Corona de huesos y espinas (Corte de agua carmesí 2) 60
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Cuando termino de comer ya hay un tritón esperándonos en la puerta.

Otro entra con una red llena de plecos árticos, peces que se alimentan de la sangre y los restos que hemos dejado en la Caverna de Alimentación.

Por mucho que las preguntas invadan mi mente, no tengo el valor para hacerlas.

No quiero que la gente de Thalin desconfíe de mí, no ahora que por fin hemos llegado hasta aquí.

Aun así, no bajo la guardia, estoy dispuesto a utilizar todo lo que sé para sobrevivir, aunque eso signifique cometer el peor de los pecados: asesinar a uno de los míos.

Llegamos a una cueva submarina de gran tamaño con túneles que surgen de ella.

Entiendo que esta es la zona principal de la ciudad, una estancia con la misma función que la plaza de un pueblo.

El reino está a rebosar de sirenas y tritones, no solo Aeriel ha atendido la llamada de Idhikapl, también Melyse está aquí.

Todos los pueblos subacuáticos de Valhía unidos en un mismo lugar, todos menos el mío:

—¡Bienvenidos a Thalin! —anuncia una sirena, la reconozco como la reina Lyandash, de Aeriel. Su corona de huesos y espinas es inconfundible con la del resto de líderes de mi especie—. Para nosotras es un honor ver que Laneth sobrevivió a la Plaga. ¿Y la reina Velra?

—Quedamos muy pocos —Sarra toma la iniciativa y habla en nombre de todos.

Es la mayor y debe ser así. No hay más reyes aquí, solo el traidor, lo que me da a entender que los otros también se sacrificaron por sus reinas—.

No éramos conocedoras de que el reino de Thalin se había convertido en un refugio para las nuestras.

—¡Idhikapl vino a rescatarnos cuando más lo necesitamos! —vitorea la reina Korrat, de Melyse—. Ha hecho que su hogar sea el último reino submarino en pie.

No comprendo nada de lo que estamos viviendo.

Parece que toda la historia del pasado ya no tiene sentido, es como si se pudiera perdonar el crimen de la traición con facilidad.

Entonces me fijo en un grupo de sirenas portando el Orbe de las Mareas con el mismo porte que lo hacen los curas de Santa Illythia.

No solo eso, están protegidas por tritones ataviados con las armaduras hechas por moluscos que he visto con anterioridad.

La reliquia centellea en varias ocasiones activando el gran poder que se concentra en algo tan hermoso, después se apaga.

—¡Rysantha nos cuida! — Idhikapl señala nuestra reliquia de poder dejando claro que su reino no ha caído gracias a su magia—.

Los supervivientes de Laneth también sois bienvenidos, se construirán nuevas estancias si así lo precisáis.

¡Se acabaron las disputas entre tribus! —Nadie le lleva la contraria, peor aún, todos apoyan su causa mientras le ven como un líder—.

¡La Alianza de las Mareas os ampara entre sus escamas!

No sé si me da envidia ver como un tritón puede portar la corona de huesos y espinas sin la compañía de una reina y que nadie le lleve la contraria.

Puede que haya algo de admiración en mí, las grandes líderes de mi especie le siguen sin ponerle en duda en ningún momento.

No lo tengo claro, desearía poder tener el poder de los Ilia, el don de percibir las mentiras.

Por más que intente fiarme del rey, hay algo en mi interior que me repite que no baje la guardia.

Quizá las palabras de Aligarra me estén condicionando, que su rencor sea su propia maldición, y la mía.

—¡¿Por qué no vinisteis a rescatarnos?! —Sarra habla desde la rabia.

—Lo intentamos, pero cuando llegamos a Laneth todo estaba perdido —Los chasquidos del rey suenan a lamento—.

Si hubiéramos sabido que os habíais refugiado en tierra firme no dudes ni un solo momento de que hubiéramos ido a por vosotras —se pone la garra en el pecho—.

Nuestro interés siempre ha sido mantener una civilización unida.

—¡Aligarra de Thalin! —La líder de las clamasoles se acerca a ella y acaricia su rostro.

En sus miradas percibo el recuerdo de una amistad—.

Jamás imaginé que seguirías con vida. Han pasado tantos años sin saber de ti que pensamos que realmente habías muerto.

Pero siempre has sido una sirena poderosa —Lyandash mira a la otra reina y esta asiente con la cabeza—.

¿Te gustaría volver al trono de Thalin? Todos los reinos necesitan de…

—Bueno, bueno, bueno… tampoco hace falta apresurarse ¿no crees querida? —le interrumpe Idhikapl, es como si no quisiera que siguiéramos hablando. Después le dedica una sonrisa a mi amiga y añade—. Estarás cansada del viaje, ¿verdad?

—Estoy muy bien —Sus dientes afilados dibujan el rostro de una depredadora alfa dispuesta a morder si es necesario—. ¿Dónde están los príncipes?

Se hace el silencio mientras el sonido del agua se torna tenso e incómodo.

No sé en qué momento el pueblo submarino de Valhía ha aprendido a mentir, siempre hemos sido una sociedad frívola y clara.

Supongo que las acciones de Idhikapl han hecho de su naturaleza algo traicionera, una costumbre que le ha llevado hasta donde está ahora.

—En la Cueva del Reposo —responde Lyandash—. Pronto habrá puesta de huevos. Las ancianas lo han visto en los designios del mar. La primera generación de la Alianza de las Mareas.

—¿Y por qué no luchamos? —No puedo mantenerme callado, no viendo como el honor de mi especie se queda estancado en una ciudad con aires de grandeza.

Todas las miradas se quedan fijas en mí, Aligarra cierra los ojos sabiendo que puede que haya cometido un error.

Cojo aire y nado hacia la parte más céntrica, no puedo quedarme en silencio, no ahora que he conseguido llamar la atención de todos los presentes—.

¡Las caribdis son débiles al sol! Podríamos recuperar el honor de nuestra especie.

Tenemos la fuerza suficiente como para plantarle cara a nuestros enemigos, por no hablar de las clamasoles de Aeriel.

¿No queréis recuperar vuestros dominios?

¡La reina Velra está ahí afuera esperando a que alguien la rescate!

De repente siento una fuerte presión en la cabeza, el agotamiento se apodera de mí y provoca que mis sentidos se nublen. Miro a mis hermanas y ellas se asustan al observar cómo pierdo el control de mi cuerpo y quedo completamente inconsciente.

Cuando abro los ojos ya no estoy en la sala principal sino en un lugar completamente diferente. Hay estanterías de huesos repletas de pociones de todos los colores, tallados en piedra apilados a modo de columnas ritual y dos pares de manos arrugadas que masajean mi rostro.

—¿Dónde estoy? —pregunto débil.

—No digas nada, joven, tienes que recuperarte —intento abrir los ojos, pero pesan tanto que no lo consigo—. Te has desmayado.

—No le mientas, Amatuna —chasquea la otra sirena—. Hemos sido nosotras, Cirigh. Te hemos dormido antes de que llamaras la atención de las coronas de huesos y espinas.

—Ancianas… —reconozco la experiencia en sus palabras—. Sois las ancianas de Thalin.

—No digas tonterías, joven. Somos las sabias de Melyse y Aeriel. Las de Laneth siempre habéis sido las mejores guerreras, pero vuestra lejanía os ha hecho ignorantes.