51
El viento azota las velas para que el Rugido Áureo navegue a gran velocidad. No sé la motivación real de que los humanos de Hontir hayan accedido a nuestra petición, quizá busquen buena reputación en el Continente de la Banshee. No me importa, lo hemos conseguido.
—¿Vas a poder aguantar en pie? —le pregunto a Gia que se aferra al timón como si fuera su único punto de apoyo.
—¿Con quién crees que te has topado? —se queja, aunque lo hace con la mirada fija en la oscuridad—. Soy mejor navegante que mi primo, que eso te quede claro.
Está tan desesperada por llegar a las Tierras Doradas que no se lo piensa dos veces a la hora de alejarnos del puerto.
No me siento cómodo dejándola sola al mando, más aún cuando huele a cerveza y sus movimientos son torpes.
A diferencia de ellos, yo puedo ver en la oscuridad mucho más allá de lo que iluminan los farolillos que cuelgan del mascarón de proa.
Le echo una última mirada al Continente de la Banshee, como si eso pudiera forjar una promesa entre mi hogar y yo, un pacto que asegure mi regreso.
De pronto veo una boina volar hasta caer al agua, cuando me doy cuenta me percato de que Angélika está al frente concentrada en los peligros que nos acechan.
No le hace falta más que una mirada para que yo continúe con el plan.
—¿Qué haces? —se queja Gia cuando le pongo dos tapones en los oídos—. ¿Hay ahogadas?
—Es por tu bien, créeme —me apresuro a llegar al camarote para hacer lo mismo con Yaro, aunque esté dormido necesito protegerle de la Voz Azur.
Los leones están a su lado, me niego a tratar con ellos por eso acabo atrancando la puerta para que no puedan salir. Cuando regreso a popa los chillidos surgen del mar como una plaga con un hambre insaciable.
—¿Funcionará? —le pregunto a la sirena mientras observo cómo su melena morada se agita al viento.
—No tenemos otra opción —comenta ella y su mirada se clava en el agua oscura que nos rodea.
Observo los dos cañones situados a ambos lados del barco. Los podría comparar con ballestas de gran tamaño con la capacidad de lanzar arpones en lugar de flechas. Sé que eso es lo que utilizaron los humanos para protegernos de la caribdis, podría ser útil si las cosas se complican demasiado.
—¿Cómo se utiliza? —le pregunto a Gia que se mantiene firme en el timón.
—¡¿Qué?! ¿No te entiendo?
—El cañón —le señalo.
—Ah, eso es algo parecido a la elanymancia…, solo Yaro sabe manejarla.
Cierro los ojos sintiendo la derrota de no haber pensado bien en la estrategia.
Yo también me pongo los tapones y aguardo a que la magia de la reina sirena nos proteja durante todo el viaje.
Observo a lady Angélika que se mantiene con los ojos abiertos entonando su canción, no la escucho, pero soy consciente de que está utilizando la Voz Azur.
El barco se sacude cuando el poder surge de sus labios a modo de ondas expansivas.
Al principio son pequeñas, luego crecen y alcanzan una inmensidad que consigue erizarme la piel.
Cuando miro al mar me doy cuenta de que no estoy observando la superficie del agua sino una infinidad de monstruos que intentan atacarnos con sus tentáculos.
Hay de diferentes tamaños, algunos incluso mueren antes de intentarlo.
La sirena sigue con su canto mientras las caribdis se alejan de nosotros sabiendo que no pueden detenerla.
Rezo para que Cirigh esté bien, para que Rysantha, o quien sea que rija esa parte del mundo, le proteja.
Necesito verle, tenerle cerca, besarle. Necesito demostrarle que yo también lo sacrificaría todo por él.
Así es como empuño mis espadas cuando me percato de que algunas de las criaturas se abalanzan sobre el navío para intentar detener a la reina sirena. Corto los tentáculos que se acercan a nosotros y gano el tiempo suficiente para que las caribdis más resistentes mueran bajo la canción de Angélika.
Sé que esto nos dejará agotados, pero es la única forma que tenemos de llegar a Tierra Firme. Si mantengo a mi amiga a salvo, el mar y el viento nos llevarán a las Tierras Doradas.