27
Ninguna de mis hermanas, ni hermanos, están desnudos.
Han conseguido confeccionar sus conjuntos a base de hojas de palmeras y lianas.
Una idea que acabo admirando cuando me visten con un taparrabos verde.
Las sirenas han aprendido a sobrevivir en tierra firme, aquí no tenemos protección contra las bajas temperaturas de la noche.
Ahora entiendo por qué las guerreras tenían entrenamientos fuera del agua, para poder afrontar cualquier problema en caso de invasión enemiga.
Sarra me aleja del poblado y me conduce a través de la frondosidad de la selva.
De día todo cambia y se vuelve más hermoso.
Camino con los ojos abiertos de par en par mientras contemplo la infinidad de colores que se muestran frente a mí.
Hay aves cuyos colores son tan llamativos que es imposible no mirarlas.
Animales peludos que saltan de rama en rama y flores cuya belleza me incita a no tocarlas.
—¿Cómo perdió nuestra reina el brazo? —Me atrevo a preguntar intentando seguir el ritmo de Sarra.
—Fue una hembra, parecía la líder porque encabezaba a las demás—Ella no se detiene, simplemente baja un poco el ritmo para recuperar el aliento—.
Entró en la caverna del trono mientras la reina Velra nos comandaba hacia la batalla.
No sé por qué lo hizo, Cirigh. A veces pienso que la caribdis se quedó absorta con la corona de huesos y espinas.
Que sabía que ella era la reina y por eso le atacó.
—No tendría sentido, son criaturas salvajes...
—La reina luchó contra ella para que las demás pudiéramos escapar.
Las otras ya estaban acabando con nuestras guerreras cuando yo regresé para asegurarme de que Velra estaba bien —Entonces me mira y sus ojos están inyectados en ira—.
Ese monstruo le arrancó el brazo de cuajo para que no pudiera empuñar la lanza.
Conseguimos escapar gracias a las clamamareas que se sacrificaron por la realeza de Laneth.
—Y que su partida al Otro Mar no haya sido en vano —pronuncio a modo de plegaria una vez nos ponemos en marcha.
—Han evolucionado, Cirigh. Son más fuertes. La anciana dice que surgieron de la noche del Midna...
—Nacen de Plaguen, al menos la especie que está conquistando alta mar —Me sincero al instante—. Del primogénito de Illythia, aunque esta vez hubo un caído que les dio su sangre para volverlas más fuertes.
Sarra se detiene de golpe y me mira intentando creerme.
Pero yo no tengo ninguna intención de mentirla, son mi familia, mi razón para volver junto a ellas.
Por un momento temo haber pecado de ser sincero, pero después recuerdo que entre sirenas no existen las mentiras ni la persuasión, solo la verdad y la guerra.
—Nuestras enemigas nacen de la oscuridad de los no muertos... —susurra agarrándome el brazo e ideando un plan—. Eso explicaría por qué nunca salen a la superficie cuando es de día...
—¿Qué intentas explicarme?
—Que si pudiéramos convocar luz solar en nuestro hogar, eliminaríamos a la matriarca caribdis.
—¿Y cómo pretendes hacer eso?
—¿No prestabas atención a las enseñanzas de la anciana?
—Bueno... —me intento excusar, pero no tengo escapatoria.
—¿Nunca te han contado el cuento de la sirena de Aeriel?
—Sí, eso sí... Se enamoró de un humano y le pidió a la anciana que sus piernas duraran eternamente para no depender del océano —recuerdo el cuento porque me lo han contado tantas veces que forma parte de mi propio ser—.
Para que el hechizo surtiera efecto, el humano le tenía que dar un beso de amor verdadero...
—Sí, sí, sí..., no lo hizo y la sirena se convirtió en espuma de mar —Sarra pone los ojos en blanco—. No es ese el punto al que quiero llegar. El humano le enseñó la magia del sol y esta se la transfirió a su pueblo.
—¿En serio? ¿Eso se puede hacer? ¡Ay! —Ella me pellizca molesta—. Entonces es fácil, vamos a Aeriel, reclutamos a una hechicera del sol y le pedimos que limpie nuestro hogar de esos monstruos.
—¿Y cómo pretendes nadar hasta allí?
—¿Nadar? —Miro hacia mis pies y muevo los dedos—. Aeriel está cruzando los dominios humanos y Rysantha nos dio la capacidad de adaptación para algo. No he vivido dos meses entre vampiros para nada, ¿no?
—¿Pretendes mezclarte entre humanos y cruzar tierra firme para llegar hasta Aeriel? —Yo asiento con la cabeza—. ¿Desde cuándo te has vuelto tan valiente?
—Desde que aprendí a mentir, es superfácil, tengo que enseñártelo.
La esperanza de recuperar nuestro reino se sitúa en la otra punta de Valhía, lejos de Estevian y todo lo que he conocido bajo la noche eterna.
Aunque haya una pequeña probabilidad de que este plan salga bien, tenemos que aferrarnos a ella como lapas.
Retomamos el camino mientras el sonido del agua llena mis oídos.
Podría ser un río, pero el rugido es mucho mayor.
—Ya hemos llegado.
La vegetación se aparta para mostrarnos una laguna de aguas cristalinas tras el cántico constante de una catarata.
El lugar está repleto de plantas de agua dulce y animales que no suponen ninguna amenaza.
Hay tortugas gigantes y caballos salvajes bebiendo allí.
Una paz que mi hermana perturba en el momento en el que se zambulle en el agua y su cuerpo se cubre de brillantes escamas de color verde coral.
—¿Qué haces?
—Solíamos venir aquí para estirar la aleta —explica Sarra con una sonrisa de oreja a oreja.
Con esa apariencia no parece una depredadora, más que eso, en Plaguen pagarían cantidades exageradas de oro por compartir lecho con ella—.
Cuando descubrimos que había plantas medicinales que podíamos usar a nuestro favor.
No pierdo ni un solo segundo y me lanzo a su lado. En un abrir y cerrar de ojos mi cola de brillantes escamas azules me ayuda a mantenerme a flote. Mi hermana se queda boquiabierta mientras me observa, como si algo hubiera cambiado en mí.
—¿Qué le pasa a la reina? ¿Por qué está enferma?
—Las nuevas caribdis tienen veneno en sus dientes —explica ella, después buceamos y sus palabras se tornan chasquidos—. La anciana intenta buscar una cura escuchando los susurros de Rysantha, pero solo le está haciendo tallar historias que no tienen sentido.
—¿Qué tipo de historias? —pregunto cuando veo como Sarra recoge algas que identifico como acerrinas, plantas que cultivábamos en Laneth y que utilizábamos para sanar las heridas que nos causaban los corales dorados.
—Pues ella dice que es el mito de las tres hermanas y el origen del mundo, pero yo creo que hay algo más. ¿Qué sentido tendría que nuestra diosa le hiciera interpretar eso?
Imito a mi hermana en cada uno de sus gestos para poder cosechar la acerrina con la misma maestría con la que lo hace ella.
Seguimos hablando de las tres hermanas, de las reliquias de poder y de lo poderosas que serían las razas de Valhía si no tuvieran limitaciones.
A Sarra no le falta razón cuando me dice que si los vampiros pudieran caminar bajo el sol acabarían conquistándolo todo.
—¿Crees que podrían cabalgar a las caribdis con sus poderes de control mental?
—Qué va, en verdad los textos de nuestro hogar están muy equivocados —explico una vez salimos del lago y caminamos desnudos por la selva—. Solo una estirpe vampírica tenía el poder del control mental y se encargaron de eliminarlos.
—¿Entonces no devoran todo lo vivo a su paso?
—No, no..., ni son asquerosos y repugnantes —No puedo evitar pensar en Estevian, en sus besos, en sus caricias..., en todo el tiempo juntos. Se me escapa un suspiro—. Son todo lo contrario.
Sarra me ignora por completo, mete la mano detrás de unos arbustos y saca una lanza hecha con madera y piedra afilada.
En ese momento me doy cuenta de que la sociedad submarina de Valhía es muy diferente a la de tierra firme.
Así como en Plaguen los stokers Ilia tienen un vínculo inquebrantable, en Laneth todo es más frío y salvaje.
Algo que no me extraña ya que llevo conviviendo con eso toda la vida.
La relación que tengo con mis hermanas y hermanos se podría comparar con la que tiene la Corte de la Noche con el servicio, solo nos comunicamos cuando es necesario.
Ni siquiera llamamos a la reina Velra mamá.
Pues para nosotros el alumbramiento de las crías no genera ningún tipo de acuerdo entre almas, es solo un evento necesario para evitar la extinción.
—Camina silencioso, hay bestias que cazan en las cercanías de nuestro refugio —comenta mi hermana mientras me da otra arma.
No aparto la mirada de ella. Aunque camine agazapada y se asegure de que nada nos haga daño, no puedo olvidar todo lo que he vivido a su lado.
Con Sarra y con el resto de mis hermanos.
A pesar de la frialdad afectiva que existe en nuestra especie, eso no quita el hecho de que lo hayamos pasado bien durante nuestra vida.
He jugado al Pescado y el Tiburón un centenar de veces, se me da bien esconderme.
También he asistido a las competiciones de las guerras por las Perlas de Honor.
—¡Al suelo, Cirigh!