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—¡Atrás acherontia!
De repente aparece un hombre que atraviesa con su hacha la figura blanca, la cual se convierte en viento para desaparecer. Antes de desmayarme veo como el extraño me coge en brazos y me lleva de vuelta a la posada.
—¿Cirigh? ¿Cirigh, estás bien? —La voz de Adaleh me trae de vuelta de un sueño que desconozco cuánto ha durado—. Por la diosa…, pensaba que te iba a perder.
—¿Qué ha pasado? —Mi mente está demasiado entumecida, no pienso con claridad y mi vista sigue nublada.
—Ya tenemos uno, hermano, hemos contratado a un orisha —su sonrisa es la calma que necesito, estoy junto a una guerrera sirena lo que significa que no me puede pasar nada malo—. En cuanto te recuperes nos pondremos en marcha.
—Tengo hambre…
El estómago resuena secundando mis palabras.
Adaleh me ayuda a incorporarme y se asegura de que pueda caminar.
Al principio mis movimientos son torpes, después le doy un sorbo al zumo de frutas sobre la mesita de noche y se me pasan todos los males.
Nos acercamos a la barra donde Kabi está haciendo el desayuno y Clarissa se encarga de servir los platos.
—¡Por Bryarthe! —celebra la mujer—. Teníamos que haberos advertido de que no salierais de noche. Los depredadores cazan bajo la luz de la luna y pudiste no haberlo contado.
—No fue un animal —el hombre que me rescató atraviesa la puerta de la entrada para unirse a la conversación. Sus palabras son bastante rudas, me mira como si hubiera cometido un crimen—. Fue un acherontia y os puedo asegurar que, si no llego a estar aquí, este nocturno no lo hubiera contado.
—Gracias por salvarme… —digo antes de que las dudas me dominen—. Yo…, lo siento.
—Son náufragos, orisha —Kabi no levanta la mirada de la carne que está cocinando—. Llevan unos pocos días por aquí.
—Pues entonces la fortuna os sonríe—añade él, después se sienta junto a Krank y empieza a comer—. Si no he entendido mal a la chica de cabello plateado, queréis ir a Hontir para comprar un nuevo barco que os lleve de vuelta a la noche del Midna.
—Eso es… —le responde Sarra—. ¿Qué es una acherontia y cómo se las mata?
—¿Matarlas? ¡Ja! —se jacta él, mis hermanas y yo le miramos con ignorancia y se ve obligado a responder—. Son espectros que se alimentan del alma de sus presas. Suelen acechar a aquellos que vagan solitarios por los exteriores de las casas. Solo la magia puede hacerlas desaparecer.
—¿Qué más criaturas deberíamos conocer? —pregunto sintiendo temor a retomar el viaje.
—Hombres hiena, árboles carnívoros, serpientes gigantes… —El orisha no bromea, vivir en las Tierras Doradas se podría equiparar con los peligros de alta mar—. Por eso existimos los magos de Hontir.
—¿Los magos venís de Hontir? Pensé que era una ciudad de navegantes —me atrevo a preguntar mientras corto los filetes de carne que Kabi nos ha servido junto con huevos fritos.
—Hontir es mucho más, cielo —Clarissa me responde mientras repone el zumo de nuestros vasos—.
Su principal función es la de formar a los próximos protectores de las Tierras Doradas.
Si un humano nace con aptitudes mágicas, la Torre Radiante se encarga de adiestrarlo.
—Su sonrisa se apaga por momentos mientras explica el precio que tienen que pagar aquellos con facilidad para lanzar hechizos—.
Nuestra hija Ayana tuvo la suerte de ser escogida por Bryarthe para proteger nuestro mundo, a veces nos manda cartas, pero no la hemos vuelto a ver.
—Estamos orgullosos de ella —Kabi le pone un punto de humor a la conversación —. Gracias a la Torre Radiante se puede viajar entre regiones.
—Nos vamos —anuncia el orisha de manera tajante—. La jornada de viaje hacia Hontir es larga y no quiero toparme con problemas.
Acabamos por desayunar a gran velocidad, más que comer engullimos y nos ayudamos del zumo de frutas para tragarlo mejor. Los dueños del Puerco Espín llenan nuestras mochilas con reservas para el viaje, Sarra se empeña en guardarlas por miedo a que Krank acabe con ellas antes de tiempo.
—Si volvéis por las Tierras Doradas, espero que podamos vernos —se despide Clarissa con suma amabilidad, no nos conoce demasiado, pero eso no le impide dedicarnos un abrazo.
—Ojalá nuestros caminos se crucen de nuevo —miento, no tengo ninguna intención de volver aquí, pero tampoco quiero sonar cruel.
La mañana transcurre a tanta velocidad que no soy consciente de la distancia que hemos recorrido hasta que siento cierta molestia en los pies.
El mago encabeza la marcha mientras nosotros intentamos seguirle el ritmo.
Sus zancadas son tan grandes que imitarle se convierte en un esfuerzo que nos agota demasiado.
A pesar de que el sol brilla con intensidad, el calor no es un problema, mantenernos cerca del hombre hace que la temperatura sea agradable.
—¿Cómo te llamas? —le pregunta mi hermana una vez se coloca a su lado.
—¿Para qué quieres saberlo? Ya me has pagado.
—Si nos vas a proteger, es justo que sepamos tu nombre. Yo soy Adaleh y ellos son mis hermanos: Sarra, Krank y Cirigh.
—Qué nombres más raros —se queja él con la mirada fija en el camino.
En el fondo su actitud me hace gracia, me gusta pensar que debajo de tanta rudeza se esconde una persona vulnerable.
Adaleh se recoge el cabello con una cuerda y se aclara la voz para llamar su atención. Él acaba cediendo—Arno, me llamo Arno.
—¿De dónde eres Arno? —pregunto antes de que la conversación cese y nos domine el silencio incomodo—. Quiero decir, entiendo que tú también fuiste arrebatado de tu hogar cuando mostraste tu magia. ¿No?
—Vivía muy cerca de Ixros, la capital —habla, lo hace más por no escucharme insistir que por querer contárnoslo—. Cuando tenía cinco años invoqué mi primera llamarada de fuego, lo hice sin querer. La Torre Radiante me vino a buscar y ahora soy uno de sus orishas.
No da muchos más detalles, de hecho, deja de hablar. Sarra va a decir algo más cuando me aclaro la garganta y ella lo comprende. Entiendo lo que nos contó lady Gayla la noche en que la conocí y el sacrificio que hizo para huir de los orishas y todo lo que significa.
El viaje transcurre tranquilo, la simple presencia de Arno evita que nos ataque cualquier criatura, aunque pienso que los verdaderos peligros de las Tierras Doradas aparecen cuando cae la noche.
No hago ninguna pregunta más, sé que él llevaba un hacha cuando me salvó, no quiero imaginar de dónde la sacó.
Llego a la conclusión de la forma de pensar del orisha, yo también quiero evitar las conversaciones, así no nos encariñamos de él. Después de todo, en cuanto lleguemos a Hontir volveremos al mar.