68
La espera se me hace eterna, me sorprende no sentir dolor, ni siquiera percibir las frías aguas del Otro Mar.
La anciana de mi tribu dice que es así como comienza nuestra existencia en las aguas de nuestros difuntos, al principio están heladas, pero luego se tornan cálidas.
Siento frío, sí, pero es por los mares del norte, aun así, me es agradable, me tranquiliza.
Puede que sea la adrenalina haciendo del entorno algo favorable para mí, pero no puedo escapar, no tengo a dónde.
Solo espero que mis hermanas y las reinas prisioneras salgan con vida de todo esto, mi viaje ya ha terminado.
—¿Nyrrel? —chasqueo cuando veo a mi amiga situada entre las caribdis y yo.
De repente me percato de que los ojos de las criaturas más grandes están cambiando.
Están perdiendo su rojo para volverse completamente dorados.
Más que eso, han cerrado sus fauces y miran a la pequeña como si ella fuera su líder o algo por el estilo.
De alguna manera la influencia de la perla solar en mi pequeña amiga ha hecho que las más grandes adquieran las mismas propiedades.
—¿Qué está pasando?
En el mismo momento en el que Nyrrel nada para enroscarse en mi brazo, las otras caribdis me miran esperando mis órdenes.
La confusión se apodera de mí y me incita a acercarme a una de ellas, la del centro, y colocar mi frente sobre su cabeza.
La criatura cierra los ojos aceptando mi gesto, segundos antes de que las otras dos se acerquen a mí ansiosas por recibir mi saludo.
Entonces lo recuerdo, las imágenes de las visiones que me ha regalado Rysantha durante mi viaje, aquellas en las que las caribdis son mensajeras del mar y no simples monstruos.
—Necesito vuestra ayuda —chasqueo y ellas parecen entenderme, más que eso, aguardan a que les diga qué es lo que tienen que hacer—. Necesito salvar a mis amigas, liberar Thalin del rey loco, recuperar mi hogar y regresar a tierra firme con la reliquia de Rysantha. ¿Podéis abrir la puerta?
Las nuevas caribdis tienen el tamaño óptimo para poder entrar en el reino del norte, y la flexibilidad suficiente como para moverse a través de sus túneles como si fueran serpientes reptando en su guarida.
Así es como empiezan a dar cabezazos sobre las rocas, lo hacen de manera acompasada y marcando un ritmo, pero no es suficiente.
No se detienen, quieren cumplir con la misión que les he dado, hacerme sentir orgulloso.
Yo en cambio temo que las escamas de su cabeza se dañen, ahora que esto lo puede cambiar todo no puedo permitir que sufran por mi culpa.
Eso es lo que me lleva a agitar mis dedos y recubrirlas de una fina armadura de nolmancia.
En ese preciso instante consiguen derribar la entrada.
Por mucha hambre que tengan no se apresuran a entrar, al contrario, esperan mi aprobación. Yo me limito a mirarlas sorprendido, no soy consciente de todo lo que está pasando hasta que las caribdis se colocan a mis espaldas dispuestas a seguirme sin importar el adónde.
—Acabad solo con aquellos que intenten hacerme daño, tenéis libertad total para devorarles —La crueldad surge de mis labios en forma de rugidos suaves. He intentado ser paciente con todo esto, pero Idhikapl no tiene perdón—. Comed, amigas, disfrutad de este banquete.
Me muevo a gran velocidad dispuesto a todo por salvar a mis hermanas, a las reinas y recuperar el Orbe de las Mareas.
Serpenteamos a través de los túneles mientras los guardias leales a la corona de Idhikapl se abalanzan sobre mí.
Thalin se llena de gritos cuando las caribdis les agarran con sus tentáculos y empiezan a comérselos sin previo aviso.
Me sorprende la lealtad de las criaturas, son más inteligentes que un delfín y mucho más mortales que un tiburón.
Cuando llego a la cueva central me topo directamente con un festival de risas y torturas.
Los príncipes están allí, aplauden con orgullo los golpes de nolmancia que los clamamareas les dedican a mis hermanas y a Aligarra.
Lo peor de todo es que Vanh, y los pocos tritones leales a la antigua reina, han sido ejecutados en público.
Lyandash, la reina de Aeriel, está junto a las clamasoles.
Tanto ellas como Korrat están completamente paralizadas, no me cuesta encontrar la herida provocada por el aguijón del rey loco.
Así es como las ha estado controlando todo el tiempo, mediante una tortura de parálisis y veneno.
—¡Se acabó, Idhikapl! —grito en el momento en el que nado hasta allí dejando a las caribdis atrás. No sé si no me siguen porque no caben por la puerta, o es que siguen cazando soldados.
No me detengo a hablar, me limito a nadar hacia él y agarrar su cuello con fuerza mientras Nyrrel abre sus fauces y las sacude amenazante.
Todos los presentes se quedan paralizados, incluso el propio rey me mira con los ojos abiertos de par en par.
Los tortuga, que custodiaban la entrada, cierran las puertas, aterrados, para que las caribdis no puedan atacarles.
Pero ya hay una dentro, entiendo que Nyrrel tiene la fuerza de una bandera que grita justicia y orden.
—¡Liberadlas! —ordeno y los tritones lo hacen sin pensárselo dos veces.
En el fondo de mi ser deseo rajarle el cuello a Idhikapl, pero algo en mí se remueve, no sé si es el cargo de conciencia o la idea de no rebajarme al nivel de mi enemigo.
Me aseguro de que no pueda mover su aleta para clavarme su aguijón, me esfuerzo por inmovilizársela con la nolmancia. Esta vez no me va a pillar desprevenido
—¡Escuchadme bien porque no lo repetiré! ¡Este depravado ha convertido nuestra raza en un peligro para Valhía!
Poco a poco algunos de los tritones van soltando sus lanzas mientras otros se mantienen firmes.
Los tortuga que optan por apoyarme se quitan los moluscos y bajan la cabeza en señal de paz.
Pero aún quedan otros que se resisten a cambiar de bando.
Aligarra y mis hermanas ayudan a las otras reinas y a las clamasoles a llegar hasta mí.
En el momento en el que Sarra y Adaleh colocan las manos en mis hombros comprendo que debo soltar a Idhikapl, que esta guerra ya ha terminado.
Así lo hago, me dirijo al resto de tritones, en especial a los príncipes de Thalin y continúo chasqueando.
—¡Todos somos hijos del mar! Deberíamos…
—¡Es el elegido de Rysantha! —chasquea uno de los Cantores que se acerca hasta mí seguido por el resto de los suyos—. Lo he visto con mis propios ojos, incluso nuestras enemigas inmortales se han unido a él.
—¡Padre! —Tengo claro que el líder de los tritones más poderosos seguiría hablando si Ulam no estuviera gritando de pavor.
No puedo quejarme, ni siquiera sorprenderme ante la actitud de mis hermanas.
Ellas que siempre han sido valientes guerreras, han tomado su propia decisión.
Entonces comprendo que no pretendían que dejara al rey loco con vida, sino que eran ellas las que querían saldar nuestra deuda de carne.
Los soldados más cercanos no han dudado en darles sus lanzas de hueso, a pesar de que hayan sido tritones rebeldes nadie olvida el poder de nuestras líderes.
No sé quién es la que empieza, lo único que puedo ver es como Sarra y Adaleh atraviesan a Idhikapl con sus armas, el precio de haber acabado con un príncipe de Laneth.
—Que Rysantha te dé tu castigo en el Otro Mar —Es Sarra la que habla mientras el lamento del asesinato de Krank se va apagando en la ira de sus ojos—. La deuda está saldada, el asesino de nuestro hermano ha sido ejecutado.
—¡¿Cómo osáis?! —protesta Ulam y es Aligarra la que se acerca a él y le propina un aletazo en la cara.
—La reina de Thalin ha regresado—chasquea ella mientras sus hijos no pueden hacer otra cosa que jurarle respeto. Todos menos uno—. Si pretendéis quedaros aquí, deberéis acatar mis normas.
—No… —El Cantor que encabeza a los suyos se acerca al cadáver de Idhikapl y coge su corona de huesos y espinas. Está a punto de colocarla sobre mi cabeza cuando añade—: El rey de Thalin ha sido escogido por nuestra diosa, Cirigh, acepta esto como muestra de lealtad.
—Soy Cirigh de Laneth, mi sitio no está aquí —Cojo el objeto con las manos y se lo entrego a Aligarra.
—En ese caso serás Cirigh de Valhía —me responde él bajando su cabeza en señal de reverencia.
Es entonces cuando todos los presentes le imitan, los soldados sueltan sus armas jurándome lealtad.
Aligarra se coloca a mi lado, me dedica una sonrisa y hace la misma reverencia que el resto.
Antes de que nadie pueda hacer nada Ulam huye de la estancia y se topa directamente con las caribdis de ojos dorados que me esperan en los túneles.
No les hace falta ninguna orden para que abran sus fauces y devoren al favorito de Idhikapl.
Nadie lamenta la pérdida pues la paz ha llegado al reino de Thalin.
No hay ninguna fiesta ni banquetes, menos aún música y canciones al acabar la guerra.
Lo único que queda es el silencio y la esperanza de recuperar un reino perdido.
Estoy frente a las puertas de salida cuando Sarra coloca su frente sobre la mía.
Las otras reinas están allí mientras los tritones aguardan a que su antigua reina les diga qué deben hacer.
—Ten cuidado, hermano —se despide ella mientras alza su mirada orgullosa.
—Le contaremos a madre todo lo que has hecho —habla Adaleh justo cuando me hace el mismo gesto.
Mis hermanas se apartan para dar paso a Aligarra. A diferencia del resto de sirenas, ella me rodea con las manos y me abraza. Un saludo propio de tierra firme, un código que solo ella y yo sabemos, la promesa de volvernos a encontrar.
—Me encargaré de que la reina Velra recupere Laneth —chasquea decidida mientras las clamasoles se colocan a su lado.
Una de ellas se acerca a mí y me entrega el Orbe de las Mareas.
Han guardado la reliquia en una bolsa hecha con algadenas, un regalo para facilitar su transporte—. Después iré a buscarte.
—No tengo la perla…
—No importa —Una de las ancianas, Amatuna, nada hasta mí para verme partir.
Sus palabras me dan la respuesta a una pregunta que ni siquiera me había formulado. Las pociones de tormenta que ha estado haciendo todo este tiempo no han sido para la guerra contra Idhikapl, sino para la que se va a desarrollar en tierra firme contra la Destructora.
—Te encontraremos y haremos que el mar combata a tu lado —dice de manera esperanzadora.
—No ignores los susurros de los tallados en piedra —añade Talubina, que se sitúa al lado de una de las grandes sirenas—. Eres el único con el poder de entender todo lo que se avecina.
—Aeriel está contigo, Cirigh —chasquea ella, la reina de Aeriel.
—Y Melyse te seguirá hasta el final —secunda la líder.
Las caribdis reaccionan en el mismo momento en el que me pongo en marcha. Nado lejos de Thalin mientras mis aliadas me observan victoriosas. El Cirigh que una vez llegó a Plaguen ya no está, en su lugar está el elegido de Rysantha, el comandante de las caribdis con los ojos dorados.
Encuentro la manera de nadar más deprisa, me agarro a una de las escamas de mis nuevas amigas y dejo que su fuerza nos convierta en una bruma grisácea en las profundidades del mar.
Nyrrel sigue a mi lado, enroscada en mi brazo mientras descansa.
Puede que Rysantha piense que hice bien en protegerla, pero yo tengo claro que mi suerte ha sido poder encontrarle.
Me prometo a mí mismo llegar a Hontir, encontrar a Estevian y conseguir el Cetro del Sol.
Me dan igual los peligros que vayamos a encontrarnos, estoy preparado para librar una y mil batallas.
Con él todo es posible. La Destructora llegará a Valhía pronto y yo tendré que sacrificarme para proteger a mi vampiro y que pueda cumplir con su destino.
No me importa, lo haré por todos aquellos que han creído en mí. Por la Corte de la Noche, por el Aquelarre del Cuervo, por Laneth y los otros reinos submarinos, pero sobre todo lo haré por Krank. Sé que mi hermano me estará esperando con los brazos abiertos en el Otro Mar. Tengo ganas de verle.