Corona de huesos y espinas (Corte de agua carmesí 2) 21
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Despierto con la caricia de un dedo sobre mi rostro.

Cuando abro los ojos ya no estoy bajo el agua, sino en una cama con las sábanas de terciopelo y el cuerpo desnudo de mi vampiro pegado al mío.

No tengo frío, pues su piel tiene una temperatura que me recuerda a la de los humanos.

Me doy cuenta de que está utilizando su energía para darme calor y eso me hace abrir los ojos de par en par.

—La crisis del frenesí... —pronuncio alarmado, pero él me tapa los labios con su dedo índice.

—Ya no existe, mi amor —Su voz es un suave susurro que me produce cosquilleos en el estómago—. Illythia hizo que lloviera sangre para que todos pudiéramos saciar nuestra hambre.

—Entonces ¿todo está bien?

—Todo está perfecto.

Estevian sentencia la conversación con un beso.

Me encantaría preguntarle por los niños, por sus hermanas y por los extraños que dicen ser sus padres.

Pero entiendo que su respuesta encierra todas mis preguntas en una caja de plata que ocultamos debajo de la cama.

Todo está perfecto, todo está bien, estoy vivo.

Abrazo al vampiro para sentir su calor más de cerca.

Mi piel se eriza en el momento en el que su aliento serpentea en mi cuello y me roba un gemido.

Nuestros labios se humedecen por culpa de nuestras lenguas unidas en pasión pura.

No sé si es por la tranquilidad que me da saber que mi aurane está vacío o por el simple hecho de que llevamos días sin poder tener tiempo para nosotros.

Pero al final mi mano derecha se pierde bajo la ropa interior del vampiro y empieza a jugar con su miembro con deseo.

Él acaricia mis pezones mientras relame todo mi cuerpo hasta llegar a ellos.

—Ah... —No puedo controlarme, me quito el calzoncillo lentamente porque me estorba demasiado.

El vampiro mordisquea mi piel mientras yo araño su espalda con suavidad. Antes de que pueda darme cuenta, siento su aliento en mi entrepierna. Estoy tan ansioso por que me devore que termino agarrando su cabeza y empujándola hacia mi pene, pero es ahí cuando él me detiene:

—¿Qué haces? —se queja en un tono jocoso—. Déjame jugar con lo que es mío...

—Chupa, por favor..., lo necesito.

—¿Te vas a poner así de exigente?

Justo cuando voy a responderle, su saliva me roza la punta y no puedo evitar gemir un poco más alto.

Después llega su lengua deslizándose por todo mi tronco y humedeciendo cada centímetro de mi piel.

Entonces cumple mi petición y mis ojos se cierran solos disfrutando de cada uno de los movimientos de su boca sobre mi miembro.

No sé cuánto tiempo está así, quizá minutos, puede que segundos, no lo tengo claro.

Pero mi cuerpo empieza a necesitar más y más, como si yo también tuviera una bestia interior que necesita de él.

—Fóllame, Estevian...

—¿Cómo? —Sus palabras juegan conmigo y me generan frustración. Necesito que haga lo que le pido, lo deseo.

—Fóllame como si fuera la última vez.

—Como si se acabara el mundo —responde él mientras frota, con sus dedos húmedos, la entrada entre mis nalgas.

No me salen las palabras, no puedo hablar cuando el placer se apodera de mí y me obliga a gemir. Mis piernas se mueven solas cuando se colocan sobre sus hombros. Él me sonríe mientras me roza con su pene y me observa mientras disfruto.

—Mójalo...

—¿Desde cuándo te has vuelto tan exigente? —se jacta él, de nuevo, mientras mueve las caderas ligeramente sin llegar a entrar.

—Desde que soy el Tritón de Plaguen.

—Ah, entonces discúlpeme, milord —Utiliza su fuerza para levantarme suavemente y me escupe para empapar el acceso entre mis nalgas—. ¿Y ahora qué quiere el Tritón de Plaguen?

—Que me folles, Estevian Illia.

No me reconozco, soy otra persona totalmente diferente cuando estamos solos en la cama.

La compañía del vampiro se convierte en una necesidad vital, la misma que sentía cuando el aurane me pedía beber sangre.

Así es como él lo hace, entra despacio para no hacerme daño y espera a estar completamente unido a mí.

—¿Así, milord?

—Sí, ah...

No espero ni un segundo más a que él mueva sus caderas, soy yo el que utiliza sus hombros de apoyo y empieza a moverse con intensidad. Al principio lo hago con torpeza, pero luego adquiero una maestría que no sabía que tenía.

—Por la diosa... —Se le escapa en el momento en el que empiezo a actuar. Mira hacia el techo y exhala una bocanada de aire que ahoga sus gemidos de placer. Después me mira, sonríe y añade—: Te amo, Cirigh de Laneth. Te juro que te amo por encima de mi propia existencia.

—Fóllame... —le repito quitándole romanticismo al asunto. No quiero que hable, solo que disfrute del momento porque, en el fondo de mi ser, siento que será el último.

Estevian empieza a mover sus caderas. Primero, lo hace despacio, pero después, inicia una repetición de movimientos fuertes, intensos y placenteros.

Le miro mientras disfruto de él, me resisto a tocarme, sé que si lo hago voy a explotar.

Necesito que esto dure más, que sea eterno, que no acabe nunca.

—Te amo —le digo, pero es él ahora el que no quiere hablar.

Mi vampiro agarra mi miembro y empieza a sacudirlo.

Su puntería es impresionante, lo sé porque me escupe sobre la punta sin necesidad de acercarse a ella.

Después coge mi mano y la guía hasta mi propio miembro para que siga yo.

Agarra mis piernas con fuerza y les da a sus movimientos un toque sobrenatural.

Su velocidad aumenta desmesuradamente mientras su fuerza se mantiene en un equilibrio perfecto.

En ocasiones me hace daño, pero no me importa porque lo único que quiero es tenerle así.

—No puedo más... —jadea mirándome con los ojos rojos.

—Juntos —le digo a punto de estallar.

—Ya no hay vuelta atrás —dice él y de pronto proferimos un coro de gritos de placer mientras nuestros cuerpos se convierten en el fuego de la ashlaxmancia.

Estevian sale de mi interior y me abraza mientras nuestras respiraciones se van calmando y nuestros cuerpos se relajan. Permanecemos así durante horas, después nos metemos en el baño de mi habitación y nos quedamos en el agua mientras nos acariciamos las manos.

—Yo... —Necesito ser sincero con él, decirle que tengo que marcharme del Continente de la Banshee y que no sé si podré volver. Que la noche nos ha unido pero que el mar quiere separarnos. Y, sobre todo, que yo quiero reunirme con los míos.

—Voy a estar ausente unos días, cariño —Estevian me interrumpe sintiendo la culpabilidad de sus palabras—. Los duques quieren que idee una estrategia de guerra y tenemos que aprovechar ahora que Illythia ha eliminado la crisis de frenesí de manera temporal.

—Lo entiendo, no pasa nada es solo que...

—Le he pedido a las brujas que me hagan una poción para viajar contigo, la tendrán pronto —Él me mira ilusionado, está dispuesto a ponerse en peligro por estar conmigo. Pero el mar no es lugar para un vampiro, hay peligros que ni siquiera yo comprendo y allí no hay lugar para espadas.

—No te preocupes —Esbozo una sonrisa e intento elegir las palabras adecuadas para que el stoker no detecte las mentiras en mí.

No quiero preocuparlo, tenemos guerras que debemos librar por separado—.

Ahora eres vital para el reino, necesitan de tu talento para encontrar la manera de protegerlos a todos.

La puerta del baño empieza a resonar sacándonos por completo de estos momentos de romanticismo y sinceridad. Me hubiera encantado estar más tiempo con mi vampiro, pero las cosas nunca salen como uno las sueña.

—Son los Paladines de la Banshee —dice uno de los hombres de Estevian—. Requieren de tus servicios con urgencia. La duquesa Ágatha está enfadada.

—Ya voy, ya voy —canturrea mi vampiro sin ningún tipo de preocupación. Me besa y se empieza a secar con una de las toallas—. Nos vemos pronto, mi vida.

—Hueles a aliento de ballena —pronuncio sin saber qué otra cosa decir para que no se preocupe.

—Y tú a pescado.

El stoker sale del baño con la toalla atada a la cintura. El otro vampiro no se asoma para mirarme, simplemente sigue a su príncipe de cerca. Me quedo allí solo agitando la aleta sobre el agua dulce. Miro a la estatua de la diosa de los inmortales y le dedico una sonrisa:

—Ya está, amiga. Ya estoy listo.

En el momento en el que escucho la puerta del dormitorio cerrarse, emprendo los preparativos para mi partida.

Me seco las escamas para que se transformen en piernas.

Me dirijo al vestidor y cojo el conjunto más sencillo, no voy a tardar en romperlo, por lo que me vale cualquier cosa.

Acabo vistiéndome con una camisa blanca y unos pantalones grises.

Después le echo un último vistazo a mi habitación y camino por los pasillos con la esperanza de no encontrarme a nadie.