Corona de huesos y espinas (Corte de agua carmesí 2) 37
55%

37

Las semanas transcurren en una rutina a la que me llego a acostumbrar.

Cada dos días los miembros de la tribu de Laneth formamos grupos para viajar hasta el lago.

Nadar con la aleta nos ayuda a descansar las piernas, a pesar de que esté en nosotros adaptarnos al cambio, no podemos negar cual es nuestro hábitat natural.

Entonces llega el momento en el que la reina Velra nos guía hasta las orillas del mar para despedirse de nosotros con la esperanza de volver a vernos pronto.

—Rysantha repartió perlas mágicas por todos sus dominios —dice mi madre mientras acaricia el colgante que me regaló lady Angélika—.

Cada tribu les ha dado un uso totalmente diferente.

Nuestra anciana, por ejemplo, las usa para sus pociones.

Después de haber escuchado tu última canción no puedo dejar de pensar que estas perlas representan las lágrimas de nuestra diosa.

—Creo que me ha dado suerte durante mi trayecto, espero que no pierda su poder en este último viaje —Antes de que pueda añadir nada más mi madre coloca su frente sobre la mía.

—Concéntrate en sobrevivir, Cirigh. Nosotros te estaremos esperando en esta isla. Estaremos bien.

Asiento con la cabeza y reprimo las ganas de llorar para que ella no me vea.

Camino a través de la arena para adentrarme en el mar.

Las olas de la mañana me acarician la piel suavemente instantes antes de que mi aleta aparezca y emprenda mi viaje.

Avanzo en soledad, al menos al principio porque después se unen mis acompañantes haciendo honor a la lealtad que han prometido días atrás.

Sarra nada a mi lado al mismo tiempo que Adaleh y Krank se colocan pocos metros por detrás.

Ellas llevan sus lanzas mientras nosotros disponemos de un cuchillo de piedra atado a nuestra cintura.

Algo que agradezco, pues al no haber sido entrenado en el arte de la guerra, no estoy acostumbrado a llevar peso y de otra manera entorpecería mis movimientos.

Cuatro figuras grises se mueven en la inmensidad del océano, cuatro criaturas que aprovechan la luz del sol para vislumbrar a su enemigo.

El fondo marino se aparta de nosotros cuando pasamos a una velocidad sobrenatural.

Peces de colores que difuminan el dibujo que están haciendo sobre el lienzo que forma el agua.

No hablamos, pues necesitamos mantener todos los sentidos en alerta. No nos detenemos en ningún momento, solo nos limitamos a nadar buscando la corriente que nos lleve hasta tierra firme. Los dominios de Rysantha se han convertido en un peligro para nuestra raza.

Cruzamos arcos de piedra, atravesamos junglas de algas altas y descendemos hasta un precipicio cuyas vistas son el abismo infinito.

Nos detenemos antes de exponernos al peligro.

Miramos a Krank y él agita las manos para utilizar su magia y cubrir nuestros cuerpos con un manto que nos hace invisibles de manera temporal.

Un hechizo de clamamareas que no conozco, el camuflaje perfecto para organizar una emboscada.

Nos adentramos en la oscuridad del océano, sorteamos las rocas que nos vamos encontrando y aceptamos nuestra nueva realidad. No hay peces, no hay nada aquí abajo, algo extraño, pues debería de haber fauna lejos de los rayos del sol. Entonces entendemos el porqué.

En el momento en el que llegamos al suelo de uno de los niveles de las profundidades nos topamos directamente con el cadáver de una caribdis. El monstruo es enorme, su cabeza ha sido extirpada de un mordisco y su cuerpo se mantiene completamente inmóvil.

No nos detenemos en ningún momento, tenemos que aprovechar el tiempo en el que el hechizo de Krank nos mantiene ocultos.

El corazón me va a mil, más aún cuando descubrimos más cadáveres de nuestras enemigas mortales.

Cuento cinco, cinco cuerpos de diferentes tamaños completamente destrozados.

Aun así, no cesamos en nuestro intento por llegar hasta la corriente.

Estamos muy cerca, podemos percibirla, incluso escucharla, en unos minutos estaremos lejos de aquí.

La oscuridad se estremece frente a nosotros, se sacude ligeramente y nos obliga a bajar el ritmo de nuestras aletas.

Entonces nos damos cuenta de que no estamos contemplando la inmensidad del abismo, sino algo peor, un monstruo de un tamaño colosal.

Nunca habíamos visto una así, supera con creces todo lo que conocíamos.

A pesar de su gran tamaño, dispone de la elasticidad suficiente como para eludir las rocas y moverse de un lado a otro de lo que creo que ha conquistado como su territorio.

El miedo se apodera de mí cuando la muerte se interpone entre la esperanza y la supervivencia.

Deberíamos continuar, esquivar los movimientos de nuestra enemiga y escapar por la corriente situada a varios metros bajo ella.

Pero eso nos expone al peligro de una manera que no podemos afrontar.

Un error y la caribdis se percataría de nuestra presencia.

Si para derrotar a una de ellas es necesario un ejército de sirenas y el cántico de la reina, derrotar a esta precisa de la unión de todos los reinos submarinos de Valhía.

Aunque seamos imperceptibles para otros, el hechizo de mi hermano nos permite vernos a través del velo de invisibilidad.

No hay arrepentimiento en sus gestos, ni siquiera miedo.

Morir en una batalla en alta mar es uno de los honores más grandes a los que puede encomendarse una sirena.

Ellos me miran esperando mis órdenes, sé que cualquier cosa que les pida lo van a hacer.

Me siento el líder de un escuadrón cuya misión tiene altas probabilidades de fracasar.

Cargo con la responsabilidad de tres vidas que no estoy dispuesto a perder.

Ni siquiera me planteo fallar, tengo un compromiso mucho mayor que el de llegar a Thalin, y ese es volver a ver a Estevian Ilia.

Me maldigo a mí mismo por no haber aprendido de mi vampiro. Él, con su mente estratégica seguramente hubiera ideado el mejor plan para derrotar a su enemigo. Pero yo no, yo solo dispongo de la magia que la mismísima Rysantha me ha otorgado, un poder cuya utilidad desconozco.

La desesperación me recorre el cuerpo serpenteando por cada una de mis extremidades.

La única opción posible es la de subir a la superficie y nadar aprovechando la luz del día.

Después deberemos encontrar un refugio para pasar la noche, pues caribdis como estas saldrán de sus guaridas sin temor al sol.

Estoy a punto de dar la orden de retirada cuando escucho un leve chasquido acompañado de pequeños gritos que captan nuestra atención.

A escasos metros de nosotros hay un animal de pequeño tamaño, un monstruo cuya deuda le ha llevado hasta mí.

Reconozco a la cría de la caribdis que di de comer días atrás.

Sus ojos púrpuras se clavan en nosotros ignorando por completo el hechizo de Krank.

Sarra coloca su mano sobre mi hombro y extiende su lanza dispuesta a atravesarla.

Yo le detengo, estiro mi brazo y observo cómo el animal se enrosca en él juguetón.

Ninguno de mis hermanos da crédito a lo que están viendo, yo tampoco.

Tritón y caribdis unidos por una alianza cuya durabilidad es incierta.

Puede que la naturaleza de estas criaturas sea amigable en su niñez y que luego se torne agresiva como ocurre con los depredadores más peligrosos.

No me importa, es nuestra única alternativa para continuar con la misión.

Avanzo sin saber si esta decisión me llevará a la muerte.

Algo me dice que tengo que hacerlo, un pálpito que se disfraza de instinto.

El resto me siguen sin rechistar, dispuestos a todo por protegerme.

Aprovechamos las superficies rocosas para pasar desapercibidos.

Nadamos todo lo rápido que podemos para llegar a la corriente de agua que serpentea en la oscuridad del océano.

Pero la suerte se nos acaba y el peligro nos mira directamente a los ojos.

El hechizo de Krank se disipa, sabíamos que la invisibilidad no era eterna y hemos perdido demasiado tiempo dudando.

El monstruo titánico clava sus ojos rojos sobre nosotros y abre sus fauces en flor para intentar atraparnos con sus tentáculos.

Cuando la adrenalina nos invade lo único que nos queda es gritar:

—¡Rápido! —me percato de que Sarra y Adaleh van a quedarse atrás para luchar—. ¡No servirá de nada! ¡Avanzad!

—Tenemos que protegerte —se queja la primera, la más mayor.

—¡No! ¡Continuad! —Mis chasquidos se convierten en órdenes que deciden no contradecir.

La cría, amarrada a mi brazo hasta el momento, decide separarse y emitir chillidos muy similares a los de un polluelo pidiéndole alimento a su madre.

Eso ralentiza los movimientos de la caribdis titán, no sé si porque la detecta como una enemiga o por algo más.

Aprovechamos la ventaja y alcanzamos la corriente dejando atrás a nuestra nueva amiga.

Según nos vamos alejando la oscuridad del abismo se va volviendo opaca al mismo tiempo que el bramido y los gritos de los monstruos se convierten en un sonido mudo.

El corazón me da un vuelco al pensar que la cría ha podido sufrir daño por ayudarnos.

Tengo que eliminar esa imagen de mi mente si quiero cumplir con mi cometido, sea cual sea.

La corriente nos arrastra lejos del mar que conocemos.

En cuestión de minutos nos encontramos con una fauna que solo hemos visto en los tallados en piedra.

Nadamos a la superficie y contemplamos la noche de la parte oeste del Midna.

La luna llena ilumina el mar con tanta claridad que no tiene nada que envidiar a la luz solar.

Las primeras islas empiezan a aparecer frente a nosotros, pequeñas superficies de arena con apenas la capacidad de albergar a lo que queda de mi tribu.

—Deberíamos descansar —chasquea Adaleh nadando boca arriba sobre el agua cristalina—.Necesitáis que duerma si queréis a una guerrera a vuestro lado.

—Yo me niego a descender de nuevo —A Krank no le pega nada estar aterrado, pero no le culpo, lo que hemos vivido allí abajo nos cambiará de por vida.

—¿Creéis que ha muerto? —Ellos me miran y a mí se me quiebra la voz—. La cría de caribdis quiero decir.

—No lo sé, Cirigh, pero no debería preocuparte..., somos enemigos —Sarra habla desde la responsabilidad de ser la más cercana a la corona de huesos y espinas.

—A veces los enemigos se convierten en más que aliados...

—La llamaremos Nyrrel —me interrumpe Krank dejando a un lado la frialdad de nuestra familia.

—Sirena valiente... —pronuncio el significado de Nyrrel en nuestro idioma natal—. Si algún día volvemos a verla estaremos en deuda con ella.