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Cirigh de Laneth
Descanso tumbado en el interior de una cueva submarina.
Puedo ver el suelo a escasos metros debajo de mí, por lo que decido que es un lugar seguro para poder tomarme un respiro.
Llevo nadando tres días desde que abandoné la noche eterna, la corriente me condujo hasta las aguas cálidas que caracterizan el mar de Laneth.
Mi instinto me dice que estoy a un día de la isla a la que mi familia huyó, pero tengo que parar, necesito descansar.
Sin fuerzas no soy un rival digno para nadie y tengo que proteger a las mías si quiero ser de utilidad.
Me apoyo en los brazos mientras contemplo la infinidad del fondo marino.
Todo tiene una belleza singular cuando los rayos del sol se tornan débiles aquí abajo.
El suelo está lleno de vegetación, columnas de algas que ascienden casi hasta la superficie y peces cuyas escamas empiezan a brillar según va atardeciendo.
Por suerte para ellos tengo el estómago lleno, los peces payaso me han dejado completamente saciado.
Estoy enamorado del mar tanto como de Estevian.
Estar aquí, aun con la amenaza constante de mi enemiga natural, me hace feliz.
Podría enumerar cada uno de los animales que nadan ahí afuera, pero, sin duda, las más hermosas son las rayas celestiales, cuyas constelaciones resplandecen en la oscuridad.
Sus dimensiones son tan colosales que, si se quedaran quietas en la superficie del agua, las confundiría con el reflejo del firmamento nocturno.
Sus movimientos son tan lentos que me relajan, incluso cuando las veo comerse a los calamares ocultos entre las rocas, consiguen dejarme completamente hipnotizado.
Cierro los ojos y me concentro en la inmensidad azul que perciben mis oídos.
En el momento en el que me quedo dormido mi cuerpo se vuelve completamente invisible.
Ese es el verdadero regalo de Rysantha, un poder que tiene toda mi especie, por eso nunca nos pillan desprevenidos.
Es una adaptación que adquieren nuestras escamas grises cuando estamos en mar abierto.
Se podría llegar a comparar con algún tipo de mancia, pero la verdad es que no necesitamos canalizar ningún hechizo para que esto ocurra.
A pesar de eso, seguimos siendo tangibles y los depredadores pueden percibir nuestro olor si se lo propusieran.
Por eso prefiero descansar en tierra firme, aunque esta vez no he encontrado ninguna isla cerca.
De pronto escucho un rugido atronador que me hace despertar.
En cuanto abro los ojos, contemplo cómo dos bestias luchan en el mismo lecho marino que antes admiré.
No hay más peces allí, solo las caribdis que se golpean con sus tentáculos buscando reclamar el territorio como suyo.
Me quedo completamente quieto, inmóvil, intento no hacer ningún movimiento brusco.
Las criaturas rugen y chillan mientras intentan morderse el cuello la una a la otra.
Entonces me percato de que son especies completamente diferentes.
La primera, la de los ojos oscuros, tiene un cuerpo más delgado y ágil, quizá sea así como las recuerdo.
La segunda, en cambio, dispone de una mirada brillante y carmesí que evoca el fulgor de los vampiros de Plaguen.
Esta presenta músculos que jamás había visto.
Ambas pelean sin piedad mientras sus aletas les dan la movilidad que necesitan para no ceder ante la presión de la otra.
—Son especies diferentes... —chasqueo para mí mismo—. Entonces... ¿no nacen del Antiguo?
La lucha es tan intensa que tengo que nadar lejos de la cueva para evitar que los monstruos me sepulten bajo ella.
Ninguna de las caribdis se percata de mí, por primera vez en días continúo mi viaje de noche.
Dudo mucho que haya más de ellas cerca. Si dos están luchando por su territorio las otras también se meterían de lleno en la pelea.
Mis ojos se adaptan a la oscuridad a la perfección mientras mi aleta me otorga la velocidad para alejarme de mi última guarida.
Opto por ascender hasta la superficie y saltar fuera repetidas veces para aprovechar el impulso de la caída y aligerar mi nado.
Una estrategia que podría ser peligrosa a plena luz del día, pero el amparo de la luna me oculta de mis enemigos.
No hay barcos navegando a través del mar, incluso cuando amanece no veo a nadie surcando las aguas de Valhía.
Un hecho que me sorprende, pues las tribus de sirenas siempre nos hemos mantenido al margen para evitar conflictos en alta mar.
Por eso mis hermanos y yo hemos vivido ocultos durante siglos, protegiendo el aurane para sobrevivir.
Sigo nadando mientras la emoción de ver a las mías se apodera de mi aleta y me impide pensar siquiera en descansar.
No como, no dejo que la imagen de Estevian me torture y me haga retroceder en mi recorrido.
Esto es lo que quiero, esto es lo que he necesitado desde el mismo momento en el que acabé perdido en Plaguen.
Rysantha me guía a través del océano haciendo que sus mareas me ayuden a continuar.
Antes de que pueda darme cuenta, la luna llena ilumina la misma isla que la diosa me enseñó en la visión.
Me arrastro por la arena y me restriego sobre ella para secarme la aleta.
Recuerdo a Astiarte y Canderra cuando nadaban en la piscina de la mansión de Aligarra.
Entonces me doy cuenta de que no me tengo que preocupar de secar mis escamas para que se recubran de falsa piel, estaba equivocado.
Mi voluntad se tiene que centrar en invocar mis piernas al igual que lo hago cuando conjuro nolmancia.
Corro, lo hago sin mirar atrás y sin importarme estar completamente desnudo.
Me alejo del agua y me pierdo en la selva.
El sonido del mar cambia radicalmente a la danza de la fauna que habita aquí.
Escucho el ulular de las aves nocturnas o el zarandeo de la copa de los árboles mientras los depredadores más pequeños buscan a sus presas.
De repente mis pies se detienen y mi corazón empieza a palpitar con fuerza.
Estoy perdido, inmerso en un lugar desconocido y salvaje.
Más que todo eso, no escucho los susurros de Rysantha, mi instinto se apaga mientras mis ojos buscan desesperados algún indicio de que mi familia está aquí.
Descalzo y desarmado, intento no llamar la atención.
Giro hacia un lado y a los pocos minutos siento que he vuelto al punto de origen.
Pero no escucho el romper de las olas en la orilla del mar.
La humedad de la selva produce pequeñas gotas de agua que caen sobre mis hombros y se deslizan por mi espalda mostrando escamas azules y brillantes.
Si quería permanecer en sigilo, acabo de fracasar en mi propia misión.
De golpe y porrazo me acabo convirtiendo en un faro andante.
De nuevo esa sensación de sentirme observado por algo más peligroso que yo.
Me quedo completamente quieto mientras percibo el agua que precede a los movimientos silenciosos de mi acechador.
No sé de dónde saco la habilidad para convocar un escudo instantáneo que me protege del ataque de un leopardo que se abalanza sobre mí.
La energía de mi magia le hace salir despedido por los aires, lo que me da el tiempo suficiente como para empezar a correr.
Conozco al animal por los textos tallados en piedra de Laneth.
Mis hermanas han explorado las islas cercanas a mi hogar durante décadas, incluso las guerreras las entrenaban en la lucha de tierra firme.
Pero a mí no y lo único que puedo hacer es huir.
Podría utilizar la mancia del agua y acabar con el animal, pero eso podría llamar la atención de algo peor.
Salto las raíces que se interponen en mi camino para dejar que mis huellas se marquen en el barro.
De pronto me tropiezo y caigo, dando vueltas, a través de una colina que alguien ha colocado con mala conciencia.
Ruedo hasta que acabo cayendo en un barrizal espeso y con la capacidad de entorpecer mis pasos.
Si mi piel fuera completamente humana, seguramente estaría repleta de arañazos y heridas, por suerte soy un tritón y hacen falta más que unas ramas para hacerme daño.
No me detengo ni un solo minuto, así como he nadado de manera incesante, sigo buscando a mi propia especie.
Por un momento temo lo peor, probablemente haya depredadores diferentes al leopardo que he dejado atrás.
La isla se me antoja enorme, igual o más de lo que es Plaguen para mí.
A diferencia de la ciudad de los vampiros, aquí no hay calles ni rutas que dibujan destinos variados.
Los árboles, las flores y las montañas forman un laberinto en el que me voy perdiendo más y más.
—¡Ah! —grito cuando mi pierna roza un arbusto de color rojo.
Poco a poco la piel se me enrojece y mis escamas empiezan a picarme con tanta intensidad que me obliga a rascarme sin cesar. Me alejo de las plantas más llamativas y avanzo con torpeza sin dejar de calmar el picor enfermizo que me hace perder la concentración.
—No te muevas —escucho en la espesura de la selva. No sabría identificar si es una voz masculina o femenina, lo único que sé es que me está apuntando con una lanza afilada.
—No puedo no moverme... —me escuso sin dejar de rascarme—. No quiero problemas, no soy un enemigo.
—¿De dónde vienes y dónde está tu bar... barrco? —Su acento y la intensidad de sus “r” le delatan como un igual. Un defecto que yo ya he perdido.
—Soy Cirigh —pronuncio en sirénido.