Corona de huesos y espinas (Corte de agua carmesí 2) 39
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Estevian Ilia

Me duele la mandíbula de apretar los dientes contra ella.

Tengo los músculos tensos bajo la armadura y aunque lleve el yelmo de la mano siento la presión de la guerra en la cara.

La marcha ya ha empezado, el ejército de la Corte de la Niebla se reunirá con nosotros a pocos kilómetros de Makabria para acabar con todo esto.

Puede que muera aquí, si ocurre así, al menos habré luchado por todo lo que amo.

En Plaguen se ha quedado un grupo reducido de soldados para proteger a mis hermanas, a mi prometida y a mis sobrinos.

El resto encabezamos la ruta hasta el enemigo.

Cuatrocientos soldados que no representan ni la mitad de la fuerza que una vez tuvimos antes de que llegara la crisis del frenesí.

Por suerte, lord Kayal Shayk reforzará nuestro ataque con otros mil efectivos.

Mi mente repite una y otra vez la estrategia para entrar en las ruinas de la Corte de la Tormenta. Todos los presentes han sido entrenados para la ocasión y están dispuestos a dar la vida por la corona de oro negro y rubíes, incluido yo.

Los árboles parecen abrirse para dejar pasar a los soldados rasos, a los jinetes y al carruaje rúnico tirado por dos lobos huargos convocados por el mismísimo duque Krishan Shayk.

En el interior está nuestro mayor comodín, tres brujas que han aceptado la sangre del Antiguo para ganar el poder de la Tríada.

Aunque aún es pronto para asimilar tanta magia, ellas descansan entre nosotros preparadas para entrar en acción si fuese necesario.

Tres vampiras ocultas como el arma más poderosa de la noche eterna del Midna.

Aunque también tenemos a los Paladines de la Banshee, líderes de los diferentes escuadrones que forman el ejército inmortal.

—¿Cómo vais, Kath? —Me muevo entre mis leales para acercarme al carruaje y asegurarme de que mi amiga está bien.

—Un poco mareadas, solamente eso —La escucho a través de las paredes del vehículo.

—¿Cuánto queda?

—Menos de una hora. ¿Os quedan reservas de sangre?

—Sí, estamos servidas —Su voz suena tranquila, al no poder verla no me queda claro su bienestar al completo. Todos los presentes llevamos viales de sangre en nuestros cinturones, si necesitáramos alimentarnos, ese será nuestro único recurso—. Vamos a descansar.

Me alejo de ellas sabiendo que el ritual que han hecho hace unos días las ha dejado expuestas al enemigo. Aun así, disponen del poder suficiente como para sacudir los cimientos del mundo.

Los preparativos para la guerra han sido sencillos, aunque se han cobrado más víctimas de las que esperábamos.

Mientras mis hermanas, mi cuñado y yo aguardábamos la llegada de la Tríada a la superficie de las catacumbas de Plaguen.

Los duques acababan con todos los presos de los barcos haciendo de nuestras cárceles una verdadera matanza.

Los Paladines de la Banshee están cada vez más descontrolados, entiendo que las ansias por cumplir la misión que el Antiguo les ha encomendado corren por sus venas con tanta fuerza como el propio frenesí.

—¿Estás seguro de estar en primera línea? —le pregunto a Darius cuando me reúno con él acompañado por los nuevos soldados.

—Estos hombres necesitan inspiración y quiero demostrarles que el próximo duque está a la altura de su pueblo—No percibo ningún atisbo de nerviosismo en sus palabras, mi cuñado está tranquilo y dispuesto a todo.

Definitivamente tiene madera de líder—. Si me pasara algo, regresa a casa con vida y protege mi legado, por favor.

—Todo irá bien —No me sale decirle otra cosa. Él se mantiene impasible, con el yelmo puesto y la mirada fija en el camino. Sus ojos brillan rojos al instante.

—Mientes, no sabes qué va a pasar cuando lleguemos allí —La lluvia empieza a golpear el metal de las armaduras formando un repiqueteo constante que opaca el sonido de los cascos de nuestros caballos—. Que Santa Illythia nos proteja.

Mirar hacia atrás significa contemplar a todos los hombres y las mujeres que seguramente mueran en la batalla.

La duquesa Ágatha acompaña al escuadrón de arqueros con una sonrisa nerviosa.

Mi madre nunca ha participado en ninguna guerra, pero no se ha negado a acudir a esta.

En cambio, el duque Ábsolem se mantiene serio y frívolo rodeado por el escuadrón de soldados reales, la élite del reino.

En cuanto nuestras miradas se cruzan asiente con la cabeza, está orgulloso de tenerme aquí.

Y por último está el duque Krishan, con los guerreros encargados de proteger el carruaje del aquelarre.

El líder de los Shayk no dudará en convocar a los animales para reforzar nuestro ataque.

—Ya llegamos, milord —dice uno de los soldados que me acompañan en todo momento.

A pesar de que su voz suene distorsionada por el casco que recubre su rostro, no es de extrañar que me sea familiar. Algo normal ya que he tratado con todos nuestros soldados.

El tiempo transcurre sin previo aviso y la tensión crece en mi interior cuando nos encontramos directamente con lord Kayal Shayk y su ejército de vampiros del norte.

Él esboza una sonrisa en cuanto me ve, yo me limito a asentir con la mirada, también recuerdo las fiestas que hemos disfrutado juntos.

Pero ahora eso carece de sentido, pues solo existe un motivo para nuestra reunión: la guerra.

—Habéis tardado más de la cuenta —se dirige directamente a su padre, al cual reconoce vagamente—. He enviado un grupo de exploradores hace una hora, pero no han regresado.

—Estarán muertos —espeta Ábsolem señalando la torre del castillo de la Corte de la Tormenta que sobresale en mitad del bosque y la lluvia. Después proyecta su voz con tanta fuerza que incluso el viento se estremece—. ¡Avanzad! ¡Acabemos con esto!

El ejército de Plaguen es el primero en ponerse en marcha. Darius encabeza los nuevos soldados mientras el resto le seguimos de cerca. Los vampiros del norte se unen a nuestras filas aceptando las órdenes que el duque Krishan les comunicó, días atrás, mediante cuervos mensajeros.

Me mantengo firme mientras Airman reduce sus zancadas para no pisarse con los otros corceles.

Me uno a mi cuñado siendo consciente de que mi sintonía con él en combate es algo que ya he probado con anterioridad y funciona.

Por eso me vuelvo su inseparable, me pongo el yelmo sobre la cabeza y acaricio las empuñaduras de las espadas que descansan a mi espalda.

Todas nuestras armas están hechas con acero del norte, filos y puntas de flecha irradiados con irialmancia para anular los poderes del enemigo. Por el momento solo conocemos a un necrófago que lanza fuego por la boca, del resto no sabemos nada más, aunque debemos estar preparados.

Mis ojos se abren de par en par cuando la ciudad de Makabria se descubre frente a nosotros.

No hay rastro de las ruinas, los edificios destruidos o el castillo hecho trizas, al contrario, todo está en perfecto estado, como si la majestuosidad de los Dynevor nunca hubiera acabado bajo la hoja de mi espada.

—¿Qué es esto? —pregunto al mismo tiempo que mi padre detenga la marcha del ejército.

El carruaje rúnico se abre para dar paso a una figura cubierta por un velo negro.

No sé si es Kathleen o alguna de sus hermanas, lo único que sé es que ha percibido magia en este lugar.

Los soldados se apartan para dejarla pasar.

Camina junto a nosotros y se coloca en primer lugar.

Extiende su mano y en cuanto sacude sus dedos una onda de poder mana de su cuerpo haciendo que el viento sacuda todo lo que hay delante de ella.

En el momento en el que termina, regresa al vehículo mientras el espejismo que recubre el reino de Makabria se quiebra como un cristal.

Al instante aparece una ciudad llena de ruinas y escombros. Las calles se desdibujan entre los cimientos de los edificios derruidos. Ahora sí reconozco esta estampa, la desgracia que la Orden de los Condenados dejamos a su paso. El reflejo del castigo de un pueblo que luchó por su propia salvación.

La magia de la bruja capta la atención de algo más grande de lo que imaginábamos.

Los rugidos y los gritos emergen de las ruinas mientras los necrófagos salen de sus guaridas para plantarnos cara.

Hay más de los que podemos contar, seres de pieles verdes que caminan a dos y a cuatro patas mientras sus fauces se abren para enfrentarse a nosotros.

—¡Por Illythia! —grita nuestro ejército antes de empezar la batalla.