Corona de huesos y espinas (Corte de agua carmesí 2) 44
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Mi visión se tiñe de un extraño color rojo, una mirada con la capacidad de detectar el calor de la sangre, de un ser vivo, de mi cuerpo.

Mi madre corre a cuatro patas adquiriendo una velocidad fulminante, la sangre del Antiguo que queda en su interior le da el poder suficiente como para moverse como el viento.

Esquivamos los árboles para alejarnos de la ciudad, atrás se van quedando los gritos de la batalla.

De pronto el hilo se pierde bajo el suelo, no consigo encontrar el camino hacia el enemigo, al menos hasta que me percato de que hay un túnel disfrazado de madriguera.

Entramos como la loba alfa, que busca a su presa, y recorremos el subsuelo sin hacer distinción de techo o suelo.

Las garras de la duquesa son tan poderosas que se puede aferrar a cualquier superficie.

Entonces me percato de que no controlo la voluntad de este cuerpo, que se mueve solo, sin conciencia. Empiezo a gritar, pero mi voz se enmudece en una mente que ha sido apagada por su dueña. Si la bestia atrapa mi cascarón no habrá ninguna conciencia a la que regresar.

Intento controlar el cuerpo de mi madre, lo hago como si estuviera sosteniendo las riendas de mi caballo, pero no funciona así, no sé cómo salvarme.

En cuestión de minutos vislumbramos al falso Estevian huyendo despavorido mirando hacia atrás.

Antes de que pueda darme cuenta mi madre se abalanza hacia él con las uñas sacadas como si fueran cuchillos.

—¡No, joder! —maldice el falso yo—. ¡¿Qué estás haciendo?! ¡Es tu hijo!

Pero la duquesa no responde, está a punto de atravesar mi pecho cuando de pronto se queda completamente paralizada.

Algo se remueve en su interior, como un parásito que quiere salir sin importarle los huesos y los músculos.

El estómago de mi madre ruge y Treznor Dynevor abandona mi mente para escapar.

Aprovecho la ocasión para saltar de una mente a otra.

Estoy tan mareado que no sé ni cómo me aparto de Ágatha y me arrastro por el suelo para salvarme de lo que sea que se avecina.

Entonces ocurre, su cuerpo se convierte en una masa viviente de sangre y explota salpicándolo todo a su paso.

La magia del Antiguo sana mis heridas y calma el dolor de mi cabeza.

Ahora comprendo por qué el duque de Makabria abandonó mi mente, la muerte de Ágatha Lient le iba a expulsar de todos modos.

—¡Madre! —grito, pero ya no hay rastro de ella. No tengo fuerzas para llorar, no con la adrenalina recorriendo mi cuerpo y advirtiéndome de que tengo que continuar si quiero seguir con vida.

Sabía que la guerra se tornaría caos, pero en ningún momento pensé que tanta gente moriría a mi alrededor.

Primero Darius, luego Jasper y ahora mi madre.

Corro, lo hago sin mirar atrás, lo hago intentando borrar de mi cabeza lo que acabo de vivir en mi propia piel.

Recorro el túnel buscando el lugar al que huía el falso yo, me concentro en pensar en Cirigh y el hecho de volver a rencontrarme con él.

—Hueles a pescado —murmullo intentando encontrar la esperanza en mitad de la muerte—. Ya no hay vuelta atrás. Te amo, Cirigh de Laneth.

Mis zancadas me conducen hasta una puerta enrejada que parece haber sido forzada en el pasado. De pronto las piezas encajan formando un puzle que nunca quise completar. Atravieso las rejas y continúo hacia las catacumbas de Makabria.

—Fingió su propia muerte —susurro deduciendo que el duque Treznor escapó por aquí cuando la Orden de los Condenados quiso acabar con él—. Sus brujas utilizaron la seliamancia para hacernos creer que habíamos ganado…, pero ¿por qué?

El túnel de piedra se convierte en un frío pasillo oscuro y lleno de humedad.

En un parpadeo mi fulgor rojo me permite ver a través de las sombras y vislumbrar el camino hacia algún lugar.

Hay huellas en el suelo, lo que quiere decir que se ha utilizado esta ruta con anterioridad, recientemente.

Continúo sin pensarlo, no sé si realmente estoy buscando a mi enemigo o huyendo de la ansiedad que insiste en apoderarse de mí y bloquearme.

—Por fin nos conocemos, hijo —Su voz se propaga por las catacumbas. No quiere jugar conmigo sino atraerme como la canción de una sirena, como la melodía de mi tritón.

Las catacumbas me conducen a una estancia completamente diáfana y con el techo abovedado. En algún momento esta fue la cámara del tesoro, pero ahora solo hay un trono y la reliquia de Illythia flotando en el centro de la sala.

—El Grimorio de los Muertos —pronuncio y el ser que se mantiene sentado en el trono aplaude sin fuerza.

Treznor Dynevor sigue vivo, pero no como me esperaba. Su cuerpo está débil, delgado, su piel verde y sus ojos manifiestan un fulgor morado. No sé si fue la guerra o el paso del tiempo lo que le ha hecho debilitarse, lo único que sé es que ahora no puede plantarme cara.

—¿Qué me impide que te aplaste el cráneo contra el suelo? —Las palabras surgen de mí como un escupitajo—. Antes de hacerlo, dime, ¿por qué has llegado a esto?

—Somos los elegidos, Estevian, los Dynevor hemos nacido para alcanzar el poder de la diosa —Su voz suena débil y sus palabras son pura locura—. Lee el libro, descubre la verdad de Valhía, el cometido de nuestra estirpe.

No sé por qué lo hago, quizá porque la curiosidad es más poderosa que las ganas de vengarme.

Rodeo el trono de piedra sin apartar la mirada de él, me da asco, más aún cuando me sonríe al tenerme cerca.

El grimorio es de piel morada, las esquinas están reforzadas con acero puro y hay una calavera en su portada.

Flota a causa de la magia que alberga mientras las páginas se mueven solas.

En el preciso instante en el que me acerco, este se detiene y levita hasta mí ansioso por descansar en mis manos:

—No entiendo lo que pone —me quejo al ver un dialecto que jamás he aprendido.

—Ábrete a él —dice Treznor justo antes de empezar a toser.

Así lo hago, cierro los ojos y me concentro en escuchar lo que el libro intenta decirme.

Cuando los abro todo cobra sentido. Mis manos empiezan a brillar de un extraño color dorado, en ese momento Dynevor suelta una carcajada débil, como si de alguna manera le estuviera dando la razón.

Las letras cobran cierto sentido, pero cuando intento leerlas mi mente se pierden en una visión:

De repente estoy frente a las tres reliquias de poder.

Estoy en lo alto de una montaña contemplando directamente al sol que se acerca a mí como una esfera gigante de llamas.

Coloco el Orbe de las Mareas en el hueco que el Cetro del Sol parece disponer para ello, después alzo el Grimorio de los Muertos y mi cuerpo empieza a brillar con la misma intensidad con la que lo están haciendo mis manos.

De un momento a otro el sol empieza a apagarse, entonces me percato de que no es el astro, sino una figura envuelta en una burbuja de fuego.

El ser aparenta ser una mujer ataviada con una armadura blanca, tiene yelmo y alas poderosas que la mantienen en el cielo.

Cuando parpadeo la imagen se distorsiona y muestra una criatura horrenda más cerca de la imagen de un demonio que de la de un ángel.

Va directamente a mí, intenta matarme, pero la luz que proyecto acaba con ella.

—¿Qué es esta farsa? —me quejo soltando el libro y dejando que flote con voluntad propia—. ¿De nuevo seliamancia?

—Estevian, somos los elegidos para gobernar Valhía —Sus palabras no le dan sentido a las imágenes que he visto—. Eres la prueba viviente de ello. Nunca pude hacerlo, pero dime, hijo, ¿puedes caminar bajo el sol?

—¡No soy tu hijo! —protesto y coloco mi mano en su cuello dispuesto a ponerle fin a todo. Treznor suelta una risotada y las dudas se apoderan de mí—. ¿Cómo sé que esto es real? ¿Cómo sé que no eres una ilusión?

—Habéis acabado con las Susurra Sueños, ya no le quedan más brujas a Makabria —responde y mi don no percibe las mentiras en sus palabras—.

Pensé que podría ser yo el Dynevor que cambiara el destino de nuestra estirpe, por eso te robé el cuerpo, pero ahora lo tengo claro.

Siempre fuiste tú, por eso Illythia no me dio ningún varón.

—Tu mente se ha perdido en la locura, Treznor —La ira mueve mi brazo alzando al vampiro encima del suelo.

—No… dejadle en paz —ordena con torpeza.

Cuando me giro me doy cuenta de que hay cinco necrófagos allí, no como los soldados débiles que nos atacaron, sino necrófagos de verdad. Lo sé porque visten ropa de seda, conjuntos que se podrían asemejar a la nobleza de Plaguen e irradian un poder que ya he visto antes.

—Son tus consejeros… —pronuncio y los monstruos se quedan inmóviles aguardando las órdenes de su duque.

Una figura más se une a la reunión, un necrófago cubierto de sangre. Percibo el aroma de mi padre en él y entiendo que el duque Ábsolem también murió mientras luchaba contra su propio hermano. O al menos lo que quedaba de él.

—Eres un traidor, Michael —Pero el necrófago solo sonríe lo que me indica que no puede hablar con claridad.

—Si me matas acabarán contigo…

—Si me matan tu plan no habrá servido para nada —le desafío dispuesto a luchar para salir con vida, pero entonces vuelve a reírse y me deja claro que está completamente loco—. No quieres salvarme… si no cumplo con tu misión, nos matarás a todos…

—Guardasteis mi bomba como si fuera un regalo sin saber que sería vuestra propia perdición…

—¡¿De qué estás hablando?! —le suelto de golpe y se empieza a arrastrar por el suelo.

—La ocultista está lista para explotar y habéis sido tan estúpidos de traerla con vosotros —Sus palabras me confunden tanto que no consigo encajar las piezas que me está mostrando—. Dime, Estevian, ¿salvarás a tu verdadera estirpe o vas a acabar con toda la raza?

—¡Seylah! —Todo cobra sentido.

En principio la Tríada la había dejado en las catacumbas de Plaguen, pero era de esperar que la trajeran consigo viendo lo débiles que estaban. Si las cosas se complicaban la pequeña ayudaría a las brujas madres a proteger la corona—. ¿También es una Dynevor?

—No, hijo —tengo que reprimir las ganas de rebanarle el pescuezo—. Mi querida Daniela no parió a un Dynevor puro como lo hizo Bruna años atrás. Y eso que Kaine parecía ser el indicado, pero él nunca soportó la luz del sol.

—¿Quién es Kaine?

—¿No lo sabes? ¿No le has encontrado cierto parecido a ti?—Y esto lo dice entre risas.

—Es tu nieto… mi hermano…

—Tres hijas, tres nietos destinados a cambiar el rumbo de nuestra especie —Me quedo completamente paralizado mientras Treznor se incorpora con torpeza.

Me acerco al Grimorio de los Muertos buscando la protección de mi diosa. Voy a morir, todos lo haremos y soy incapaz de idear una nueva estrategia.

—Kaine fue el primero, Michael me lo trajo para que lo pudiera criar como mi propio hijo.

—continúa él—. Luego llegaste tú, pero la Corte de la Noche y ese estúpido aquelarre te tenían demasiado protegido…

nunca pude llegar a ti. Y después vino la niña, Illythia le otorgó el poder suficiente como para acabar con todos.

Yo me encargué de que el general Rhain la adoptara recordando la pérdida de su esposa.

La bomba oculta en el propio castillo esperando el momento de recibir la orden para explotar.

—¿Crees que Illythia busca esto?

—Si no lo hiciera, ¿por qué el Antiguo no sale para detenerme?

—La verdad es más dolorosa que la guerra—.

Kaine fundó la Orden de los Condenados cuando las Susurra Sueños predijeron la rebelión de mi pueblo.

Los barrios bajos siempre han sido foco de las injusticias y poco tardaron en unirse a su causa.

—¿Dónde está el Maestro?

—Seguramente haya huido despavorido, tuve que controlarle para que hiciera lo que yo quisiera. Él no es un Dynevor de verdad, si le encuentras acaba con él de mi parte —Treznor extrae un trozo de papel de su chaqueta y me apunta con él—. La supervivencia de nuestra raza depende solamente de ti.

El Grimorio de los Muertos se posa sobre mis manos abierto en una página cuyo trozo ha sido arrancado.

Las letras se muestran ante mí con claridad dibujando la profecía de la ocultista y la extinción de los vampiros en caso de que perdiésemos el control.

El hechizo es lo que tiene Treznor en su poder, si lo lee Seylah nos extinguirá a todos.