Corona de huesos y espinas (Corte de agua carmesí 2) 28
41%

28

Me tiro al suelo de barro mientras mi hermana salta por encima de mí y atraviesa a un leopardo con el filo de su lanza. El rojo lo salpica todo mientras ella me ayuda a incorporarme y emprendemos la carrera de vuelta al refugio.

—El olor de la sangre atraerá a más de ellos —me advierte mientras cruzamos la maleza de la selva—. No te detengas.

—¿Sabes que vengo sin dormir?

—Ya descansarás cuando lleguemos. No has sobrevivido a los dominios de los vampiros para que te coma un gato, ¿no?

—No, no..., yo no puedo morir.

La adrenalina recorre mi cuerpo ayudándome a mantenerme en alerta y no perder el equilibrio.

Cuando queremos darnos cuenta otros dos leopardos se cruzan en nuestro camino.

Tengo que aprovechar la humedad de la selva para invocar una estaca de agua que derriba a uno de ellos, el otro acaba siendo ensartado por Sarra.

—¿Desde cuándo dominas la magia de las clamamareas?

—Estar en Plaguen rodeado de brujas me ayudó a mejorar mis habilidades.

—A la reina le gustará saber que puedes protegernos bajo el agua—dice mientras continuamos corriendo.

—Pensé que a las guerreras os entrenaban tanto en la lucha como en la hechicería.

—Pero para saber combatir contra las clamamareas de otras tribus en caso de guerra —Pasamos desapercibidos junto a una zona llena de flores rosas y brillantes para luego recorrer otra con hojas que tenemos que apartar constantemente.

Me tengo que esforzar para no perderla de vista—.

Trent era un experto creando escudos protectores, pero con la ceguera apenas puede protegerse a sí mismo.

Me siento estúpido por no haber sabido aprovechar las enseñanzas de la anciana.

Aunque es un hecho del que no me puedo culpar toda la vida, tengo claro que, de haber actuado de otra manera, sería un tritón completamente diferente al que soy ahora.

Por eso no me puedo arrepentir de mi pasado; de hacerlo, significaría que todo lo que he vivido con Estevian podría no haber ocurrido.

—Ya estamos a salvo —anuncia Sarra ralentizando sus pasos para recuperar el aliento.

A los pocos segundos estamos recorriendo el campamento que mi familia ha improvisado para sobrevivir.

Todos están haciendo algo, cumpliendo su rol en una sociedad que se ha visto obligada a huir del mar.

Por un lado, veo a mis hermanos Auro y Cesit tejiendo redes para pescar, mientras que Krank y Trent limpian flores comestibles para el desayuno.

Por el otro, las sirenas se dedican a todo lo demás.

Calia y San talan árboles para obtener madera, Meral y Tef afilan las armas para mantenerlas listas para la caza, al mismo tiempo que Tora y Adaleh se cruzan directamente en nuestro camino con las lanzas atadas a su espalda.

—Vamos a pescar. ¿Quieres venir, Cirigh?

—me pregunta la más pequeña, la que tiene el cabello plateado y único.

Y aquí me doy cuenta de que las sirenas más jóvenes tienen una personalidad más cálida y cercana—.

Solemos nadar un par de horas al día para poder obtener alimento. No nos alejamos mucho de la orilla.

—Vuestro hermano necesita descansar —responde Sarra mientras yo me limito a sonreír.

—Si seguís allí cuando despierte, iré a veros.

—Ten cuidado con los leopardos, siempre aprovechan cuando nos ven solas.

En cuanto me despido de ellas, desaparecen en la espesura de la selva.

Me quedo de pie unos minutos, observo a cada uno de los miembros de mi familia y suspiro feliz.

A pesar de no estar viviendo en las profundidades del mar, algo que espero poder recuperar pronto, siento que este es mi lugar.

Durante mis días en Plaguen había veces que me sentía sin nada que hacer, desubicado, sin otra obligación que la de mantenerme con vida por el bien del aurane.

Pero aquí es diferente, las pocas sirenas y tritones que quedamos de Laneth somos indispensables.

—¿Vienes o qué? —se queja Sarra junto al triángulo que han improvisado con ramas y hierbas secas. En el interior hay un montón de camas hechas con hojas. En cuanto me acerco a ella me señala la más pegada a la caída del tejado—. Ahí no te molestará la luz del sol.

—Gracias.

En el momento en el que me tumbo y cierro los ojos el sueño acude a mí como el azote de un mar embravecido.

Mi mente viaja lejos de esta isla perdida en mitad de la nada.

De repente estoy en Plaguen cabalgando encima de Airman y recorriendo las calles de la ciudad.

No me puedo negar a mí mismo lo mucho que echo de menos mi vida allí.

Quizá en un futuro pueda regresar. Si la Corte de Agua Carmesí no se hace realidad, siempre me puedo volver un lord de los barrios altos. Lord Cirigh, no suena mal.

Despierto con el sonido del crepitar de las llamas.

Me incorporo lentamente y salgo de la cabaña improvisada, por llamarlo de alguna manera porque es un triángulo partido a la mitad.

Laneth está alrededor del fuego manteniendo una temperatura estable debido al frío de la noche.

Hay peces vivos en cubos de madera, en el momento en el que me acerco a ellos Trent me sorprende:

—Solemos comer uno al día para darle durabilidad a las provisiones —me explica haciendo florituras con la rama que le sirve de apoyo.

—¿Habéis probado a cocinarlos?

—¿Qué?

Atravieso uno de los peces con uno de los palos y lo coloco al fuego. Mis hermanas se quedan absortas mientras el aroma a pescado embriaga nuestras fosas nasales. Nadie dice nada, simplemente se limitan a dejarse embelesar por el sonido del fuego y el perfume de la comida recién hecha.

—Sabe diferente... —comenta Adaleh cuando les dejo probar un poco.

—A mí me gusta —secunda Meral—. A la reina no le gustará.

—Pues entonces será mejor que no se entere—bromeo consiguiendo dibujar sonrisas en sus rostros.

La descendencia de la corona de huesos y espinas es respetuosa en todo momento.

Me dejan comer tranquilo para poder racionar la pesca.

Hablan sobre la organización del día siguiente, siempre hay las mismas tareas, pero intentan turnarse para que no sea repetitivo.

Por lo tanto, mañana cambiarán en sus roles de pesca, caza, defensa del refugio y cuidados de la reina.

Aunque los tritones seguirán tejiendo redes y limpiando las flores comestibles para el resto.

—¿Cómo estás, gran anciana? —le pregunto a mi abuela cuando la veo beber de un cuenco con agua dulce y hierbas aromáticas. La mujer está completamente desnuda, sus pechos prácticamente rozan la altura de su estómago mientras las pinturas rituales canalizan la voz de la diosa.

—Hola, Cirigh —Su voz suena igual a la de alguien que ha estado haciendo ejercicio todo el día—. Me alegro de verte con vida. Rysantha escuchó mis plegarias cuando le pedí ayuda y te trajo hasta aquí.

—¿Por qué no descansas, Anelith? —pronuncio su nombre porque, al haberlo hecho ella, me ha dado permiso para hacerlo.

—Porque la reina se muere y no puedo hacer nada para sanarla.

—No, no, no... Seguro que podemos encontrar una solución —Me acerco a ella, pero no la toco, nadie puede rozar la piel de la anciana de la tribu, eso cortaría su conexión con la diosa.

Me agacho para colocarme a su altura, no quiero que se levante de la roca en la que se mantiene sentada—. ¿Has probado todos los antídotos?

—Los que sé y los que no también...

Sus ojos son azul oscuro con ápices de marrón que anteceden a las arrugas de su rostro, las cuales cuentan vivencias que solo ella conoce.

Su respiración se va tranquilizando según va tomando la sopa fría.

Contemplo los árboles junto a los que está sentada, todos han sido marcados por la punta de la piedra afilada que sostiene a modo de pluma.

Más que los límites de una selva parecen la galería de arte de algún artista.

No solo hay textos en sirénido, un conjunto de letras formadas por triángulos, círculos, surcos y líneas rectas.

Sino que también hay dibujos, al más puro estilo de jeroglíficos antiguos, que evocan diferentes individuos cuyo destino desconozco.

—Una vez escuché a Rysantha —Empiezo a hablar intentando descifrar las historias que guardan los troncos de los árboles.

La anciana no dice nada, decido continuar hablando para que descanse de todo el esfuerzo que está haciendo por darnos una segunda oportunidad—.

Ocurrió cuando el aurane estaba a punto de abrirse para dar a luz a los inmortales que había absorbido en mi recorrido en el Continente de la Banshee.

Me dijo que si expulsaba a los vampiros me mostraría el camino hacia vosotros.

—¿Escuchaste la voz de la diosa? —A la anciana se le resbala el cuenco entre los dedos cuando se incorpora para colocarse detrás de mí—. ¿El mar te ha regalado visiones?

—Sí, y no ha sido la primera vez. Cuando me sentía solo y perdido también me mostró a los reyes de Laneth luchando contra las caribdis —Mi voz suena inocente mientras me limito a no apartar la mirada de los dibujos.

Reconozco las tres reliquias de poder: el orbe, el grimorio y el cetro—.

Ella cuida de nosotros, aunque no tenga fuerzas para mostrarse.

Ya sabes, las diosas han perdido su poder, pero siguen presentes en sus hijos.

De repente mi abuela quebranta las leyes del mar, agarra mi mano con la suya y la guía hasta tocar uno de los troncos de madera.

Al instante los textos y los dibujos empiezan a brillar de un intenso color azul.

Lo hacen de la misma manera en la que lo hizo el altar de piedra justo antes del parto del aurane.

Siento una corriente eléctrica, un pequeño chispazo que me sobresalta de tal manera que tengo que dar un paso atrás para asegurarme de que está bien.

—¿Cómo es posible? —La anciana no da crédito a lo que está viendo.

—¿Qué? ¿Qué he hecho?

—Pensaba que mi magia se estaba debilitando, pero estaba equivocada. Rysantha te ha elegido para ser el próximo guía de Laneth.

—¿Eso qué significa?

—Tú eres el encargado de descifrar el destino de nuestro reino, tienes el poder de una anciana del mar, de una chamana del océano, de un elegido...

No digo nada, no cuando la respiración se me entrecorta.

Mi abuela rebusca en los cuencos que guarda a escasos metros de ella, se pone a mezclar el contenido de diferentes colores a una velocidad que me deja estupefacto.

Después se propina un corte con su pluma de roca y vierte su propia sangre.

Al instante surge una pequeña explosión y una humareda que no tarda en desaparecer:

—Bebe, tienes que completar la transición —No me da tiempo a responder, me agarra la barbilla y me obliga a hacerlo.

—¡Agh! —El sabor es tan desagradable que casi estoy a punto de vomitar. Una mezcla de aromas agrios, picantes y calientes—. ¿Qué se supone que estoy haciendo?

—Ver lo que yo veo —responde ella al tiempo que agarra mi mano de nuevo y la lleva al tronco más cercano—. Busca la cura para la reina, busca la forma de devolvernos al hogar.