26
—¡Cirigh! —escucho en mi idioma natal.
Cuando la lanza cae al suelo puedo ver como mi hermana sale de la espesura y coloca su frente sobre la mía.
Las lágrimas no surgen de mí cuando la tengo delante.
A pesar de que la haya echado de menos, lo que verdaderamente me produce dolor es ver su melena verde alga cortada hasta la altura de su mandíbula.
Un tono que me recuerda a mi querida Astiarte.
—Tu pelo... —sollozo acariciando su cabello e intentando recordar la majestuosidad del pasado.
—No pasa nada, hermano... —Ella se quiebra por dentro mientras se asegura de que no haya sufrido daño alguno—. En tierra firme es más cómodo así.
—¿Qué ha pasado? —Pero no puedo seguir hablando, no con el picor en mi piel.
—Espera, esto te aliviará hasta que la anciana te cure —Mi hermana se esfuerza por impregnar mi pierna con el barro húmedo del suelo.
—¿Y madre?
—Ven, se alegrará de verte.
Sarra recoge su arma al instante y me arrastra a lo profundo de la selva.
Camina con maestría, como si Rysantha también la guiara aquí.
Recorremos la isla durante largos minutos.
Ella utiliza su lanza para apartar las plantas venenosas de mi lado y espantar a los animales que pretenden atacarnos.
Es entonces cuando veo la hoguera crepitar en el centro de un hogar improvisado.
—¡Cirigh ha vuelto! —chasquea mi hermana mientras mi familia se acerca a mí.
—¿Cómo estás? —Meral es la primera en posar su frente sobre la mía, un saludo típico de la gente del mar.
—¡Cuánto has cambiado! —continúa Calia, que se mantiene firme sabiendo que es la heredera de la corona de huesos y espinas de Laneth.
Poco a poco me van saludando todas mis hermanas las cuales lucen colores de cabello de lo más variados.
Así como en alta mar todo se resume al gris y al negro, aquí hay más que un arcoíris.
La gran mayoría de ellas lucen un cabello de colores como el verde, el azul o el rojo.
Aunque Adaleh, que es la sirena más pequeña, poco mayor que yo, lo tiene plateado.
Lo que todas tienen en común es que han perdido sus largas melenas para no entorpecer sus sentidos en tierra.
—Cirigh, ¿de verdad eres tú? —Las sirenas se apartan para dejar pasar a mi hermano Trent, el cual se ayuda de un bastón de madera para guiarse.
—Tus ojos... —Mis labios hablan solos mientras observo sus párpados pegados.
—Nos topamos con calamares ígneos en nuestra huida de Laneth —Auro le sigue de cerca mientras Krank y Cesit le ayudan a no caerse.
Les saludo con el cariño de un niño que lleva meses alejado de su familia. Intento buscar al resto, pero no hay rastro ni de Lorak ni de Malt, los tritones más cercanos a mi edad. Sarra niega con la cabeza mientras mis hermanos me invitan a visitar a mi madre con la promesa de hablar más tarde.
—Rysantha te ha traído de vuelta —comenta la anciana sin apartar la mirada de las letras que está tallando en la madera de un árbol—. Nuestra tribu no está tan perdida después de todo.
—Me alegro de verte, abuela...
No dice nada más, continúa marcando los troncos que rodean el refugio que han improvisado lejos del mar. Cuando la anciana de la tribu está comunicándose con nuestros ancestros, no podemos interrumpirla. No es de extrañar que las inscripciones que va dibujando nos den las respuestas que necesitamos.
—Madre... —Mi voz se quiebra cuando veo a mi progenitora tumbada y rodeada por el humo de diferentes plantas curativas que arden a escasos metros de ella. Mis ojos se clavan en su brazo derecho seccionado a la altura del codo—. ¿Estás bien...?
—¿Cirigh? —Ella me mira y su sonrisa llena el abismo que ha nacido en mi corazón—. ¿Cómo has sobrevivido? ¿Cómo has llegado hasta aquí?
—Estuve en el Continente de la Banshee, han cuidado de mí.
—¿Los caídos?
—Sí, los vampiros no son tan malos como creíamos. Allí hay más sirenas —hablo apresurado como si el tiempo corriera en mi contra. Después cojo aire, me siento a su lado y decido explicarme con total claridad—. Conocí a Aligarra, la reina de Thalin. Vive allí porque se enamoró de un lord nocturno...
Velra, mi reina madre, me presta atención mientras le cuento todo lo que he vivido.
No me corto a la hora de explicarle que estoy enamorado de Estevian, necesito que comprenda por qué estoy vivo y cómo he llegado hasta aquí.
Me ahorro todo lo relacionado con las caribdis y el general Rhain, no quiero disgustarla más de la cuenta.
Entonces llega el momento en el que su rostro se hiela y sus labios muestran ligeramente sus dientes.
—... di a luz a tres vampiros después de que Rysantha me enseñara el camino hasta vosotras.
—¿Has utilizado tu aurane para gestar caídos? —Su voz suena enfadada mientras su gesto se torna altivo—. Eso es una abominación para nuestra especie.
—Madre, Cirigh está vivo y ha vuelto a casa —Sarra sale en mi defensa. Me alegra ver que no ha perdido la práctica con el paso del tiempo.
—¿Y vosotras? ¿Cómo ocurrió?
—Seguiremos más tarde —chasquea mi hermana cuando el firmamento lleno de estrellas empieza a ser sustituido por la luz de la mañana—. Vamos a dejarla descansar...
—Aparecieron de la nada... —Pero mi madre no tiene ninguna intención de dormir—...
arrasaron con todo a su paso y destruyeron nuestro hogar...
—Empieza a toser y Sarra se apresura a llegar a su lado y ayudarla a incorporarse para que pueda continuar hablando —Estábamos preparándonos para invadir la noche del Midna.
Todos menos tus hermanos íbamos a hacerles pagar por arrebatarte de nuestro lado.
Tras la muerte del rey Trogh tuvimos que asimilar que Valhía estaba cambiando.
Las guerreras estaban armadas hasta los dientes y las clamamareas habían descansado lo suficiente como para volver a conjurar.
Pero entonces aparecieron decenas y decenas de ellas, como una marea negra cuyo único cometido era invadir los océanos —continúa débil—.
Las hechiceras se quedaron para protegernos mientras las guerreras nos escoltaban lejos de las cuevas que se desmoronaban ante el paso de los monstruos.
Solo la realeza se salvó, y no todos porque Lorak y Malt decidieron luchar para darnos al resto una nueva oportunidad.
—Yo... —balbuceo al ver como una lágrima se desprende del rostro gélido de mi madre.
—Hemos sobrevivido porque Rysantha así lo ha querido —dice ella con la respiración agitada—. Tenemos que devolverle a Laneth el esplendor del pas...
—Tienes que descansar, madre —dice Sarra después de que ella deje de toser—. Iré con Cirigh a buscar más plantas.
Nuestra reina se tumba, más por obligación que por necesidad.
A su lado permanece la corona de huesos y espinas, un objeto de color blanco apagado solo utilizado por la mejor sirena de Laneth.
Nadie sabe cómo hizo nuestra diosa para elegir a las líderes de cada reino, así como los stokers disponen de una sangre que les otorga dones especiales, las reinas sirenas ganan una Voz Azur con la capacidad de hacer temblar los cimientos del mundo.
También se les endurecen las escamas para poder luchar contra sus enemigos.
Espero que, cuando yo sea el rey de mi propia corte, Rysantha me premie con algún don especial.