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La comodidad crece en mi corazón cuando veo a mi familia tan unida.
A pesar de que no es la cercanía que he visto entre los stokers de Plaguen, es un cambio notorio en nuestra sociedad.
Por primera vez en mi vida veo como mis hermanas les piden su opinión a mis hermanos, haciendo que los tritones sean partícipes de la toma de decisiones.
De pronto las tornas cambian, se fusionan sin hacer diferenciación de sexo.
Me sorprende ver a Tef y Adaleh afilando las puntas de las lanzas junto a Krank y Cesit.
O incluso a Auro enseñando a cocinar a San y a Meral.
No puedo evitar sonreír, de alguna manera mi presencia aquí ha hecho que la sociedad de Laneth cambie.
Mi madre me conduce a través de la selva escoltados por Calia y Tora.
Ninguna de ellas se sorprende al ver las escamas azules brillantes y plateadas que surgen de la piel de la reina frente a la caricia de las gotas de agua que caen desde los árboles.
Nunca había visto a mi madre en agua dulce, es una imagen que hipnotiza mi mirada y me hace ignorar mi propio brillo azul.
A diferencia de mis hermanas, cuyas escamas resplandecen en diferentes tonalidades de verde, sé que mi madre es la razón por la que ninguna de las bestias que habitan la selva nos ataca.
No es solo su caminar, o el como sostiene su lanza de madera y piedra.
Es la esencia de una depredadora alfa, aunque no tenga sus garras ni dientes, su presencia segrega una magia más antigua que el mundo. El poder de una reina sirena.
Salimos de la selva para llegar a la playa.
La noche convierte la superficie del mar en una masa oscura y peligrosa.
Más aun sabiendo lo que habita en su interior.
La escolta se queda atrás mientras mi madre me invita a acompañarla.
No sé qué es lo que va a hacer, pero tengo claro que será espectacular.
—Rysantha ha bendecido tu Voz Azur con un poder solo comparable con el de una reina —explica mientras camina sin darle importancia a que sus pies se mojen con agua salada.
Se detiene a escasa distancia de que el mar le cubra las rodillas, lo hace para no convocar su aleta. Aun así, sus piernas se cubren de escamas grises que no llegan a completar su transformación. Yo hago lo mismo, aunque me quedo un poco por detrás de ella por temor a no controlar mi cambio
—Portar la corona de huesos y espinas también significa tener la responsabilidad de un reino. Mi deber es protegeros por encima de todo y utilizar mi arma cuando sea necesaria.
—¿Qué vas a hacer? —pregunto ignorante.
—El poder de una reina no solo es destruir. Cuando el aurane da la descendencia prevista, el deber de la corona es crear las reservas necesarias para que no nos falte alimento.
—No logro entenderlo...
De pronto empieza a entonar una melodía sin letra que aparta el mar de nuestros pies y alza una barrera de agua salada.
Así como los violines reaccionan a los dedos de su músico, la marea se sacude ante la canción de mi madre.
La música es agradable, a la vez que temerosa y afilada.
Me encantaría que este momento no acabara nunca, mi cuerpo se vuelve adicto a su voz.
Pero entonces Velra se calla y la barrera salada cae de golpe mostrándonos una ola de gran tamaño que se dirige hacia la orilla.
El miedo se apodera de mí cuando doy un paso atrás:
—Mantente firme, hijo, somos el orgullo de Rysantha, que eso nunca se te olvide.
Hago lo que me pide mientras mis ojos se abren de par en par esperando el impacto del océano.
Pero entonces la ola desaparece y la orilla se llena de peces que se sacuden desesperados.
Ya es tarde para ellos, este es el manjar que mi madre me prometió.
Mis hermanas utilizan las redes que traían atadas a sus cuerpos para guardar todo el alimento.
—Cuando una reina acepta la corona de huesos y espinas pierde el poder de las clamamareas, pero a cambio recibimos una Voz Azur con la capacidad de sacudir los cimientos del mundo.
—¿Qué pasará con ese poder cuando te conviertas en la anciana de la tribu? —pregunto una vez caminamos de vuelta a la arena.
—Que la magia en mí volverá a cambiar. Le cederé mis canciones a tu hermana Calia a cambio de recibir las visiones de Rysantha.
—¿Mi Voz Azur es tan poderosa como la tuya, madre? —Ayudamos a cargar las redes completamente llenas mientras nos ponemos en marcha hacia el campamento.
—No lo sé, Cirigh. Pero si la diosa te ha escogido, debes tener claro que tus habilidades han aumentado. No temas usar tu voz para acabar con tus enemigos. Y si lo necesitas, haz que tiemble el mundo.
La reina Velra también ha cambiado. No me ve como alguien insignificante, sino como un miembro importante en nuestro reino. Lo sé porque se muestra mucho más cercana, como si verdaderamente estuviera hablando con alguien de su mismo nivel.
—¿Cómo ocurrió? —pregunta sin previo aviso y entonces siento que el camino de vuelta al campamento es demasiado largo—. ¿Cómo absorbiste a esos caídos en tu aurane?
—Bajo la noche eterna las cosas no son como lo hemos estudiado —Suspiro, decidido a ser completamente sincero con mi familia—. Así como ellos nos llaman ahogados y conocen muy poco de nosotros. A los caídos les gusta llamarse vampiros y no tienen nada que ver con los monstruos que conocemos.
—¿No son verdes y se arrastran reanimados por un hechizo de magia negra? —pregunta Tora extrañada.
—No, son hermosos depredadores que utilizan sus palabras y sus colmillos para alimentarse —continúo—.
Y pueden ser grandes aliados para nuestra raza.
Yo he conocido inmortales dignos de mi confianza y dispuestos a morir por mí —mi madre me mira y automáticamente sé que no es el momento para hablar de Estevian—.
Allí las gestantes son las hembras, las vampiras, y tienen la terrible maldición de morir al engendrar a sus vástagos.
—¿Literalmente? ¿No están muertas ya? —Calia me interrumpe.
—Es algo que tiene que ver con su esencia vital y su alma. La madre pierde su luz para que su hijo pueda vivir.
—Es cruel y hermoso al mismo tiempo —comenta la reina con el orgullo de haber tenido tantos hijos—. Si yo tuviera que morir para poder preservar mi especie, lo haría sin dudarlo.
—Al ser algo tan importante, hay un mercado de adastas, mujeres que donan su vida por que otras familias puedan perdurar.
Pero hay veces que el miedo a la muerte les hace retroceder —Mi voz suena madura mientras recuerdo a Lahmia.
También a las otras adastas reales y mi sacrificio por que el necrófago no acabara con ellas—.
Ellas no querían morir y mi aurane estaba listo para salvarlas.
Todo salió bien, no sufrí ningún daño en el proceso y me gané el título de Tritón de Plaguen.
—Eres el orgullo de la noche y de Laneth, Cirigh —dice la reina. Por mucho que le duela que un tritón haya engendrado descendencia vampírica, mi madre no puede negar el hecho de tenerme a su lado de nuevo—. Si Rysantha te escogió, es porque vio el potencial en ti.
—¿Me escogió para qué? ¿Para proteger Laneth? ¿Para algo más? ¿Cuál es mi verdadero cometido?
Nadie me responde, pues nadie sabe la respuesta.
Llegamos al campamento y mis hermanas se alejan de nosotros para repartir el pescado a toda tribu.
Sonrío al ver cómo algunos de los tritones ponen los peces al fuego para cocinarlos tal y como les he enseñado.
Las sirenas se sorprenden y les imitan para probar otra manera diferente de comer:
—Lo sabrás, Cirigh. —me susurra la reina antes de unirse a la celebración—. Algún día sabrás cuál es tu cometido y yo estaré encantada de poder ayudarte, hijo mío.