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Krank y Adaleh se liberan de las cadenas y se reúnen junto a Sarra para enfrentarse a los tiburones polares que se dirigen hacia ellos.
Al igual que en Laneth desconocíamos muchas de las costumbres que no se han popularizado fuera de Thalin, aquí tampoco son conscientes de la fuerza de combate de nuestra tribu.
Sí, quizá las guerreras de mi hogar han sido siempre reconocidas como las mejores, pero nunca ha habido una guerra entre reinos submarinos, por lo tanto, nadie ha tenido la oportunidad de vernos combatiendo de verdad.
En Laneth la arena es un juego para las sirenas más jóvenes.
Mis hermanas se han adiestrado en el manejo de las lanzas de huesos desde que tienen uso de razón.
Así como los tritones tardamos más en iniciar nuestro aprendizaje.
Y siempre suele ir dirigido a las leyes de convivencia y los hechizos más sencillos de las clamamareas.
Las hembras de mi ciudad adquieren la madurez de combate antes de que los machos comprendamos el verdadero funcionamiento del aurane.
—Esto es aburridísimo… —se queja Ulam, el que parece ser el hijo predilecto del rey—. ¿No puedes sacar las avispas?
No solo él, sino todos los príncipes se quejan de que los tiburones polares no descuarticen a más contendientes de la arena.
Ni siquiera los otros tritones se atreven a liberarse de las cadenas, tienen miedo de acabar como sus compañeros.
Pero mis hermanas y Krank son un cantar completamente diferente.
Así como Sarra y Adaleh combinan sus movimientos para esquivar y golpear a los animales, mi hermano convoca pequeños escudos que bloquean el mordisco de sus enemigos.
—Sacar a la pareja de ahí y bajad el cristal lunar —ordena Idhikapl a uno de sus Cantores, el cual no duda en nadar hacia uno de los túneles, bajo las gradas.
—¡¿Qué ganas con esto?! —protesta Aligarra, la cual no se atreve a acercarse a su excompañero de vida.
—Diversión, querida. Si Thalin va a ser la última ciudad de Rysantha en pie, tendremos que aprender a disfrutar de nuestra inmortalidad.
—¿Qué es eso? ¿Qué es el cristal lunar? —No doy cabida a las sorpresas que van aconteciendo frente a mis ojos.
Un par de arpones salen despedidos desde las paredes del interior de la arena, atraviesan las aletas de los tiburones polares y los arrastran, con algadenas, al interior de la jaula en la que se mantenían encerrados.
Un cristal de gran tamaño desciende de la parte más céntrica del techo de la cueva.
Las puertas se abren de nuevo para dejar entrar a un montón de medusas de gran tamaño cuyos tentáculos irradian corriente eléctrica. Cuento diez.
—¿Son inofensivas?
—En el norte las avispas son tan peligrosas como otros depredadores —chasquea Aligarra y yo solo puedo quedarme sin aliento.
A diferencia de los tiburones polares, que solo atacaban a los tritones en movimiento, las medusas avispa se dirigen a los guerreros encadenados.
Jamás he visto un animal que actúe con tanta precisión y crueldad.
Ellas no solo se limitan a acariciarles con sus tentáculos, se toman su tiempo para cubrir su cuerpo y dejar que su electricidad los calcine por completo.
En cuestión de minutos empiezan a flotar cuerpos humeantes que ni siquiera se detienen a devorar.
— ¡Protegeos! —grito, pero Krank es incapaz de crear un escudo de nolmancia.
En ese preciso instante me doy cuenta de que el cristal lunar impide el uso de la magia en el interior de la arena. Entonces recuerdo como Estevian imbuía sus espadas con esta magia, la misma que la Orden de los Condenados utilizó en contra de la corona de Plaguen.
—Irialmancia… —susurro desesperado.
Mi hermano intenta huir, intenta nadar a la misma velocidad que lo hacen Sarra y Adaleh, pero cuando quiere darse cuenta está rodeado por varias avispas.
No puedo apartar la mirada, no mientras mis ojos contemplan como las medusas envuelven sus brazos y su aleta y comienzan a darle descargas eléctricas.
—¡Krank! —grito desesperado, golpeo la barrera que me impide llegar hasta él para ayudarle, pero no consigo nada.
Me veo obligado a memorizar este momento para el resto de mis días.
Quizá sea una tortura, o puede que un castigo por no ser capaz de salvarle, pero necesito hacerlo.
Mis hermanas empiezan a gritar desesperadas mientras el cuerpo de Krank pierde su fuerza.
Sus músculos se van deshidratando hasta que su piel se queda pegada a sus huesos.
Mi vista no se empaña, no cuando la ira se apodera de mí de la misma manera que la bestia domina a los vampiros cuando están en frenesí.
Contemplo como el cuerpo de mi hermano empieza a flotar, ha perdido el color grisáceo de sus escamas, todo en él se ha oscurecido arrebatándole por completo la identidad.
—¡Hijo de puta! —maldigo en mi idioma natal, nado hasta el rey a gran velocidad y antes de que nadie pueda detenerme le agarro del cuello y lo arrastro hasta los límites de la grada.
Golpeo su cabeza contra la barrera en dos ocasiones, estoy tan descontrolado que le quito la corona. Poco a poco la sangre se va deslizando por su frente.
—¡¿Esto es lo que quieres maldito depravado?! —le obligo a mirar lo que ha conseguido, pego su frente contra la barrera invisible para que contemple los cuerpos calcinados de los tritones que ha asesinado—. ¡Dime sus nombres!
—Son tan patéticos que no merecen ser recordados —me responde mientras se gira con los labios sonrientes y la boca roja por los golpes—. Tranquilos, estoy bien.
Cuando me giro me doy cuenta de que todos los Cantores están detrás de nosotros dispuestos a utilizar su poder si es necesario.
Pero Idhikapl no se lo permite, es como si lo hubiera preparado todo para llevarme al límite.
Busco a Aligarra con la mirada, pero no está, comprendo que se ha escabullido entre los túneles para intentar ayudar de otra manera.
Las otras reinas permanecen inmóviles, saben que cualquier movimiento en falso puede traerles problemas.
Un hecho que yo he ignorado por completo.
—Dime, ¿qué me impide ahora acabar con tu vida?
—No puedes, Cirigh.
Mis garras rasgan las escamas de su cuello provocando pequeñas heridas.
No aparta esa sonrisa de su rostro en ningún momento, me repugna.
Antes de que pueda hacer nada me golpea con su aleta obligándome a soltarle.
El dolor se vuelve inaguantable cuando me percato de que me ha clavado algo en el costado.
—¿Qué clase de monstruo eres? —le pregunto con la mano tapando la herida.
—Me necesitas, muchacho. Desconoces todos los beneficios que tenemos los tritones cuando decidimos superar a las sirenas —señala el aguijón que surge del centro de su aleta caudal, la de la cola.
Recupera la corona de huesos y espinas y se la pone en la cabeza—.
Cuando subí al trono descubrí que Rysantha me había regalado algo mejor, la evolución.
—¿Qué me has hecho? —Siento un mal estar general, la misma sensación que tuve cuando una cría de serpiente marina me mordió durante mi niñez—. ¿Me has envenenado?
—Eres muy listo, Cirigh. Ahora sé por qué la diosa te escogió a ti —Se jacta segundos antes de dirigirse a sus Cantores—. Buscad a Aligarra, traedla ante mí con vida.
Mientras algunos de sus tritones desaparecen bajo las gradas de la arena, otros me arrastran hasta un asiento cercano a las otras reinas. Intento huir, pero el veneno de Idhikapl me debilita de tal manera que no tengo fuerzas ni para gritar.
—Te paraliza durante unos minutos —Korrat, la reina de Melysse, aprovecha el estallido de las gradas para dirigirse a mí.
Sin que nadie pueda darse cuenta, me da una hoja que yo coloco en la herida.
Entonces me doy cuenta de que, tanto ella como la otra sirena, tienen una cicatriz en su costado—. Se te pasará, tranquilo.