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Estevian Ilia
—¡Son las Susurra Sueños! —grita el duque Ábsolem segundos antes de utilizar el don de su estirpe para escupir una llamarada de fuego.
Las brujas de Makabria, o lo que queda de ellas, empiezan a gritar y vuelan por toda la sala del trono disipando el control sobre mí.
Aprovecho la ocasión para correr por las paredes del castillo y llegar hasta ellas.
Atravieso a la primera con una de mis espadas, a la segunda con la otra.
El ghoul me imita derribando a otra y el duque Krishan extiende su mano para que las águilas rompan las cristaleras y acaben con el resto.
—¿Dónde está ese malnacido? —pregunta Ágatha cuando se reagrupa con nosotros—. ¿Dónde está Kaine?
—¡Barred el castillo! —ordena mi padre replegando las tropas—. ¡Que no quede nadie con vida!
Me concentro en las palabras que he escuchado en mi propia mente y en el poder que han despertado en mí mientras me intentaban controlar.
Cierro los ojos y canalizo el fulgor rojo como si quisiera percibir las mentiras más allá de todo lo que me rodea.
Entonces ocurre, siento como si mi alma saliera de mi propio cuerpo, soy consciente de ello y tengo pleno control.
Vuelo invisible observando mi cuerpo inmóvil y la discusión que se está llevando a cabo en la estancia.
—¡Nos han tendido una trampa! —protesta Krishan—. Esos necrófagos han sido una distracción.
—¡No! Tiene que estar aquí —le reprocha Ábsolem instantes antes de calcinar el trono con su fuego—. ¡Nuestro enemigo está en esta ciudad!
Vuelo lejos de ellos y atravieso el techo intentando buscar en las estancias superiores.
Solo la mitad del castillo está en pie, el resto son escombros y ruinas.
Aun así, me alejo de mi cuerpo para tener una vista panorámica del campo de batalla.
Desde allí puedo percibir las mentes de los vampiros como si fueran la luz de la luna.
Más allá de eso puedo ver a los necrófagos a través del hielo y el suelo.
Me concentro en eso, los destellos que proyectan las mentes de los inmortales.
De repente veo algo más, una ráfaga de luz blanquecina que va saltando de mente en mente.
—Ahí está —susurro al mismo tiempo que emprendo el vuelo.
No sé cómo lo hago, pero me es tan fácil como percibir las mentiras cuando trato con la gente.
Justo en el momento en el que llego a la ráfaga extiendo mis brazos y la agarro para detener su baile.
De pronto toma la forma de una persona, un vampiro cuya apariencia desconozco pero que deduzco que es mucho mayor que yo.
—¿Quién eres? —grito cuando el vampiro me sonríe y muestra sus colmillos.
—Eres un prodigio para nuestra raza, Estevian —La misma voz, pero esta vez sin susurros—. Mi querida Bruna cumplió con su cometido a la perfección.
Le doy un puñetazo, sea como sea, consigo hacerlo. Nuestras almas se enzarzan en un combate que solo nosotros podemos ver. No dura demasiado, porque el hombre empieza a reírse y huye lejos de mí.
—¡Por fin! —grita mientras se dirige al castillo de nuevo—. Llevo esperando este momento durante mucho tiempo.
—¡Detente! —protesto, pero es demasiado rápido, está claro que estoy en su terreno.
Al principio pienso que va a controlar a los duques, después me doy cuenta de que lo que quiere es entrar en mi cuerpo vacío. Soy espectador directo de como lo hace, accede a mi cascarón y empieza a controlarlo fingiendo ser yo. Sonríe hacia la nada, ya no puede verme, pero sabe que estoy ahí.
—¡Hijo de puta! —grito mientras intento golpearme a mí mismo, pero no lo consigo, no en esta forma incorpórea.
Tengo que pensar rápido si quiero detener al enemigo antes de que actúe.
Él empieza a moverme hacia la salida mientras el ghoul, que me sigue de cerca, me protege.
Miro a los duques y me doy cuenta de que intentar entrar en su mente puede traerme problemas, se van a resistir pensando que soy el enemigo, e intentar buscar a Kathleen conllevará más complicadiones.
Entonces cojo aire, o algo así porque soy un alma vagabunda en un plano del mundo en el que nadie me ve, y me acerco a mi madre con la esperanza de que su corazón me reconozca.
Acaricio su mente antes de sentir que puedo entrar como si fuera una ventana.
—Madre…, —A mi voz le acompañan susurros que distorsionan mi identidad— soy Estevian…
Ágatha empieza a gritar encogiéndose en el suelo mientras su cabeza arde con tanta fuerza que lamento hacerla sufrir. Pero no puedo hacer otra cosa, necesito que me escuche, que me entienda y que me sienta.
—¿Estás bien, duquesa? —El Dynevor finge ser yo, pero se le da fatal.
—¿Hijo? —pronuncia ella con torpeza—. ¿Eres tú?
—Soy yo, madre —El farsante se acerca a ella y le intenta tranquilizar.
—Están intentando controlarla —advierte Ábsolem.
—Madre, ese no soy yo, es Dynevor en mi cuerpo…
—¡Busquemos al líder, Chacal! —grita el ghoul, pero mi imitador no reacciona.
Ágatha está sufriendo tanto que tengo que salir de su cabeza por miedo a que el daño que le estoy haciendo sea irreparable. Tengo que seguir intentándolo, entrar en una mente que sea más accesible. Estoy tan desesperado que acabo entrando en el interior de Ábsolem.
—Padre, soy yo…, están controlando mi cuerpo…
—¡Ah, joder! —Su alarido es incluso mayor que el de mi madre. No sé qué más puedo hacer, no puedo quedarme aquí, sin cuerpo, vacío.
No puedo morir, me niego a que mi historia termine aquí, ya no solo por mí, sino porque tengo dos promesas que cumplir.
La primera es la de regresar a casa para cuidar de mis sobrinos, se lo debo a Darius, se lo debo a mi hermana.
Y la segunda, la segunda promesa es la de regresar con Cirigh, más que eso es una necesidad, fundaremos la Corte de Agua Carmesí, lo juro.
En el momento en el que salgo de la mente de Ábsolem, el ghoul le da un puñetazo a mi cuerpo físico.
Todos se quedan en silencio, el soldado se quita el yelmo y descubre su verdadera identidad.
De pronto mi corazón se detiene, o lo que sea que tenga esta forma astral.
Mis labios se abren de par en par mientras los susurros que me acompañan pronuncian:
—Jasper…