Corona de huesos y espinas (Corte de agua carmesí 2) 23
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El mar me da la libertad que necesito. Nado permitiéndome divertirme con todo lo que me rodea.

A pesar de que sigo bajo la noche eterna, eso no me impide jugar con la arena u observar la vegetación que se agita ante mi presencia.

Tengo los sentidos activos, no puedo olvidar que las caribdis son una plaga que azota el agua.

Pero ni ellas van a impedir que un tritón disfrute de su hábitat natural.

Giro sobre mí mismo, abro los brazos o formo grandes “s” en mi recorrido mientras la poca fauna se aleja de mi danza.

No soy consciente de lo mucho que he extrañado esta sensación hasta que me doy cuenta de que aquí las leyes de tierra firme son innecesarias.

Desciendo por la colina de una formación rocosa repleta de coral.

Aún en la oscuridad de la noche, hay plantas bioluminiscentes que forman rutas brillantes que se pierden lejos de la superficie.

Me quedo obnubilado con todo lo que me rodea, es como si estuviera nadando por primera vez.

Las luces me hipnotizan y me arrastran lejos de la tormenta que se lleva a cabo al otro lado del agua.

De pronto la profundidad marina se convierte en un abismo cuyo final me deja completamente congelado.

El terror sacude mis escamas ante la sensación de sentirme observado por algo escondido en la oscuridad del fondo marino.

Tengo que seguir avanzando si quiero cruzar la línea del Midna y coger las corrientes hacia mi hogar.

La imagen de mi tribu abandonada en una isla me da el estímulo suficiente para emplear mi fuerza sobrenatural y nadar a gran velocidad.

Estoy cruzando la inmensidad negra cuando dos ojos rojos de gran tamaño surgen de la oscuridad y se clavan en mí, el tritón solitario que intenta cruzar el abismo.

Entonces lo veo, el mismo monstruo que lleva rivalizando contra mi especie durante siglos, una criatura que nada hacia mí con las fauces abiertas en flor.

Sus bramidos contienen gritos y chasquidos desesperados.

La caribdis está famélica, la noto delgada, pequeña, puede que incluso no esté en su plena adultez.

Me envuelvo con una burbuja protectora para evitar el golpe de sus tentáculos, sigo nadando, no me puedo detener.

En el momento en el que está a punto de atraparme, otra de dimensiones titánicas, surge de la oscuridad y la devora.

La primera se lamenta con tanta intensidad que me llega a dar pena.

Aun así, no pierdo ni un solo segundo y continúo nadando, aterrado porque la más grande me ha fijado como su próximo bocado.

Extiendo las manos para crear una suave corriente de agua que me propulse a gran velocidad.

Tengo la intención de llegar a la luz del Midna y refugiarme en la primera isla que encuentre.

La nolmancia me ayuda a ser una presa complicada para la caribdis.

Incluso cuando salgo de los dominios del Antiguo y el sol acaricia mis escamas, no me detengo.

De pronto me doy cuenta de que la criatura no me persigue, como si la frontera entre día y noche fuera una barrera para ella.

Comprendo que es débil a la luz solar y que eso me da una gran ventaja para llegar a la ubicación de mi tribu.

Quizá la sangre del general Rhain ha debilitado a las caribdis de alguna manera, aunque entiendo que tendrán nuevas habilidades que desconozco.

Emprendo un movimiento de aleta mucho más lento para no cansarme. Acaricio la perla que cuelga de mi cuello mientras pienso en que los ciclos solares y lunares de la parte humana de Valhía me traerán problemas. De noche las nuevas caribdis son imparables.

En cuanto encuentro una isla me arrastro por la arena de su playa y espero la llegada de mis piernas. Camino desnudo por el interior mientras busco un lugar en el que descansar. El atardecer está llegando en el horizonte y temo un ataque mucho peor.

—Nos veremos pronto —le susurro a la parte del Midna cubierta por la tormenta del Antiguo.

En el momento en el que empiezo a moverme por el interior de la isla, mi cuerpo se queda completamente paralizado.

Ahí están los restos de la hoguera que Estevian y yo hicimos durante los días que pasamos alejados del Continente de la Banshee.

Mis rodillas empiezan a temblar mientras los recuerdos me golpean gritándome una y otra vez que tengo que volver con mi vampiro.

—Algún día... —me digo a mí mismo para calmar la añoranza que poco a poco va creciendo en mi interior. Sé que pronto nacerá un vacío tan grande como el abismo marino, por eso tengo que aprovechar ahora antes de que el dolor sea demasiado grande para mi corazón.

Me tumbo bajo el amparo de un cocotero. No tengo hambre, solo necesito descansar.

Me quedo mirando al cielo mientras el azul se va cubriendo de colores rosas y anaranjados hasta que empiezan a brotar las estrellas.

Me gusta imaginar que son peces luminosos que nadan por el firmamento comiendo algún tipo de plancton que no puedo ver.

El instinto de hogar en las sirenas funciona de una manera muy similar al que tienen las tortugas marinas de Valhía.

Las madres depositan sus huevos bajo la arena de la playa y se marchan a continuar con su peregrinaje.

Así como Rysantha guía a las crías para que salgan del cascaron y encuentren a su progenitora, mi diosa también me conduce hacia mi familia: incluso si mi madre o la anciana fallecieran, podría reencontrarme con mis hermanas.

No sé en qué momento me he quedado dormido.

Cuando me despierto me zambullo en el agua salada y continúo con mi viaje.

Desciendo deslizando las manos por la arena, las algas y el coral.

Como los primeros peces que se cruzan en mi camino, en su totalidad animales de llamativo color amarillo y azul.

Los varioles tienen una glándula venenosa para muchos depredadores, pero no para mi especie.

También aprovecho el cantar de los mejillones pegados a las rocas y les doy un bocado.

Me encantan, todos los moluscos me causan adicción.

Me dirijo a los túneles de viento submarinos que se ocultan en las profundidades del mar para acelerar mi nado.

Justo en el momento en el que atravieso un aro de piedra que me facilita el descenso veo una corriente marina cruzando el abismo de oscuridad en el que intuyo que no hay nada bueno.

Me apresuro para llegar a ella cuando escucho un chasquido débil.

Una parte de mí se resiste a mirar y centrarse únicamente en llegar a mi destino.

Pero la otra parte se muere de curiosidad por ver qué es lo que está sufriendo, aunque eso signifique afrontar el ataque de un nuevo enemigo. Acabo cediendo.

Entonces la veo, no mide demasiado, calculo que la misma longitud que hay desde mi muñeca hasta mi codo.

Es una caribdis, sí, pero es una cría al borde de la muerte.

Está escondida en una pequeña cueva marina que la oculta del sol.

Me maldigo una y otra vez a mí mismo mientras me acerco a la criatura.

—¿Todo bien, pequeña? —le pregunto en mi idioma natal.

La cría levanta la cabeza y me mira, puedo leer la pena en ella.

A diferencia de todas las que me he encontrado en mi vida, esta caribdis no tiene los ojos rojos, lo que me indica que no hay rastros de Plaguen en ella.

Su boca pronuncia un suave lamento, como el de un delfín, y automáticamente siento que tengo que ayudarla.

Nado a gran velocidad para ascender a la superficie y llegar a los peces que se mueven pegados al intenso calor del sol.

Me aseguro de cazar pargos y peces loros, especies que no disponen del veneno de los varioles.

En cuestión de segundos, tengo diez peces variados en mis manos.

Instantes después, estoy dando de comer a la cría de caribdis.

Es hipnotizante contemplar como abre su boca para sacar los tentáculos que utiliza a modo de manos para agarrar a su presa.

—Te pondrás mejor —le digo mientras ella agita su aleta simpática.

Decido dejarla ahí mientras el sonido de sus dientes masticando se convierte en una melodía que se va acallando según me alejo. No miro atrás, simplemente cojo la corriente y me alejo del mar cercano a la noche eterna de Valhía.