Corona de huesos y espinas (Corte de agua carmesí 2) 67
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La roca que sella mi prisión asciende dando paso a tres soldados tortuga que me apuntan con sus lanzas. Los Cantores se siguen escuchando en la inmensidad del reino mientras sus cimientos se sacuden amenazando con un derrumbamiento.

—Muévete, elegido… —chasquea el tal Fegalh—. Si quieres seguir con vida haz lo que te digo, estamos hartos de todo esto.

—Vale, vale, pero no hace falta que me apuntes con tu arma —me quejo mientras subo las manos indicándole que no voy a oponer resistencia.

Al menos yo no, porque Nyrrel se acaba soltando de mi mano y se pone a gritar con las fauces abiertas en flor.

Los otros tortuga huyen despavoridos al ver a su enemiga inmortal invadiendo su propio hogar, pero el primero se queda detrás de su lanza.

Mi amiga actúa a gran velocidad, nada hasta su cara y pega sus ventosas sobre él.

—¡Quítamela! —grita desesperado—. ¡Quítamela de encima, por favor! ¡No quiero morir!

Un solo silbido basta para que la caribdis nade hasta mí y se enrosque en mi brazo de nuevo. El soldado se queda completamente perplejo, suelta su arma y me hace una reverencia. Uno a uno se va desprendiendo de los moluscos de su cuerpo hasta que se queda completamente desnudo, tal y como yo.

—Es real, Rysantha te ha elegido…

—Corre la voz, diles a los tuyos que debéis servirme a mí y no al rey loco —Doy la orden como si hubiera nacido para esto.

Al instante el tritón nada y se pierde en los túneles de su hogar.

Después me dirijo a la criatura que no se despega de mí y le digo—.

Vamos a encontrar a mis hermanas y vamos a acabar con esto.

Cuando salgo de la cueva en la que casi pierdo mi voz observo las algadenas amarradas a argollas de huesos, un mecanismo para dejar las puertas abiertas sin que nadie esté al otro lado.

Nado lo más rápido que puedo sin saber hacia dónde ir, no me he preocupado en memorizar los túneles del reino y eso me va a hacer perder mucho tiempo.

—No seas tonto, Cirigh. —me digo a mí mismo—. Sigue la Voz Azur de los Cantores.

Y eso es lo que hago, dejo que la canción de mis enemigos me guíe a través de los dominios de los tritones del norte. En ocasiones tengo que retroceder, pues me doy cuenta de que me estoy alejando de la melodía.

La guerra ha estallado en Thalin, lo sé porque no me encuentro con nadie durante mi aventura.

En ocasiones tiro de algadenas para encontrarme con diferentes estancias cuya funcionalidad reconozco porque es la misma que las de mi hogar.

Así es como me topo con cuevas de apareamiento, de gestación, de práctica de magia de clamamareas e incluso una dedicada a la creación de armas de hueso.

En uno de esos túneles sin salida a mis labios se les escapa un grito de sorpresa.

—Está obsesionado con la profecía… —chasqueo observando las piedras talladas con la llegada de la Destructora.

El ángel está dibujado en diferentes poses mientras el elegido de Rysantha le planta cara.

Lo que más me sorprende es ver como el nombre de Idhikapl se repite una y otra vez, se nota que no ha sido tallado por las ancianas, sino por él mismo.

Lo sé porque las letras están inscritas con torpeza y sin respetar los espacios entre líneas.

—Tengo que seguir…

Thalin se vuelve a sacudir, el polvo y los guijarros caen por todos lados obligándome a esquivar el caos de un reino que se precipita a la destrucción.

El túnel avanza en espiral hasta la parte más amplia, la cueva principal.

Las algadenas están amarradas a las argollas de huesos dejando el acceso completamente abierto.

Me apoyo en el marco de la puerta y observo la situación antes de actuar.

—¡No pretendo haceros daño, queridas!

Los chasquidos de Idhikapl suenan por encima de la Voz Azur de los Cantores. Creo que es eso, o son los propios tritones los que reducen su canción para que el resto pueda escuchar a su líder.

Todo está lleno de soldados tortuga, todas las puertas que dan a la plaza central de Thalin selladas por los guerreros que siguen al rey loco.

Puedo ver a Aligarra con otros tres tritones, junto a ella mis hermanas y las otras reinas.

Hay tres clamasoles allí, tres sirenas que sostienen el orbe para evitar que Idhikapl lo recupere.

No tienen escapatoria, no con la Voz Azur bloqueando sus movimientos.

Si él quisiera, sus tritones podrían hacer que las cabezas de sus enemigos estallaran en pedazos, pero no lo ordena, los necesita con vida.

—Escóndete, pequeña —le digo a Nyrrel para que ella se separe de mí—. Cuando te llame, acude a mí. No sé si esto funcionará, pero no tengo otra opción.

Mi amiga se esconde en los conductos del reino mientras mi aleta me empuja a entrar allí y nadar entre los soldados que se apartan a mi llegada. Los Cantores continúan proyectando su voz alrededor de sus enemigas, no se detienen, ni siquiera cuando Idhikapl me clava su mirada embriagada en rabia.

—Me quieres a mí, libéralas —chasqueo por encima de la canción—. Déjalas marchar, no hace falta que mueran más de los nuestros.

—Vaya, muchacho, no te esperaba aquí —Justo en el momento en el que el rey habla, sus Cantores se callan al mismo tiempo que los tortuga apuntan a los traidores con sus armas—.

No tenía pensado sacrificar más vidas, pero tu amiguita ha hecho que las reinas se pongan en mi contra.

Díselo, Cirigh, diles que esto no llevará a nada. ¿Otra guerra? ¿Para qué?

—Yo a cambio de ellas —repito utilizando otros chasquidos totalmente diferentes. Miro a mis hermanas y ellas asienten con la cabeza en señal de que están bien—. Has ganado, Idhikapl, eres más fuerte que yo. Te mereces ser el elegido de Rysantha.

—Qué honor —sonríe y finge hacer una reverencia de respeto.

La cueva se vuelve a sacudir, lo que me da a entender que no era fruto del poder de los Cantores. Tampoco es algo normal, lo intuyo porque Idhikapl no aparenta comodidad ante los quejidos de su hogar.

—¿No os dais cuenta? —continúa señalando los guijarros que surgen de los temblores—. Si me tengo que encargar de detener esta revuelta, no puedo centrarme en las caribdis hambrientas de ahí afuera. ¿Queréis que muramos todos? ¿Vais a extinguirnos de esta manera?

—Caribdis… —chasqueo para mis adentros y de alguna manera intento improvisar un plan, pero no lo consigo. Así que hablo sin saber si esto me llevará a una muerte segura—. Déjame demostrarte que puedo ser un buen aliado, déjame ayudarte a reprimir a nuestras enemigas inmortales.

—Buen chico… — Idhikapl me da la mano y la alza como si hubiera ganado, aunque no termino de entender el qué—. ¡Cirigh se unirá a Thalin! ¡Será nuestro nuevo Cantor!

Los soldados vitorean mi nombre mientras se concentran en inmovilizar a las traidoras para que no puedan actuar.

Al cabo de unos segundos me veo recorriendo los túneles de salida acompañado de los tritones más poderosos que jamás he conocido.

Ellos siguen al rey, lo hacen ciegamente y sin protestar.

No hablan, no porque sean mudos, sino por el simple hecho de que creen en la ideología de su gobernador.

—Suelen llegar cuando cae la noche, vienen a alimentarse y después se marchan —Idhikapl se detiene frente a las rocas de salida. Varios de sus soldados aparecen cargados con redes de peces—. Tenemos un trato silencioso, yo les doy de comer y ellas nos dejan en paz.

Sin quererlo acabo cayendo en una trampa que he sido incapaz de esquivar.

Los tritones amarran mis manos con algadenas y me obligan a continuar cuando la puerta se alza para dejarnos salir.

Entonces me doy cuenta del plan que pretende llevar a cabo el rey loco.

Me quiere quitar de encima, ya no necesita mi voz, no me quiere cerca.

Soy una imagen que puede llevar a sus esbirros a traicionarle, lo ha visto con Vanh.

Desconozco quién es ese tritón, pero está de parte de Aligarra y eso le duele más que cualquier cosa.

Ahora lo entiendo, un rey necesita un pueblo que le siga y si yo estoy cerca, un tritón dispuesto a hacer las cosas completamente diferentes puede perder su fuerza.

—Gracias por salvar Thalin esta noche, Cirigh de Laneth —Varios soldados me empujan afuera cargados con las redes de pescados. Los Cantores se quedan atrás, no pretendían luchar contra las caribdis sino evitar que yo me escapara.

—No tiene por qué ser así, Idhikapl —chasqueo intentando hacerle entrar en razón, pero es imposible. Así que improviso un plan b, dirigirme a los suyos—. ¡Este no es el camino! ¡Rysantha no quiere esto! ¡Recapacitad ahora que podéis, no tenéis por qué morir por un loco!

Los soldados liberan a los peces segundos antes de empujarme y cerrar la puerta por completo.

Golpeo las rocas con mi aleta, pero no consigo nada.

Poco a poco voy sintiendo las miradas de mis enemigas clavándose en mi nuca, están ahí y tienen hambre.

Me giro lentamente, sin miedo mientras la adrenalina recorre cada una de mis escamas y me mantiene firme.

En lo más oculto de las profundidades de los mares del norte observo a cuatro caribdis con los ojos rojos.

Ignoran por completo a los peces que nadan a su alrededor, no les interesan pues ahora tienen un manjar mejor.

Me lamento por haberme dejado engañar, no solo eso, la imagen de la muerte de Krank me tortura con tanta intensidad que solo deseo verle en el Otro Mar.

Aun así, no me resigno a morir, decido utilizar mi último comodín en una baraja de cartas sin posibilidad de victoria. Es ahí cuando empiezo a cantar:

Una rama de Valhía

Hacia tierra me arrastró

…

Antes de que pueda continuar, las tres caribdis se abalanzan sobre mí abriendo sus fauces en flor. No son demasiado grandes, puede que estén en su plena adolescencia. Me sorprende ver que no se atacan entre sí, que trabajan en equipo como una familia.

Siento el aliento de las criaturas cada vez más cerca, cierro los ojos y dejo que las consecuencias de mis actos me lleven a mi fin.