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Cirigh de Laneth
Me duelen los pies, sentir la tierra estando descalzo es algo a lo que no me voy a acostumbrar nunca. Pero en las Tierras Doradas no existe el calzado, y si lo hace debe de estar reservado para la realeza humana o algo por el estilo.
—¿Estáis seguros de que es por este camino? —pregunta Krank con la lengua fuera, hace demasiado calor y estar lejos del agua no ayuda.
—¿Ves otro? —A Sarra se le ha acabado la paciencia, no sé si es por el hambre o por la sensación de estar perdidos—. Danai nos dijo que camináramos hacia el norte hasta la posada del Puerco Espín. Así que por favor no te pares otra vez o tendremos que pasar la noche en medio de la nada.
—Por la diosa, ¿Os podéis relajar un poco?
—les interrumpo en una conversación que se lleva repitiendo durante largas horas—.
Adaleh y yo también estamos cansados y no nos pasamos el camino protestando.
—Miro a mi hermana buscando algún tipo de apoyo, pero ella no dice nada.
Creo que está ahorrando saliva, no la culpo.
Abro los brazos e intento animar al grupo—.
Todo lo que veis son los dominios de los prestigiosos, tenemos que aprender a valorar cada brizna de hierva, cada árbol y cada animal.
—¡Esto está seco, Cirigh! —estalla Sarra de nuevo cogiendo un puñado de arena—. No hay ni animales y las únicas plantas presentes son esas acacias —Su dedo señala las montañas rojas que se elevan en el horizonte—. Como tengamos que cruzar todo eso no llegaremos con vida a ninguna posada.
—¿Queda comida? —Las palabras de Adaleh son un fino hilo de voz que casi no puedo escuchar—. ¿Y agua?
—No, no y no…, se nos ha acabado todo —Sarra vuelve a la carga—. Os dije que teníamos que racionar la comida.
—Danai nos dio comida para diez… —murmullo rebuscando en la mochila que cuelga de mi espalda y encontrándome las cantimploras vacías. Recuerdo a mi hermano con la boca llena en el último descanso que hicimos—. ¿Krank?
—Necesito tener energía si queréis que haga magia para protegernos —responde él y todos nos quedamos mirándole.
—¡¿Protegernos de qué?! —Sarra es una tormenta que no tiene control—. ¿Del calor? ¿De la hierba seca que nos rodea?
—Veo algo… —susurra Adaleh, pero nadie le escucha porque nuestra hermana no deja de gritar.
—¡Voy a comerme mi propia lanza! —protesta ella mientras finge darle mordiscos a su arma—. La madera tendrá nutrientes que me mantengan en pie unas horas más.
—Tendría que haber venido Cirigh solo —La desesperación se apodera de Krank—. Golpeadme, no he sido responsable.
—Nadie va a golpear a nadie…, maldita sea —No alzo la voz porque no tengo fuerzas para hacerlo—. Callaos un poco, necesito pensar…
—La posada…, está ahí…
Escuchar a Adaleh significa mirar en la dirección que está señalando.
De pronto nos percatamos de un edificio de humilde tamaño cuyos colores marrones se camuflan con el paraje que nos rodea.
Aligeramos el paso, no llegamos a correr porque no tenemos energía para hacerlo, pero se podría decir que andamos bastante rápido.
—Puerco Espín… —vitoreo débil cuando veo el cartel sobre la puerta de la posada—. Hemos llegado…
El aroma a carne cocinada embriaga el lugar, no hay demasiada gente, pero los fogones están a tope.
Hay varias mesas de madera dispuestas alrededor de una barbacoa en la cual un hombre no deja de darle vueltas a varios pedazos de animal.
No reconozco la caza del día, pero me da igual, tengo tanta hambre que me comería una anguila y eso que no me gustan.
—Buenas tardes, viajeros —pronuncia el cocinero. Tiene la cabeza rapada, el cuerpo regordete y una sonrisa que resalta enormemente—. ¿Qué os trae por el Puerco Espín?
—Comida… —Krank es el primero en hablar.
—Agua… —Adaleh se hace escuchar.
—Descanso para los pies… —secundo yo.
—Monturas, necesitamos monturas para viajar a Hontir—Sarra actúa a la perfección fingiendo ser humana, no se le da mal, aunque cuando sonríe parece que le va a dar un mordisco al cocinero.
—¡Clarissa, trae agua para estos viajeros! —anuncia él y automáticamente aparece una mujer alta y delgada para servirnos jarras de agua fresca.
—Tenéis mala cara —Ella se toma tanta confianza que casi me sorprende—¿No habéis contratado a ningún orisha de viaje?
—¿Qué? —pienso en alto, después organizo mis palabras y hablo con claridad—. Somos nuevos en las Tierras Doradas, naufragamos hace un par de días y vamos a Hontir para adquirir un barco nuevo.
—No os preocupéis, no sois los primeros nocturnos que vemos por aquí —Clarissa es sumamente agradable, tanto que da miedo. No solo se preocupa de reponer nuestras jarras cuando las bebemos de golpe, sino que nos sirve platos de ensalada mientras esperamos a que el cocinero termine con la carne.
—Nocturnos… —me susurra Adaleh.
—Los humanos pálidos que viven bajo la noche del Midna—le recuerdo yo sin que nadie pueda oírnos.
—Normalmente contratan orishas de viaje, de otra manera es muy difícil soportar las altas temperaturas de las Tierras Doradas. ¿Verdad, Kabi?
—Danos uno de esos… —espeta Sarra con la boca llena.
—Ninguno somos orishas, cielo. Pero a veces paran por aquí cuando están en algún tipo de peregrinaje elemental —Clarissa le pasa los platos al hombre para que este nos eche trozos de carne a la brasa—. No os queméis.
—¿Qué es un orisha ? —Krank se deja contagiar por la simpatía de los humanos.
—¿Brujas? —secundo yo entendiendo que tiene que ver con las mancias.
—Oh, no, no…, son hechiceros que utilizan la magia de Bryarthe para realizar sus milagros —No entiendo nada de lo que está diciendo, tampoco le doy importancia, lo único que quiero es comer.
En Laneth hay tallados en piedra que retratan a los prestigiosos como mortales orgullosos de su poder. La anciana siempre decía que ejecutaban a todos aquellos que no le rendían culto al sol, aunque empiezo a pensar que en esto también nos equivocábamos.
La conversación se convierte en algo agradable mientras degustamos la carne que Kabi nos sirve con alegría.
El sabor no es muy diferente al de las gaviotas, aunque es mucho más jugoso y crujiente, deduzco que es algún tipo de ave rociada con diferentes especias.
Me sorprende ver a Adaleh poniéndose en pie y dirigiéndose a los humanos con seriedad.
Para mis hermanas estar en tierra firme es como hacer un examen con todo lo que han aprendido en sus entrenamientos.
Para Krank es un descubrimiento totalmente nuevo, igual que me ocurrió a mí la primera vez que utilicé mis piernas.
—¿Podríamos pagar una noche aquí? —Mi hermana suelta un puñado de cristales encima de la mesa. Mis ojos se abren de par en par al descubrir que los ha robado de la casa de Danai.
—¿Una noche? Con esto podrías pagar todo el mes —Clarissa empieza a reír mientras coge unos pocos—. Con esto pagáis una noche y todas las comidas de hoy y de mañana.
—Cuidado con mostrar tanto dinero ahí afuera, querida. En las Tierras Doradas también hay malas personas.
A diferencia de la posada en la que me quedé a dormir en Orio, La Herradura, esta es muy diferente.
Los dormitorios no están separados para darle intimidad a sus clientes, al contrario, todas las camas se sitúan en la misma estancia, como si los desconocidos se pudieran convertir en familia.
Apenas cuento unas diez, por lo que entiendo que en Puerco Espín la gente no acostumbra a pasar la noche.
—Disfrutad de la comodidad de tierra firme —anuncio al sentarme en uno de los colchones para descubrir que es de paja en vez de algodón.
De nuevo esa sensación de melancolía, extraño estar en mi habitación de ilota junto a Estevian, lo echo tanto de menos que puedo recordar su aroma—. Bueno, no es exactam…
—¡Qué placer! —vitorea Krank instantes después de dejarse caer sobre una de las camas—. ¿Voy a tener que acostumbrarme a no dormir sobre esta maravilla?
Tomo la decisión de no dar más detalles de mi vida en Plaguen, no quiero darles envidia.
El cansancio acude a nosotros en el mismo momento en el que nos tumbamos sobre los colchones de paja.
En el Puerco Espín no hay puertas, por lo que no es raro escuchar a Clarissa y Kabi hablar sobre sus cosas en un suave murmullo que se pierde en la inmensidad.
Me despierto un par de veces, puede que tres, el instinto de supervivencia se apodera de mí cuando pienso que vamos a ser atacados por los humanos, pero eso nunca ocurre.
Es en una de esas ocasiones, cuando el silencio es tan profundo que es imposible no escuchar el sonido del viento o de los animales en el exterior, detrás de todo eso percibo un fuerte susurro.
Al principio pienso que sigo dormido y que todo es un sueño, después que es la brisa nocturna, diferente aquí a la del resto del mundo, pero al final entiendo lo que intenta decirme:
—Cirigh de Laneth… estoy aquí… Rysantha te escogió…tienes que encontrarlos…
Me incorporo despacio para no hacer ruido, aunque dudo que pueda despertar a alguien, los ronquidos de Krank son como un terremoto constante y nadie se inmuta.
Camino por la posada mientras el susurro se intensifica.
Encuentro a los dueños tumbados en hamacas a ambos lados de la entrada, camas hechas con redes que han sacado de algún lugar.
Avanzo hacia el exterior y dejo que el viento me acaricie el rostro y sacuda mi cabello azul oscuro con delicadeza.
De alguna manera siento que mi diosa está aquí conmigo.
La luna ilumina la noche de las praderas secas que recubren todas las Tierras Doradas.
Con la ausencia del sol los animales campan a sus anchas.
Veo bestias de gran tamaño con cuernos afilados que utilizan para rascar la madera de los árboles que crecen lejos del camino que hemos recorrido.
Más allá de eso también hay conejos y otros animales de pequeño tamaño.
Se me escapa una sonrisa, esta parte del mundo no es tan hostil como imaginaba.
—Maldito…
Esta vez no es un susurro, sino una voz clara que me habla a escasos metros de mí.
Cuando me giro para mirarle me topo directamente con una figura cubierta por un velo blanco.
Podría compararlo con el Aquelarre del Cuervo, pero es completamente diferente.
No puedo ver más detalles, seguramente tenga la piel oscura como el resto de los hijos de Bryarthe.
Varias mariposas amarillas vuelan alrededor del extraño mientras su dedo me señala.
Doy un paso atrás y cuando quiero darme cuenta la figura está delante de mí.
De repente me siento débil, cansado y mareado. Voy a desmayarme, lo sé porque las rodillas me empiezan a vencer. Sea lo que sea lo que tengo delante no es humano y está absorbiendo parte de mi ser.
—Maldito…
Sus palabras son el zumbido de los insectos mientras las mariposas bailan alrededor de mi cabeza. Entonces llegan los pinchazos en el pecho, comprendo que la magia de esa criatura quiere llegar a mi corazón para detenerlo.