Corona de huesos y espinas (Corte de agua carmesí 2) 63
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Salir de la cueva invadida por las tinieblas es un alivio.

A pesar de la tensión que siento con cada segundo que paso junto al rey, consigo respirar tranquilo.

Me extraña no ver a los soldados tortuga recorriendo los túneles de la ciudad, pero no me molesto en preguntar.

No ahora que he conseguido ganarme el favor de Idhikapl.

—Gracias por salvarnos durante el ataque de la caribdis —chasqueo al cabo de unos minutos. Lo digo de todo corazón, de no haber sido por él mi misión hubiera fracasado—. Los Cantores de Thalin son unos verdaderos héroes.

—Son mis mejores tritones —Sonríe mientras seguimos ascendiendo a través de túneles de cristal que muestran nuestros reflejos a la perfección—. Aunque me encantaría que vieras a los guerreros en combate.

—¿Dónde está todo el mundo? —No sé si soy yo o la propia curiosidad la que guía mis chasquidos, pero soy incapaz de callarme.

—No seas impaciente, muchacho, ya hemos llegado.

En el mismo momento en el que nos detenemos frente a una puerta de roca, Idhikapl emite un silbido para que las tortugas del otro lado nos abran.

Mis ojos se abren de par en par al ver la arena submarina del reino, una cueva de gran tamaño, sin duda la más grande.

Hay gradas de piedra rodeando un círculo repleto de columnas que evitan que el techo se desmorone en caso de derrumbe.

No hay muchas diferencias entre el coliseo de Plaguen y el de Thalin, un hecho que me hace pensar que las dos razas compartimos un origen.

Estoy observándolo todo con detenimiento cuando me doy cuenta de que mis hermanas y Krank están encadenados a una de las columnas.

No solo eso, hay más tritones presos en los pilares que sostienen la arena.

Estoy a punto de nadar al otro lado de los límites de las gradas cuando me doy cuenta de que hay una barrera invisible que me impide continuar.

—¿Qué estás haciendo? —Estoy horrorizado, más ahora que conozco lo retorcida que puede ser la mente del rey—. ¡Esto no está bien! ¡Son mi familia!

—Tranquilo, Cirigh —Aligarra aparece a mi lado para calmarme—. Es un combate de bienvenida, si algo pone en riesgo a los participantes, los clamamareas se encargarán de sacarlos de ahí—señala a los hechiceros que canalizan nolmancia desde diferentes puntos del círculo.

Me concentro en respirar más despacio, incluso llego a sentarme sobre una de las butacas de piedra a pocos metros de las otras reinas.

De pronto uno de los guerreros de la arena consigue zafarse de sus cadenas.

Acto seguido el estadio estalla en chasquidos y gritos de celebración.

Hacen lo mismo con los tres siguientes que delatan haberse entrenado para esto.

Los príncipes de Thalin también están aquí, cuatro tritones cuya afición por el combate denota ser su máximo entretenimiento.

No puedo evitar sentirme identificado con ellos, no son tan diferentes a mis hermanos y a mí, nosotros también esperábamos ansiosos el momento de abandonar la rutina para ver a nuestras guerreras luchar.

Me doy cuenta de que la jerarquía de las sirenas se ha perdido por completo, lo sé porque hay un par de ellos con el cabello largo hasta sus hombros.

Un detalle que no he visto en el resto de los habitantes del reino, supongo que han aprendido que el pelo corto es mucho menos aparatoso bajo alta mar.

Uno de ellos se da cuenta de que le estoy mirando, me sonríe con suavidad, con toda la suavidad con la que una mandíbula llena de dientes puede hacerlo y me dice:

—Ahora viene lo mejor.

De repente las puertas de la arena se abren para dar paso a dos tiburones polares que nadan a gran velocidad hacia los guerreros que han conseguido alejarse de las columnas.

Había oído hablar de estos animales, pero jamás los había visto en acción, ahora entiendo el porqué.

Sus escamas están recubiertas por una fina capa de hielo que les permiten resistir golpes.

Por no mencionar que, esta característica, combinada con la fuerza de sus aletas hacen de sus extremidades algo tan afilado como una guillotina.

En un abrir y cerrar de ojos la arena se llena de sangre y vísceras al mismo tiempo que los guerreros son partidos por la mitad para después ser devorados.

—¡Idhikapl! —grita Aligarra cuando ve la masacre—. ¡Esto es una completa locura!

—¿No te gusta, querida? —chasquea él con soberbia—. En la nueva Thalin nos gusta darle emoción a la arena.

Las otras reinas se quedan completamente paralizadas, cuando las miro me doy cuenta de que están aterradas por la simple presencia de los Cantores que ocupan nuestras gradas más cercanas.

Sé que son ellos porque reconozco el patrón moteado en sus escamas y algún que otro rostro de cuando fui rescatado por la Voz Azur combinada de todos ellos.

—¡Saca a mis hermanas de ahí! —le ordeno al rey acercándome a él con gran velocidad. En el preciso instante en el que lo hago, sus protectores me clavan la mirada con desdén—. Por favor… Haré lo que me pidas.

—Tranquilo, Cirigh, si son familia del elegido de Rysantha sobrevivirán a esto.

—¿Al final hiciste lo que te pedí, padre? —Uno de los príncipes ignora la conversación que se está llevando a cabo para seguir disfrutando de la masacre que lo pinta todo de rojo—. ¿Son macho y hembra?

—Sí, Ulam ¿te gusta? —El rey aparta la mirada para aplaudir al tiburón polar que acaba con otro de los guerreros que se libera de las cadenas.

—¡Es el mejor día de mi vida! —vitorea otro de los príncipes de Thalin.

Me acerco a los límites de las gradas para buscar la mirada de mis hermanas.

Krank está aterrado, clava sus ojos en mí buscando alguna solución.

Pero cuando me ve, impotente y derrotado, sabe que esto lo tienen que solucionar por sus propios medios.

Aligarra me acompaña mientras acaricia la perla que cuelga de mi cuello.

Un objeto que ella misma me regaló, y gracias al cual pudo llegar hasta Hontir, hasta mí.

La joya centellea dorada al mismo ritmo que mi corazón, ha cambiado desde que canté en las tinieblas.

—Es luz solar… —chasquea con los ojos perplejos en el colgante. Después me mira y añade—: Ha evolucionado…

—Ya no necesitamos a las clamasoles para salvar Laneth… —La alegría intenta brillar en las tinieblas que abrazan mi corazón, aun así, lo consiguen, aunque sea de una manera débil y casi imperceptible—. Saquemos a mi familia de ahí, no puedo permitirme perderlos… no es una opción.

Los príncipes vuelven a rugir emocionados, cuando miro la arena me percato de que Sarra se ha liberado de las cadenas y uno de los tiburones se dirige directamente hacia ella.

Justo cuando el animal va a abrir sus fauces para devorar a mi hermana, está lo esquiva con gracia y le asesta un aletazo que desestabiliza su nado.

—¡Sabía que las de Laneth darían juego! —celebra Idhikapl justo antes de dedicarme una sonrisa—. ¿Ves, muchacho? No tienes nada que temer.

—Veremos si el tritón es igual de fuerte que las sirenas —secunda uno de los príncipes.

—Voy a matar a tus hijos —los gritos y vítores enmudecen mis chasquidos consiguiendo que solo Aligarra pueda escucharme—. No quiero que me lo tengas en cuenta.

—Cuando decidas cortarles el cuello, yo estaré ahí para asumir la responsabilidad —La reina me sorprende mientras siento el dolor en sus gruñidos—. Dejaron de ser mis hijos cuando aceptaron la influencia de su padre.

Me percato de que los tiburones polares dejan una pequeña estela blanca cuando nadan, una característica que produce el hielo de sus escamas. Es un hecho hermoso, que a la vez puede ser de utilidad ya que se pueden deducir sus patrones.

—Se derriten…

—Los tiburones del norte segregan una sustancia a través de sus escamas que congela la parte superior de su cuerpo —me explica Aligarra dejando claro que ella es la reina de este lugar—. Al entrar en contacto con el agua se derrite…

—Pero cuando están frente a su presa no dejan de segregarla para poder protegerse de otros depredadores —secundo yo entendiendo la estrategia que los tiburones polares utilizan durante sus cacerías.

—Tardan unos segundos en recuperar la protección, pero eso no importa si atacas directamente a su punto débil…

—El vientre… —respondemos a coro.