Corona de humo 3 El trato
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3 El trato

La maldición de una deuda que no era mía.

MARLOWE

Diecisiete años atrás…

El llanto de un recién nacido siempre me resultará fascinante, ese sonido agudo que viene tras la primera bocanada de aire. Miro a mi madre a través de la luz parpadeante de los candiles. Ella atrae hacia su pecho a la criatura a la que le dio vida.

—Si sigues ahí, pronto podrás asistirme —La matrona palmea mi cabeza con maternal dulzura.

—Eso es asqueroso —Saco la lengua en un gesto de negación.

—Lili, ven —Mi madre me llama como solo ella suele hacerlo.

Me niego.

¿Cómo puede lucir tan hermosa después de haber pujado durante un tiempo que a mí me pareció eterno?

Sus gritos de dolor me erizaban la piel.

Pero si alguien tiene experiencia en esto, es ella.

He presenciado el nacimiento de mis tres hermanas menores, siempre con la misma mezcla de curiosidad y desagrado.

Quisiera algún día ser tan bonita y fuerte como mi madre —su belleza es sobrenatural —, y aunque no sé qué significa eso, es lo que todos dicen en el pueblo. Mi madre es rubia y sus ojos destellan en un azul intenso. Todas mis hermanas heredaron sus rasgos.

Menos yo.

—¿Y bien? —Mi padre entra apretando los puños, luce ansioso.

—Es otra niña.

—¡Sí! —celebra.

Siempre lo hace. En una época en la que todos los hombres ansían un hijo varón, mi padre tal vez sea el único que se alegra con la llegada de cada niña a la familia.

—¿Su cabello? —No resisto más; no me separé de su lado porque me interesara ver cómo esa pequeña cosa era expulsada de su cuerpo.

—Rubia —anuncia la matrona—, aunque habrá que esperar algunas lunas más.

—Rubia, ¡sí! —celebra mi padre de nuevo—. Será perfecta. Marlowe, lleva esta carta al pueblo y pide que la envíen al hermano del rey Cassius; debe llegar a Isla Sora lo antes posible.

—Burke, ya es tarde para eso, es una niña, no puedes enviarla sola —lo reprende mi madre.

—Mujer, no me contradigas.

—Está por caer la noche, ni siquiera llegará a tiempo al pueblo. Esa carta será enviada mañana, no pondré en riesgo a mi pequeña.

—El destino es amable.

—¡Burke, basta!

—Ya mujer, ¡lo haré yo!

Me arrebata la carta y sale furioso. Yo sigo ahí, de pie, sin saber qué hacer.

—Lili, ven aquí —Mi madre golpetea el espacio libre a su lado.

No me niego más. Voy hasta ella y me echo en sus brazos. Acaricia mi cabello con dulzura.

—Es verdad, ella es perfecta —Miró su pequeño rostro rosado—. Sí, es rubia.

—Cariño, tú también lo eres —Limpia una lágrima.

—Estoy maldita.

—No. Para mí eres una bendición. Y ahora tengo siete.

Soy la cuarta de siete hermanas. Las tres mayores se han ido a Isla Sora a cumplir sus deberes.

Este año yo también debía haber sido enviada a ese lugar; sin embargo, Vlad, el hermano de nuestro rey, me ha despreciado desde mi nacimiento.

Jamás llevaría a una maldecida a sus tierras, solo por ser diferente.

Mi cabello caoba y mis ojos lilas me han condenado.

Se dice que, en las tierras lejanas, más allá de las montañas nevadas, hay reinos con personas con ojos de los colores de la naturaleza, pero nunca nadie con unos como los míos.

Leyendas de muerte, caos y destrucción me persiguen.

De no ser por la deuda que mi padre está pagando a Vlad, él o Cassius, nuestro sanguinario rey, ya me habrían arrojado al fuego.

—No dudes más, cariño. No hay nada malo en ti.

—Ya no me mientas. ¡Solo mírame! La gente me desprecia al verme.

—Porque eres intimidante —ríe, intentando domar mi cabello, que se desploma salvaje por doquier.

—No es gracioso.

Es verdad. Mi largo y ondulado cabello, cuando no lo ato, es un espectáculo.

—Sin temor a equivocarme, eres la más hermosa de todas mis hijas —Levanta mi rostro por el mentón—. Pero no se lo digas a tus hermanas.

—¿Si soy tan hermosa, por qué Vlad y sus hijos me desprecian? ¡Soy una maldición!

—Tu cabello y tus ojos son una bendición. Solo que aún eres muy joven para darte cuenta. Tú te quedarás aquí conmigo, eso es bueno. A ti sí podré protegerte. Ellas no tuvieron tanta suerte —Su voz se corta.

La nueva bebé comienza a llorar.

—No quiero que me protejas —Bajo de la cama de un salto.

—¡Marlowe Lili, ven acá!

—¡No!

Corro fuera de casa. Cruzando los establos, pasando por la cerca y el pequeño arroyo que alimenta los bebederos. Corro sin zapatos, cubriéndome de lodo. Sintiendo mi cabello en libertad.

—¡Marlowe! ¿Quién más?

Es obvio, soy inconfundible. Me detengo. Observo al joven hijo de mi vecino, y él me contempla de vuelta. Limpio mi nariz de manera poco femenina, y él sonríe.

—Vamos, Mar —Me ofrece un paño de manta—. Mi madre ha preparado tarta —Abre la cerca que separa su predio del camino—. ¡Mar…! —insiste.

—Gracias —Tomo el paño y entro limpiándome la cara—. ¡Vaya que estoy sucia!

—Mamá, Marlowe está en casa.

Nero anuncia nuestra llegada. Es, con mucho, mi mejor amigo. El único en realidad.

Ellos no me temen. Nadie más en el pueblo me abriría las puertas de su hogar. Son una familia unida, de solo cuatro integrantes. Me pregunto si mi casa se sentiría así de pacífica sin el lío constante que representa tener seis hermanas y un padre que, cuando se le pasan los tarros, desata el caos.

Nero y su padre a veces me dejan unirme a sus combates. Pese a decir que «las mujeres no sirven para ir a la guerra, pero son buenas desencadenándolas».

Comparten conmigo sus conocimientos. Los Callahan y las armas forman parte de mis recuerdos casi desde que tengo memoria.

He descubierto que soy hábil con la espada.

Algún día me gustaría medirme de verdad con su hermano mayor, Caiseth.

Cuando él está en casa, me mira con desdén.

Debe odiarme. Tal vez pasar tanto tiempo cerca del castillo lo ha hecho formarse un prejuicio erróneo sobre mi aspecto.

Los nobles piensan que mi madre hizo un pacto con la oscuridad y fue castigada conmigo.

Ayudo a Nero a guardar las armas; aunque pesadas, las he empuñado tanto que comienzo a acostumbrarme.

Su padre era comandante de las fuerzas de defensa de Endellion.

Protegió al Rey hasta que perdió su pierna en batalla.

Desde entonces, está retirado y entrena a sus hijos.

El mayor ha sido llamado para servir a la corona y, tarde o temprano, Nero correrá el mismo destino.

Hijos de guerrero en guerreros se convierten.

—Anda, niñita —Su madre asoma la cabeza detrás del horno—. —Siéntate. Te vendría bien un generoso trozo de tarta de melocotón.

—Y un balde de agua y vinagre.

—¡Nero!

Tiene razón. Agacho la cabeza. Soy un desastre.

—Mi madre dio a luz esta tarde —anunció, para alejar su atención de mi andrajosa apariencia—. Es una niña. Freya Tulip será su nombre.

—¿Debemos felicitarlos?

Me encojo de hombros ante el cuestionamiento de su padre, que entra sacudiéndose la bota antes de cruzar el umbral.

Los he escuchado desaprobar que el mío entregue a sus hijas como pago por una deuda de la que solo él es responsable. Me pregunto si Beirne Callahan sabrá cuál es el trato que mi padre y Vlad tienen. Después de todo, trabajó muchos años para nuestro Rey. Se dice que él y su hermano son muy unidos.

—Señor, ¿usted sabe qué le debe mi familia al hermano del Rey?

—No —es tajante.

—Vamos —insisto.

—Son temas de mayores.

—¿Qué tienen mis hermanas que es tan codiciado por Vlad?

—Nada en absoluto; a no ser por el irresponsable de tu padre. Pero no pienso discutirlo contigo, niña.

Exhalo frustrada. No parece querer compartir información alguna.

—Mi madre dice que soy afortunada porque mis ojos lo han hecho despreciarme. Tal vez vaya a su isla y le demuestre que puedo ser tan útil como ellas.

—Créemelo, tú no quieres ir allá. Hazle caso a las palabras sabias de tu madre. ¡Eres afortunada! Solo aléjate de Vlad y sus hijos.

—Mamá, ¿podemos preparar más tarta y llevarla a casa de los Woodrow? —interrumpe Nero.

Tal parece que quisiera desviar el tema hacia un asunto menos incómodo para su padre.

—Por supuesto, cariño. Me pasaré por ahí temprano con presentes para su madre y una gran tarta de frutos.

Me acerca un plato humeante. La tarta de melocotón con nata es su especialidad. Nada en estas tierras podría resultarme más delicioso.

Vuelvo a casa un par de horas después, con una sonrisa y el estómago lleno.

Tras la cena, su padre nos contó por milésima vez sus tantas travesías con Los Mercenarios.

Hablar de sí mismo lo enorgullece, y aunque no lo parezca, yo lo escucho atenta junto a la chimenea.

Mi día siempre mejora cuando estoy con ellos.

—Marlowe Lili Woodrow, mi dulce niña. ¡Gracias al cielo! Estaba preocupada.

Miro a mi madre arrullar a mi nueva hermana para consolar su llanto. ¿Debiera haberse levantado tan pronto? Hace apenas unas horas que la vi parir. ¡El cuerpo de mi madre es asombroso!

—Nero y sus padres te mandan saludos. Mañana pasarán por aquí con presentes por la llegada de Freya.

—Es peligroso que una niña salga a estas horas.

Mi padre lleva una botella en la mano. Seguro se paseó por el pueblo antes de volver.

—Lili, ayúdame a arropar a tus hermanas y vete a la cama. Es tarde ya.

—Sí, mamá —obedezco.

Vivimos casi en la frontera sur del reino, en las tierras destinadas a todo el que alguna vez sirvió a la corona.

Con cierta lejanía del castillo, mas no la suficiente del yugo de nuestro Rey.

No por nada lo apodan «Cassius el Sanguinario», título que probablemente pasará a su hijo, el futuro Rey de Endellion.

Es solo cuatro años mayor que yo, pero con dieciocho años, ya es temido y respetado.

Se puede decir que somos afortunados; nuestra casa no es tan pequeña como las del resto de plebeyos.

El espacio que comparto con mis hermanas es bastante amplio.

Hasta aquí no llega la muerte que asola las cercanías del palacio.

—A dormir —Apagó la luz y besó la frente de mi hermana pequeña.

—No, una historia más —insiste.

Tiene ocho años y somos muy unidas; la que sigue recién cumplió once años y yace sumida en un sueño profundo.

—Alys, estoy cansada. Mañana debo levantarme a ayudar a papá con los establos o tendré problemas.

—Una y ya. Te lo prometo.

¿Cómo decirle que no? Son mis compañeras de vida. No hay nada que no haría por ellas. Comienzo una vez más con la travesía del gran guerrero… Beirne Callahan.

Al ser la única que no irá a Isla Sora, me han dado la tarea de cuidar a mis hermanas y ayudar en las labores del hogar. Mis días empiezan al alba, limpiando los establos y atendiendo las necesidades de los animales.

Mi padre suele ser duro conmigo; a veces deja entrever su preocupación por lo que hará Vlad sin su paga, mientras mis hermanas menores crecen. Mamá cada vez tarda más tiempo en quedar embarazada y la deuda que nos condena parece impagable.