2 Furia y duelo #2
—Yo tampoco, no dejaré aquí a mi hijo. Lo llevaremos con nosotros —afirma. Como si su cuerpo no doliera, como si la edad no pesara. —Tú y el niño deben irse, rápido. Cuando ese navío cruce hacia Endellion sin ti, arderán los reinos.
—No puedo dejarlos…
—Los retrasaríamos. —Además, tengo que llevar a mi hijo a casa, a su descanso, junto a su hermano.
Doris llora en silencio. Ha perdido a sus únicos hijos en manos enemigas. No existe palabra para nombrar ese dolor, ahora puedo imaginarlo. Atraigo a mi niño para apretarlo con fuerza.
—¿Aún contamos con alguien en estas tierras?
—Sí. —Un par de jóvenes lindenenses que harían cualquier cosa por monedas de los reinos.
—Les dejaré lo suficiente.
—Apenas enterremos a Cai, partiremos hacia Chrysanth.
Asiento, con el corazón roto.
Sabemos que no hay retorno. El camino hacia las tierras altas es brutal, pero será más seguro que cualquier refugio ofrecido por reyes y reinas. Me abrazo a ellos una última vez. Fueron mi hogar, fueron la familia que me salvó.
—Deben cuidarse —susurro.
—Tú también, Marlowe. —Ese niño será la salvación de su pueblo.
Sé que esto les duele; proponerlo es casi una traición a su memoria. Durante años se negaron siquiera a considerar terminar sus días en tierras frías; mencionarlo era impensable. Ahora… proponerlo no solo es válido, es inevitable . Solo confirma cuán desesperada se ha vuelto nuestra situación.
Si en algo tenía razón la reina Domna es en que «no hay ejército que se atreva a cruzar la zona de niebla».
Y no por falta de valor, sino porque saben que no hay retorno.
Ni el oro, ni la gloria, ni el deber logran empujar a los hombres más allá de ese umbral blanco.
Más allá de los reinos meridionales. Donde el mapa se disuelve en blanco y el viento devora nombres y banderas.
Se dice que quienes viven en las tierras altas lo hacen en la miseria, arrinconados por un clima que no perdona, por un suelo que ya no da vida. Que han aprendido a sobrevivir con lo mínimo, endurecidos como el hielo que los rodea.
Los reinos poderosos los llaman naciones afligidas, marginadas y olvidadas.
Pero yo sé que ahí también late una verdad distinta; porque si nadie ha regresado no es solo por el frío, allá también debe haber cosas que no quieren ser vistas, y el silencio pesa distinto aun viniendo de las tierras altas.
No es seguro que lleguemos con vida. Hay ríos de nieve tan profundos que han engullido ejércitos enteros.
Cientos de cuerpos helados todavía yacen atrapados en sus cauces.
Conservados como advertencia, en esa línea trazada por los dioses para separar lo conocido de lo maldito. Y aun así… vamos a cruzarla.
No hay otro camino, porque lo que viene detrás es peor que la muerte en el hielo.
Y allá, aunque la noche dure meses y los lobos bajen de las montañas, podríamos encontrar algo que aquí nos fue negado: el olvido.
Ese anonimato y la posibilidad de empezar de nuevo.
Tal vez no sea vida lo que nos espera. Pero aquí solo queda la caza.
La sala de los caídos está en silencio. Aquí se han velado a cada uno de los gobernantes de esta nación.
Tan solo el crepitar de la leña y el murmullo del viento cuelan su aliento por las rendijas.
Afuera, la noche es densa como una promesa de lluvia.
Adentro, la muerte es una certeza que ocupa cada rincón del sepulcral recinto de mármol y oro blanco.
El cuerpo de Caiseth yace en el centro de la estancia.
Envuelto en lino, con su espada cruzada sobre el pecho y un ramo de lirios de Cala a los pies.
Doris lo peinó, sus dedos temblando al deslizarse entre cada mechón.
Beirne limpió sus heridas con agua de azahar.
Yo le puse el broche de Endellion, ese que una vez lanzó con rabia al fuego y que guardé en secreto, como si supiera que algún día volvería a necesitarlo.
Nadie habla. Solo se escucha el lento goteo del duelo. Las lágrimas que caen, una a una, como si contaran los días que ya no tendrá. Nuestro niño duerme en un rincón, exhausto por el llanto. Yo me arrodillo frente a él. El cuerpo que tantas veces me sostuvo ahora yace frío, ajeno, sagrado.
—«¿Cómo sigo sin ti?» —susurro, y es apenas audible.
Le tomo la mano. Aún conserva algo de su forma, de su fuerza. Pero se me escapa, al igual que el calor. De la misma forma en que se le fue la vida.
—¿Cómo le explico a nuestro hijo que no estarás para llevarlo a cabalgar? ¿Cómo le digo que el rugido del mar no podrá devolverte? —Que te has ido… que te nos has ido.
Mis labios rozan su frente ya helada. Un dolor ya conocido me oprime el pecho, ese que solo guardan los que han perdido más de lo que podían soportar. Nunca un adiós se sintió más largo, nunca pensar en un jamás me había dolido así. Mi compañero… mi hogar .
—« Perdóname .» —Por no llegar antes, por no detener la daga. —Por no morir en tu lugar.
Cierro los ojos y me dejo caer sobre su pecho, como una niña que busca abrigo. Mi cuerpo tiembla, mi alma grita. Siento que me rompo, que algo dentro de mí se quiebra para siempre.
—Te juro que lo protegeré. —Crecerá con tu nombre como estandarte. —Sabrá quién fuiste, lo que diste y lo que amaste. —No dejaré que tu historia muera contigo.
Beirne posa una mano en mi hombro. Su rostro está descompuesto, pero firme. Él ha perdido a un hijo. Yo he perdido al único hombre que me enseñó a confiar otra vez.
—Debemos partir antes del amanecer —dice con suavidad. —Ayúdame a prepararlo para el viaje.
Lo envolvemos en su capa, esa que tanto odiaba por pesada pero que nunca dejó atrás. La costura aún conserva mi primer zurcido, torpe y torcido. Doris pone una ramita de lavanda bajo la tela. La misma planta cuyas flores le recordaban a mis ojos. Como si con ellas él no fuese a irse solo .
Cuando por fin lo cargamos en el pequeño carro cubierto, el cielo comienza a aclararse. No hay sol aún, pero las sombras ceden: es la hora de irnos.
Me acerco por última vez. Me inclino sobre él, dejando que las ondas de mi largo cabello nos cubran como tantas veces: de recuerdos, de promesas.
—Espérame del otro lado. Pero no vengas por mí aún. Por favor , cuídanos… desde donde estés.
Me obligo a caminar, a no mirar atrás. Porque si lo hago, no lo resistiré.
Tras nuestra última despedida, y haciendo creer al comandante y a sus soldados que estábamos listos para zarpar, mi hijo y yo nos aventuramos hacia la periferia.
Rodearemos reinos hasta encontrar un acceso seguro hacia las tierras altas. Una travesía que nos tomará meses completar.
Solo espero ser suficiente para protegerlo.