Corona de huesos y espinas (Corte de agua carmesí 2) 50
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Estevian Ilia

Plaguen se tiñe de rojo, tanto la realeza como el pueblo van cubiertos por capas rojas.

Nadie habla, solamente dejan que el sonido de las campanas de la catedral marque el ritmo del luto.

Aunque hay varios carruajes a lo largo de la procesión, solo uno carga con un féretro de cristal con el cuerpo de Darius Cárpasot.

Más que moverme con los stokers que lideran la marcha, camino entre la multitud.

Estevian Ilia ha muerto en la guerra y eso es algo que tiene que permanecer así, al menos por el momento.

Espero que algún día mi hermana Amari pueda perdonarme por no estar a su lado, pero tengo que marcharme del Continente de la Banshee y no quiero demorarme más.

Me sorprende ver a lady Alia rota y llorando desconsolada, jamás imaginé que me apreciaría tanto.

La muerte de los Paladines era algo que todos veíamos venir, el Antiguo les había otorgado un poder temporal a cambio de pertenecer al Hall de la Sangre.

Por eso sé que la stoker del norte está sufriendo mi pérdida.

La procesión recorre las calles principales de la ciudad hasta llegar al Salto de la Noche, allí la Tríada se encarga de elevar el féretro en el aire y darle la sepultura que se merece.

Nadie dice nada, no hay palabras bonitas para despedir a los caídos, solo la esperanza de que Illythia los ampare en su regazo.

La gente puede se acerca al cuerpo de mi cuñado para dejarle flores o cartas afectuosas, elementos que arderán en el mismo momento en el que el Aquelarre del Cuervo consagre al difunto con sus llamas.

La ceremonia dura varias horas, en cuanto termina la gente vuelve a sus calles sin hacer ruido.

Yo no regreso a palacio, al contrario, lo que hago es recorrer los bajos fondos esperando a que Enfi haya hecho todo lo que le he pedido.

La crisis del frenesí ha terminado y eso ha conseguido hacer que el pueblo se una, todos han perdido a alguien y la pena es un sentimiento que muchos prefieren pasar en compañía.

No hay rastro de la Loba y el Coyote, los otros generales de la Orden de los Condenados.

Quizá fueran peones en la batalla que el duque Treznor Dynevor orquestó para intentar arrebatarme mi cuerpo, o puede que hayan huido por miedo a las consecuencias de sus actos.

Dudo mucho que vayan a volver a traernos problemas al reino, y si lo hicieran, el nuevo Jasper Gazzei está listo para proteger mi hogar.

Guardo el Grimorio de los Muertos bajo la capa roja que oculta mi rostro, lo llevo en una mochila que cargo a mi espalda.

Aunque no pese demasiado, mis hombros sienten la responsabilidad de lo que sea a lo que estoy destinado.

Nadie sabe qué pasará con la reliquia de los vampiros cuando camine bajo la luz del sol, puede que se convierta en cenizas tal y como lo han hecho mis antepasados con anterioridad.

Por suerte para mí, yo soy diferente, no sé si un dhampiro o un elegido de la diosa.

Lo único que me importa en estos momentos es reencontrarme con Cirigh.

Cuanto más me alejo de las calles principales menos gente hay.

La lluvia empieza a acariciar las calles de barro de los bajos fondos, antes de que pueda darme cuenta mis huellas van delatando mi ruta.

Me detengo frente a una puerta austera, una taberna cuyo público consiste mayoritariamente en borrachos y adictos al opio.

Barco Hundido no suele ser frecuentado por buenas personas, de hecho, la guardia se rehúsa a venir hasta aquí para evitar cualquier tipo de problemas.

Golpeo la madera tres veces y la ventanilla de la puerta se abre.

—¿Quién va? —pregunta un hombre humano que huele a pescado podrido.

—Camino en silencio para callar los secretos—pronuncio recordando la contraseña del antro.

—Que tus secretos sigan ocultos o mueran en este naufragio —responde él y acto seguido abre los candados para dejarme entrar.

Solía venir aquí, como Chacal, para reunirme con los escuadrones que me servían en la Orden.

Por suerte el dueño del Barco Hundido no es muy inteligente y no suele cambiar la contraseña a menudo.

En cuanto cruzo la puerta todo es humo y alcohol.

Hay murmullos en las mesas que se reparten por el establecimiento, aunque sin duda lo que más resuena es la tos de aquellos que tienen más opio que sangre en las venas.

—¿Quieres vitae?—Una mujer prácticamente desnuda se acerca a mí para ofrecerme el contenido de las pócimas que vende.

El vitae es una droga que la corona no aprueba, pero que a esta gente parece no importarle.

Se cree que es sangre de vampiro mezclada con hongos alucinógenos, una salvación para todos aquellos que buscan huir de sus problemas.

—No, gracias. Estoy buscando a alguien.

Evito quitarme la capucha para que puedan reconocer mi rostro.

Escruto el antro hasta encontrar a dos figuras sentadas en la esquina izquierda, junto al acceso de la zona privada.

No puedo evitar sonreír, mi hermana ha cumplido con su promesa.

Tanto Lady Angélika como la bruja Yleth tienen boinas en sus cabezas que ocultan su identidad, todo un detalle ya que no hay demasiadas mujeres que luzcan tonos de cabello tan llamativos.

No desentonan, pues también visten de la misma manera que los adictos que son incapaces de respirar otro aire que no sea este.

—Justo donde nos dijo lady Enfi —comenta la vampira mientras tomo asiento a su lado—. ¿Estás bien, cielo?

—Tengo que marcharme ya o me volveré loco. No sé cuánto tiempo más podré ocultarme.

—Están dentro, Estevian —La sirena me sonríe mientras oculta sus labios bajo el pañuelo de su cuello. A diferencia de nosotros, ella sí necesita respirar—. La plaga de las caribdis ha evitado que puedan zarpar.

—¿Cómo vas a hacerlo? —pregunta la otra, está más nerviosa que yo.

—No lo sé, pero es mi única alternativa —Cojo las manos de Angélika y mi rostro se torna apenado—. ¿Has sentido algo?

—Sigue vivo..., —Y automáticamente se me escapa un suspiro de alivio—...pero se tiene que estar enfrentando a enemigos verdaderamente peligrosos.

—Yleth, me encantaría que vinieras... —me dirijo a la bruja y leo el dolor de la despedida en su mirada.

—¿Yo? Odio el mar, me mareo —El fulgor rojo de mi mirada parpadea cuando detecta las mentiras en sus palabras.

Ella se da cuenta, se hace la fuerte, me da un beso en la mejilla y añade—: Me encargaré de que tu familia no vuelva a sufrir, cuidaré de tus hermanas y de tus sobrinos.

Lo prometo —Después se dirige a la sirena—.

Me debes una pasarela, ¿eh? Así que tú también tienes que regresar.

—Lo haré —asiente Angélika y ambos nos levantamos de la mesa—. Que Illythia te cuide, amiga mía.

—Y que Rysantha te mantenga viva —responde ella y después se marcha.

Ver a Yleth volviendo a la ciudad es un pinchazo que atraviesa mi corazón y me obliga a derramar una lágrima.

Cuando regrese pienso hablar con mis hermanas para darle a la vampira un título nobiliario, ha demostrado ser una aliada digna de la corona de oro negro y rubíes.

Más que eso, sé que daría lo que fuera por ayudarme.

Un pensamiento que se refuerza cuando empieza a gritar para captar la atención de todos los presentes.

—¡¿Quién ha puesto perejil en mi opio?! —Aprovechamos la distracción para entrar en la zona privada sin que nadie pueda decirnos nada.

La sirena y yo nos movemos ágiles recorriendo las escaleras que descienden hasta la bodega del antro. Atravesamos una puerta de madera para alejarnos de los barriles de vino y los sacos de hierbas. Es entonces cuando nos paramos en seco al descubrir a dos bestias protegiendo la última puerta.

—¿Son leones? ¿En Plaguen? —Angélika no da crédito a lo que está viendo.

—Son mascotas mágicas de los humanos... feralbas.

En cuanto los felinos albinos se percatan de nuestra presencia se incorporan en posición de ataque. No rugen, solamente muestran sus fauces advirtiéndonos de que no van a permitir que continuemos.

—¡Yaro! ¡Sal! —grito, pero nadie me responde—. ¡Soy el vampiro que salvasteis en alta mar! ¡El que iba con un tritón!

La puerta se abre y los leones entran como si alguien más hubiera llamado su atención. Nos tomamos eso como una señal para caminar detrás de ellos. Así lo hacemos, aunque con los sentidos en alerta intuyendo el peligro.

—Vaya, vaya, vaya... —Yaro está medio tumbado sobre unas cajas, su leona se coloca a sus pies mientras él juguetea con una jarra de cerveza—. ¿Qué quiere un inmortal de un mundano como yo?

No está solo, su prima Gia y un par de vampiros están a su lado. No quiero ni imaginar qué es lo que están haciendo aquí, pero viendo la escasez de ropa en mis iguales me puedo hacer una idea.

—¿Y el resto de tu tripulación? —Las dudas afloran con la misma intensidad con la que la tormenta se lleva a cabo al otro lado de las pequeñas ventanas del sótano.

—¿Dónde crees que están? —el humano está borracho, por no mencionar que debe de haber consumido algo parecido a la vitae, tiene la mandíbula desencajada—. Los tuyos se volvieron locos y se pusieron a comer todo lo que pillaban por banda.

—Lo siento... —No sé muy bien por donde continuar.

—¿Por qué puedes caminar bajo la luz del sol? —Me sorprende ver como los ilotas no reaccionan ante la pregunta de Yaro, supongo que tampoco están en sus plenas facultades de razonamiento—. ¿También hay dhampiros en Plaguen?

—Necesitamos navegar, esta noche —Angélika acelera nuestra negociación—. ¿Queréis volver a casa? Pues acceder a esta proposición.

—¿Y qué ganamos a cambio? —Gia interfiere en la conversación, su estado no es muy diferente al de su hermano. No les culpo, han debido de pasarlo mal en mitad de la crisis del frenesí.

—La protección de la corona de oro negro y rubíes —pronuncio con seguridad y ellos parpadean confundidos.

—¿No sabéis quién es? —La sirena no pierde ni un solo segundo, lo que me hace pensar que está percibiendo el peligro en la vida de mi tritón—. Estáis frente a lord Estevian Ilia.

—¿Qué ha dicho la humana? —Uno de los vampiros se intenta incorporar, pero se cae al suelo y se echa a reír.

—El stoker está muerto. ¿No habéis asistido al luto? —dice el otro con la mirada perdida.

Me quito la capucha y descubro mi rostro.

Quizá no sea el mismo Estevian que muestran los carteles, la barba está desaliñada, estoy despeinado y la pena ha invadido mi rostro.

Pero hay algo que solo funciona entre vampiros, en el momento en el que hago que mi mirada brille carmesí, los ilotas me miran boquiabiertos.

—Sí, es él... pero ¿cómo?

—Yaro, Gia..., vosotros nos salvasteis, al Tritón de Plaguen y a mí, del peligro de las caribdis. Ahora necesitamos de vuestros servicios.

—¿Salvasteis a un stoker y al Tritón de Plaguen? Eso vale por lo menos una fortuna —dice uno de los vampiros que intentan mantenerse en pie, pero no pueden.

Antes de marcharnos, me acerco a los dos ilotas y fijo mi mirada en ellos. El poder de la estirpe Dynevor brota de mi interior, no saco mi alma de mi cuerpo, pero sí hago que mis palabras sean una orden indiscutible para ellos.

—Olvidad lo que habéis vivido hoy.

—Como desees —contestan a coro.