Corona de huesos y espinas (Corte de agua carmesí 2) 34
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—¿Qué has visto, Cirigh? —pregunta la anciana de manera atropellada y nerviosa. No la culpo, he descifrado lo que lleva tanto tiempo intentando interpretar.

—A Rysantha llorando por la pérdida de su primera hija.

A un ser alado acabando con todo lo que conocemos.

Y a las reliquias juntas para proteger el mundo —No puedo evitar hablar rápido por miedo a olvidar lo que acabo de sentir en mi propia piel.

Todo ha sido como un sueño, una visión que la realidad me incita a dejar atrás para no volverme loco.

—Los tres objetos divinos tienen que volver a ser unidos —anuncia la anciana mientras se dirige hacia el resto de supervivientes de Laneth.

—Acerquémonos al calor del fuego, hablemos tranquilamente, hemos pasado mucho tiempo separados —Las palabras de la reina se convierten en una orden para el resto. Ella se coloca a mi lado y me dedica una sonrisa—. Esta noche comeremos en tu nombre.

—No hay mucho ahí afuera —respondo con la emoción de alguien que tiene a su ídolo delante.

—No subestimes la Voz Azur de una reina.

Me siento débil, agotado por haber experimentado los efectos de la magia pura en mi propio cuerpo.

De alguna manera comprendo el porqué del aislamiento de la anciana.

Si su trabajo es tener visiones sobre el designio de nuestro reino, salir de esos trances continuos le podría hacer olvidar lo que el mar le enseña.

Una labor que mi madre tendrá que hacer cuando su corona de huesos y espinas tenga que ser legada.

Nos sentamos donde podemos para estar alrededor de la hoguera.

Algunas de mis hermanas utilizan troncos de madera o el propio suelo, mientras que mis hermanos acercan las rocas de mayor tamaño para usarlas a modo de butacas.

Mi tiempo en Plaguen me hace recordar la comodidad de tierra firme, por mucho que aprecie estar con mi familia, mantenerme sentado en una roca no es comparable con un butacón de terciopelo.

—Tenemos que ir a Aeriel y conseguir que una clamasoles nos ayude a liberar Laneth de la plaga de caribdis —Sarra habla con la actitud de una general dispuesta a todo por recuperar nuestro hogar.

—La reina Lyandash no cederá sin un intercambio de valor —insta nuestra madre tajante. Todos se quedan eclipsados al ver como mueve su brazo, un milagro que ni yo mismo me creo—. Y nosotras no tenemos nada para darle. Lo hemos perdido todo.

Se hace el silencio mientras mis hermanas inician un murmullo cuya única finalidad es encontrar una moneda de cambio para la ayuda que necesitamos del reino vecino.

El tiempo pasa mientras el sol se va ocultando bajo el mar de árboles húmedos que completa la selva que nos ampara.

Es entonces cuando me pongo en pie y me atrevo a lo que ningún tritón se ha atrevido a hacer: interferir en una reunión de altos cargos.

—Le podemos dar el Orbe de las Mareas.

—Los últimos portadores fueron los del reino de Thalin y todos sabemos en qué estado está.

Los tritones no cederán ante nada, menos aún frente a las sirenas —La reina no se ofende por mi interrupción, un hecho que agradezco—.

No negociarían nunca contra aquellas que no respetan lo que hicieron en el pasado.

—Pero tenemos al Elegido de Rysantha —La anciana se aleja del templo de árboles tallados y capta nuestra atención. Su dedo me señala directamente a mí—. Un tritón con más poder del que ellos nunca van a tener.

—No creo que sea suficiente. El rey Idhikalp siempre ha sido orgulloso y este podría ser un gesto ofensivo para él —continúa Velra.

—¿Y si le damos la opción de perdurar su reino? —Vuelvo a interferir guiado por la visión de las adastas en Plaguen—. Necesitarán sirenas para que nuevas generaciones de tritones ocupen sus cuevas. ¿No?

—No pienso cederle a ninguna de mis hijas —Mi madre me fulmina con la mirada y muestra los dientes como si estuviera a punto de morderme.

—Pero no tiene por qué saberlo —Extiendo las manos para que se calme.

Ella abre los ojos de par en par sin llegar a comprender lo que estoy diciendo—.

En tierra firme aprendí a mentir para poder protegerme —Todas las miradas se quedan fijas en mí—.

Debemos tener una cosa clara: lo único que queremos de Thalin es la reliquia de Rysantha.

No tienen por qué saber que Laneth ha caído.

—Si hay que fingir que todo sigue en absoluta normalidad, la reina no debería de abandonar su trono —Sarra no permite que el silencio nos incomode—. Sería un comunicado real entre coronas de huesos y espinas. Con una mensajera sería suficiente.

—Las sirenas nunca han mentido para llegar a acuerdos. Todo se ha solucionado mediante duelos y sangre... —Mi madre se muestra orgullosa de su naturaleza alzando el mentón con el porte de una líder—. Pero esta vez no hay alternativa.

—¿Y cómo vais a llegar hasta Thalin? —La primogénita Calia se levanta para que todos podamos mirarla—. No podemos olvidar que el mar está infestado por esos monstruos.

—Hay dos especies de caribdis que luchan por conquistar nuestros océanos —Sarra habla exponiendo la información que yo mismo le conté—. Cirigh ha conseguido llegar sano y salvo aprovechando el entorno para esconderse. Si solo viajamos dos, seremos presas más difíciles.

—No es necesario hacer el trayecto a través del mar —Por primera vez en la historia de Laneth otro tritón se pronuncia. Trent, mi hermano ciego, se incorpora con ayuda de su cayado y dibuja surcos en la arena cercana a la hoguera—. El reino de Hontir está muy cerca de los dominios del rey Idhikalp.

—En tierra firme no tenemos armas. —espeta nuestra madre con la ira de una guerrera que ha sido reducida a una mujer indefensa—. Sería exponernos demasiado.

—Rysantha nos dio piernas para sobrevivir, mi reina—Auro, el mayor de todos, habla siguiendo la inspiración de que los tritones podemos ser algo más que un aurane.

—Y conocemos el idioma terrestre para poder mezclarnos entre ellos —secunda Krank, aunque lo hace sin levantar la mirada del suelo, teme la reacción de mi madre.

—En esta forma no nos diferenciamos demasiado de ellos —Cesit es el último en hablar.

—¡Basta! —Velra golpea el suelo mientras su voz sacude las ramas de los árboles que nos rodean.

Incluso las aves huyen despavoridas del lugar.

No podemos olvidar que acaba de salir de una enfermedad que se había apoderado de ella durante semanas.

Por no hablar del temor a que la revolución de Thalin llegue también a Laneth.

Mis hermanos se sientan de nuevo y bajan la cabeza por temor a que nuestra reina pueda castigarlos. Yo actúo completamente diferente, camino hacia ella, despacio y sin ánimo de querer atacarla. Coloco mi mano sobre su hombro y siento la ansiedad recorriendo cada poro de su falsa piel:

—Tus hijos te debemos nuestra vida por habernos inculcado valores de supervivencia y lucha —No me tiembla la voz—. Estamos aquí por ti y daremos nuestra vida si es necesario. Sabes quiénes somos, nos conoces desde que el rey Trogh nos gestó en su vientre. No vamos a hacerte daño.

La tensión se esfuma en el mismo momento en el que coloco mi frente sobre la de mi reina.

Poco a poco su respiración se va calmando y su ansiedad se apaga al mismo tiempo que lo hace el sol para dar paso a la luna.

Mis hermanos se acercan para rodearnos con sus brazos en un gesto de unión.

Después lo hacen mis hermanas y por último la anciana.

—Somos la tribu de Laneth y nada lo podrá cambiar nunca. —susurro y acto seguido el resto lo repite a modo de mantra.