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Caminamos durante todo el día, apenas hacemos un par de paradas para beber agua y comer las raciones del Puerco Espín.
Cuando llega la noche Arno nos indica donde exactamente podemos descansar, así lo hacemos, lo único que queremos es llegar a la ciudad cuanto antes.
Aprovechamos una de las rocas para encender una hoguera y extender las mantas para poder tumbarnos.
—No salgáis de las protecciones hasta el amanecer —nos advierte sin explicarnos con claridad a qué se refiere.
Extiende las manos y ahí está, un hacha que aparece de la nada.
La deja en el suelo a escasos metros del fuego y agita los dedos para que la hoguera proyecte su luz de una manera antinatural.
De pronto estamos rodeados por una cúpula muy similar a las que yo invoco cuando utilizo la nolmancia, aunque de un llamativo color rojo.
Arno no dice nada más, se sienta alejado de nosotros y contempla el horizonte nocturno mientras mis hermanas cocinan un par de liebres.
—¿Cómo sé si está hecho? —me pregunta Sarra sin llamar mucho la atención, no podemos olvidar que tenemos que parecer lo más humanos posibles.
—La parte de fuera tiene que quedar crujiente y la de dentro jugosa —utilizo un palo para comprobar que aún le queda un rato a nuestra cena—. Hay que esperar.
Adaleh cierra los ojos y se pone a meditar, una práctica bastante común entre las guerreras. No solo le sirve para entrenar sus sentidos, sino que también le ayuda a advertir los movimientos de nuestros enemigos. Me acerco a mi hermano, el cual está sentado de espaldas a la hoguera:
—¿Qué te pasa, Krank?
—Tengo miedo...
—El orisha nos protege, no nos pasará nada...
—Miedo de que no podamos devolverle a Laneth su vieja gloria —me aclara y yo me veo obligado a mantener el silencio—. El mar no es un lugar seguro y por mucho que lo neguemos, las caribdis nos han ganado.
—Por el momento, en cuanto tengamos a una clamasoles en nuestras filas todo cambiará. Te lo prometo —me coloco delante de él y le sonrío para intentar contagiarle con positividad, pero no lo consigo—. Venga, Krank, he visto lo que le hace la luz del sol a esas criaturas. Ganaremos.
—¿Y si nos quedáramos en tierra firme? —Sus ojos se clavan en mí y mi mundo se desmorona—. ¿Cuántas muertes más hacen falta para que aceptemos nuestra nueva realidad?
—Yo creo...
—Venga, Cirigh. Tú lo has dicho antes, hay una sirena viviendo entre vampiros y tú quieres solucionar esto para regresar a la noche del Midna.
—Quiero volver a casa...
—Pero hay algo que te ha quedado pendiente.
—¿Cómo lo sabes?
—Solo hay que escucharte hablar de las cosas de tierra firme, hermano —Sus palabras rompen la máscara que había intentado mantener en mi rostro—. Extrañas las comodidades que tenías con los caídos y creo que hay algo más detrás...
—Estoy enamorado —No tiene sentido mentir, no a mi familia—. Me enamoré de un vampiro.
—La superficie tiene algo que nos encandila —continúa hablando y por primera vez en mucho tiempo siento que estoy hablando con un hermano mayor de verdad—.
Ya lo decía la anciana cuando nos narraba el cuento de la sirena de Aeriel que quedó prendada de un humano.
Y luego está esa sirena, Aligarra, ella también le entregó su corazón a un terrestre...
Nuestro destino es vivir fuera del agua.
—Nuestro destino es ir donde queramos, Krank. Rysantha nos dio la capacidad de adaptarnos, el mar no es nuestra prisión, sino nuestra fuerza.
—Hablas como una anciana... ¿Cuándo has aprendido tanto de la vida? Ojalá hubiéramos sabido antes que estabas destinado a ser algo más que un simple tritón, Cirigh.
—Sigo siendo un tritón de Laneth.
—No, eres mucho más. Has conseguido cambiar las cosas, no ha hecho falta hacer una rebelión como en Thalin...
—Algún día te enseñaré todo lo que conozco —Esta vez consigo sacarle una sonrisa—. Montaremos a caballo, iremos a las fiestas de Orio y jugaremos a las cartas.
—Quiero conocerle...
—¿Qué?
—Al vampiro del que te has enamorado. Si un caído ha conseguido robarle el corazón a mi hermano eso quiere decir que es alguien que merece la pena —Sus palabras me sonrojan—. ¿Qué se siente al enamorarte? ¿Es como si quisieras comértelo todo el rato?
—Algo parecido —No puedo evitar romper a reír mientras la inocencia de Krank me recuerda al Cirigh que llegó a tierra firme—. Es más bien como si tuviera la necesidad de estar cerca de él todo el tiempo, besarle, sentir su piel desnuda sobre la mía...
—Cállate, Cirigh, qué asco —se queja Adaleh desde el otro lado de la hoguera—. He escuchado todo.
—¡Hermana!
—¿Qué pasa? ¿Hay que matar a alguien? —Sarra está tan concentrada en cocinar que no se entera de nada de lo que pasa a su alrededor.
—Apártalas del fuego, se van a quemar —le advierto a tiempo de evitar que nuestra comida se eche a perder y ayudarle a repartir los pinchos de liebre.
—Me alegro por ti —Adaleh se sienta a mi lado para que podamos compartir una de las piezas—. Solo espero que no te olvides de por qué estamos aquí. Dicen que la gente hace locuras por amor.
—¿No te importa?
—¿A mí? ¿Por qué tendría que importarme?
—Soy un tritón de Laneth..., ya sabes cuáles son mis obligaciones.
—No tienes por qué estar encerrado en una cueva para que tu aurane bendiga a nuestro reino.
—Adaleh...
—Pero no se lo digas a Sarra, que no lo entendería.
—¿Desde cuándo piensas así?
—¿Sobre qué? ¿Sobre eso de tener a los tritones encerrados?
—Mi hermana come con tanta ilusión que se le olvida que la carne está recién hecha.
A diferencia de mí, que no puedo cenar tranquilo porque me estoy quemando—.
Desde el día en el que desapareciste cuando éramos niños.
Madre puso el reino patas arriba para encontrarte, más que a un hijo parecía que nos habían robado el Orbe de las Mareas.
Regresaste y pudimos disfrutar de nuestro tiempo juntos, hasta que crecimos y nos separaron...
, más bien, te confinaron con nuestros hermanos.
No podíais salir de Laneth sin que nadie lo supiera y... dejamos de ser amigos.
—Tú siempre fuiste mi amiga —Mi voz se enmudece ante las palabras de Adaleh—. Siempre hemos sido los más cercanos en edad y por eso recuerdo nuestra niñez con mucho cariño.
—Dejé de verte, Cirigh. Desapareciste porque madre insistía en que teníais que estar aislados.
—Bueno, tenías a nuestras hermanas...
—¡No era lo mismo!
Arno nos llama la atención desde lo alto de la roca.
No quiere que hagamos ruido, sabe que hay peligros allí afuera y su escudo no es inquebrantable.
Decidimos bajar la voz y seguir hablando.
El corazón me va a mil mientras reprimo las ganas de llorar, no sabía que mi hermana sentía todo eso por mí, ni siquiera me había planteado la idea de que las sirenas detestaran las normas de nuestra tribu.
—¿Recuerdas cuando hice mis exámenes de lucha? —me pregunta ella y yo no puedo hacer otra cosa que imaginarla en la arena de combate.
—Tora te derrotó y madre le dio una lanza con veneno de coral como premio.
—Fuiste el único que viniste a la enfermería para ver como la anciana sanaba mis heridas ¿Recuerdas lo que me dijiste?
—¿Te dije algo?
—Que yo era tu ganadora y que algún día me regalarías una lanza nueva como premio.
Mis ojos ceden ante la situación y empiezo a llorar.
Adaleh me mira sin comprender qué es lo que me está pasando, después entiende que el agua que empapa mis mejillas y amenaza con mostrar mis escamas son lágrimas.
Pone la frente sobre la mía mientras escucho su respiración acelerada, para nosotros este gesto es como un abrazo, el gesto más cálido en mitad de la frialdad del mar.
—Te he extrañado tantos años... —murmulla y yo solo puedo sonreírla.
—Ya estoy aquí.