Corona de huesos y espinas (Corte de agua carmesí 2) 20
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Cirigh de Laneth

—No, no... —escucho a Estevian aun cuando mis instintos me ciegan y luchan por volverme salvaje. Pero no puedo. Aun en mi forma de depredador alfa, sé que si dejo de beber del vampiro, moriré—. Tú regresaste conmigo... yo no voy a alejarme de ti.

—¡Tienes que sacar a las crías de la cúpula! —Los gritos de Aligarra llegan a mí—. ¡Tienes que salvar a los bebés o se los comerá!

Mis ojos se quedan clavados en el vampiro, de alguna manera buscan tener la visión de sus recuerdos, pero eso nunca ocurre. Sin los vástagos de los duques en mi aurane, ya no tengo ese poder.

—Te amo, Cirigh, te amo con todo mi ser —Estevian sigue hablando mientras yo me quedo hipnotizado por la melodía de su voz—.

Te juro que, si pudiera elegir, te elegiría siempre a ti.

Te lo juro por Illythia, Rysantha o quien sea que rija las leyes del universo.

No te mueras, mi vida, tenemos mucho por delante...

—Sus palabras se entrecortan por culpa de las lágrimas y los sollozos que se apoderan de él—.

Tenemos que crear la Corte de Agua Carmesí.

Viviremos juntos, sin leyes ni nada de eso que sé que no te gusta.

Así cómo mi corazón va recuperando la fuerza, percibo como el vampiro se va debilitando.

Me separo de él sabiendo que prácticamente lo he drenado.

En el fondo de mi ser, también quiero salvarle, por eso dejo de beber.

Nado alrededor de los bebés y cuando estos escuchan mis chasquidos abren los ojos mostrando luceros de brillante color rojo.

—¡No! —grita la bruja de agua mientras el sirénido de Aligarra le hace coro.

Lady Amari y Lord Darius caen en la piscina como dos balas de cañón. Sus cuerpos están endurecidos por la roca negra. Caminan por el suelo mientras se preparan para luchar contra mí si es necesario.

—¡Mis hijos! —grita ella mientras él se limita a apuntarme con su espada de acero puro.

Lejos de querer hacer daño a los vampiros que han crecido en mi interior, mis labios entonan una melodía diferente al cántico de mi Voz Azur.

Abrazo a los tres bebés y los arrastro hasta las algas y el coral situados alrededor del altar.

Enfi nada junto a los suyos preocupada, en cuanto me ve, le quita el arma a su cuñado y le pide que se relaje.

Yo me encojo junto a los bebés protegiéndoles con todo mi cuerpo mientras mis labios pronuncian las palabras que surgen de mi corazón:

Una rama de Valhía

Hacia tierra me arrastró

Le distéis sentido a mi vida

Le disteis sentido a mi voz

Los pequeños caídos no necesitan respirar, tampoco alimentarse, pues el aurane les ha dado la ración suficiente como para aguantar unas horas. Ni siquiera lloran, simplemente me miran y escuchan mi canción.

Nunca me olvidaré de vosotros, criaturas

Nunca volveré a mirar atrás

Hay un vínculo que nos une

Y que no se puede quebrar

Nadie se queda embelesado por la Voz Azur, a pesar de ello esta melodía también es mágica.

Más allá de ser un arma, la canción es una bendición que protege a los bebés de todo el daño que puedan sufrir en alta mar.

En mi forma más salvaje les doy los escudos necesarios para acompañarme si así lo desearan.

Uno a uno voy colocando mi frente sobre la de los pequeños mientras continúo cantando:

Adányan, Berluca y Liliah

La Voz Azur no os puede afectar

Sois hijos de Valhía

Estáis unidos al mar

La bruja disipa la cúpula para que Aligarra y los vampiros se sitúen alrededor de mí.

Todos me rodean mientras mi canción llega a su última estrofa.

A pesar de que la imagen que doy es tierna, percibo el nerviosismo en todos los presentes, como si temieran que perdiera el control de nuevo.

Yo no aparto la mirada de los bebés, necesito protegerlos por encima de mi propio ser.

Mis labios pasan por la cabeza de cada uno de ellos mientras estos se ríen divertidos:

Ahora os voy a dar un beso

Para nunca olvidar

Que os tuve bajo el agua

Y que nos une la inmensidad

Amari y Darius se acercan más a mí, no lo hacen en actitud defensiva o atacante, solo quieren ver a sus hijos por primera vez.

Mis manos se mueven solas empujando a los pequeños para que floten hacia sus brazos.

En el momento en el que los padres los acarician por primera vez, dirigen sus ojos vidriosos hacia mí:

—Gracias... te debemos más de lo que podemos pagar —Amari tiembla de la emoción al ver que el parto ha salido bien y que nadie ha sufrido ningún daño.

—Adányan, Berluca y Liliah —repite su marido mientras acuna a la única niña de los tres—. Esos serán sus nombres.

Y se marchan, todos menos Estevian, que me mira orgulloso. Aligarra también se va, prometiendo traer sangre para mi vampiro. En la comodidad de la piscina le abrazo y me quedo completamente dormido.