Corona de humo
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1La caída del abismo
Él se fue y la furia no supo cómo seguirlo.
MARLOWE
Las espadas aún resuenan en el horizonte, un eco metálico se cuela entre las ráfagas de viento y el zumbido persistente del sol me ciega.
El campo de batalla huele a fuego, hierro y muerte.
A lo lejos, los últimos gritos de las tropas enemigas se apagan como brasas sofocadas.
—Nos superaban en número—, mas no en destreza.
Llevamos años moviéndonos de reino en reino.
Entrenando ejércitos, liderando tropas, ganando guerras.
Nuestro nombre infunde miedo: «Los guerreros de furia y abismo».
Caiseth, toda su vida, ha sido un combatiente excepcional. El más joven en comandar las tropas de Endellion. Se mantuvo siempre firme al lado del príncipe, a quien juró lealtad. Hasta que desertó: conmigo y por mí.
Siempre estaré en deuda ante su sacrificio. Tuve que obligarme a sepultar mis miedos y convertirme en la mejor guerrera. Pelear a su lado y cuidar de él era lo menos que podía hacer, porque, desde aquel día, nos quedamos solos. Sobrevivir era la prioridad. Ser los mejores, nuestra única salvación.
—Caiseth, hay demasiada sangre —mi voz se rompe.
—¿Estás herida?
—No, toda es tuya. No logro ver de dónde proviene.
—Ayúdame con la armadura —susurra en un quejido apenas audible, intentando arrastrarse hasta un árbol cercano.
Logró llevarlo hasta allí antes de que me fallaran las fuerzas. Jamás una batalla había durado tanto. Nunca antes habíamos estado tan cerca de morir.
—¿A cuántos perdimos?
—No lo sé.
—Cai, mírame.
Estoy desesperada. Tomo su rostro entre mis manos y hago que se enfoque. En este momento, para mí, las tropas son lo de menos; en mi cabeza, lo único que importa es salvarle la vida.
Las manos me tiemblan al desabrochar la coraza.
No son nervios, es presagio. Justo entre la sexta y la séptima costilla, un tajo profundo revela la tragedia.
La sangre brota en oleadas, oscura y densa, como si hubiera estado esperando a ser liberada.
Presiono con impaciencia. Él gime. Tal vez la daga siga adentro. Quizá la muerte haya entrado con ella.
—Por favor… perdóname. —Éramos un equipo; mi deber era estar a su lado y evitar que algo así pasara.
—Tranquila —murmura—. Todo estará bien.
No, no lo estará. Creí que teníamos la situación bajo control.
«¡Una victoria más!», pensé. Me lancé tras el comandante enemigo y caí directo en una emboscada.
Caiseth intentó detenerme. Lo escuché gritar tras de mí, pero no me detuve.
En su afán por protegerme, recibió la herida que debía ser mía.
Y aun con una daga casi en el corazón, mató a un general y a tres soldados.
Los demás huyeron. Solo quedaron los rezagados. Y estos ya deben estar acabados.
—Resiste.
—Nuestros hombres están cerca —trato de convencerlo. De convencerme. Utilizo hasta mi último aliento por mantenerlo aquí, en la seguridad de mi voz.
—Ay, Mar… creo que esta vez es serio. —Limpia resignado la sangre de sus labios.
—No, Cai.
—Quédate conmigo.
—Te necesito. —Estamos perdiendo la batalla. Las lágrimas, esas que estoy tratando de contener, han comenzado a nublarme la vista, implacables, dolorosas.
—Llegó la hora. —Y aun en su agonía, se atreve a sonreír.
—¡No digas eso! Mírame —ordeno.
Alzando su rostro hacia el mío.
— ¡No me dejes! —suplico.
—¡Resiste, maldita sea!
Sus ojos se están apagando. Y yo no puedo hacer nada.
—Mar… —Acaricia mi nombre con una voz ya lejana—. Eres la mujer más valiente que he conocido.
—Nunca vuelvas a dudar de ti, ni por un segundo.
—No llores por mí. —Traga—. No llores . —Trata de rozarme el rostro con su mano sin fuerza.
Sus palabras suenan a orden, pero mucho más a súplica.
—Si tan solo yo… —Me ahogo en arrepentimiento.
—Shhh. —No fue tu culpa. Esto es guerra.
—Una que debíamos ganar. —Mis lágrimas ya no pueden detenerse.
—Y lo hicimos.
—¡Juntos! Cai… ¡por favor! —Mi llanto nos empapa a los dos.
—¡Caiseth, Marlowe! —gritan desde las sombras.
Un soldado.
Las tropas.
¡Quien sea!
—Ya vienen. —Trago, la esperanza se asoma. —¡Resiste un poco más! —Presiono la herida, desesperada.
—Mar… —Me detiene. Aprieta mi mano con apenas fuerza—. Dile a nuestro pequeño que lo amo.
—No.
—No, se lo dirás tú.
—Cai, por favor…
¡Por favor!
Pero esta vez no responde. Grito. Sacudo su cuerpo. Comienzo a comprimir su pecho con las manos ensangrentadas. Una vez, otra. Diez, cincuenta. Hasta que pierdo la cuenta. Hasta que ya no puedo más. Lágrimas, súplicas; todo lo que soy se me va en ello.
Nada. Se ha ido.
Miro alrededor; mi angustia es palpable. Quizá incluso me han escuchado gritar de dolor.
Nuestras tropas están aquí, en círculo, calladas. Algunos han dejado caer sus cascos, cabizbajos. Parecen ser los únicos que entienden lo que yo aún no puedo aceptar.
Caiseth Callahan, mi Cai … ha muerto.
Cabalgamos a trote lento, de regreso a Linden.
El pesar se siente en el aire, y el aroma de la pérdida en el campo de batalla nos envuelve.
Ganamos, sí, pero no regresamos victoriosos.
No volveremos a casa completos. Mis ojos fijos en la sangre seca que me cubre las manos. Su sangre. Lo que quedó de él.
Las tropas entonan sus cánticos; esta vez no son por el triunfo. La victoria sabe a pérdida, una incomparable.
Los mensajeros ya deben haberle comunicado el desenlace de la batalla a su reina. Nosotros llegaremos a palacio en dos lunas más.
Nadie en estas tropas movió un pie de su sitio. Me contemplaron ahí, junto al cuerpo de Cai, durante horas. Hasta que las lágrimas se apagaron en mi rostro, hasta que el cuerpo comenzó a doler, recordándome que yo sigo aquí, castigándome por la culpa.
¿Cómo es que pueden seguir confiando en mí después del descuido que le costó la vida a quien daba las órdenes?
Con la puesta del sol, por fin Yeikof, el capitán de estas tropas, se acerca con empatía a preguntarme qué quería hacer. La segunda al mando, sin importar que soy mujer . Me he ganado el respeto de todos ellos por mis capacidades. Siguen a la espera de mis órdenes.
Pese a mi pena, debo ponerlos a salvo.
—Recolecten los objetos de valor de nuestros caídos para regresarlos a sus familias.
El cuerpo del comandante lo llevaré yo. Ya saben qué hacer con el resto.
¡Volvemos a Linden! —Me levanto tambaleante; él trata de sostenerme.
Lo impido con un sutil gesto de mi mano. Debo obligarme a intentar seguir.
—Ya la escucharon —reafirma el capitán, ondeando la mano por los aires.
Las tropas se movilizan. Tras la recolección de los objetos personales de nuestros hombres, separan los cuerpos del enemigo.
Las hogueras comienzan a arder, las cenizas revolotean por los cielos. Mis guerreros y yo salimos de entre las llamas proclamándonos vencedores. Siempre suele ser así.
Siempre tomada de su mano.
El capitán me ayuda a envolver el cuerpo de Cai en una manta para subirlo a mi caballo. Apenas puedo pensar con claridad. Las lágrimas me nublan la vista. El olor a piel chamuscada me inunda las fosas nasales. Me cuesta mantenerme en pie.
—¿Puedo? —pregunta Yeikof ante mi evidente fatiga.
No es física, quisiera gritárselo. Afirmo en silencio, mientras lo ayudo a asegurar el bulto con unos lazos.
—Nada de esto ha sido tu culpa, él ya había sido herido de gravedad cuando avanzó hasta tu posición.
—¿Cómo lo sabes?
Me muestra el resto de la daga.
—Vi la conmoción en sus ojos al intentar retirarla y darse cuenta de que estaba partida en dos. Él sabía que su destino había sido sellado. Siguió en pie de lucha, como el gran guerrero que era. Por ti.
No agrega nada más. Comienza a darle órdenes a las tropas antes de iniciar la marcha.
A estas alturas del viaje, yo solo puedo pensar en los padres de Caiseth y en nuestro hijo.
¿Cómo voy a darles la noticia? Hemos pasado por tanto…
Ellos nos acogieron y se volvieron nuestra familia.
Hoy les entregaré a su hijo muerto. Una vez más, la historia se repite: un hijo más convertido en tumba.
Odio que las tropas que lidero me vean débil, mas no puedo evitarlo. Estoy sintiendo aún su mano sobre mi mejilla. Y no puedo… ya no puedo .
¡No podré hacerlo sola!
Lloro ante la imagen que me acompañó durante tanto tiempo y que ahora ya no está.
Mi guerrero de piel durazno. ¿Qué voy a hacer sin sus expresivos ojos verdes?
, esos que reflejaban la luz del bosque, inundando todo con su paz.
No podré contar más sus pecas, ni acariciar la cicatriz que le recorría el pómulo derecho mientras sonreía ante mi contacto.
Ya no va a rodearme con sus brazos las noches de tormenta.
No habrá más desvelos, contándonos tonterías para hacer menos pesada la carga del camino de muerte, ese que solíamos dejar a nuestro paso.
No sentiré de nuevo su ligera barba al roce de mis dedos, ni podré acomodar las ondas de su cabello castaño que le caían rebeldes sobre la frente —sollozo—.
Detalles que parecerían insignificantes y que hoy me sepultan en vida, porque se han ido.
Hay tanto de él en mí, cosas que ni yo sabía que llevaba guardadas. Pasan en mi memoria como una película. Y su sonrisa, esa de medio lado que parecía burlarse de mí, me destroza.
Acelero la marcha de mi caballo; necesito alejarme de todos. Las lágrimas surcan mis mejillas impulsadas por el viento. Y grito, grito tan fuerte como me es posible, grito hasta quedarme sin aliento.
¡Caiseth…!