Corona de huesos y espinas (Corte de agua carmesí 2) 40
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Los nuevos soldados impactan directamente contra la primera fila de necrófagos.

El ímpetu de los hombres y mujeres comandados por Darius es tan notorio que me inspira a sacar las espadas y apoyarles en la batalla.

Hay uno de ellos que no se separa de mí en ningún momento, su cometido es protegerme por encima de todo, aunque temo que vaya a morir en el intento.

Se podría decir que los soldados rasos son humanos, pero estaría mintiendo, pues nosotros les llamamos de otra manera totalmente diferente.

Cuando un humano corriente bebe sangre de vampiro en sus plenas facultades, sus cualidades aumentan desmesuradamente.

Su fuerza, su agilidad, sus sentidos e incluso su capacidad regenerativa natural adquieren un nivel muy cercano al de los inmortales.

Este es un efecto natural cuya duración depende de la cantidad de sangre que haya bebido.

Por este motivo a los nuevos soldados les llamamos ghouls.

Los ghouls disfrutan de una excitación única en la batalla, ansían probar sus nuevas aptitudes y disfrutar de su naturaleza temporal.

Por eso saltan sobre sus enemigos y se ensañan con ellos atravesando la piel y seccionando los cuellos.

El hombre que me acompaña resalta por haber tenido un entrenamiento excepcional, se mueve tan rápido que es imposible que los necrófagos le dañen.

Si a eso le sumas la irialmancia de su espada se convierte en un aliado que tener en cuenta.

—¿Cuál es tu nombre? —le pregunto cuando le ayudo a atravesar el torso de uno de los enemigos, pero él no me responde, está tan cegado con la batalla que no tiene tiempo para hablar.

—Esto es una broma, ¿verdad? —Darius coloca su espalda junto a la mía y ambos acabamos con dos más—. ¿Esto son necrófagos? No tienen nada que ver con los que nos atacaron en el baile.

A mi cuñado no le falta razón, estos monstruos son mucho más delgados y sus cuerpos apenas tienen resistencia. Es como si acabaran de ser creados, peor aún, como si este fuera un señuelo y hubiéramos caído de lleno en él.

—¡Atrás! —grito mientras los ghouls más cercanos me hacen caso. El resto es imposible que me escuchen, pues ya han perdido el control.

De repente me percato de que en las filas aliadas está ocurriendo algo. Nuestros soldados, sin importar que sean de Plaguen o Pestet, se están matando entre ellos. El duque Krishan intenta detenerlos, pero hay algo en ellos que les impide responder.

—¡Dynevor! —grita él mientras las formaciones se rompen para huir de la influencia que el control mental está generando en ellos.

La puerta del carruaje se abre de nuevo para dejar salir a una de las brujas, desconozco si es la misma de antes o es otra diferente.

Su cuerpo adquiere consistencia de sombras y viaja de soldado a soldado eliminando cualquier hechizo que les estuviera influenciando.

No solo eso, el humo negro también nos acaricia al resto para protegernos del poder de nuestro enemigo.

—¡Arqueros! —anuncia Ágatha y las flechas cubren el cielo para caer sobre los necrófagos que no dejan de salir de las ruinas de la ciudad.

Ábsolem avanza con la guardia real y empieza a mover las manos agarrando los hilos que vinculan a los enemigos con su líder. No puedo verlo, pero es algo que se planteó en las estrategias de asedio. Acto seguido mi padre anuncia:

—¡Está en el castillo!

—¡Avanzad! ¡Os cubriremos! —ordeno al mismo tiempo que los ghouls se abran paso en medio de la batalla.

El duque y sus élites cabalgan al interior de la ciudad mientras yo les sigo de cerca.

La tormenta amaina al mismo tiempo que una bandada de águilas cubra el cielo para atacar a aquellos que amenazan la corona de oro negro y rubíes.

Los Shayk y mi madre avanzan más lentos mientras mi cuñado y yo nos aseguramos de que mi padre llegue al castillo.

Las tres brujas salen del carruaje y vuelan para sellar las madrigueras de los necrófagos. Descubrimos que no se ocultan debajo de las ruinas, sino más bien en los viejos canales que recorren el subsuelo de la ciudad. El hielo tapia todas las salidas reduciendo considerablemente el número enemigo.

Justo cuando llegamos a las escaleras del castillo nuestros caballos empiezan a agitarse asustados.

Hay algo en la entrada de la Corte de la Tormenta, un poder que consigue erizar mi propia piel.

Desmonto a Airman tal y como hace el resto de los soldados con sus monturas.

Avanzamos, con las armas firmes, a través de los peldaños que nos conducen directamente hasta la puerta del castillo.

Darius camina recubierto por las rocas negras del poder de su estirpe. Sus pasos proyectan el orgullo del heredero al trono y la esperanza de la victoria. En el momento en el que se acerca a las puertas de madera reforzada, estas estallan en llamas.

Todo pasa demasiado rápido, la explosión ígnea llena mis oídos de un pitido que no consigo acallar. Me tengo que quitar el yelmo para limpiar la sangre de mi cabeza. Cuando miro hacia delante veo una imagen llena de muerte y desesperación.

Hay soldados sepultados por los cimientos de la parte del castillo que se ha derruido sobre ellos, otros agonizando por culpa de la explosión, pero sin duda el que más me impacta es Darius Cárpasot.

Me apresuro con torpeza para llegar a él, le quito el casco y le pido que me mire a los ojos.

Por mucho que le grite, no puedo escucharme, el pitido ensordece mis oídos.

—Cuida de ella... —Leo en sus labios al mismo tiempo que el rojo de su mirada se va apagando.

—No, no, no... —Consigo escucharme a duras penas. Cojo la poción de mi cintura y la vierto en sus labios—. Aguanta, hermano...

Pero es demasiado tarde, la magia de la explosión es tan poderosa que es imposible sanarlo. Intento pedir ayuda, pero el sufrimiento es lo único que me rodea. Miro a Darius reprimiendo las ganas de llorar, no puedo flaquear, no ahora que el enemigo ha sacado a relucir sus armas más fuertes.

—Regresa conmigo, hermano —Golpeo levemente sus mejillas para que intente reaccionar, pero no hay rastro de Darius ahí, su alma ya se ha marchado—. Joder... joder...

Ábsolem y Krishan pasan desapercibidos a mi lado ignorando por completo la escena. Se meten de lleno en el palacio empuñando sus armas e ignorando por completo mis gritos de socorro.

—Tienes que levantarte —me dice el ghoul que me lleva acompañando toda la batalla—. Esto no ha acabado aún.

—¡Haz la señal! —le grito a una de las brujas mientras ella lanza un rayo de energía hacia la tormenta—. ¡Traed a mis hombres!

Entro en el castillo junto a los ghouls y los otros soldados.

Ágatha y el resto se quedan fuera listos para luchar si los necrófagos consiguieran romper las prisiones de hielo.

Mis pies saben el camino porque ya he estado aquí.

Ignoro todas las estancias para llegar a la única en la que Kaine Dynevor nos estará esperando: el Salón del Trono.

El peso de la muerte de Darius me empuja a seguir avanzando y no flaquear.

Más enemigos surgen de las sombras, criaturas a las que mato sin ningún tipo de miramientos.

Sigo el rastro de cadáveres que los Paladines de la Banshee han ido dejando, entonces los veo quietos frente a la figura que se alza con una retorcida sonrisa en su rostro.

—¡Ríndete! —le grita Ábsolem al hombre que está sentado en el trono.

El vampiro tiene una media melena azabache cuyo flequillo oculta su frente.

Está apoyado en el reposabrazos y no tiene ninguna intención de moverse.

Viste de seda en vez de armadura y sonríe juguetón cuando nos ve entrar.

No habla, solo se ríe y eso consigue crisparle los nervios al duque Krishan, que no pierde la oportunidad de abalanzarse sobre él.

—¡Hijo de puta!

El vampiro del norte se mueve a gran velocidad, extiende su espada y atraviesa la cabeza de nuestro enemigo. Entonces escuchamos el sonido de la hoja clavándose en la madera. En un abrir y cerrar de ojos Kaine ya no está, todo ha sido una ilusión que ni siquiera hemos percibido.

—No puede ser... ¿seliamancia? —susurro a tiempo que mi cabeza empieza a arder, entonces propino un alarido de dolor.

—¿Qué te ocurre, hijo? —El duque se acerca a mí para protegerme. En ese preciso momento me doy cuenta de que soy el único que está siendo atacado.

—Intentan controlarme... —pronuncio entre quejidos—. Intentan entrar en mi mente.

—No te resistas, Estevian... —Los susurros se propagan por mis oídos sin dejarme escuchar lo que Ábsolem intenta decirme—. Acepta tu cometid...,

—¡Sal de mi cabeza! —grito una y otra vez mientras el dolor se vuelve cada vez más insoportable—. ¡Déjame en paz!

—Eres un digno sucesor del poder de tu verdadero padre... Eres un digno sucesor del legado Dynevor.

Algo despierta en mí, un instinto que me advierte de la posición exacta de mi enemigo.

Al principio lo percibo en todos lados, después siento que lo tengo encima de mí.

Cuando miro al techo descubro a seis figuras que me estremecen el corazón.

Seis mujeres, no, están más cerca de ser espectros que vampiras.

Sus camisones negros las hacen flotar por el techo mientras sus manos canalizan el poder de aquel que intenta controlarme.

—¿Estás bien, Chacal? —El ghoul que me ha acompañado todo este tiempo aparece a mi lado segundos antes de que llegue el resto.

—¡Arriba! —grito y la batalla continúa.