2 Furia y duelo
La tumba más profunda es la ausencia que se cavó en mi pecho .
MARLOWE
El sol y la luna nos siguen los pasos. Cabalgamos cabizbajos por el puente que conduce al castillo.
La gente se abre en hileras para darnos la bienvenida.
Aunque alegres por la victoria, muchos agachan la cabeza a nuestro paso.
Hay tristeza en el aire; no es un día de celebración.
Las familias de los soldados se arremolinan en las caravanas para recibir las malas noticias.
No solo mi Cai ha perecido en esta guerra.
Seguimos de largo hacia el interior. Bajo de mi caballo y le cedo las riendas al capitán. Domna, su reina, me espera al final de la escalinata con los brazos extendidos. Es, con mucho, la gobernante más compasiva y empática con la que he trabajado.
—¡Marlowe, cuánto lo siento!
—Su Majestad —Hago una reverencia antes de permitirme ser consolada por sus sabios brazos.
La lluvia cae sobre nosotros; es el cielo desbordándose en culpa.
Afuera llueve suave, pero dentro de mí hay una tormenta.
Nadie dice nada, nadie se mueve. Tras breves, pero eternos, minutos me invita a seguirla dentro.
La reina lleva su vestido de luto, negro como la profundidad de la noche.
Y agradezco ese gesto, no solo en mi nombre, sino por todos los que perdieron algo —o a alguien— en esta guerra.
Ella no gobierna con dureza. No necesita infundir miedo para sostener su corona. Se permite mostrar afecto, incluso compasión, sin temor al juicio de sus súbditos. Esa humanidad en medio del poder… es rara, es valiente, es digna.
Linden es el segundo reino más grande del continente Meridional, después de Endellion.
Su alianza con nosotros es estratégica: compartimos rutas, puertos, recursos.
Y, sin embargo, mientras cruzo este palacio tan distinto al mármol oscuro y al frío acero de mi infancia, no puedo ignorar que es lo más cerca que he estado de mi hogar en años.
Lo más cerca y, al mismo tiempo, una frontera que no debo cruzar.
No puedo quedarme aquí por mucho más.
El comandante del Abismo, Caiseth Callahan, se ha convertido en leyenda. Su muerte viajará veloz: de taberna en taberna, de noble en noble.
Con la misma rapidez con que el fuego devora un campo seco, y cuando la noticia llegue a los oídos del Rey Lucien, empezará la cacería. Lo sé. Lo he sentido venir desde el momento en que vi el cuerpo de Cai desplomarse.
Aunque años atrás nuestro propio Rey nos otorgó el indulto y su voz intercedió para salvarnos.
Al igual que su padre, sé bien que él no olvida.
Y su misericordia tiene límites. El hijo y sucesor del difunto «Rey Sanguinario» no puede permitirse grietas en su reino.
Y yo soy una muy profunda. Una que sangra historia y escándalo.
Él siempre ha querido llevarme de vuelta. No por justicia, sino por condena: por orgullo, por herencia, por placer. Uno que yo dejé de sentir cuando su fuego amenazó con hundirme en el infierno.
Mis manos están manchadas de sangre enemiga, de sangre inocente. De decisiones que, en su momento, parecieron necesarias. Hoy no sé si alguna de ellas valió la pena. Hoy, la culpa me pesa más que la espada.
— Estoy cansada .
No ese cansancio del cuerpo que se cura con sueño o alimento. No, estoy harta de correr, de esconderme. De enterrar a quienes amo y seguir andando como si no me faltaran pedazos. Estoy rota. Y cada paso que doy, cada vez que echo la vista atrás, me arranca un poco más.
No sé cuánto más pueda sostener este escape sin convertirme en sombra. Y aun así, sé que no puedo detenerme.
—Será enterrado con honores.
Regresó al presente ante la afirmación de la Reina.
—Me aseguraré de que sus padres reciban una contribución vitalicia y todas las comodidades que Linden pueda proporcionarles.
Han perdido al último de sus hijos en una batalla que sumó tierras, riqueza y paz con la frontera oeste a mi imperio.
Su sacrificio me ha vuelto la segunda Reina más poderosa de todo el continente.
Estaré siempre en deuda con ustedes por ello.
—Gracias. —Los destellos rojizos de las velas me tienen inerte; es como si hubiese dejado mi cuerpo en la tierra. El sonido de las gaitas tiene dos cualidades: alegrarte o sumergirte en un dolor profundo. Y para mí ya no hay salida.
—Marlowe, ¿has pensado en quedarte?
—Nunca antes he necesitado tanto pertenecer a algún sitio.
—Si decides hacerlo, te nombraré miembro de mi corte; eso te brindará protección. Nadie se atreverá a violentar mis leyes.
—Sé que con «nadie» se refiere al Rey vecino, pero no lo conoce tanto como yo. Encontrará el modo.
—Tu hijo necesitará estabilidad. Ahora más que nunca.
—Lo que mi hijo necesita es mantenerse a salvo.
—¿Qué es lo que quiere el Rey Lucien de ti?
—Lo quiere a él, a mi hijo.
—Si ese rumor es cierto, no habrá lugar que pueda protegerte. «El heredero perdido». Pones en riesgo a cualquiera que te dé asilo. Podrían acusarlo de la más alta traición y condenarlo a la muerte.
—Lo sé, por eso me iré apenas Cai… —Se me corta la voz, me está costando tanto.
—¿Sabes adónde irán?
—Siempre es incierto.
—La zona más segura es cruzando las tierras altas al norte. No existe ejército en su sano juicio que se atreva a llegar tan lejos.
—Sería una travesía peligrosa. Ningún reino más allá de la zona de niebla protegería a una extraña.
—Quizá si vas a Chrysanth. No es secreto que la Reina Verena siente una alta estima por ti.
—Sigue siendo la hermana del Rey Lucien. Ya le debo demasiado, no quisiera que su hermano le revocara el indulto. No me perdonaría que la condenaran por haberme ayudado a escapar y ahora brindarnos asilo.
—Su padre no se tentó el corazón al casarla con el Rey de Chrysanth.
Los Eldenhart, un apellido tan insignificante como sus tierras.
—La exiliaron a ese pueblo de podredumbre hace tanto. Suficiente castigo debe haber pagado ya. Su hermano, pese al perjurio en su contra, la adora; es su única hermana con vida. Y ya han pasado muchos años desde su falta.
—Tal vez debería ir al sur. A un lugar donde no cause más daño.
—Cualquier lugar caerá ante nuestro poderoso aliado. Si él se lo propone, quemaría reinos enteros por encontrar a su hijo —afirma, con tanta seguridad en su palabra.
—Caiseth era el padre de mi hijo, nadie más. La sospecha que corre por todo el continente de que di a luz a su primogénito es en demasía infundada.
—¿Estás segura?
—Tan segura como que soy la madre de ese niño.
—Entonces permítenos conocerlo. Yo misma lo llevaré ante él. Acabemos con esto.
—Su Majestad. Agradezco el interés, pero no pondré en peligro a nadie más por un rumor. Partiremos a Elora. Apenas termine la velada mortuoria, nos iremos.
—Entiendo. El camino más rápido será por mar. Pondré un pequeño navío a tu disposición.
—Llegar allá por mar implica cruzar aguas de Endellion.
—Nuestros tratados son fuertes; tenemos libertad de paso y un motivo justificado. Yo me encargaré de ello. —¡Capitán! —llama a Yeikof con la mano en alto—. A lo suyo, quiero todo listo para que Marlowe y su hijo lleguen a Elora a salvo.
—Por supuesto, Su Majestad.
El capitán hace una reverencia antes de dejarnos a solas. Lo miro de reojo. Mi vista periférica se ha vuelto precisa con los años.
—Irá con ustedes hasta el final del viaje.
—Se lo agradezco. Si me disculpa, aún me queda algo difícil que enfrentar.
—Adelante. Buena suerte, Marlowe.
—Majestad.
Me alejo del castillo presurosa, siempre alerta.
Recién llegamos a estas tierras, Cai detectó que nos vigilaban.
Lo atribuimos a que la Reina siempre fue muy aprensiva.
Después de conocernos desde hace tanto, ella debería entender que no somos el enemigo.
Hemos librado más de una batalla a su servicio.
¿Cómo es que no me di cuenta de que esta vez todo parecía diferente?
Comienzo a bajar el paso.
Por mucho que desease volver a casa, me cuesta entrar. Exhalo una y otra vez en un intento fallido por controlar mi angustia. Las lámparas de aceite arden en el interior.
Saben que estoy aquí. Respiro con dificultad. Las manos me tiemblan. La casa, tibia y modesta, me recibe como lo hizo tantas veces, pero esta noche pesa como un mausoleo.
No necesito decir nada. Doris y Beirne me ven de pie en el umbral, sola . Sus ojos buscan a quien ya no está. El silencio confirma sus peores temores. El llanto llega de golpe. Crudo y sin contención.
Se abrazan con una aflicción que desgarra. Y yo me quiebro.
Mi hijo, mi pequeño, corre a mis brazos con un sollozo ahogado. Nos aferramos el uno al otro, como si ese abrazo pudiera evitar que todo se hunda.
—¿Cómo fue? —logra preguntar Beirne con esa voz rota por el dolor.
—Lo hirieron de gravedad. No hubo mucho que pudiera hacer… Lo intenté . ¡Juro que así fue! —Miro mis manos. Aunque ya limpias, sigo viendo su sangre en ellas, tibia, espesa, imposible de olvidar.
—¿El agresor murió?
—No —Desvío la mirada hacia la ventana. Una silueta se dibuja entre las sombras. Espías; lo sé, lo sabemos. Nadie debe ver demasiado a mi hijo.
Es la única forma de mantenerlo a salvo.
Entramos. Corro las cortinas, atenúo la llama. Conduzco a la familia a una habitación interior.
—No tenemos mucho tiempo. —Debemos levantar vigilia para Cai y ser cautelosos.
—¿Nuestras vidas están en riesgo? —pregunta Doris en apenas susurros.
—Como la suya lo estuvo —respondo, con la voz baja pero firme.
—¿Sospechas de alguien en particular?
—De todos. —El ataque fue certero, justo entre las placas de su armadura. —Solo alguien cercano habría sabido ese punto vulnerable.
—¿Quién?
—El capitán. —Lo supe cuando me mostró la otra mitad de la daga. —Nadie lo detuvo, nadie me ayudó. —Lo dejaron morir.
—¿Por qué estás viva?
—Lucien. —Él me quiere con vida, Domna lo sabe. —Nos usaron.
—Entonces la promesa de asilo es una mentira —susurra Beirne, con el rostro endurecido por la certeza.
—Dijo que ustedes estarían seguros en Linden.
—Si ordenó la muerte de mi hijo, nada la obliga a cumplir con su palabra.
—No me iré sin Cai.