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Siento la caricia de los dientes de la caribdis, incluso puedo intuir la entrada al Otro Mar, el lugar al que vamos las sirenas y los tritones cuando nuestra vida llega a su fin.
Cierro los ojos y me lamento por haber emprendido una misión suicida, al menos espero que mi padre me reciba con los brazos abiertos.
Una vez las mareas
Susurraron desesperación
Sin reina en la corona de huesos y espinas
Lo único que nos quedaba era nuestra Voz
El mar empieza a cantar, la anciana siempre ha dicho que cuando una sirena muere puede escuchar la canción de sus antepasadas dándole la bienvenida.
Sonrío al saber que las mías han venido a buscarme.
Esperaba el dolor antes de que todo acabara, esperaba una tortura mucho mayor a la que la Orden de los Condenados me sometió en Plaguen.
Pero no, no duele, o puede que sea la adrenalina lo que produce esta inmunidad al daño.
Aquí ya no hay sirenas
Solo aletas de tritón
Aprendimos a ser uno solo
Y entonar nuestra canción
Consigo discernir la melodía que se acerca a mí. Tal y como dicen sus estrofas no hay sirenas cantando, todas son voces masculinas. Abro los ojos de par en par e intento ver a través de las tinieblas, pero es imposible, lo único que puedo hacer es seguir escuchando.
Nadamos en el norte
Sin la voz del Otro Mar
Tenemos nuestro rey
Idhikapl es nuestra tempestad
La tercera estrofa hace que los tentáculos de la caribdis me suelten.
No lo pienso dos veces, me apresuro a nadar lejos de las tinieblas.
Justo en el momento en el que alcanzo la claridad de las profundidades, algo completamente contradictorio y que agradezco enormemente, sigo avanzando.
Solo pienso en huir, solo pienso en mantenerme con vida, quiero regresar con Estevian.
—¿Cuántos sois? —los chasquidos surgen de la nada y me obligan a detenerme—. ¿Cuántos habéis venido?
Cuando le miro me percato de un tritón adulto, uno con el cuerpo fornido y las escamas gruesas. Sus ojos grises se clavan sobre mí mientras su cabello se enreda en la corona de huesos y espinas que porta sobre su cabeza. En ese preciso instante sé que estoy frente al rey Idhikapl de Thalin.
—Cinco, éramos cinco —me apresuro a responder.
—Ve con los Cantores, cuidarán de ti y tus hermanas — él señala a los tritones que están utilizando la Voz Azur.
Así lo hago, nado hacia la veintena de habitantes de Thalin que se mantienen canalizando su don natural para inmovilizar a la caribdis titánica que se oculta en las tinieblas.
Justo antes de pasar por encima de ellos veo como Aligarra surge de la oscuridad y se detiene frente al mismo tritón que le arrebató la corona.
Durante un momento hay una lucha de miradas. Si pudiera escuchar sus pensamientos seguramente habría una guerra entre el orgullo y la supervivencia. Al cabo de unos minutos, el rey conduce a la sirena hasta la zona segura al otro lado de los Cantores.
Thalin se alza en medio de las profundidades de los mares del norte. La frontera es una cordillera completamente helada que rodea los dominios submarinos. Cruzamos un arco cuya puerta está sostenida por cadenas de algadenas que alguien se encarga de manipular cuando entramos en la ciudad.
Varios tritones se acercan a nosotros cargados con pociones curativas, se aseguran de que estemos bien y nos dan el tratamiento oportuno. En especial a Krank y Adaleh que tienen varios arañazos en la aleta, nada grave al menos si se sana a tiempo.
—¿Cómo han conseguido mantenerse a salvo? —pregunto cuando la majestuosidad del reino se descubre frente a nuestros ojos.
Hay estalactitas y estalagmitas que parecen dibujar las fauces de un tiburón gigante, aunque eso solo al principio, pues luego todo se expande en un sinfín de túneles.
Hay tritones con el mismo patrón de escamas que Aligarra nadando de un lugar a otro.
Algunos llevan puestas armaduras elaboradas con conchas de ostras que ralentizan sus movimientos, pero no parece importarles.
En el momento en el que nos ven entrar asienten con la cabeza y chasquean sus dientes dándonos la bienvenida.
Me esperaba un ambiente más hostil, más aún por la simple presencia de mis hermanas o su anterior reina.
Pero entonces me quedo completamente paralizado.
—Hay sirenas en Thalin —chasquea Krank señalando un grupo de hembras nadando hacia una de las cuevas que se expande hacia algún lugar.
—No son del norte, mirad sus escamas —Sarra comenta lo que el resto ignoramos.
Le pongo especial atención a la tonalidad de sus escamas grises para percatarme de que hay cierto brillo en ellas. Es como si los rayos del sol hubieran formado líneas verticales en su aleta dorsal. Detalles solo perceptibles para aquellos que habitamos las profundidades del océano.
Así como los otros pueblos subacuáticos pueden ver surcos en el patrón de nuestras escamas, nosotros también podemos diferenciar el origen de las otras sirenas.
—Son clamasoles de Aeriel —Los ronquidos de mi garganta suenan atropellados mientras la salvación de Laneth adquiere un giro inesperado.
—¿Qué hacen aquí? —Krank se queda estupefacto, deja de nadar mientras sus ojos permanecen fijos en ellas.
—Continuad —ordena uno de los Cantores que nos han salvado—. Os han preparado la Caverna de Alimentación.
Y así lo hacemos, decidimos ahorrarnos las preguntas y seguir las indicaciones de los tritones de Thalin.
Recorremos un túnel que serpentea ligeramente a la superficie y después se parte en dos para permitirnos cruzar otra de las puertas cuyo mecanismo está formado por algadenas.
Siempre hay un tritón para tirar de las cuerdas, sin duda el rey Idhikapl ha conseguido crear un nuevo orden en su reino.
—Servíos, por favor. Desde que se forjó la Alianza de las Mareas hemos conseguido aumentar la pesca —comenta nuestro guía al mismo tiempo que se despide de nosotros.
De un momento a otro nos encontramos en una cúpula de hielo completamente hueca.
Una pecera de gran tamaño, y ovalada, llena de peces del norte.
Mis hermanos no se lo piensan dos veces, empiezan a cazar a gran velocidad saciando su hambre y su ansiedad.
Yo me quedo estupefacto mientras una sonrisa de afilados dientes se dibuja en mi rostro.
—Se pesca una vez a la semana para abastecer la caverna. Así se expone menos a la tribu —me explica Aligarra con orgullo—. Fue una idea que yo misma implementé.
—¿Crees que podemos fiarnos de Idhikapl? —la desconfianza florece en mis escamas de la misma manera que lo hacen las fauces de una caribdis cuando está cerca de su presa.
—No, por eso debemos alimentarnos para mantenernos fuertes —El sonido de su garganta acelera los latidos de mi corazón—. Él nunca hace nada sin pedir algo a cambio. Estate atento, si hay problemas tendremos que cambiar el plan.
—Necesito salvar mi hogar, Aligarra —No pierdo la educación frente a una reina, pero tampoco puedo poner en riesgo la importancia de la misión—. Quiero que mi madre se siente en el trono de Laneth de nuevo.
—Escúchame, Cirigh —Sus chasquidos se tornan serios mientras se asegura de que nadie nos está espiando—.
Algo extraño está pasando en mi antiguo hogar, hay túneles que nunca había visto.
Tenemos que estar atentos. —Me quedo mirándola, si el enemigo quiere acabar con nosotros estamos a su entera disposición.
Me ve tan tenso que acaba diciendo—. Estoy contigo, eso no lo dudes nunca.
La sirena emprende la cacería y yo me limito a hacer lo mismo. Los peces del norte tienen un sabor completamente diferente, más fuerte, más agrio, menos jugoso. Por no mencionar el esfuerzo que me genera masticarlos y partir sus espinas.
Está claro que aquí las cosas funcionan muy diferente, aquellos que habitan los mares del norte tienen la obligación de volverse más resistentes si no quieren morir.