Corona de huesos y espinas (Corte de agua carmesí 2) 45
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Kathleen Strauss

Mis hermanas y yo volamos de un lado a otro del campo de batalla lanzando hechizos para poder reducir el ejército enemigo. La prisión de Edana no ha funcionado, por lo que solo nos queda luchar para proteger las coronas del Continente de la Banshee.

—Duele —se queja Cali mientras lanza rayos de energía desde la palma de las manos—. No estamos preparadas para esto. No hemos reposado la magia lo suficiente.

—Tenemos que aguantar —ordeno con látigos de sombra seccionando el cuello de un grupo de veinte.

Lo sentimos al mismo tiempo, el poder del Antiguo que portaban los Paladines de la Banshee empieza a flaquear. Nuestros ojos se clavan en el duque Krishan, inseparable de su hijo, cuando de repente este se convierte en una explosión de sangre.

—¡Padre! —grita Kayal, pero el duque no puede escucharle, su existencia ya ha expirado.

Lo sabíamos, lo supimos desde el mismo momento en el que el primogénito de Illythia nos dio su sangre para convertirnos en la Tríada.

Pudimos verlo con claridad, como si fuera un recuerdo que nosotras mismas hubiéramos vivido.

El Antiguo sabía que los duques morirían en la batalla por eso les inyectó la esencia para poder luchar al lado de los stokers.

Cuando los duques rompieron sus crisálidas la lluvia de sangre calmó la crisis de frenesí, por eso iban rejuveneciendo con el paso de los días, porque era su propio plasma el que caía del cielo.

Ellos lo sabían y aceptaron su destino para salvar a su propio reino.

Siento una punzada en el pecho, el mismo dolor que perciben mis hermanas, nuestros cuerpos no están preparados para tanto poder, si seguimos así moriremos.

Desde el cielo contemplo como mis hermanas luchan sin importarles consumirse a sí mismas para cumplir con nuestro cometido como las nuevas brujas madres.

Los refuerzos de Estevian Illia llegan cabalgando en monturas ghouls, caballos a los que los mozos de cuadra les dan de beber sangre inmortal para aumentar sus capacidades.

Lo mismo que hacen los duques con los soldados humanos para que sean una fuerza respetada en la batalla.

Los hermanos Ashlax y el gremio de asesinos entran en el combate cubiertos por las capuchas de sus conjuntos de cuero.

Conjuran su fuego y yo aprovecho eso para ampliar sus hechizos con tanta intensidad que los necrófagos más débiles empiezan a explotar en carne y huesos.

De nuevo la punzada y las brujas nos vemos obligadas a dejar de canalizar nuestra magia. Nuestro cuerpo está envejeciendo, si nos seguimos excediendo, acabaremos perdiendo la fuerza del combate. Entonces nos reagrupamos y utilizamos nuestros hechizos más sencillos para apoyar en la batalla.

—Tenemos que hacerlo —Edana sabe que solo hay una solución para ganar la guerra—. Protejamos a los nuestros.

—¿Y si no funciona?—pregunta Calista intentando buscar otra alternativa.

—Al menos lo habremos intentado.

Mis palabras son precedidas por nuestras manos apuntando directamente al carruaje protegido por los huargos de Kayal Shayk. Las puertas rúnicas se abren para dejar salir a la niña que nos ha estado acompañando todo este tiempo.

Seylah avanza despacio, somnolienta, sus pasos son cortos pero su poder inmenso. Las brujas madres nos separamos para formar escudos mágicos alrededor de nuestros aliados. Nadie entiende lo que está a punto de pasar, nosotras sí.

La ocultista no dice nada, esquiva los cadáveres que se va encontrando y empieza a flotar ligeramente por encima del suelo.

Sus ojos rojos brillan con tanta intensidad que los necrófagos perciben el poder de la enemiga, por eso se alejan de nosotras y se dirigen directamente hacia ella.

Más y más enemigos surgen de los canales ocultos bajo la ciudad, cuando todos están fuera nuestra arma empieza a conjurar su poder.

Seylah empieza a brillar con tanta intensidad que es imposible no verla. Su cuerpo es pequeño y parece desaparecer cuando el ejército enemigo se abalanza sobre ella. De repente explota, la onda de luz solar surge de su interior como un vendaval que lo arrasa todo.

Mis hermanas y yo reforzamos los escudos para protegerlos a todos, aunque no son muchos los aliados que quedan en pie. Cubrimos los alrededores de Makabria para que el hechizo no salga de aquí.

La explosión dura unos segundos, suficiente para reducir a esos monstruos a cenizas. La niña sigue flotando, aterriza en el suelo y se desmaya. Nosotras no decimos nada, disipamos las protecciones y volamos junto a ella.

—Nuestro trabajo aquí ha terminado —pronuncio con claridad mientras nos dirigimos al carruaje donde tenemos las provisiones y las protecciones que necesitamos—. Ahora nos queda descansar.

—¡Kathleen Strauss! —Estoy a punto de cerrar la puerta cuando escucho la voz de Enfi Ilia, está en apuros y necesita mi ayuda. El carruaje rúnico se cierra tras de mí mientras mi cuerpo vuela en dirección a ella.

—Stoker…, ¿Qué haces aquí?

—Estevian me habló de ti, necesito tu ayuda —Sus palabras surgen atropelladas mientras su gesto se mantiene serio—. ¿Dónde está mi hermano?

Cierro los ojos sabiendo que no puedo ignorar las súplicas de la princesa.

Me concentro en invocar culebras de sombras que se pierden por toda la inmensidad de Makabria.

Sé que estoy abusando de mi poder y las consecuencias que eso traerá.

Lo único que tengo claro es que, si finalmente voy a morir aquí, al menos habré cumplido con mi cometido.