Corona de huesos y espinas (Corte de agua carmesí 2) 38
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Llegamos a tierra firme antes de lo previsto, nos arrastramos por la arena de la playa y esperamos a que las escamas se oculten bajo nuestra falsa piel.

Caminamos desnudos buscando cualquier cosa para vestirnos.

Sarra se sube a uno de los troncos de las palmeras y empieza a golpear sus hojas con el filo de su lanza.

Antes de que consiga dar por finalizado su trabajo un rayo de luz dorada atraviesa la espesura del palmeral y golpea a mi hermana provocando su caída.

La guerrera es tan ágil que cae de pie, acto seguido nos colocamos en posición defensiva.

Las sirenas delante y los tritones detrás.

—¡Estas tierras son sagradas! —grita una mujer desde la lejanía.

—¿La matamos? —los chasquidos de mi hermana llegan a mis oídos. No solo Adaleh empuña su arma con fuerza, el resto esperan a que dé la orden de ataque.

—No, no, no... mostraros indefensas, tenéis que seguirme la corriente —explico nervioso mientras subo los brazos hacia arriba demostrando que venimos en son de paz.

Por mi cabeza vuelan mil ideas, pero solo una sale de mis labios a modo de súplica.

Mis hermanas sueltan sus armas y me imitan—. ¡Naufragio!

La humana se dirige hacia nosotros sin ninguna intención de hacernos daño, lo sé porque sus manos han dejado de brillar y su rostro esboza una sonrisa.

Ella lleva puesto un vestido negro con una apertura en uno de los extremos para facilitar sus movimientos.

La tela no tiene ningún tipo de vuelo, no es ostentosa como las que he visto en Plaguen.

Camina descalza sin ningún tipo de arma o armadura.

—Disculpad, os he confundido con los salvajes que están atacando las aldeas —Ella nos mira de arriba abajo dando por hecho que la tez de nuestra piel nos delata como extranjeros.

El único que podría encajar en las Tierras Doradas es mi hermano por tener un bronceado natural en su forma terrestre—. ¿De dónde venís?

—Somos mercaderes del Continente de la Banshee, nos dirigíamos a Hontir para conocer nuevos productos —Mentir se me da tan bien que acabo sonando creíble—. Nos atacó un monstruo marino y lo hemos perdido todo...

—Incluso la ropa, por lo que veo —Ella señala a mis hermanas, las cuales no se esfuerzan en ocultar su desnudez. Para ellas estar así es algo completamente normal.

—Tuvimos que hacer una hoguera para no morir de frío—respondo al instante.

—Venid, será mejor que os vistáis sino queréis buscaros problemas —Después extiende su mano y yo le dedico un apretón. Algo que aprendí en Orio junto a Jasper Gazzei—. Mi nombre es Danai, encantada.

—Cirigh, ellos son Sarra y Adaleh. Y él es Krank.

Danai nos conduce a través de la arena de la playa sorteando el palmeral para llegar a un camino cuyo final está iluminado por antorchas.

Mis hermanas entienden que mantenerse lejos del agua ayudará a que nuestra mentira sea creíble.

La humana es amigable en todo momento, no hace más preguntas de la cuenta y nos intenta explicar el funcionamiento de su hogar.

—En las Tierras Doradas está prohibido dañar a la naturaleza, todo aquí pertenece a Bryarthe. Y nosotros somos sus hijos y debemos respetarlo —asiento con la cabeza, sin quererlo he acabado siendo el portavoz de mi grupo—. Esto es Lekan y pertenece a la parte orisha de Ixros.

Reconozco la palabra orisha porque lady Gayla, la tía de Estevian, mencionó que ella se quedó ciega a propósito para huir de ese título.

Aunque no entiendo nada de lo que la humana está diciendo, tampoco sé si ella tiene un feralba como Yaro y Gia, los piratas a los que nos enfrentamos en nuestro último viaje.

—Disculpa, Danai —le digo a pocos metros de llegar a la aldea—. Como ya te he explicado es nuestra primera vez en las Tierras Doradas y no entendemos vuestra cultura. Solo queremos ser respetuosos y no encontrar problemas.

—Ay, no te preocupes —Ella me sonríe y yo me relajo—. Discúlpame a mí, a veces se me olvida que allí afuera vivís de otra manera totalmente diferente.

Lekan no es demasiado grande, apenas habrá unas diez casas y todas disponen de sus propios huertos llenos de frutas y hortalizas.

Las edificaciones circulares, algo que me sorprende en comparación a las de los vampiros, parecen estar construidas con piedra blanca y disponen de detalles pintados en dorado.

Danai aparta la cortina gris para abrirnos la puerta de su hogar.

El contraste del aroma con el exterior nos hace estornudar.

En cuestión de segundos nuestra aliada recibe un concierto de estornudos y toses.

—¿Estáis bien?

—Sí, perfectamente —responde Sarra cuando nos acostumbramos al perfume de las especias—. Gracias.

La estancia principal es un salón unido a la cocina, todo está abierto para que las ventanas dejen entrar leves corrientes de aire.

También hay unas escaleras que descienden a algún lugar, no tardamos en descubrir que allí tiene el dormitorio.

Todo tiene una mezcla de colores llamativos dándole un aspecto alegre y casi divertido.

—Venid, tengo ropa que os puede servir.

La habitación tiene una cama bastante grande para una persona y un armario de tamaño colosal.

Danai nos saca varias prendas y nos invita a vestirnos con ellas.

En cuestión de segundos parecemos personas completamente normales.

Los conjuntos que nos ponemos son cortos, algo que agradezco pues en esta parte del mundo hace bastante calor.

—¿Vives sola? —Adaleh se toma demasiadas confianzas, por suerte para nosotros Danai se ríe ante la pregunta.

—¿Creéis que esta es mi casa? —Abre los brazos y da una vuelta sobre sí misma—. Soy una soldado de Hontir, me toca hacer guardia aquí hasta final de temporada. En Lekan nunca pasa nada, por eso me fue fácil encontraros. Si fuera una aldea con más altercados el rey enviaría más guerreros.

—Las guerreras de nuestra tribu no usan magia solo armas —Mi hermana tiene ese acento que me recuerda a mis primeros días en Plaguen, sus “r” suenan demasiado fuertes.

—¿Tribu? —Antes de que nadie pueda responderle Danai continúa hablando, haciendo caso omiso a sus propias dudas—. A la guardia real nos entrenan en la magia solar para poder proteger la sangre bendecida.

—Elanymancia... —digo para mí mismo, pero debo hacerlo tan alto que ella me escucha. Entonces recuerdo las palabras de Yaro y Gia, solo los primogénitos bendecidos nacen con un feralba—. Sangre bendecida...

—Elanymancia, eso, así es como la llamáis en el Continente de la Banshee. —aclara ella con simpatía.

La humana mete la mano en la bolsa que cuelga de su cintura y nos enseña un puñado de monedas de oro. Mis ojos se abren de par en par al ver tal fortuna. Con eso podría comprar tanta comida en el mercado que acabaría con todas las frutas.

—A diferencia de donde vosotros venís, aquí utilizamos el oro como arma —Cuando cierra el puño un brillo rodea su mano y se convierte en un guante dorado—. Todo lo que necesitamos para luchar está aquí —Vuelve a cerrar la mano y las monedas aparecen de nuevo en ella.

—¿Utilizáis el dinero como arma? —Se me ocurren mil preguntas más, pero no tenemos tiempo para entretenernos.

—No, el dinero de las Tierras Doradas es muy diferente al del Continente de la Banshee —Danai señala un montón de cristales verdes y triangulares situados sobre su mesita de noche.

—¿Dónde podemos conseguir unas monturas para viajar a Hontir? —No puedo distraerme, no cuando la misión de supervivencia es tan importante.

—¿Por qué no descansáis esta noche?

Las palabras de la humana me hacen fijarme en como mis hermanos se acarician las piernas y retuercen su gesto en cansancio. A Danai no le falta razón, si estamos débiles no podremos afrontar los peligros que nos acechan en nuestro camino. Por eso acabo accediendo.

—Espero que os guste, son garbanzos y verduras.

—¡Así no! —protesto al ver como Sarra utiliza su mano para comer—. ¿No os acordáis de los cubiertos?

—Ah, no... esto se come con las manos—me corrige la humana y yo no puedo hacer otra cosa que tragarme mis palabras.

—¿Por qué eres tan amable con nosotros? —Krank aprovecha el silencio para hablar. Más que por interés, se nota que lo que quiere es practicar su acento terrestre.

—Bryarthe siempre fue buena con todo el mundo. Desde niños nos enseñan a no juzgar antes de conocer y eso es lo que hago.

—Gracias..., —digo con la boca llena, después le doy un sorbo a mi vaso de agua y añado—, para nosotros es muy importante lo que estás haciendo, al otro lado del mar la gente finge amistad por interés.