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Estevian Ilia
La noche es como mi mejor amiga. Durante los dominios de la luna, los habitantes de las Tierras Doradas permanecen en sus casas dándome vía libre para cazar en soledad. No era consciente de la gran variedad de fauna que hay aquí hasta que me he visto obligado a alimentarme de ella.
Gracias a los diferentes depredadores, los animales muertos que voy dejando pasan desapercibidos.
Me ha costado adaptarme a los nuevos sabores, en el Continente de la Banshee tenemos el lujo de contar con los dolientes y humanos que se alimentan exclusivamente para servir a la corona de oro negro y rubíes.
Por eso es por lo que al principio no me gustaba la sangre de conejo, de hiena o de gacela.
Pero al final tengo que sobrevivir y los venados me dan las reservas suficientes como para pasar casi una semana sin tener que beber.
Decidí hospedarme en la misma habitación en la que me dejó Cirigh, prometí que le esperaría todo lo que pudiera y de momento no se me está dando nada mal.
El dueño del Descanso de Bryarthe ha accedido a contratarme como camarero, necesitaba gente y aseguraba que mi presencia exótica atraía más clientes de los que se esperaraba.
Así es como he pasado estos días, trabajando por el día mientras aprovecho las noches para investigar la sociedad de los prestigiosos.
Pero ahora tengo hambre, quizá he esperado demasiado para alimentarme y por eso mis pies se mueven a gran velocidad buscando la presa que saciará a mi bestia interior esta noche.
Soy precavido, me alejo de la ciudad lo suficiente como para que los magos que protegen sus fronteras no me vean.
Normalmente son los del caftán rojo los que hacen las guardias nocturnas, sé que son los orishas que controlan la ashlaxmancia, la magia de fuego, aunque aquí simplemente le llaman magia roja.
Me topo con un conejo que no tiene tiempo para escapar cuando lo cojo entre las manos y le hinco mis colmillos.
El sabor de su sangre es lo suficientemente fuerte como para provocarme una arcada, quizá no me he acostumbrado tanto como esperaba.
Aun así, me sacia, por eso bebo de él con tantas ansias que acabo dejándole seco antes de que pueda darme cuenta.
—Necesito más…
El chaleco de tela marrón, que deja parte de mi torso al descubierto, es lo suficientemente largo como para ondearse al viento cuando emprendo una nueva carrera.
No me cuesta mucho encontrar a una gacela cuyos reflejos son nulos cuando me abalanzo sobre su cuello.
Se me escapa un pequeño gemido cuando disfruto de su plasma.
Bebo, lo hago sin prestarle atención a mi entorno, un error pues acabo bajando la guardia.
Pero no puedo hacer otra cosa, necesito esto tanto como los humanos dependen del respirar.
Me aseguro de que la gacela no muera, si pretendo esperar a mi tritón tengo que aprender a no matar a mis presas.
Por eso cuando termino de beber de ella le doy un poco de mi sangre para que se regenere su herida y pueda alejarse de mi lado.
De pronto me quedo completamente paralizado, frente a mí hay una figura cubierta de blanco, una criatura cuya voz consigue erizar mi piel.
—El muerto que camina entre los vivos… —susurra con varias mariposas amarillas volando en torno a su figura—. Muere…
Intento correr, pero el demonio blanco me paraliza y se abalanza sobre mí convirtiendo la sábana que le cubre en una boca llena de dientes cuyo interior parece contener el infinito.
Mis ojos centellean rojos cuando utilizo todas mis fuerzas para zafarme de su hechizo, justo cuando está a punto de morderme consigo propinarle un puñetazo.
Corro, lo hago en dirección a la ciudad.
Si estos seres me atacan en las praderas de Hontir, eso significa que no se acercan a las civilizaciones.
Huyo y justo cuando estoy a punto de llegar a los límites del reino, un fuerte mareo se apodera de mí.
Parpadeo y me topo directamente con la criatura blanca, de nuevo en el mismo lugar en el que bebí de la gacela.
Desconozco el poder que tienen estos monstruos, quizá debería haberme informado más de los peligros sobrenaturales de las Tierras Doradas.
Lo único que se repite en la posada es la llegada de los demonios y lo importante que es la corona de oro y pieles para protegerles.
Dudo mucho que esto sea uno de esos demonios, lo único que sé es que ahora soy su presa.
—¡Suéltame! —grito volviendo a golpear su rostro y sin ánimo de intentar escapar, eso solo agotará mis reservas de sangre.
—¡Muere!
Todo pasa a gran velocidad, la criatura se abalanza sobre mí sin darme ninguna oportunidad de escapatoria.
Sus dientes atraviesan mi carne mientras el dolor se convierte en una tortura de fuego y escozor.
Grito, intento apartarla de mi lado, pero es lo suficientemente fuerte como para soportar mis golpes.
De pronto una brisa surge de la nada, un soplo de aire frío que se torna vendaval.
Estoy a punto de desmayarme cuando observo a tres figuras vestidas con un caftán blanco, son orishas y me están protegiendo con su magia.
La criatura sale despedida por los aires mientras los magos de la Torre Radiante me elevan sobre el suelo para llevarme de vuelta a la ciudad.
No dicen nada, solo me miran asegurándose de que estoy bien.
Sus aliados, los rojos que protegen las fronteras de Hontir, tampoco hablan cuando nos ven pasar.
Es como si todos los orishas pudieran hablar con solo una mirada.
Grito, no puedo evitarlo cuando el dolor de la mordedura es insoportable. La ciudad transcurre a mi lado bajo la atenta vigilancia de la sonrisa blanca que dibuja la luna en el cielo lleno de estrellas.
—¡Apresuraos, no le queda mucho tiempo! — grita uno de los magos que me sostiene con su magia. Antes de perder la consciencia consigo escucharle decir—. Aguanta un poco más, no nos puedes fallar, no ahora que te hemos encontrado.
Cuando abro los ojos me encuentro con cuatro figuras ataviadas de color azul, al principio me imagino que es Cirigh que ya ha venido a buscarme, después me doy cuenta de que son los magos de Hontir sanando mi herida.
No se inmutan cuando intento moverme, tampoco puedo ir a ningún lado pues una fuerza invisible me mantiene completamente petrificado.
Me pregunto si esto es lo que sienten los duques de Plaguen cuando el Antiguo se alimenta de ellos.
—Ha faltado poco, reina Yamira. —dice una de las magas azules, la que parece tener más experiencia—. Pero hemos conseguido sanar el mordisco de la acherontia.
Una nueva figura aparece sobre mí, una mujer ataviada con un llamativo y voluminoso vestido plateado. Sus ojos son más dorados que el de los humanos de a pie, su cabeza porta la brillante corona de oro y pieles. La mujer me sonríe, me acaricia la frente y se asegura de que estoy sano.
—Desconozco como uno de los tuyos ha entrado en mi ciudad sin que nadie se dé cuenta —sus palabras son majestuosas mientras su voz me tranquiliza—.
Deberías haber venido a vernos, príncipe de Plaguen.
Los del caftán blanco predijeron tu llegada.
Llevamos esperándote mucho tiempo. El mundo pende de un hilo y solo tú podrás plantarle cara.
Continuará…