22
Salgo del palacio sin ningún problema, me dirijo al establo y Airman me recibe con una actitud juguetona y leves sacudidas de su cola. Extiendo la mano para demostrarle que no vengo con ninguna intención de hacerle daño.
—Hola, chico —le saludo en el momento en el que el animal se deja acariciar—. ¿Me llevarías a la playa?
—¿Necesita, que le ensille el caballo real, mi señor? —Un vampiro joven se acerca a mí y me sonríe.
—Sí, por favor. Lord Estevian quiere que su caballo galope un poco.
—Deme unos minutos.
Camino por el establo mientras el mozo prepara el corcel para mí.
Me topo con una mesa llena de papeles en blanco, una pluma y un tintero.
Por mi mente pasa la idea de escribir una nota de despedida, pero mis habilidades son pésimas y eso me hace pensar que no es del todo necesario.
Conozco a Estevian lo suficiente para saber que entenderá por qué me he ido y que esperará a que regrese cuando pueda.
—Ya lo tiene, mi señor.
—Gracias.
El chico no se retira, sino que me ayuda a subirme al caballo y se asegura de que todo esté bien antes de que empiece a galopar lejos de la Corte de la Noche.
Recorro el desfiladero por última vez y miro hacia el mar verde recordando el árbol muerto oculto en su interior.
La ruta de tierra se convierte en un paseo por encima de los adoquines del barrio alto.
Paso desapercibido entre la multitud de nobles y sirvientes que salen de sus casas felices.
—Es la montura de lord Estevian —le digo a uno de los guardias que patrullan la ciudad. No quiero que el animal vuelva solo a palacio y yo no voy a poder acompañarle—. ¿Lo puede llevar de vuelta?
—Sí, mi señor.
Y así lo hace. Antes de dirigirme al puerto, camino hacia el Salto de la Noche, el lugar del que Estevian se lanzó para salvarme.
Las vistas son dignas del mejor de los cuadros, ojalá pudiera pagar a un buen artista para tener este recuerdo siempre allá a donde fuese.
Me encanta ver las calles de Plaguen a rebosar de gentío.
Pronto volverán las fiestas y las celebraciones, de momento solo hay tranquilidad.
—Grita y te rajo el cuello —Cuando me quiero dar cuenta hay dos hombres encapuchados apuntándome con sus cuchillos. Nadie se percata de ellos, pues la multitud se está saludando como si llevara siglos sin verse.
—¿Qué queréis de mí? —pregunto disimulando cierta normalidad.
—El Maestro te busca —Entonces reconozco una voz familiar, la voz de un traidor.
—Quítate la capucha, Lánar, no hace falta que te ocultes frente a mí —No tengo ningún miedo, pues mi aurane ya no corre peligro.
—No lo pongas más difícil, Cirigh —Él muestra su rostro y su cabello cano. No hay rastro del amigo que alguna vez tuve, solo veo la cara de un rebelde.
—¿Por qué? ¿Por qué fingiste que eras mi aliado?
—Porque lo que llevas encima vale más que mil vidas —responde al instante, entonces me doy cuenta de que nadie ha anunciado que he dado a luz a los nuevos stokers.
—Hay que marcharse —insta el otro rebelde asegurándose de que nadie nos está mirando.
Doy un paso hacia atrás para acercarme al Salto de la Noche.
Si hay algo que he aprendido en la tierra de los vampiros es a mentir.
Eso es algo que hacen muy a menudo, sobre todo cuando no están cerca de los stokers.
Finjo tener miedo, estar asustado y poner mi vida en peligro al situarme en el precipicio.
—No, por favor... yo no quería esto —pronuncio con voz queda mientras ellos se niegan a alejarse de mí.
—No te dolerá, Cirigh —Lánar cree que tiene todo bajo control—. Si te portas bien te dejará con vida.
—Eres patético... —pronuncio con seguridad cuando mis talones rozan los límites del suelo—. Te aprovechaste de mi inocencia para llegar hasta mí. Me has cuidado como si realmente te importase.
—Duérmelo, será más fácil así —dice el otro mientras su corazón palpita nervioso.
—¿Creéis que soy yo el que está acorralado? —Mi voz es como el susurro de una serpiente marina antes de desencajar sus fauces para devorar a su presa—. Vais a ser mi fiesta de despedida.
Antes de que puedan hacer nada los agarro con mis brazos y tiro de ellos hacia atrás. Los tres nos precipitamos al vacío mientras gritan aterrados y me propinan varios cortes. Yo no puedo hacer otra cosa que reírme, lo hago como si verdaderamente estuviera loco.
En el momento en el que impactamos contra el agua nuestros cuerpos se hunden con intensidad. Ninguno ha muerto, aunque están mareados por la caída. A Lánar le sangra la cabeza, aun así, intenta nadar hacia la superficie. No hace falta ser muy inteligente para saber qué es lo que les va a pasar.
Mi cuerpo se retuerce mientras mis manos se convierten en garras y rompen la camisa para sentir la libertad del mar.
Mis piernas se unen en una aleta de escamas grises haciendo de los pantalones un montón de pedazos de tela sin ningún tipo de función.
Mi sonrisa se recubre por un sinfín de dientes afilados y mis ojos se fijan en las presas indefensas.
—¡A la orilla, rápido! —grita Lánar desde la superficie.
Intentan nadar lejos de mí, pero soy demasiado rápido bajo el agua.
Lo primero que hago es coger la pierna de su acompañante, lo arrastro hacia la profundidad y le propino un bocado tan grande en el cuello que casi lo secciono de un solo mordisco.
Le dejo desangrándose antes de iniciar el juego de mi cacería.
Saco mi aleta dorsal para que el traidor pueda verla y nado alrededor de él, acechándole como lo hace un tiburón.
Entonces se detiene aceptando que no tiene escapatoria.
Agita sus brazos y piernas para mantenerse a flote.
Después llega mi parte favorita. Su corazón late con tanta fuerza que es imposible no oler el miedo en él, así es como me gustan las presas, tienen un aroma picante e intenso.
—Cirigh, amigo..., podemos hablar —suplica sin apartar la mirada de la criatura que gira alrededor de él—. El Maestro solo quiere a los bebés para negociar con la corona de oro negro y rubíes. A ti no te va a pasar nada.
—Mientes... —consigo pronunciar en terrestre. Mi voz en agua salada dispone de un eco tan aterrador como el mar embravecido en plena noche.
—Te juro que lo hago por mis tías, ellas...
—Mientes...
—El Maestro me prometió que me convertiría en inmortal si seguía su plan.
—Sus palabras suenan convincentes, aunque mi hambre se torna insaciable—.
Además, tú lo sabes, los duques no están haciendo las cosas bien.
¿Dejar a los pobres a merced del frenesí?
¿No es injusto? Por eso abrí las puertas de palacio para que los necrófagos entraran...
—Pero yo no respondo, solo siento la rabia de que sus actos casi acaban con la vida de mis aliados, los de verdad—.
¡Cirigh! ¡Cirigh, escúchame! Únete a nosotros, seremos imparables, amigo.
Mi cuerpo se pierde bajo el agua para ocultarse en la oscuridad de las profundidades.
Lánar se cree victorioso y continúa nadando hacia la orilla mientras su sangre deja el rastro perfecto para un depredador.
Sonrío juguetón contemplando la escena como si esto fuera una fiesta que alguien ha organizado en mi nombre.
De pronto emerjo, me coloco cara a cara frente a él y le sonrío.
—Me debes un baile.
Me cuesta hablar en terrestre cuando estoy en mi forma más salvaje, pero lo hago.
Abrazo a Lánar como si verdaderamente fuera mi mejor amigo, me sumerjo junto a él y nado a tanta velocidad que en cuestión de segundos, estamos lejos de la superficie.
Él grita de manera innecesaria echando a perder todo el oxígeno que ha cogido.
De pronto me detengo, le miro y abro mis fauces para devorarlo.
Dejo que mi cordura se pierda en el salvajismo.
Saboreo su carne mientras su acompañante pasa flotando junto a nosotros.
Alimentarme bajo el agua hace que mis heridas se regeneren.
Cuando estoy saciado me alejo de los dos cadáveres y empiezo a nadar lejos del Continente de la Banshee.
Antes de salir de la sombra que proyecta Plaguen, dos tiburones pasan a mi lado siguiendo el aroma de los cuerpos aún calientes.
—Que aproveche, amigos.