Corona de huesos y espinas (Corte de agua carmesí 2) 36
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En medio de la catástrofe, la tribu de Laneth, consigue disfrutar de una celebración donde las risas y la música están aseguradas.

Si un extraño llegara al campamento vería a un grupo de salvajes comiendo pescado crudo, en su mayoría, y bailando alrededor del fuego.

Por no mencionar que el color de piel de mi familia es bastante variado en tierra firme, supongo que es un método de adaptación idóneo para cubrir ambos terrenos del Midna.

Me quedo observando a mi hermana Adaleh, a pesar de ser la pequeña de las sirenas, me saca tres décadas de edad.

Ella está bailando utilizando movimientos ágiles de combate.

La luna llena refleja su luz sobre su cabello plateado dándole un aspecto casi divino.

Su piel pálida es como si la nieve chocara con el mar, un evento poco común y que nunca he visto (a diferencia de Krank, cuya piel es ligeramente bronceada y resalta por tener un cuerpo con más músculos que el resto de los tritones de Laneth).

Él juguetea con la humedad creando formas que vuelan de un lado a otro, sin duda ha aprendido de las mejores clamamareas.

Su pelo parece negro, pero cuando le da la luz del fuego delata su color azul marino.

—¿Qué haces, Trent? —le pregunto a mi otro hermano cuando le veo aislado dibujando formas con su cayado en la arena. Cuando me percato de su arte me doy cuenta de que es el mapa de Valhía—. La diosa te dio un talento mucho mejor que el mío. El de ver más allá de los sentidos.

—Sería duro cargar con un lastre que no acepta su destino. Perdí mi vista a cambio de sobrevivir. Quizá no pueda luchar, pero utilizaré todos mis conocimientos para ayudar a que nuestra tribu salga adelante.

—¿Sabes qué me decía la anciana cuando me quedaba dormido en sus clases? —Me siento a su lado mientras nos alejamos un poco del jolgorio—. Que, si seguía así nunca, sería como mi hermano Trent. No había nada que no se te escapara. La corona de huesos y espinas necesita una mente como la tuya.

—Cirigh, siempre tuviste un futuro prometedor —dice después de reírse de mis comentarios—.

Si te hubieras esforzado más en las clases, me hubieras superado con creces.

Pero siempre fuiste muy travieso. Cuando no te dormías, te escapabas por el reino persiguiendo peces de colores. ¿Recuerdas el duelo entre Meral y Tef?

—No del todo —Sonrío, y aunque Trent no pueda verme, él me devuelve el gesto.

—Le dijiste a Lorak que te aburrías y que tenía que buscarte en las grutas submarinas antes de la hora de la cena. Te fuiste y pensamos que te había pasado algo. A nuestro hermano se le pasó por completo ir a por ti y Malt te encontró dormido en una cueva.

—Ojalá que todos estuviéramos aquí —comento cuando escucho el nombre de mis hermanos. Y después digo algo que sale de lo profundo de mi ser—. Ojalá nunca me hubiera alejado de casa...

—El pasado nos enseña a ser mejores en el futuro —Sus palabras suenan con tanta sabiduría que por un momento pienso que tengo en frente al próximo anciano de Laneth, si eso fuera posible—.

Si no hubieras llegado a Plaguen, jamás serías como eres hoy.

Y eso significaría que nuestras sirenas no valorarían a los tritones como están haciéndolo ahora. Tú eres nuestro futuro, Cirigh.

Coloco mi frente sobre la de Trent a modo de agradecimiento.

En la sociedad submarina de Valhía se valoran más esos gestos que un simple abrazo.

Me quedo un rato observando cómo mi hermano dibuja la ruta que pronto tendré que seguir para llegar hasta Thalin.

Ha hecho el mapa a gran escala y no se ha dejado ni un detalle.

—¡¿Vas a quedarte ahí toda la noche?! —Sarra me agarra del brazo y me arrastra a la hoguera—. ¡Vamos a bailar hasta que nos duelan los pies!

Y eso intento, pero cuando quiero darme cuenta mis hermanas empiezan a celebrar la supervivencia de nuestra reina de una manera que no me sorprende.

Antes de que pueda percatarme han formado equipos de dos y se están batiendo en combate con sus lanzas de madera.

Las reglas las conozco, la sirena que sangre es sirena eliminada, pues eso significaría la muerte en alta mar.

—¡Te reto a un duelo, Cirigh! —anuncia Calia señalándome con la punta de su arma.

—¿A mí? —Todo el mundo me mira.

—Sí, como futura reina de Laneth quiero probar la valía del elegido de Rysantha —Ella sonríe mientras se sacude el cabello verde musgo.

Mis hermanos estallan en vítores mientras me animan a salir a la arena que han improvisado las sirenas.

Miro a mi madre, lo hago en un acto reflejo, no, más bien una costumbre con la que busco su aprobación.

Ella asiente con la cabeza y yo me limito a coger una lanza y colocarme frente a la heredera de la corona de huesos y espinas.

—¿No pesa demasiado? —me quejo al sentir la presión en mis muñecas.

—¡¿Qué?! Si son súper ligeras.

Calia adorna sus palabras con movimientos de su arma. La hace girar a gran velocidad, se la pasa por encima de la nuca, la tira al aire y la coge sin pestañear. La tribu estalla en aplausos mientras yo me esfuerzo en mantener la lanza firme para protegerme de sus ataques.

—¡Ya! —grita la reina en nuestro idioma natal.

Mi hermana se abalanza sobre mí y asesta golpes lentos que bloqueo sin dificultad. Me está poniendo a prueba, lo sé porque cuando tiene la ocasión, me derriba en el suelo haciéndome perder el equilibrio con un barrido.

—¿Eso es todo? —se jacta con orgullo—. ¿Así has sobrevivido a los caídos?

—Estoy calentando —me excuso justo antes de que me ayude a levantarme para retomar el duelo.

La sirena se mueve con tanta agilidad que comprendo para qué sirven los entrenamientos en tierra firme que le dan a nuestras guerreras.

Sus ataques son mucho más veloces y me obligan a tener los sentidos en alerta.

Bloqueo más de lo que esperaría, lo hago acompañado de pequeños quejidos y casi gritos de terror.

Calia está frente a mí, cuando me quiero dar cuenta está a mi espalda y cuando pretendo reaccionar ha vuelto a cambiar de posición.

Me tira al suelo de nuevo y mis hermanas claman su nombre.

—Venga, no te voy a torturar más —anuncia ella ayudándome a incorporarme de nuevo—. Para que esto termine tengo que hacerte un corte, prometo que será pequeño. Nunca dañaría a uno de nuestros tritones.

Y retoma su baile, lo hace en silencio mientras el sonido del movimiento de la arena bajo sus pies me ayuda a plantarle cara.

Bloqueo repetidas veces sin tener opción a atacarla.

Entiendo, que si me batiera en duelo con cualquiera de las sirenas de Laneth, el resultado no sería diferente.

Es entonces cuando todo ocurre. En el instante en el que Calia va a rozar mi brazo con la punta afilada de su arma, algo se activa en mí y le hace salir disparada por los aires chocando directamente contra los árboles de la selva.

Mi tribu se queda en silencio mientras yo comprendo que he invocado un escudo de nolmancia sin apenas quererlo. La humedad del ambiente me protege a modo de armadura semitransparente. El mismo hechizo que utilicé para intentar proteger a Canderra y Astiarte.

—¿Magia de clamamareas? —se sorprende la reina mientras las otras sirenas acuden a ayudar a Calia—. ¿Desde cuándo eres tan diestro en este arte?

—Me tuve que entrenar entre vampiros para sobrevivir a los monstruos que les asolan —respondo con seguridad mientras observo cómo mi hermana aparece llena de rasguños y heridas leves.

—A la tercera va la vencida —comenta ella, pero mi madre la detiene.

—Has perdido, Calia. Cirigh ha conseguido herirte.