Corona de huesos y espinas (Corte de agua carmesí 2) 61
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No sé en qué momento vuelvo a quedarme dormido, pero cuando despierto me siento completamente renovado.

Me incorporo lentamente sobre la cama de piedra y observo a las dos sirenas que se mantienen separadas en lados opuestos de la estancia.

Sus largas melenas blancas ondean en el agua mientras sus escamas de un gris pálido han perdido el patrón que algún día les caracterizó.

—¿Dónde estoy? —chasqueo con torpeza, sigo con el cuerpo entumecido—. ¿Qué me habéis hecho?

—Tienes el antídoto al lado tuyo —dice una de ellas, la que está ocupada con diferentes tipos de pociones—. Sabe a pescado podrido, pero te hará recuperarte.

—Siempre tan bruta, Talubina —se queja la otra, que está rodeada de piedras talladas—. Cirigh, trágatela de golpe y no te sabrá a nada.

Hago lo que piden, no tengo otra opción, siento tanta pesadez en los músculos que, si me vuelvo a tumbar, seguramente me quede dormido de nuevo.

El vial circular contiene una mezcla de un color verde fosforito nada apetecible, por no hablar del aroma putrefacto que segrega en el preciso instante en el que le quito el tapón.

Aun así, lo bebo, lo hago sin saborearlo y tragándomelo de golpe tal y como me han recomendado.

—Sabe a pescado podrido —Mi gesto se arruga en el mismo instante en el que el sabor de la pócima llega a mi paladar—. ¿Me habéis envenenado?

—No digas tonterías, joven —Amatuna se acerca a mí, me agarra la barbilla y vierte unas gotas de otra mezcla. El sabor frutal explota en mi boca eliminando cualquier resquicio de podredumbre—. Nosotras estamos de tu lado, que no te quepa ninguna duda.

—¿De mi lado? ¿De mi pueblo? ¿Qué está pasando aquí?

—Poco a poco, Cirigh —Talubina no me mira en ningún momento—. Necesitamos tenerte con energía si queremos que todo esto salga bien.

—¿Por qué me habéis dormido?

—Porque casi consigues que te ejecuten por insurrección —La anciana me revisa los dientes, los ojos y las zarpas. Después empieza por mi aleta, intento no quejarme, pero a veces es imposible no hacerlo. Siento pinchazos entre las escamas—. Esa caribdis casi te envenena con sus colmillos.

—Parece que todo en este mundo quiere acabar conmigo —Sonrío intentando calmar el nerviosismo que me produce estar entre dos sirenas de tal prestigio.

—Valhía te necesita con vida, joven. Que no se te olvide —explica la otra.

Las ancianas me ignoran por completo para hacer lo que sea que estén haciendo.

Viendo que no voy a obtener respuestas, decido nadar hasta la puerta de piedra para regresar con mi familia.

No hay algadenas de las que pueda tirar, ni ningún tipo de ventana que me facilite el avisar a los tritones de Thalin para que me dejen salir.

—No lo intentes, Cirigh —Amatuna me habla mientras consigue que una de sus mezclas adquiera un tono grisáceo—. ¡Lo tengo!

—¿No podemos salir de aquí? —pregunto ignorante.

—No, joven. Eres igual de prisionero que nosotras.

—¡¿Cómo?! —Me apresuro a llegar hasta Talubina y captar su atención. Consigo que me mire por primera vez, me clava sus ojos oscuros y me enseña los dientes—. Las sirenas más poderosas de nuestra sociedad encerradas… ¿Por qué?

—Porque no queremos darle la razón…

—¿A quién?

—Al rey. ¿A quién va a ser si no? —responde Amatuna obligándome a nadar hasta ella.

—Idhikapl, ¿qué es lo que está tramando?

—Quiere cambiarlo todo y ahora que ha conseguido que los reinos submarinos se refugien en su hogar, se ha ganado el favor de las reinas—Regreso junto a Talubina para escucharla mejor—. Se piensa que es el elegido de Rysantha…

—Pero nosotras sabemos que Rysantha te escogió a ti.

Me quedo completamente quieto mientras las sirenas mantienen una conversación que me resulta sumamente confusa.

A pesar de que sean ancianas de diferentes tribus, realmente actúan como si fueran una sola.

Comprendo que al disponer del mismo poder, y haber experimentado las mismas visiones, es como si compartieran conciencia o algo así.

Talubina coge mi mano de improviso y tira de mí para que toque una de las piedras talladas que se apilan frente a ella. Antes de que pueda darme cuenta mi mente se transporta a un lugar muy alejado de Thalin, incluso podría decir que de las Tierras Doradas.

El mar choca con la línea celestial que dibuja el Midna. Veo una isla, una grande y repleta de vegetación. Hay selva, montañas y ríos. Sé que estoy allí porque puedo percibir el aroma de la naturaleza o escuchar el sonido del agua, pero también soy consciente de que todo es como un sueño.

Hay zorros nocturnos volando en la parte oscura de la isla y guepardos cazando en la parte luminosa. Es como si, de alguna manera, las razas de los dominios de Illythia y de Bryarthe pudieran convivir en un único lugar.

Mi conciencia flota hasta la cima de la montaña más grande, entonces lo veo.

Estevian está ahí, aunque es muy diferente al vampiro que una vez conocí, está guapísimo.

Lleva puesta una camiseta de seda negra y manga larga con decorados dorados que evocan las alfombras de los humanos de las Tierras Doradas.

Su pantalón es completamente blanco y resalta la curvatura de sus nalgas, le deseo.

Está mirando al cielo esperando algún tipo de fenómeno meteorológico.

No está solo, todos han venido a apoyarle, incluido yo.

Bajo la noche eterna están sus hermanas, incluso Jasper, que comparte la mirada carmesí con el resto de los vampiros.

También está Kathleen con su aquelarre de brujas, hay más de las que puedo contar.

En la parte diurna hay caras conocidas. Puedo distinguir a Angélika, a la humana Gia y a otros humanos cuyas identidades pasan desapercibidas.

Mi yo de la visión porta el Orbe de las Mareas, le dedica un beso a Estevian justo antes de colocar la reliquia sobre el Cetro del Sol.

Me alejo con temor a que la magia me haga daño.

De repente el Grimorio de los Muertos empieza a pasar sus páginas cambiando las letras de tinta negra por unas de brillante color dorado.

Las tres reliquias empiezan a brillar con intensidad al mismo tiempo que la mirada de todos los presentes se quedan clavadas en el cielo.

Entonces la veo, una criatura alada cuya simple presencia provoca que la nieve empiece a caer.

El ser lleva un yelmo de acero con cuernos que transforman su imagen angelical en algo demoniaco.

Ella se precipita en picado hacia Estevian mientras este lee el libro nervioso.

El Aquelarre del Cuervo y las clamamareas invocan escudos para envolver la cima de la montaña.

El ser es tan poderoso que ni siquiera la unión de toda la magia puede protegernos de ella.

De pronto me percato de que salgo de la multitud y empiezo a elevarme por el cielo haciendo uso de placas invisibles que creo con nolmancia.

Floto por encima de todos y me envuelvo de hechizos para resistir el máximo tiempo posible.

Mis labios empiezan a entonar una canción que no conozco, otras melodías me acompañan.

Por un momento pienso que son las reinas sirenas situadas detrás de Estevian, pero cuando miro al mar que se agita al otro lado de la montaña me doy cuenta de que es el cántico de una infinidad de caribdis con los ojos dorados.

Una nueva raza que no he tenido el placer de conocer.

Todo ocurre durante unos pocos segundos, el ángel monstruoso me atraviesa el pecho al mismo tiempo que Estevian pueda terminar con su cometido. En ese instante la luz surge de su cuerpo y ciega mi visión.

—¿Lo has visto, joven? —Talubina me clava sus ojos abiertos de par en par—. ¿Has visto como derrotarás a la Destructora?

—¿La Destructora? ¿Qué es?

—Esperábamos que tú lo supieras.