Corona de huesos y espinas (Corte de agua carmesí 2) 30
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De pronto estamos recorriendo una ciudad que recuerdo haber visitado cuando era una niña.

Makabria está en pleno auge con una majestuosidad que la sitúa por encima del resto de reinos del Continente de la Banshee.

Sus dominios están protegidos por potentes murallas de piedra gris y torres decoradas por gemas rojas con poderosos encantamientos engarzadas en ellas.

Un lugar cuyas puertas se mantienen abiertas para todos los habitantes de la noche eterna de Valhía.

Caminamos, de manera astral, a través de sus calles abarrotadas de vampiros y humanos compartiendo su día a día con una alegría que hace mucho que no veo en el propio Plaguen.

Hay tiendas de todo tipo en la avenida principal, puestos con frutas de diferentes lugares y telas tan exquisitas como envidiadas.

Las monedas de oro pasan de mano en mano mientras la multitud se convierte en un rumor que poco a poco se va apagando.

Al otro lado del bullicio de sus calles y de la música de sus tabernas, está el castillo de la Corte de la Tormenta.

Sus escaleras están a disposición de todos, con guardias patrullando de un lado a otro y encargándose de registrar todas las visitas.

A diferencia de los otros dominios vampíricos, el duque Treznor Dynevor siempre deseó estar cerca de su pueblo y atender todas las necesidades que estos tuvieran.

Cruzamos los jardines de palacio y entramos en sus pasillos como si fuéramos la brisa del pasado.

Esquivamos a los sirvientes, a los guardias y a los ilotas para ascender a través de las escaleras y acceder a un pasillo repleto de aposentos.

Detrás de una de las puertas descubrimos una estancia amplia compuesta por dos camas individuales, una pequeña estantería repleta de libros, un par de arcones y un sinfín de soldados de madera repartidos por el suelo.

—¿Volveremos a ver a papá? —le pregunta un niño, de tan solo cuatro años, a la mujer que teje contemplando la ciudad desde su ventana. No tardo en darme cuenta de que es su madre.

—Pronto, Lánar. Pero primero tenemos que disfrutar de nuestras vidas tal y como le prometimos.

La puerta resuena y el pequeño humano corre a abrirla con mucha emoción. Cuando lo hace se encuentra directamente con una niña vampira de largos cabellos negros y alborotados.

—¿Puedo ir a jugar con Bruna, mamá?

—Sí, cariño. Pero recuerda venir pronto a dormir o mañana estarás cansado.

La inmortal le da la mano y ambos salen corriendo por el palacio mientras ríen y saltan.

El servicio de la Corte de la Tormenta debe de estar acostumbrado a tenerlos por ahí correteando porque se apartan sin rechistar para continuar haciendo sus quehaceres.

Los dos no tardan en salir al jardín y continuar con sus juegos entre los árboles que crecen bajo el amparo de la noche de Makabria.

—Últimamente mi padre está muy enfadado, ya no sonríe como lo hacía antes —explica Bruna una vez se tumban sobre el césped para contemplar el cielo nublado—. Dice Daniela que es debido a que siempre quiso tener un hijo varón y, que al nacer nuestra hermana pequeña Gina, ya no podrá ocurrir.

—¿Por qué los vampiros no pueden tener más de tres hijos? —pregunta el humano inocente.

—El cuento de Illythia y la Manzana Maldita habla de que en los orígenes de Valhía los vampiros éramos inmortales y podíamos caminar bajo el sol. Pero que nuestra diosa se comió una manzana maldita y acabamos teniendo sed de sangre y las familias ya no podrían ser tan numerosas.

—Es una pena, ¿a qué sí? —El niño señala el cielo gris como si, al estar mirándolo durante horas, pudiera atisbar diferentes formas—. ¡Mira una manzana! ¿Crees que la Dama Muerte nos escucha?

—Seguro que sí, siempre está ahí, aunque no podamos verla.

Día tras día los niños se siguen reuniendo en el jardín para jugar y tumbarse a contemplar la noche.

El crecimiento de la vampira es mucho más notorio, no solo en apariencia sino también en madurez mental.

Un día como otro cualquiera, Bruna está sentada en un banco leyendo uno de sus libros mientras el humano continúa jugando a ver formas en el cielo nublado.

—¿No echas de menos a tu madre? —pregunta Lánar.

—Nunca conocí a la duquesa Sonia Ilia —Ella no levanta los ojos del papel—. Ni siquiera a mi tía Tara Dynevor, la madre de Daniela. Solo conocí a Celeste Shayk, del norte, pero también murió en el fatum cuando nació Gina.

—¿Por qué tu padre no utiliza adastas como el resto de las cortes?

—Las maestras siempre nos dicen que los Dynevor tenemos una sangre muy especial al haber nacido con el cometido de custodiar el Grimorio de la Muerte. Si utilizara adastas el legado de la estirpe se perdería con el tiempo.

—Jo, que pena.

Me causa dolor recordar el cómo las otras cortes del Continente de la Banshee se unían a Makabria sabiendo que la vampira que se marchaba nunca más volvería.

Pero era una tradición, la palabra de la diosa para proteger a todos sus inmortales.

Así como los portadores de la corona de oro negro y rubíes acuden al Antiguo, para morir otorgándoles sus dones, cuando llega su fin, ellas también tenían un cometido que cumplir.

—¿Lánar era amigo de la stoker Dynevor? —pregunta Edana intentando encajar las piezas que se nos están mostrando durante el ritual—. ¿Y cómo acabó viviendo con las humanas de Plaguen?

—Sshhh…, presta atención —se queja Cali y la visión continúa.

—¿A dónde voy mamá? —pregunta el niño cuando se sienta en un carruaje junto a las hijas del duque Treznor—. ¿Por qué tú no vienes?

—Tienes que marcharte, cariño —le explica la humana con lágrimas en los ojos. Le da un beso en la frente y cierra la puerta para que el chófer ponga a los caballos en marcha—. Yo iré después, te lo prometo.

—Vamos a estar bien, ya verás —Bruna le sonríe mientras la stoker más pequeña, Gina, solloza.

—Es por el bien de nuestra estirpe —La más mayor, Daniela, delata una actitud mucho más frívola y recta—. Las brujas del reino nos han augurado un buen futuro si seguimos sus consejos.

—¿Habéis visto a las Susurra Sueños? —Lánar sonríe emocionado, siempre ha querido ver magia en persona.

—No, tonto, nunca se dejan ver —le corrige su amiga—. Pero lord Michael Ilia nos ha dicho que esto solo será temporal, así que no te preocupes, estaremos en el palacio antes de que nos demos cuenta.

El carruaje recorre la ruta en mitad del bosque que separa Makabria del sur del continente.

El niño no termina de comprender qué es lo que está ocurriendo y sigue sin hacerlo cuando la primera stoker se baja para montarse en otro vehículo.

Así va ocurriendo durante todo el trayecto, al cabo de varias horas el carruaje se detiene para que otro grupo de inmortales recoja a Bruna.

—¿Nos volveremos a ver? —le pregunta Lánar cuando esta se está despidiendo de él.

—Te escribiré una carta en cuánto pueda, ¿vale?

Al final el niño se queda completamente solo.

El chófer guía a los caballos a través de caminos que se pierden en la espesura del bosque.

No queda mucho para llegar a su destino, Lánar lo sabe porque empieza a vislumbrar el fuego de las farolas en la lejanía.

De repente surge un rugido de la nada y un lobo de gran tamaño se abalanza sobre el vehículo.

El niño se da un golpe y pierde la conciencia, cuando regresa en sí vaga desorientado hasta llegar a Plaguen.

—¿Cómo te llamas, pequeño? —le pregunta una versión joven de lady Olivia que lo abraza en cuanto le ve desvalido. Una humana que aún no ha probado la sangre de vampiro para ser más longeva.

—Lánar.

—¿Y de dónde vienes, Lánar? ¿Dónde están tus padres?

—No lo sé…

La visión se distorsiona para dar paso a la vida que conocemos del chico junto a las humanas que servirían a la Corte de la Noche en un futuro próximo. La cabeza me empieza a doler mientras vislumbro el dibujo borroso que el cadáver nos está mostrando.

—¿Las stokers abandonaron Makabria antes del ataque de la Orden? —Calista se esfuerza en entenderlo todo, pero esto es un puzle incompleto—. ¿Dónde se las llevaron?

—¿Y si el Aquelarre de las Susurra Sueños advirtió al duque Treznor de su caída? —digo con la certeza de que las brujas de la Corte de la Niebla eran diestras en la xuthmancia, la magia de predecir el futuro.

—Empezó a mover sus fichas antes de que los rebeldes lo tuvieran claro… —Edana le pone la guinda al pastel—. ¿Y si eso fue lo que le llevó a utilizar su poder contra su pueblo y negarles la voluntad?

—¿Os podéis callar? No oigo —se queja Seylah, y el resto le hacemos caso.