte en el establo.

—¡Alys! —la reprendo, cada vez más sorprendida de su atrevimiento.

—Es la verdad —resopla—. Al menos la cabra nos da leche, y no solo problemas.

—Pues mi mamá me quiere más que a ti —Emel arremete casi encima de Alys.

—Porque además de tarada eres la más débil.

—¡Basta! —Me interpongo entre sus manoteos. Su inocencia siempre las lleva a terminar jugando. Acaricio a mi pequeña Freya. Son solo unas niñas. Suspiro antes de girarme a apagar la lámpara de aceite. Soy la única que debería estar preocupada.

—Me alegro de que Vlad no te haya llevado a su isla —dice la más pequeña, acurrucándose otra vez junto a mí.

—¿Ah, sí?

—Sí. Eres la mejor hermana del mundo y te amo demasiado.

Aquí vienen de nuevo. Mis lágrimas silenciosas. Condenadas a que nadie las oiga, pero empapándolo todo.

—Yo también te amo, hermana —Emel se une a nuestro abrazo—. Sé que si ellos no vuelven, tú cuidarás de nosotras. Contigo estamos a salvo.

—Mar es tan valiente que nos protegerá incluso de ese monstruo.

—Por supuesto. Mientras yo viva, Vlad no va a tocarlas.

—¿Lo prometes?

—¡Se los juro!

La tenue luz que entra por la ventana me permite saber que se han dormido. Que lo hagan ellas porque yo no puedo. Mis palabras no son una mentira, pero tampoco puedo envolverlas de certeza. Aunque daría mi vida por ellas, tal vez eso no sea suficiente para salvarlas.

Cuido cada ventana sin descanso, deseosa de ver la más mínima señal de mis padres. Nada. La luna comienza a apagarse en el horizonte una vez más. Los rayos del sol anuncian la presencia de un nuevo día.

Freya llora sin consuelo. Si mis padres no vuelven pronto, tendré que salir a abastecernos. No quiero dejarlas solas y tampoco puedo llevarlas conmigo, el pueblo es peligroso.

Escucho a lo lejos el relinchar agotado de la yegua. La visualizo a través de la ventana —¡Mamá está viva!—. Salimos a recibirla y ella nos atrae hasta su pecho. Siento la preocupación en su abrazo.

—Lamento haberlas dejado.

—¿Adónde fuiste?

—A buscar respuestas.

Noto sus ojos hinchados, ha estado llorando. Quizá no traiga buenas nuevas.

—¿Mis hermanas?

—Están en peligro… todas lo estamos. Envié una misiva a Isla Sora, notificándole a Vlad que ustedes ya no forma parte del trato con tu padre.

También le he exigido pruebas de vida de mis tres soles, o yo misma me entrevistaré con el rey Cassius para pedir su intervención.

—¿Cassius el Sanguinario?

Nunca lo he visto en persona, pero su fama lo precede.

Es conocido en todos los reinos aliados como el gobernante más inhumano y despiadado del que se tenga registro.

Se le atribuye el mayor número de muertes como castigo por la desobediencia y tiene a su pueblo sumergido en el miedo absoluto. Vlad es su hermano, y él es mucho peor.

—Es un persecutor de delitos nato, tiene que hacer algo al respecto sin importar de quién se trate. —Si no, el príncipe puede convencerlo. Su criterio es siempre mucho más justo.

—¿Pondremos la seguridad de mis hermanas en un joven príncipe que vive a la sombra de su padre?

No necesito conocerlos para saber que no recibiremos ayuda de su parte.

—¿Sabes algo de papá?

—¿No estaba con ustedes?

Niego. Si no la encontró, es porque tal vez nunca fue a buscarla.

Tiemblo ante las posibilidades. No hay muchas opciones viables.

La mayoría de ellas conducen a un destino desfavorable para mi familia.

O, tal vez, que no regrese sea lo mejor que pueda pasarnos.

¿Nuestra deuda se extinguiría si algo malo le pasase?