53
Estoy inquieto, he conseguido llegar al arco de piedra que sale a la playa, pero mis hermanos no han llegado.
Quizá es demasiado pronto, tardaría más en buscarlos que en esperarles aquí.
Camino de un lado a otro, a veces me apoyo en las paredes, otras me limito a mirar a la multitud e imaginarme que ya llegan, pero nunca lo hacen.
El sol empieza a descender en el horizonte y no veo el momento de que los viajeros de Laneth volvamos a reunirnos.
De repente todo empeora cuando un hombre se tropieza y me rocía con su tinaja de agua. Me tengo que concentrar para reprimir las escamas de mi piel, lo hago con toda mi voluntad, pero es tan difícil como evitar un estornudo.
—Ay, disculpe —dice él con amabilidad mientras intenta secarme.
No digo nada, solo me limito a correr. Mis piernas se mueven a gran velocidad luchando contra la torpeza que me provoca la arena de playa.
No tengo a nadie delante cuando las escamas azules resplandecen en mi rostro y mis manos.
La piel bajo la tela también está mojada, en verdad estoy empapado.
Me meto en el mar sin pensármelo dos veces, no puedo dejar que me descubran, no ahora que estamos tan cerca de llegar a Thalin.
El agua del mar me reconforta y me susurra que puedo superar todos los problemas.
En cuanto mis pies desaparecen y las escamas de mi piel se tornan grises, mi aleta se agita para ocultarme.
Mi transformación convierte las prendas de ropa en trozos de tela inútiles.
Nado, lo hago como si estuviera huyendo de un depredador, o algo peor, de un necrófago.
Me alejo de la playa y busco cualquier lugar en el que pueda esconderme.
En esta parte del mundo todo es más azul, más claro y más bello.
Los peces nadan cerca de la orilla alejados de los peligros que se ocultan en las profundidades del mar.
Entonces me detengo en seco y me acerco hasta la superficie buscando la manera de volver.
Asomo la cabeza lo suficiente como para poder ver fuera del agua, la playa se ha llenado de gente y mis opciones de salir de aquí empiezan a volverse nulas.
Los prestigiosos colocan madera para formar pequeñas hogueras que no tardan en encender. Después llegan los músicos y la tranquilidad de la arena blanca se torna una fiesta a la que no puedo asistir.
—Maldita sea... —pronuncio en sirénido mientras la culpabilidad florece en mis escamas como una tortura que me veo obligado a soportar.
Acaricio la perla de mi cuello buscando algo que me oculte durante la noche, salir del agua ya no es una opción, por ello le suplico a Rysantha que haya alguna cueva cerca.
Me zambullo de nuevo, devoro algunos pescados por el camino, están deliciosos y son adictivos.
No sé si es por el hambre o por la ansiedad, pero acabo llenando el agua de sangre y espinas sin darme cuenta.
Huyo de allí hasta que no escucho la música, el sol va desapareciendo, dando paso a la noche más peligrosa de mi vida.
Nado todo lo rápido que puedo, me vuelvo una figura emborronada mientras la fuerza de mi aleta deja un pequeño rastro de burbujas que no tarda en esfumarse.
Mis ojos se abren de par en par cuando veo un cementerio de barcos hundidos, una sonrisa de dientes puntiagudos se dibuja en mi rostro.
—Gracias, Rysantha... —chasqueo a la nada.
Hay navíos de todos los tamaños, algunos partidos a la mitad y otros que han perdido la forma. Me meto por uno de los ojos de buey, salgo por la proa, creo, y atravieso otra ventana circular intentando buscar el lugar donde la luna no pueda filtrarse a través de la madera.
Descubro más peces escondidos allí, animales que buscan el mismo refugio que yo, incluso serpientes marinas que huyen despavoridas cuando me ven llegar.
Me siento afortunado cuando me topo con un barco cuyas escaleras torcidas descienden hasta la más intrínseca profundidad.
Cojo los restos de las velas que me voy encontrando para tapar cualquier apertura en la madera rota.
Cuando consigo rodearme de oscuridad y sombras me permito relajarme y cerrar los ojos.
Le suplico a mi diosa que cuide de mis hermanos mientras lucho contra el cansancio que pretende alejarme de allí.
Pierdo, pierdo un combate para el que no he sido entrenado.
Llevar tantos días fuera del agua me pasa factura, incluso sin mis piernas puedo sentir cierto dolor en mi aleta.
Respiro tranquilo antes de perder el sentido.
Me despierto con un fuerte dolor en el pecho, la ansiedad se apodera de mí y me obliga a clavar mis garras sobre la madera.
No puedo dejar a mis hermanos ahí afuera, en especial a Krank, es su primera vez en tierra firme y puede que esté en graves problemas.
Tengo que salir de mi escondite, exponerme a los peligros de esta noche y encontrar a mis hermanos.
Tendría que haber venido solo, tendría que haber emprendido este viaje por mis propios medios.
He expuesto a mi familia y ahora debo pagar las consecuencias.
No me he alejado de Estevian para fracasar, me niego a hacer las cosas mal.
Ya no soy el Cirigh que fue arrebatado de su hogar, ni el que luchó en la arena, incluso podría afirmar que no soy el mismo tritón que dio a luz a tres stokers.
Todo lo que he vivido hasta ahora me ha cambiado, me ha transformado en otra cosa, quizá el peso de las visiones que Rysantha me ha otorgado esté causando estragos en mi mente.
No me importa, tengo que encontrar a mis hermanos.
Desgarro los restos de las velas y salgo de mi escondite a gran velocidad.
Recorro el trayecto de mi huida y salgo a la superficie para saltar y acelerar mi nado.
Cada vez que el viento acaricia mis escamas siento la atenta mirada de la luna, una esfera rosada en medio de un cielo nocturno y sin estrellas.
O puede que sea algo más lo que me observe, no me importa pues no hay rastro de caribdis, no tan cerca de las Tierras Doradas.
Quizá hayan aprendido a huir de aquellos que pueden conjurar la luz del sol a través del oro con la elanymancia.
No me siento diferente, no siento la locura que la anciana dice que la luna rosa provoca en mi especie. Al contrario, me siento más fuerte, más rápido y con los sentidos agudizados. La adrenalina recorre cada una de mis escamas y me conduce allí donde el fuego baila al ritmo de la música.
—¡Démonos un baño! —grita uno de los chicos que chapotea en la playa—. ¡Vamos amor!
—Me da miedo. —se queja su novia, una joven cuyo cabello está peinado en una trenza pelirroja—. Los orishas dicen que las almas en pena se ocultan en el mar durante la luna rosa.
—¡Venga ya, Dera! —El humano nada hacia a mí mientras yo me mantengo escondido—. ¡Eso es para que los niños no naden sin sus padres! ¡Está calentita! ¡Ven!
—¡No te alejes tanto, Nabil!
Entonces ocurre, algo se apodera de mí y me obliga a cantar.
La Voz Azur surge de mis labios como una melodía suave casi imperceptible si no estás lo suficientemente cerca y Nabil lo está.
Soy consciente de como mis escamas grises resplandecen con cierto rubor azul, una mezcla entre mi forma de agua salada y dulce.
Sigo teniendo garras y dientes, pero mi armadura natural se ha reblandecido para volverse atractiva y atrayente.
Más allá de todo eso es mi canto lo que arrastra al humano hacia mí.
—¿Vas a hacerme daño? —pregunta con una sonrisa de oreja a oreja—. Yo solo quiero darte un beso.
—Quítate la ropa —Consigo pronunciar, mis palabras suenan agradables y melódicas, como si la Voz Azur siguiera con su encantamiento sin necesidad de cantar.
—Sí, claro.
Nabil hace lo que le pido, se quita la ropa y se queda completamente desnudo.
Se sigue acercando, no me tiene miedo, al contrario, está excitado.
No me hace falta ver su miembro erecto para saber qué es lo que mi magia provoca en él.
La anciana siempre nos ha advertido de este momento, la luna rosa es la mejor ocasión para que las sirenas se apareen con los tritones.
Es la única noche en la que pierden su apariencia de guerreras en agua salada y se vuelven lo suficientemente inofensivas para que nadie pueda temerlas.
Por eso no salimos de la Cueva Ritual, porque las consecuencias del influjo de esta magia nos podrían exponer a nuestros enemigos.
—¡Nabil, vuelve! —le grita su novia y entonces se percata de mi presencia—. ¡Hay un alma en pena en el agua! ¡Ayudadme!
—Eres demasiado hermoso para ser un fantasma.
—No lo soy —Un par de hombres ataviados de color azul emprenden una carrera a través de la playa. Descubro que son orishas cuando no nadan por el agua sino que caminan sobre ella.
Actúo rápido pues sé que quedarme aquí me traerá problemas. Me muevo por debajo de Nabil para robarle la ropa y después nado a gran velocidad buscando un lugar donde poder salir del mar. La luna rosa no me quita la voluntad, al menos no cuando mi vida corre peligro.
Por mucho que los orishas azules puedan caminar por encima del agua, yo soy más rápido y consigo perderlos de vista. Me siento ridículo en esta forma, más aún cuando mis garras se aferran a las prendas de Nabil como mi única opción para sobrevivir en las Tierras Doradas.
Encuentro el acceso al alcantarillado de la ciudad, un túnel sin ninguna protección que evite que entre a través de él y recorra la parte subterránea de Hontir.
Mis escamas cambian su color de nuevo adquiriendo el azul más brillante.
Entonces me doy cuenta de que estoy en agua dulce, puede que en el interior de un río que los prestigiosos han aprovechado para su beneficio.
No bajo el ritmo, sigo nadando, temiendo que los magos me encuentren. Pero no lo hacen.
La salida aparece frente a mí de la misma manera que lo hace el comodín cuando robo las cartas.
Me detengo bajo la apertura del pozo que vi durante la mañana, solo uno de los cubos está en el agua.
Intento escalar a través de la cuerda, pero acabo desmontando el mecanismo que lo sostiene.
Sin nadie tirando desde el otro lado es imposible que pueda llegar a la superficie, no así.
—Joder, Cirigh, piensa...
No sé en qué momento se me ocurre la idea de invocar una burbuja protectora alrededor de mí y moverla como lo hice con el jabón durante mi estancia en Plaguen.
Me cuesta cargar con mi peso porque nunca he usado la nolmancia así, pero lo consigo, empiezo a flotar con la misma efectividad con la que sube el cubo con el agua.
Tengo que concentrarme para soportar el esfuerzo que el hechizo genera en mí, me duelen los brazos y me palpita la cabeza, es una sensación rara, pero no puedo detenerme.
Justo cuando estoy a punto de salir mi magia desaparece y tengo que estirar mis brazos para agarrarme al borde de piedra.
La ropa se me escurre entre los dedos. Intento atraparla con una de las manos, pero lo único que consigo es envolver las prendas en burbujas mucho más pequeñas que la que acabo de utilizar.
Me concentro en sacar mi nueva vestimenta fuera del pozo, sin darme cuenta de que mi aleta ha sido sustituida por mis piernas.
En el momento en el que salgo me topo directamente con un grupo de niños que me miran paralizados. Al ver la pelota en la mano de uno de ellos me doy cuenta de que he interrumpido su noche de juegos. Cuento diez, diez humanos de corta edad contemplando la desnudez de un extraño.
Temo que el influjo de la luna rosa vuelva a apoderarse de mí, pero entonces descubro que este poder es inmune a la presencia de los niños.
—¿Quién iba ganando? —pregunto mientras escurro la ropa para poder ponérmela.
—¿Por qué estabas desnudo en el pozo? ¿Te has caído? —pregunta uno de ellos, el que tiene los ojos azules. Entonces me doy cuenta de que no todos los prestigiosos tienen los ojos dorados. Otro hecho que pone en vilo la certeza de los tallados en piedra de Laneth.
—Algo así, me he tropezado —Me pongo el pantalón negro, aunque esté algo húmedo no me es difícil reprimir las escamas de mi piel.
—¡¿Cuándo?! Llevamos toda la noche aquí —dice otra alzando tanto la voz que casi temo que avisen a gente adulta.
—Pues no me habéis visto —me excuso justo antes de emprender una carrera de huida.
Me dirijo hacia el Shabín con la esperanza de encontrar a mis hermanas allí, quizá alguien les haya avisado también de la generosidad de la vieja Tiana.
Mis pies se detienen cuando ven a la multitud bailando en la plaza y mi torso desnudo empieza a centellear con un débil color azul.
Sin agua el brillo es menor, así que me pongo la camiseta oscura para ocultarlo.
Soy estúpido, ignorante por pensar que puedo luchar contra el influjo de la luna rosa.
La Voz Azur vuelve a surgir de mis labios como un suave susurro, los músicos opacan mi canción y evitan que la multitud pueda escucharme. Me tapo los labios, pero eso no impide que la melodía surja de ellos, aun así, consigo moverme entre los peces gato de tierra firme como si fuera uno más.
Llego a la mesa donde conocí a Tiana y la descubro llena de comida. Hay manjares de todo tipo que no dejan de salir del Shabín cargados por humanos cuyas vestimentas son completamente marrones. Entiendo que ese es el color de los sirvientes, o más bien, de los camareros de la mansión.
—¡Llegas tarde! —se queja la mujer desde la entrada cuando me ve llegar—. ¡Ratza dale el uniforme al nuevo y que se ponga a servir!
—¡Por aquí! —me grita un hombre de gran estatura y cabeza rapada. Lleva el mismo uniforme que los demás.
Le sigo más por la necesidad de huir de la multitud que por el hecho de querer conseguir cristales. Cuando cruzo la puerta Tiana ya no está, sigo a Ratza hasta una habitación que me deja abierta y después se marcha para seguir trabajando.
—Ponte el que mejor te siente y sal, hay mucho que servir.
Me apresuro a entrar en la estancia y cerrar la puerta.
Me cambio de ropa, no lo hago con la intención de servir en el Shabín, sino para buscar prendas secas.
Lejos de la multitud dejo de cantar, en medio de la soledad el influjo de esta noche no me afecta.
Abro la ventana desesperado por encontrar una salida, entonces me topo directamente con mi peor enemiga.
La luna me mira desde lo alto de un firmamento, ya no está llena, sino que parece que un tiburón celestial la ha mordido desde arriba.
—La luna rosa solo dura unas horas... —Recuerdo las enseñanzas de la anciana—. Solo tengo que aislarme de los mortales y después podré buscar a mis hermanos.