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Cirigh de Laneth
Los días pasan y llegamos a Hontir sin ningún problema, cuando lo hacemos Arno se despide de nosotros y se pierde entre la multitud.
La ciudad es un paraíso de vegetación y gente.
No es de extrañar ver las calles llenas de arena y tierra, algo que comprendo que los humanos hacen para estar más en contacto con su diosa.
Para ellos Bryarthe lo es todo lo que les rodea.
Hay casas de todos los tamaños, gente entrando y saliendo y un murmullo constante que me es agradable.
—¿Y ahora? —pregunta Sarra cuando nos detenemos en mitad de la multitud.
—Cuidado, viajeros, u os van a atropellar —nos advierte un hombre anciano mientras nos invita a apartarnos de la calle principal al mismo tiempo que pasen mercaderes con carruajes tirados por bueyes.
—Gracias —respondo con amabilidad y después él sigue su camino.
Hay palmeras que se elevan por encima de los edificios de piedra.
Me encanta descubrir las cristaleras de colores que forman las ventanas de los hogares en lugar de las cortinas que nos hemos acostumbrado a ver hasta ahora.
El sol recubre cada centímetro de la ciudad dándole la luz y la vida que necesita.
El mar está cerca, lo sé porque veo las velas de los barcos en el horizonte.
—Busquemos la playa y partamos cuanto antes —digo y no hace falta más para ponernos en camino.
Hay puestos de comida que sirven fruta fresca y carne recién hecha. Personas con cestas que venden cosas como flores, setas o prendas de ropa. Sin duda lo que más nos llama la atención es ver a mujeres cargando con grandes jarrones que llevan sobre sus cabezas.
—¿Qué es eso? —pregunta Sarra señalando al único edificio que se eleva por encima de las nubes.
—La Torre Radiante... —digo con la boca abierta.
El hogar de los orishas es uno de los edificios más grandes de Hontir, junto al castillo, el cual queda completamente en segundo plano.
Más que una torre es un grupo de tres que parecen mirar directamente a Bryarthe.
El lugar está hecho con piedra blanca y se adapta perfectamente a los colores del resto de la ciudad.
Hay gaviotas volando alrededor de la Torre Radiante, aunque nunca alcanzando sus partes más altas.
—No os detengáis —suplico rezándole a Rysantha para que nadie nos interrumpa.
—¡Dejad paso a los Azules! —grita una mujer mientras un grupo vestido con telas de ese color camina a tiempo que la multitud les hace lo que parece ser una reverencia.
Todos y cada uno de los presentes dejan lo que tienen que hacer para bajar la cabeza en señal de respeto. Nosotros hacemos lo mismo y justo cuando vamos a continuar con nuestro camino nos vuelven a interrumpir.
—¡Dejad paso a los Blancos! —La escena se repite con los Rojos y los Verdes, después todos siguen a lo suyo.
—¿Qué significa todo esto? —pregunta Krank impulsado por la curiosidad de estar en tierra firme.
—No nos interesa —le interrumpo con autoridad mientras esquivamos el gentío—. Solo queremos llegar a Thalin.
Me sorprende ver a humanos con la tez pálida en lugar de oscura, no sabía que había nocturnos lejos del Continente de la Banshee. Aunque sin duda lo que más extraño es no ver a los leones albinos, feralbas, pues pensaba que era algo común en esta parte del mundo.
—¡Compren recuerdos de la luna rosa! —escuchamos sin ponerle especial interés.
Estoy a punto de seguir a mis hermanos para cruzar el último arco de piedra antes de llegar a la playa cuando mis pies se detienen en seco.
—¡¿Quieren hacerle el mejor regalo a su amante para esta noche de luna rosa?! —anuncia otro mercader.
Mis hermanos avanzan mientras yo cierro los ojos comprendiendo lo que estamos a punto de afrontar. La fina arena de la playa me transmite la libertad del mar, pero no puedo disfrutarla, no ahora que sé que está noche habrá luna rosa.
—¿Qué pasa, Cirigh? —pregunta Sarra cuando me ve paralizado a escasos metros de nuestra salvación—. ¿Otra acherontia?
—Luna rosa... —digo y ellos se acercan para escucharme con claridad—. Hoy hay luna rosa...
—¡¿En serio?! —Krank se pone nervioso y mira al cielo para comprobar que todavía tenemos tiempo hasta el anochecer—. ¡¿Qué vamos a hacer?!
—No podemos entrar en el mar... —Sarra intenta buscarle la solución a algo imposible—. ¿Te quedan cristales, Adaleh?
—Solo tres...
—Necesitamos una posada —advierto con el temor de alguien que nunca ha experimentado este fenómeno lejos de su hogar.
Formamos un círculo y nos miramos desesperados. Por suerte para nosotros en las Tierras Doradas anochece más tarde.
—Separémonos —La idea de Krank es la más factible—. Intentemos recaudar cristales de alguna manera y nos encontraremos aquí en un par de horas.
Y así lo hacemos, sin saber si es la mejor opción nos aferramos a ella como si fuésemos a morir en el intento.
Camino sin rumbo por el entramado de calles que me hacen perder la orientación.
Temo por no saber regresar a la playa por lo que me voy fijando en los pequeños detalles que me ayuden a orientarme.
Las flores que decoran algunas de las ventanas, el color de las vidrieras de las casas más grandes o incluso el diferente tono de sus fachadas de piedra y barro.
Sin duda tomo la Torre Radiante como referencia.
Recorro una zona repleta de animales cuyas razas desconozco.
Hay mamíferos con cuernos muy similares a gacelas, otros con el cuello largo y con pelaje llamativo.
También veo pequeños conejos con plumas en vez de pelo, un sin fin de especies que me encantaría descubrir, pero que no puedo dejar que me entretengan.
—¿Quieres regalar un orejudo emplumado por la luna rosa? —me pregunta la mujer situada junto al cerco de los animales.
Estoy tan desesperado que improviso de la mejor manera posible.
—Mis hermanos y yo estamos buscando alojamiento para esta noche, pero no nos quedan cristales —Ella me mira mientras yo me limito a poner cara de pena—. Somos náufragos de la noche eterna y necesitamos ayuda.
—Ay, pobres... —La mujer quema un palo de madera y escribe sobre un trozo de papel—. Id a ver a la vieja Tiana, creo que necesitaba gente para las cocinas, la encontrarás donde tocan los músicos, su negocio se llama Shabín.
—Muchísimas gracias, de verdad.
—Buena suerte, chico.
Y me voy con la alegría de alguien que ha encontrado una perla en medio de un montón de almejas.
Me muevo optimista entre la multitud, tengo que esperar a que pase una fila llena de niños agarrados de la mano, son de lo más adorables.
Intento escuchar la música para encontrar el lugar que Tiana me ha indicado, pero el ruido es constante y obstaculiza mis sentidos.
—Perdone, ¿el Shabín? —le pregunto a un hombre cargado con montones de tela.
—Ah sí, por esta calle hasta el pozo y luego giras a la derecha.
—Muy amable.
No me es difícil llegar hasta el pozo, una plaza coronada por un círculo de piedra de gran tamaño del que varias personas sacan agua con un sistema de cuerdas y cubos.
Puede que sea de los lugares más concurridos, pues hay otros haciendo fila esperando su turno para llenar sus tinajas.
Entonces escucho la música, un sin fin de trompetas y tambores que me conducen hasta otra plazuela donde la fiesta no parece terminar nunca.
—¡Arriba! —vitorea un hombre con largas rastas níveas que no deja de mover su cadera y sus pies.
A su alrededor todo el mundo baila igual, una danza que me recuerda al movimiento de los bigotes que hace el pez gato antes de atacar.
La salvación aparece frente a mí cuando menos me lo espero.
Más que un cartel, la palabra Shabín está escrita en el propio edificio de un llamativo color azul.
En la puerta hay una mujer anciana que lleva un pañuelo dorado atado a la cabeza.
En general esa es una prenda de ropa que veo en mucha gente, pero la de ella es diferente, es como si fuera mágica.
Ella está apoyada en una mesa larga que parece marcar los límites del edificio y de la calle.
—Hola, disculpe, estoy buscando a Tiana —Intento ser lo más educado posible, le enseño el papel que me dio la cuidadora de animales y automáticamente la mujer me sonríe.
—Soy yo, ¿quién me busca? —Su amabilidad está más cerca de la de Arno que de la de los otros prestigiosos que he conocido.
—Buenas, me llamo Cirigh, naufragué con mis hermanos hace unos días y no tenemos cristales para poder pagarnos una cama esta noche. —Por más que finja estar bien, su actitud frívola me pone nervioso y provoca que mis palabras salgan atropelladas de mis labios—. Quizá nos podría ayudar.
—El Shabín no es un centro religioso donde la gente viene a pedir limosna. —espeta y me deja completamente sin palabras—. El Shabín es el glamur de las Tierras Doradas y el mejor lugar donde disfrutar de las noches festivas.
—Podemos trabajar, no queremos ayuda gratis. —Recuerdo cómo funciona la ideología de los humanos, el arte de negociar es algo que había pasado por alto—. Le propongo un trato.
—Te escucho...
Me doy cuenta de que estoy hablando sin realmente tener nada para ofrecerle, además de que intentar pensar con la música pegada a mis oídos es algo que no sabía que se me daba fatal.
Le dedico una sonrisa, me apoyo sobre la mesa y me aparto el flequillo azul de la cara.
Después me quedo callado porque no sé qué decirle.
—Te escucho, muchacho, ¿qué me ofreces? —La mujer golpea la mesa, está molesta y no sé qué puedo hacer para convencerla—. No me hagas perder el tiempo, estoy muy ocupada.
—Entonces buscaré a alguien que pueda ayudarnos, necesitamos un lugar donde dormir cuanto antes y si usted no está dispuesta a ayudarnos, no tenemos más que hablar.
—Estoy a punto de marcharme dando por fallido mi primer intento, cuando Tiana me agarra el brazo y empieza a tocarlo—.
No se te ve muy fuerte, pero eres muy atractivo. ¿Tus hermanos son como tú?
—Oh, sí... —asiento con la cabeza repetidas veces—. Iré a por ellos.
—Tiana, dice mi madre que me buscabas —Un chico joven ataviado solo con un pantalón se apoya sobre la mesa y me deja perplejo.
Su cuerpo es musculado, su cabello es corto y luce rizos que evocan la majestuosidad de las caracolas.
Su mirada es tan brillante como el oro y su simple presencia atrae las miradas de todos los que nos rodean.
—Venid cuanto antes, os explicaré lo que tenéis que hacer —La mujer me despacha para sonreír al extraño y hablar con él—. Zuri, quiero que trabajes para mí esta noche.
—¿En serio? Si me llevas rechazando todo el mes —se jacta él.
—No estabas preparado, pero hoy sí —Tiana me agita la mano para que me marche sin apartar la mirada del chico—. Necesito un maestro de ceremonias y sé que eres el indicado. Van a venir muchos orishas esta noche y quiero que les demos la mejor bienvenida.
—¿Cuántos cristales? —le pregunta Zuri, pero no consigo escuchar la respuesta.
Me alejo del Shabín sin ánimo de faltarle el respeto a su dueña.
No tengo claro si es una posada, un burdel o la casa de alguna noble.
El hogar de Tiana resalta por encima de los otros que le rodean.
No solo porque está pintada con detalles que evocan la propia vegetación de Hontir, sino porque hay banderas de colores ondeando en sus balcones.
Creo que tienen algo que ver con los diferentes tipos de magos que sirven a la Torre Radiante.
Me apresuro a buscar a mis hermanos con la victoria rozando la punta de mis dedos.
Lo he conseguido, al menos podremos pasar la noche lejos de la luna rosa.
Solo tenemos que lograr refugiarnos de su luz para que no nos afecte tal y como hemos hecho en nuestro hogar.
En Laneth es común que las sirenas y los tritones nos ocultemos en la Cueva Ritual, una gruta submarina llena de tallados en piedra y escrituras de nuestros antepasados.
Aunque la anciana nos cuenta historias de guerras pasadas y los milagros que consiguió Rysantha, yo sé que es una distracción para que huyamos de la luz penetrante de la luna rosa.
Solo celebramos ceremonias en la Cueva Ritual dos veces al año, la otra coincide con la luna azul.