65
Poco a poco los tritones de la arena van cayendo calcinados de la misma manera que lo ha hecho mi hermano.
Idhikapl nos obliga a contemplar su juego mientras mis hermanas huyen de las medusas provocando que estas choquen entre sí.
Los príncipes empiezan a quejarse cuando se dan cuenta de que, en la batalla, las sirenas de Laneth son incansables.
Al final acaban exigiéndole a las tortugas, al servicio de Thalin, regalarles lanzas de hueso para hacer del combate algo más divertido.
—¡Esto no es justo! —se queja Ulam viendo como las medusas van cayendo una tras otra.
La arena estalla en aplausos justo en el momento en el que mis hermanas se acercan al cuerpo de Krank.
No tengo claro si ese es mi hermano o es el cadáver de los otros, están tan quemados que soy incapaz de reconocerlos.
En mitad de mi parálisis siento la pena de la pérdida, aunque no puedo llorar, no cuando mi rostro se ha quedado petrificado.
—Cuanto más alterado estés, más lento se recuperará tu cuerpo —Korrat no deja de mirar hacia el frente mientras se dirige a mí—. Tenemos que aguantar un poco más.
No puedo hablar, no con los labios dormidos. Decido hacer lo que me dice, me concentro en recuperarme mientras la escena se torna caos. Los arpones surgen de nuevo para intentar atrapar a mis hermanas, pero no lo consiguen, los de Laneth somos indomables.
—¡Felicidades, queridas! —anuncia Idhikapl mientras intenta calmarlas—. ¡Habéis ganado la competición! Ahora relajaos, haremos una fiesta en vuestro nombre.
—¡Eres un rey loco! —Sarra desafía al líder de Thalin.
—Haced que se calmen por favor… —protesta el príncipe Ulam señalando a mis hermanas.
Varios Cantores se dirigen al interior de la arena, cruzan los límites de las gradas sin ningún problema y rodean a las sirenas.
Antes de que ellas puedan defenderse, los tritones emiten una onda sonora muy similar a un grito y las dejan inconscientes.
Entonces recuerdo la vez en la que bebí la poción de las tormentas, la noche en la que la Orden de los Condenados mató a la Tríada de brujas.
Yo también grité de esa manera para hacer que el falso maestro se alejara de los duques de Plaguen.
El temor se apodera de mí, si los Cantores tienen el mismo poder que tuve esa vez, son demasiado peligrosos como para enfrentarles solo.
—Llevad a Cirigh a mi cueva —ordena Idhikapl y acto seguido dos soldados tortuga cargan conmigo como si fuera la pesca del día.
Antes de que me arrastren lejos de las gradas puedo ver como la reina Korrat asiente con la mirada, tiene algo preparado, solo tengo que aguantar un poco más.
Las cuevas pasan frente a mis ojos sin darme opción a responder, no puedo soltarme de mis captores, no ahora que soy un caballito de mar a la deriva.
No sé durante cuantos minutos nos estamos moviendo, pero cuando se detienen la esperanza intenta dibujar una sonrisa en mi rostro paralizado.
—No encontramos a Aligarra —se queja uno de los Cantores.
—Vahnt y sus tritones no están por ningún lado —le responde una tortuga y después continúan hablando.
—¿Crees que nos han traicionado?
—La reina movía a mucha gente, puede que sigan siendo fieles a su corona.
—Buscadla sino queréis que el rey os castigue, esta situación le está desestabilizando de nuevo.
Los tritones me arrastran hasta una cueva repleta de plantas luminosas.
No hay nada más que camas de piedra y herramientas de hueso cuya función desconozco.
Veo tijeras hechas con mandíbulas de foca, mazas sacadas del hocico del tiburón martillo o pinzas elaboradas con espinas y hebras vegetales.
Las tortugas me tumban en una mesa de piedra y me atan con las algadenas que utilizan para todo.
Un material que en Laneth se usa como arma y que pienso implementar para el funcionamiento de las puertas.
—Si eres el elegido, Rysantha te sacará de esta, Cirigh —pronuncia uno de los soldados cubiertos por moluscos—. Siento que tenga que ser así, pero no tenemos otra manera de sobrevivir.
—Siempre hay otra manera… —consigo decir, y entonces descubro que la parálisis se va disipando—. Os merecéis un rey que no os ponga en peligro. ¿Cómo piensa repoblar nuestra especie sin sirenas que le apoyen?
—Vamos, Fegalh, no lo escuches... —se queja su compañero, un tritón mucho más joven. Pero él no le hace caso, al contrario, se me queda mirando—. Haz lo que quieras, yo me largo.
—Supongo que puedo decírtelo, me lo tomaré como tu última voluntad—Los chasquidos de Fegalh me confirman que Idhikapl pretende acabar conmigo.
Soy una amenaza para su reinado—. Nuestro rey les ordenó a las ancianas que encapsularan la esencia de la luna rosa.
Pretende incitar a las reinas y todas sus hijas a que depositen sus huevos en sus soldados.
Así se creará un nuevo orden leal a la corona de Thalin.
—No tenéis ni idea de la locura que estáis haciendo.
Vais a reducir nuestra raza a un simple reinado de tritones locos —suspiro al mismo tiempo que recupero la movilidad de mis dedos—.
He vivido entre vampiros, aceptan nuestra naturaleza.
¿Sabes lo que sería un mundo en el que toda Valhía estuviera unida?
Se acabarían las guerras, los conflictos y la muerte.
—Cirigh… los de Laneth sois unos incultos.
¿Acaso nunca has pensado el por qué de que el mundo sea mayormente agua?
—Me quedo callado, intuyo su respuesta, pero necesito escucharla de sus chasquidos—.
Los habitantes del mar deberíamos gobernarlo todo, por eso Rysantha ha enviado a las caribdis, porque ha llegado el momento de que abandonemos nuestras cuevas para que conquistemos toda Valhía.
Con los Cantores de nuestro lado podemos prescindir de nuestra forma de agua salada. Tu eres la ficha que nos faltaba.
—¿Yo?
Y se marcha, el maldito Fegalh se marcha dejándome completamente solo.
El silencio se tumba a mi lado en el mismo momento en el que la puerta de la cueva desciende de golpe.
La ansiedad me abraza con fuerza, lo sé porque la perla de mi cuello parpadea con tanta velocidad como mi corazón, siento que se me va a salir del pecho.
Lo único que puede tranquilizarme es el recuerdo de mi tiempo en Plaguen, más que refugiarme en la seguridad de mi hogar, ahora destruido, lo que hago es pensar en Estevian.
Quería verle continuamente, quería hacerlo y no lo sabía.
Cada noche, en mi bañera, esperaba el momento en el que el imponente Chacal viniera a visitarme.
Él, el príncipe de la Corte de la Noche, uno de los vampiros más deseados.
Recordar sus caricias, sus besos y su cuerpo pegado al mío ralentiza el parpadeo de la perla solar.
—Rysantha, protege a mi familia… —le suplico a la nada sabiendo que mi tiempo se acaba—. Rysantha guíalos en esta guerra…
De repente la estancia tiembla y las burbujas empiezan a brotar alrededor de la cama de piedra, no sé qué es lo que está pasando, pero tampoco puedo hacer nada para evitarlo. El agua se cristaliza delante de mí formando un espejo, no, más bien es una ventana.
Veo el mar, inmenso e imponente. No solo eso, puedo observar el reino de Thalin desde el exterior, es gigantesco, un conjunto de montañas invertidas conectadas por túneles de roca y hielo. Soy la mirada de una sirena, lo sé porque se está moviendo.
—No te preocupes, muchacho. A veces la tierra se sacude, pero eso es algo normal en esta parte del mundo —Idhikapl nada por la habitación apartando todas las burbujas que se han formado durante el temblor—.
No sé qué hubiera hecho si no hubieras venido aquí.
Pero Rysantha te ha traído a mi lado y ahora sé por qué.
—Pretendes obligar a las sirenas a que depositen sus huevos en tus tritones —Me adelanto a sus palabras. No intento zafarme de las algadenas, sé que son tan resistentes que solo conseguiría cansarme.
—Vaya, vaya, vaya… no dejas de sorprenderme, Cirigh.
—Pretendes invadir tierra firme y hacerte con el control de Valhía, por eso has entrenado a los Cantores.
—¿Entrenarles dices? —se jacta dándome la espalda para coger los utensilios que tiene sobre las rocas—. Yo los creé, muchacho.
—No te mereces esa corona, Idhikapl —le reto, necesito ganar tiempo si espero que las reinas sirenas vengan a ayudarme.
Y vuelve a hacerlo, vuelve a cortarme con el aguijón de su aleta caudal. No solo eso, lo inserta en la misma herida que me ha provocado minutos antes. Retuerce su arma con desdén mientras se asegura de que su veneno penetre en lo más profundo de mi ser.
—Te necesito despierto, pero callado —dice sin miramientos.
La parálisis me invade a gran velocidad, entiendo que no hay escamas que amortigüen el golpe y por ello el efecto es mucho más rápido. Idhikapl coge las pinzas y las introduce a través de mis labios para mantenerme la boca completamente abierta.
—Hace mucho tiempo el reino de Thalin estuvo a punto de desaparecer…
—continúa seguro de que estoy a su merced.
No puedo hablar solo observar cómo sus ojos se abren de par en par emocionados—.
En el norte las amenazas son mayores a las que estáis expuestos en los otros dominios subacuáticos.
Aquí los depredadores marinos no le temen a las caribdis, al contrario, les plantan cara sabiendo que van a perder. Pero no dejan de intentarlo.
Coge las agujas de espinas y empieza a introducirlas en mi garganta para mantenerla lo suficientemente ancha como para continuar al siguiente paso. Sé lo que pretende, quiere arrebatarme mi Voz Azur. Idhikapl sabe lo que hace, incluso parece que es fácil, tanto como lo es respirar.
—Los tiburones polares habían tenido camadas tan amplias que se volvieron un enemigo importante para nosotros.
Acabaron con nuestras mejores guerreras y no iban a tardar en invadir nuestro reino.
No podíamos fallar, no ahora que Thalin había alcanzado su gloria.
Por eso la reina Aligarra y yo tomamos la decisión de extirparles la Voz Azur a las guerreras agónicas mientras aún seguían con vida.
Si podíamos aprovechar el regalo de nuestra diosa, podríamos ganar la guerra.
Y así lo hicimos, aunque eso significara cometer un pecado que ninguno de los otros reinos podía saber.
Hicimos de las últimas guerreras las armas más poderosas de los mares del norte.
Las sirenas no solo luchaban con fiereza, sino que además podían entonar la Voz Azur sin necesidad de quedarse quietas.
Su historia me horroriza, pero no puedo hacer nada, solo escuchar.
—Ganamos la guerra y Thalin recuperó la seguridad que alguna vez tuvo.
Viendo que Aligarra había aceptado mi estrategia pensé que aceptaría que los tritones jugaran un papel más importante en nuestra sociedad.
Pero eso no le gustó, decía que podía llevar a la insurrección o la ruptura en la alianza que manteníamos con los otros reinos.
Así que tuve que actuar, le dije a mis fieles que propagaran la verdad acerca de su querida reina.
No nos gobernaba una hija de Rysantha, sino un monstruo capaz de sacrificar a sus iguales por mantenerse con vida. Así fue como llegué al trono de coral.
Él se pone intenso narrando su propio pasado, una historia sumamente retorcida.
—Pensaba utilizar a sus guardianas, pero tuvo que huir con ellas. Astiarte y Canderra iban a ser mi arma para demostrarle a los otros reinos que los tritones también podían reinar. Las arrebató de mi lado, así que yo acabé con aquellas que apoyaban su causa, incluyendo a mis propias hijas.
Se queda en silencio mientras siento sus manos moverse en el interior de mi garganta. Soy consciente de que ha encontrado el núcleo de mi Voz Azur cuando veo el filamento dorado reflejado en su mirada. Intento zafarme de las algadenas, pero no puedo, intento cerrar la boca, pero es imposible.
Idhikapl coge unas tijeras y se dispone a arrebatarme el poder cuando el reino tiembla de nuevo obligándole a soltar el objeto de hueso.
—¡Estamos en guerra, mi rey! —grita Fegalh cuando entra de golpe en la cueva.
—Que no salga de aquí, le necesito con vida —se queja él mientras se apresura a alejarse de mí—.¡Y que nadie entre!