Corona de huesos y espinas (Corte de agua carmesí 2) 62
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—Un tritón que unirá día, mar y noche. Cirigh, ese tritón eres tú —Amatuna sigue haciendo pociones grises mientras su igual coloca las piedras en orden—. Sabíamos que vendrías y te hemos estado esperando.

No puedo hablar, no recordando todo lo que he visto. Me duele el pecho, tengo que sentarme si no quiero que el mareo me obligue a desmayarme. Tengo que ordenar mis ideas, pensar con claridad y encontrar la manera de salir de aquí.

—Dicen que cuando no hay sabias en la tribu los líderes adquieren el poder de las visiones —Talubina se acerca a mí y se sienta a mi lado—. Por eso Idhikapl pudo ver a través de las letras sagradas que tallamos. Él piensa que es el elegido para salvar Valhía.

—¿Se vio en las visiones? —pregunto confundido.

—Cuantas menos almas conozcas, menos personas reconoces durante las visiones. Por eso para nosotras a veces es difícil interpretar los designios de las mareas —Amatuna se coloca al otro lado—. Idhikapl nunca vio la identidad del elegido de Rysantha, por eso piensa que es él.

—¿Y vosotras como sabíais que era yo? Si os acabo de conocer.

—Porque nosotras te llevamos viendo desde que naciste.

El poder es mucho más latente en las sabias que han ascendido por ley natural que por supervivencia —No me hace falta preguntar para entender que se refieren al hecho de que cuando una reina sirena termina su reinado, debe sacrificar a la anciana en un ritual que le transfiere todo ese poder.

En la antigüedad las propias reinas se alimentaban de sus madres, pero con el paso del tiempo eso cambió a algo más místico y menos atroz.

Estoy a punto de mirar a Talubina esperando el relevo de la conversación que llevan repitiendo todo el rato, cuando es la propia Amatuna la que explica—.

Sabíamos que Rysantha te guiaría hasta el Continente de la Banshee, si salías con vida de allí serías el indicado. Y aquí estás.

—¿La diosa me llevó hasta la noche eterna?

—Ella controla el curso de las mareas para llevarnos a donde quiere, nada pasa por casualidad —explica la otra.

—Rysantha me unió al vampiro… —chasqueo tan bajo como un murmullo.

—No, eso fue mérito propio, Cirigh.

La conversación transcurre tranquila, es como si las ancianas hubieran esperado toda su vida para contarme esto.

Hablamos durante horas acerca de la visión que he tenido y que ellas han observado infinidad de veces.

Todo relacionado con el elegido que ayudará a Estevian a unir las reliquias y proteger Valhía del monstruo alado, la Destructora.

—No sé qué es… ¿Por qué debería saberlo?

—La profecía dice que las diosas le explicarán al elegido todo lo relacionado con el ángel.

—Pues deben de haberse quedado mudas, porque no tengo ni idea de todo esto —Me incorporo y me dirijo a las pociones cuyo contenido me hipnotiza. Es como la nube de una tormenta deseosa por estallar.

—Lo sabrás, tarde o temprano encontrarán la manera de comunicarse contigo.

—Son pociones de tormenta —chasqueo recordando el vial que Angélika me dio durante la rebelión en la arena.

—Sí, sí, tiene que ser él… no hay ninguna duda —Talubina cree que también he visto esto durante la visión y no voy a perder el tiempo en explicarle lo contrario—. Nos estamos preparando para la guerra.

—¿Qué guerra? ¿Cuándo podré salir de aquí?

—Cuando él quiera —responde Amatuna y mi mundo se desmorona—. Y cuando lo haga tendrás que seguirle hasta que llegue el momento de alzarse.

Me quedo pensativo durante largos minutos que se me antojan horas.

Observo a las ancianas mientras sus quehaceres se convierten en un ritmo que me relaja.

El tintineo de los viales mezclando su contenido unos con otros, el golpeteo del cincel sobre las rocas de tallar y el sonido de las burbujas que surgen de los labios de las sirenas.

Me tumbo boca arriba sobre la cama de piedra, pienso en toda la información que he recibido, la intento digerir.

Me pregunto si mi abuela me permitía vaguear durante las clases porque sabía que mi cometido era mucho mayor y que mi aprendizaje sería totalmente diferente.

Tengo tantas cosas en mi cabeza que es imposible que me concentre en una sola.

Intento recordar la melodía que entoné durante la visión, pero es imposible, aunque sin duda lo más sorprendente es ver como las caribdis seguían mi canción.

—Si Idhikapl piensa que es el elegido, sabrá que su Voz Azur es tan poderosa como la de una reina —Expongo con decisión provocando que las ancianas se detengan—. Un duelo de canciones podría solucionar todo esto.

—No hagas nada que te exponga a la muerte, joven —Talubina está a punto de continuar cuando la puerta se abre.

Me quedo completamente paralizado cuando veo al rey entrar en la sala. Mis ojos se quedan clavados en la corona de huesos y espinas que resalta sobre su cabeza, una versión que él mismo ha modificado para que sea tan ostentosa como la de las reinas.

—Cirigh de Laneth veo que te has recuperado —Se acerca a mí y extiende su brazo para que le acompañe—. Menos mal, pensé que el veneno de la caribdis te había enfermado. Ven, tu familia te espera.

Echo una última mirada hacia atrás para encontrarme con las ancianas mirándome con esperanza.

Ellas confían en mí, su fe es tan ciega que no puedo llevarles la contraria.

Esperan tanto de mí que no sé si voy a ser capaz de hacerlo.

Necesito hablar con Aligarra, contarle todo lo que he visto y buscar una solución.

—Me alegra tener a un tritón tan joven entre nuestras filas —chasquea mientras recorremos los túneles de su hogar—.

Hace trescientos años que las hembras no depositan huevos en los machos.

Pero ahora, con todas las tribus unidas y la influencia de la luna rosa reciente, podremos hacer que la Alianza de las Mareas afiance el nuevo orden.

Espero regresar a la zona principal de la ciudad, pero Idhikapl me lleva a otro lugar completamente diferente, uno situado al final de túneles que se retuercen hacia las profundidades.

Dos tortugas, así es como he empezado a llamar a los soldados cubiertos por moluscos, abren la puerta de la estancia más lúgubre que jamás he visto.

Mi vista no se acostumbra a la oscuridad que hay al otro lado del acceso, tampoco hay plantas bioluminiscentes.

De alguna manera es como si un pequeño fragmento de las tinieblas del mar estuviera encerrado aquí, en el último reino subacuático del mundo.

Me quedo completamente quieto, no quiero entrar ahí, no cuando todo me dice que es mucho peor que la prisión de las ancianas. Pero Idhikapl me sorprende, entra delante de mí y estira su brazo desde la oscuridad invitándome a seguirle.

—Ven, Cirigh, quiero que veas esto.

El corazón me da un vuelco mientras el temor se apodera de mi aleta.

Una parte de mi empezaría a nadar, huiría de la zona baja del reino sabiendo que los soldados nunca podrían alcanzarme.

Sus armaduras pesan tanto que son demasiado lentos.

Pero sé que eso me traería más problemas que soluciones, más aún teniendo presentes las palabras de las ancianas.

—Tendrás que seguirle hasta que llegue el momento de alzarse —Pienso para mis adentros mientras nado hacia las tinieblas.

El rey sostiene mi mano con el mismo cariño que lo hace un padre con su descendencia. Avanzamos durante varios minutos hasta que las primeras chispas de luz disipan vagamente la oscuridad. Idhikapl sostiene un cristal con una luz encerrada en su interior, una piedra preciosa cuyo origen desconozco.

—Tranquilo, es un regalo de nuestras amigas de Aeriel. Las clamasoles aprendieron a encerrar rayos de luz solar en estas joyas.

—Es precioso —Se me escapa entre los labios, no tengo ninguna intención de ser su amigo. Él sonríe mientras ilumina la cueva para guiarse a través de la oscuridad.

Intuyo dibujos en las paredes, al principio pienso que son tallados en piedra, luego me doy cuenta de que realmente están pintados con tintaral, una mezcla de tinta de calamar y pigmentos de coral.

Mis latidos se aceleran cuando me doy cuenta de que son dibujos de crías de mi especie, los mismos garabatos que Adaleh y yo hacíamos durante mi niñez.

—Las sirenas siempre han hecho de los tritones el eslabón más débil de la sociedad —comienza a explicar y al instante mis escamas se sacuden nerviosas—.

Parece que se les ha olvidado que sin nosotros no hay descendencia —mi aleta se paraliza mientras él no se detiene ni un solo momento—.

No te quedes atrás, Cirigh, o te perderás en las tinieblas.

Tengo que mantenerme a su lado, por mucho que me desagrade la idea, él tiene razón.

Si me alejo de la luz, las tinieblas anularán mis sentidos y me obligarán a vagar eternamente.

Así es como me mantengo a su lado, nadando en la inmensidad de una cueva desconocida.

No sé por donde hemos entrado, ni siquiera sé si hemos accedido a otro túnel o seguimos estando en el mismo lugar.

Por un momento me planteo cantar, utilizar mi Voz Azur para acabar con Idhikapl, pero cualquier movimiento en falso puede hacer que el cristal se pierda en la oscuridad.

No puedo hacer nada, solamente asentir y obedecer.

—Siempre quise buscar el cambio, pero la reina Aligarra no estaba dispuesta a ceder el mando.

Ni ella ni ninguna de las otras —Sus chasquidos son como el crujido de las rocas.

Las paredes le hacen eco dándome la sensación de no estar solos—.

¿Por qué tendríamos que vivir encerrados si también somos hijos de Rysantha?

—Yo… no te falta razón.

—¿Y por qué nunca se habían planteado este cambio? —Se detiene y me mira con cara de pena, al menos toda la pena que puede dar la apariencia de un depredador alfa—. ¿Por qué nunca ha habido un anciano? Te lo diré yo, Cirigh,…, porque nos creíamos sin derecho a opinar, pero nos equivocábamos.

—¿Qué es este lugar? —pregunto sin saber a dónde quiere llegar.

—Cuando la reina Aligarra huyó con sus sirenas otras decidieron quedarse bajo mi mando. Pero todo fue una treta para intentar derrocarme de nuevo.

El rey apunta con el cristal hacia abajo y revela una imagen que me deja completamente horrorizado. El suelo de la cueva está lleno de huesos de sus congéneres. Mi respiración se acelera mientras imagino a mis propias hermanas encerradas aquí hasta morir.

—¿Qué has hecho, Idhikapl? —mis chasquidos son torpes y apresurados. El pecho me duele con tanta fuerza que siento que voy a morir—. ¡¿Qué has hecho?!

—Le demostré al mundo submarino que un tritón puede reinar con la misma crueldad que una sirena —Él sonríe, me muestra sus dientes afilados y me mira con dolor.

Puedo percibir el sufrimiento de sus chasquidos, cree que lo que ha hecho es justo—.

Aquí no solo hay guerreras y clamamareas.

También están mis hijas, ellas se resistieron a mi decisión y yo tuve que actuar como un rey antes que como un padre. Y la sabia de mi tribu.

—Esto no puede ser real… —Identifico el cuerpo de la anciana de Thalin, su columna está mucho más encorvada y las espinas de su aleta han perdido su grosor.

Me quedo completamente absorto mientras mi cabeza empieza a entender cosas que antes no me hubiera planteado. Si la anciana está muerta, alguien habrá heredado parte de su poder. Sin duda Idhikapl y Aligarra comparten más de lo que piensan.

—¡¿Crees que Rysantha permitiría que mataras a sus hijas?! —grito enfurecido.

—¿Y dónde está, Cirigh? ¿Dónde está nuestra diosa madre? Ni siquiera su Antigua se ha dignado alguna vez a aparecer.

—La Antigua murió asesinada por el ser alado que vendrá a destruirlo todo —En el preciso instante en el que mis dientes chasquean y mi garganta ruge, él abre los labios sorprendido—. El mundo se acaba Idhikapl y solo el caminante del sol podrá unir las tres reliquias para protegernos a todos.

—Eras tú… todo esté tiempo has sido tú…

—¿De qué hablas?

—Eres el elegido de Rysantha, Cirigh —El rey se acerca a mí y me abraza bajo la tenue luz de su cristal solar—. Esto lo cambia todo.

—Yo, solo quiero proteger a los nuestros…

—Canta.

—¿Qué?

—Cirigh, canta, quiero verlo con mis propios ojos —Sus brazos me sacuden con entusiasmo—. Las sabias dicen que el elegido puede derrotar a las tinieblas con su Voz Azur. Por eso yo no lo conseguía cuando lo intentaba aquí abajo. Necesito verlo yo mismo. Canta, muchacho.

Su efusividad es tan intensa que no me puedo negar a hacer lo que me pide.

De mis labios surge una melodía suave, algo sin letra, el ritmo de mi propia canción.

Pero Idhikapl quiere más, pretende que entone las estrofas para que vea mi verdadero potencial.

Por un momento dudo, temo hacerlo, utilizar la Voz Azur significa no saber cuándo parar.

Si llego al final de mi canción podría causar estragos.

Una rama en Valhía

Hacia tierra me arrastró

Vamos juntos a la orilla

Sigue el eco de mi voz

Al principio pienso que no va a pasar nada, que todo lo que Idhikapl dice es fruto de su obsesión por el nuevo orden, pero luego todo cambia.

Cada palabra que surge de mis labios provoca un destello en mis escamas, al principio es débil, pero según voy completando la primera estrofa esta luz cobra cierta intensidad.

La luz acaricia la perla que cuelga de mi cuello y amplía la iluminación opacando el cristal solar.

Ven conmigo criatura

Hazlo sin mirar atrás

No le temas a mis garras

No te voy a destrozar

Las escamas grises se tornan azuladas, una apariencia muy similar al color que toman cuando estoy en agua dulce, aunque mucho más llamativa. Entonces me doy cuenta de que es la misma tonalidad que adquirí durante mis días en la isla junto a mi familia.

Una espada de acero

Mi aleta atravesó

Puedo caminar por tierra

Y conservo mi canción

Mi cuerpo aumenta su luminosidad con tanta fuerza que casi parezco una antorcha azul en mitad de la oscuridad.

Tal y como dijo el rey, las tinieblas de las profundidades se alejan de mí mostrando parte de la cueva en la que nos encontramos.

Puedo ver los garabatos de las paredes, las camas de piedra y un montón de juguetes improvisados con huesos de ballena.

Detrás de todo eso veo algo mucho peor, todos los cuerpos de las sirenas que Idhikapl ha dejado a su paso.

La ira me embriaga y me impide detener mi canción, tengo que seguir, mejor aún, necesito acabar con el tirano.

Déjame darte un beso

No lo vas a lamentar

…

Idhikapl empieza a gritar mientras la música entra por sus oídos para iniciar una tortura rítmica e irrefrenable.

El rey extiende sus brazos y me suplica que pare, pero no puedo, no ahora que estoy tan cerca de derrotarle.

Empieza a nadar hacia mí, lo hace despacio, pero consigue acercarse y sellar mis labios con sus manos.

En ese preciso instante dejo de cantar y la luz de mis escamas se apagan.

—Lo siento, lo siento… —suplico temiendo que me raje el cuello.

—Ya está chico, no te preocupes. La Voz Azur es tan caprichosa como el propio mar —No ha soltado el cristal en ningún momento, ahora es nuestra única fuente de luz—. Ven, quiero presentarte oficialmente a la Alianza de las Mareas.