Corona de huesos y espinas (Corte de agua carmesí 2) 56
82%

56

Gia Fana

Caminar a través de la arena de la playa de mi hogar me hace sentir la seguridad de que Bryarthe vuelve a protegerme de nuevo.

Royen me sigue muy de cerca, al igual que el perro más fiel, los feralbas son inseparables de sus dueños.

En cuanto salimos del puerto no puedo evitar agacharme para acariciar la tierra y el barro endurecido que forman las calles de Hontir.

—Por fin... —murmullo con lágrimas en los ojos. Mi león me ronronea—. Estamos vivos.

—¿Vas a quedarte ahí toda la noche o vamos a ver a nuestros padres? —Mi primo Yaro avanza sin ningún tipo de remordimiento.

Han pasado varias horas desde que dejamos al vampiro en tierra y a la sirena en el Rugido Áureo. Hemos tenido que esperar a que la Fiesta de la Luna Rosa terminara para poder entrar en Hontir sin llamar la atención y ahora podemos caminar con total libertad.

De no haber accedido al plan del príncipe de Plaguen ninguno hubiéramos llegado sanos y salvos hasta aquí.

Por no mencionar que a Yaro le encandiló la idea de que su nombre se escuchara entre los caídos.

No sé cuáles son las intenciones del caminante diurno, pero nos ha asegurado que no pretende hacernos daño y confío en su palabra.

—Baja la voz, idiota, no queremos que la gente nos vea.

—¿Crees que este monumento puede pasar desapercibido? —Y hace eso con los pectorales que tanto me desagrada.

Pongo los ojos en blanco y sigo a mi primo mientras nos dirigimos directamente al palacio.

Se nota que estamos de nuevo en casa, lo sé porque Yaro ha perdido el miedo a los monstruos de alta mar o a los caídos.

Viajar al Continente de la Banshee fue un suicidio, los orishas nunca nos advirtieron de la plaga de caribdis que interrumpiría nuestra vuelta.

Ni siquiera los oráculos del caftán blanco pudieron leer los designios de nuestro destino.

Al menos estamos vivos tal y como nos prometieron.

Nuestra misión siempre fue bastante clara, visitar Plaguen con la excusa del comercio ilegal, que los diurnos tienen pactado con los nocturnos desde hace siglos, y asegurarnos de que no hay una amenaza de conquista.

Un cometido que solo los hijos de la corona de oro y pieles pueden cumplir, a simple vista puede parecer una insensatez, pero los linajes de sangre bendecida guardamos un don oculto.

Por ese mismo motivo Bryarthe nos otorga feralbas como nuestros guardianes.

—¿Crees que la Fiesta de la Luna Rosa seguirá en palacio? —Mi primo solo piensa en lucirse, algo a lo que me tiene acostumbrada—. Nuestra entrada va a ser espectacular.

—Si piensan que estamos muertos, se estarán preparando para la guerra —No sé cómo hacer para que Yaro entre en razón, es pisar las Tierras Doradas y vuelven a aparecer esos aires de superioridad.

—Los orishas del caftán blanco no han predicho nuestra muerte. Solo espero que hayan dejado algo para comer, me muero por unos buenos injeras.

—Acabamos de traer a un príncipe caído que puede caminar bajo el sol, ¿Y estás pensando en comer crepes?

—Por Bryarthe... ¿Dónde se han quedado tus ganas de fiesta?

—En alta mar, cuando la resaca me hizo vomitar también se llevó mis ganas de bailar.

Yaro me ignora mientras recorremos las calles de Hontir hasta llegar al palacio.

La Torre Radiante se sitúa en la parte más céntrica de la capital, a escasos metros de ella está la Corte de los Elementos.

El castillo es de color maíz con torres azules, el río Olorun rodea nuestro hogar haciendo que los jardines estén repletos de vegetación.

Los orishas del caftán rojo protegen las puertas y nos dejan entrar en cuanto se percatan de los feralbas que nos acompañan.

—Bienvenidos —dice una de ellas.

—¿Dónde están los invitados? —Yaro chasquea sus dedos para llamar la atención de los guardias.

—Ya se han marchado, sus majestades están en sus aposentos desde hace unas horas. ¿Quieren que avisemos al servicio?

—Pues deberían...

—No, los veremos mañana, gracias —interrumpo a mi primo antes de que ponga al palacio patas arriba—. Vamos Yaro, nosotros también necesitamos descansar.

Él acaba accediendo a su manera, como siempre rechista mientras atravesamos el camino hasta las puertas principales.

Una vez entramos en el palacio me dirijo directamente a mi habitación, recorro los pasillos blancos con grandes arcos abiertos al exterior.

Un método eficaz para que la corriente refresque la planta baja y contrarreste las altas temperaturas del día.

Subo las escaleras de mármol blanco y accedo a la torre este para encerrarme en mi pequeña guarida.

Digo pequeña porque en comparación al resto de habitaciones esta se queda corta.

Royen se tumba en su sofá de tela mientras yo me dejo caer en la cama.

Me quedo mirando al techo mientras la luz de la luna, ahora blanca, ilumina las molduras recordándome que ya estoy a salvo.

Sustituyo el paisaje oscuro, húmedo y azul, que nos lleva acompañando durante todo el viaje, por un sinfín de colores.

Algo que yo misma me he encargado de decorar desde que tengo uso de razón.

Aquí puedo pintar las paredes sin que nadie me diga nada, por no hablar de la infinidad de dibujos sin acabar que se mantienen amontonados en mi escritorio.

Sin ducharme ni cambiarme de ropa me quedo completamente dormida sabiendo que aquí no me puede pasar nada malo.

—¡Gia! —Un grito me despierta de golpe y me obliga a incorporarme de un salto con la intención de defenderme a base de puños—. ¡Hueles fatal!

—¡Enzo! —No le doy importancia a sus quejas, me acerco a mi primo pequeño y le cojo en brazos para abrazarle. Después le miro confundida y pregunto—. Un momento, ¿cómo sabías que estaba aquí?

—Ah, nuestro primo Yaro se ha encargado de ir pregonándolo por todo el palacio —El niño se pone las manos en la cintura a modo de jarra y se empieza a reír—. ¿Por qué no me despertaste anoche? Te he echado mucho de menos.

—Era muy tarde y no quería que...

El sonido de las trompetas me interrumpe, después llegan las campanadas y a los pocos segundos la orquesta real anunciando nuestra llegada.

Pongo los ojos en blanco y Enzo se mofa de mí.

Nuestro primo pequeño tiene diez años y el cabello rizado, sus ojos son extremadamente dorados y eso indica que la magia está más presente en él que en el resto de los hijos de Bryarthe.

Es la persona más buena que jamás he conocido, no tiene ninguna maldad y desde hace unos años se ha vuelto mi mejor amigo.

Estoy a punto de seguir hablando cuando un rayo blanco recorre el suelo hasta llegar a mi feralba.

—¡Rina, que grande está! —grito cuando veo a la cría de leona albina—. ¿Ya sabe rugir?

—¡Qué va, sigue maullando como un gato! —se queja Enzo y se sienta en mi cama para observar cómo los animales juegan.

—Me voy a lavar antes de que tu madre me eche la bronca.

—Ah, hoy está de buen humor, ayer los senescales de la Torre Radiante le dieron muy buenas noticias —El niño no aparta la mirada de los leones mientras estos se tiran del sofá llevándose consigo las alfombras que decoran el suelo.

—Ah, ¿sí? —Cojo uno de los vestidos dashikis de mi armario y un guelé o turbante, para la cabeza—. ¿Han encontrado la manera de purificar nuestros mares?

—No, creo que la Corte Solar va a venir a visitarnos pronto.

—¿Los reyes de Ixros en Hontir?

—Sí, sí, sí —canturrea Enzo mientras me mira con las manos colocadas en forma de corazón—. Te van a prometer con un príncipe del primer linaje—más que como una confesión lo dice como una burla, sabe que detesto todo lo relacionado con los enlaces de la corona.

—Si ocurriera eso yo ya estaría navegando de nuevo.

—¿Me llevarás contigo?

—Es muy peligroso, esas caribdis se han reproducido demasiado rápido.

—Ah... entonces prefiero quedarme aquí.

Enzo baja la cabeza y yo me apresuro a acercarme a él y rodearle con mis brazos.

Tanto él como yo hemos perdido a seres queridos.

Hace cinco años su padre, los míos y los de Yaro emprendieron un viaje hacia las islas situadas en la frontera del Midna, nunca regresaron.

Al principio se pensó que fueron los monstruos del mar los que acabaron con su barco, pero esa teoría solo duró unas semanas, pues era impensable ya que los mejores orishas del caftán azul iban con ellos.

Tuvieron que ir los verdes para encontrar la Dama Crisol partida a la mitad a pocas leguas de Isla Esmeralda, por lo que nunca llegaron a su destino.

La Torre Radiante investigó el accidente durante meses, al no encontrar nada, los senescales tomaron la decisión de aumentar las protecciones de los dominios de la corona de oro y pieles.

Se popularizó la idea de que fue un naufragio como otro cualquiera, espero poder saber la verdad algún día.

—Todo va a ir bien —le repito una y otra vez.

—Ya se me ha pasado... —dice Enzo tapándose la nariz—. Lávate antes de que te vomite encima.

Nos echamos a reír minutos antes de dejarle con los feralbas mientras yo me encierro en el baño de mi habitación.

Todos los aseos de palacio están rodeados de enredaderas que se retuercen por las paredes.

En cuanto cierro la puerta una rafflesia patma azul extiende sus pétalos desde el techo para dejar caer una cascada.

—Cuanto he extrañado esto... —susurro en el mismo momento en el que el agua purificada me empapa por completo.

A diferencia de otras regiones de las Tierras Doradas, o incluso del mundo, en Hontir todo es mágico.

La Torre Radiante ha hecho grandes avances en el funcionamiento de las cosas, uno de los más importantes es la purificación del agua del río Olorun a través de las flores que los orishas del caftán verde han instalado en el palacio.

Un encantamiento que revitaliza mi piel me aclara la mente y me quita el entumecimiento de los músculos.

Me quedaría aquí durante horas, pero mi tía me espera y no quiero hacerla enfadar.

—Bienvenida, Gia —habla la reina Yamira proyectando su voz con majestuosidad.

Ella me sonríe desde su trono de marfil mientras los senescales de la Torre Radiante ocupan sus asientos, mucho menos ostentosos, a ambos lados de ella. Yaro está a mi lado, de pie frente a su madre.

—Vuestra llegada es un regalo para Hontir. Vuestra presencia nos confirma que las amenazas del otro lado del Midna no son una preocupación para nosotros —dice ella.

—Gracias, su majestad —Bajo la cabeza ligeramente en forma de reverencia. Si mi primo no le ha contado nada del caído yo no voy a interrumpir a la reina en su discurso. Más aún cuando siento que tiene algo importante que decirnos—. Bryarthe ha cuidado de nosotros.

—Las Tierras Doradas están cambiando. Los demonios han empezado a atacar los pueblos más pequeños del sur y se prevé una futura invasión a las grandes ciudades.

Pronto llegarán las amenazas al norte y debemos responder —Sus palabras anteceden al caos en los lugares donde siempre hubo calma—.

Así como el reino de Visua ha enviado a sus mejores loas para proteger Ixros, Hontir también lo ha hecho con sus orishas.

Pero no es suficiente, el primer linaje quiere que el segundo refuerce sus defensas y esa es una petición a la que no podemos negarnos.

—¿Qué debemos hacer, mi reina? —Yaro habla con seriedad, la voz de un príncipe necesitado por su pueblo.

—Ixros vendrá a buscaros en un mes y tendréis que estar preparados para ese momento. —Mi tía clava sus ojos en mí dejándome claro que esta vez tampoco podré viajar sola—. La Torre Radiante os adiestrará para que podáis honrar nuestro linaje. No acepto ninguna negativa.

—Así lo haremos —respondo siendo consciente de que soy presa de mi propio apellido.

Cuando le propuse a la reina Yamira visitar la Isla Esmeralda con el fin de investigar la muerte de mis padres ella me prometió que me permitiría hacerlo cuando regresara de nuestro viaje.

Una promesa que se escurre entre mis dedos como la arena, pues ahora tengo la obligación de acudir a Ixros para protegerlo de una guerra futura.