18
—¿El Aquelarre del Cuervo se ha reconstituido? —pregunta Yleth intentando encontrarle la lógica a lo que está pasando.
—Solo quedan tres.
—Tres y Seylah Cárpasot —corrijo a mi hermana.
—Esto no es magia de brujas... ni siquiera es una mancia... es algo más...
—Primero el tritón, luego el resto —No pierdo ni un momento más e incito a la chica a que sigamos avanzando.
En cuanto los ballesteros nos ven apartan la verja de alambre y nos abren paso hacia nuestras monturas. A diferencia de Airman, que se mantiene tranquilo, Lily está inquieta, su pelaje blanco está cubierto por la sangre que cae del cielo dándole un aspecto casi demoníaco.
—¡Santa Illythia nos está salvando! —se escucha a un sacerdote mientras agita una campana y abandona su refugio en los barrios bajos—. ¡Santa Illythia quiere curar el frenesí!
—¡Atrás! —Uno de los soldados se apresura a cerrar los límites entre barrios mientras los otros disparan a los vagabundos que surgen de las casas abandonadas. De un momento a otro el sacerdote está rodeado de seres hambrientos.
—¡Santa Illythia trae el fin a todos nuestros problemas! —pregona de nuevo y sus campanadas forman un ejército de muertos vivientes a sus espaldas.
—¡Detente o tendremos que dispararte! —le advierten de nuevo, pero no atiende a razones.
De repente el suelo tiembla y los vagabundos pierden el equilibrio. Ayudo a subir a Yleth a mi caballo y estoy a punto de acompañarla para coger las riendas cuando algo me detiene. Empuño la espada con el valor de un guerrero dispuesto a proteger su hogar por encima de todo.
Una criatura se mueve a gran velocidad, un hombre con una complexión inmensa.
Lleva un peto de cuero marrón, lo que le delata como uno de los herreros de Plaguen.
Su cabeza está rapada y porta un martillo de gran tamaño.
Sus ojos se mantienen rojos y perdidos en la inmensidad del frenesí.
No lleva demasiado tiempo en ese estado, lo sé porque sus movimientos son rápidos a pesar de la pesadez de su cuerpo.
El sacerdote sigue tocando su campana mientras pregona la voluntad de la diosa.
El herrero atraviesa la calle como la bala de un cañón, derriba a los otros vagabundos sin importarle romperles el cuello con su fuerza.
En el momento en el que llega al cura lo derriba en el suelo y le muerde para desangrarlo sin llegar a beber.
—Lo mata para callarle... —comento con la adrenalina recorriendo todo mi cuerpo.
—Nos quiere a nosotros... —secunda Enfi cuando la bestia clava su mirada en los stokers situados al otro lado del alambre.
Los guardias empiezan a disparar, pero sus flechas atraviesan la carne sin conseguir nada más. El herrero avanza sin detenerse, arrasa con todo a su paso y me temo que las verjas no van a ser un impedimento para él.
—Si cruza al barrio alto estamos perdidos —comento intentando idear la mejor estrategia—. Necesitamos tiempo.
—¿Tiempo? —Yleth se desliza por el lomo de Airman y cae al suelo con delicadeza—. Esa es una de mis especialidades.
La bruja se propulsa en un salto sobrenatural, sortea el alambre y aterriza al otro lado de la verja. Extiende las manos y sus cabellos empiezan a sacudirse por un vendaval que solo ella puede percibir. Un destello ocre surge de sus dedos y al instante el herrero se queda paralizado.
—Tualmancia... —dice Enfi uniéndose a ella de un brinco.
Esa es la magia que controla el tiempo de las cosas.
Aunque es de las más poderosas también es la más complicada de utilizar.
Un hechizo sencillo como el que ha hecho Yleth, la expone de tal manera que cualquier enemigo podría derrotarla si se lo propusiera.
Es por eso por lo que la tualmancia solo se utiliza en casos cotidianos, para arreglar objetos rotos o incluso para interrogar a traidores.
—¿Qué hacemos, lord Estevian? —pregunta uno de los guardias desesperados por no tener los medios suficientes como para salvar la ciudad.
—Necesitamos fuego —comento con el brillo rojo en mis ojos—. Que uno vaya a buscar a los Ashlax, el resto disparad a los tendones de sus brazos y pies.
—¿Y usted, milord? ¿No debería irse?
—Yo necesito liberar un poco de estrés —No pierdo el sentido del humor cuando muevo mi cuello para articular mis músculos y propinar un salto hacia el campo de batalla.
La lucha estalla en el mismo momento en el que los stokers bailamos en torno al herrero y seccionamos sus talones para que no pueda caminar. El hechizo de Yleth se esfuma cuando su objetivo recibe daño, aun así, ella nos apoya con látigos de agua y armaduras mágicas.
El herrero inicia una repetición de golpes de martillo casi incesante. El suelo se levanta con cada uno de sus movimientos al mismo tiempo que nosotros le esquivamos con gracia.
—¿Puedes paralizarlo otra vez? —le pregunto a la bruja mientras siento que mi hermana y yo empezamos a cansarnos. Ella asiente con la cabeza y yo me dirijo a los guardias—. ¡Detened el ataque!
—¡Apartaos!
Yleth Paquin repite su hechizo e inmoviliza por completo los movimientos del vampiro enloquecido. Enfi y yo nos retiramos jadeantes y nos acercamos a nuestra nueva aliada preparados para protegerla en caso de que las cosas se compliquen de nuevo.
—¿Sientes eso? —Mi hermana saborea una gota de la lluvia roja que ha tragado sin querer.
—No ¿El qué?
—Bebe, es plasma de verdad.
La sensación de saciar mi sed con el líquido que cae del cielo me revuelve por dentro.
Siempre he preferido la sangre embotellada a la de los dolientes, es más higiénica.
Nunca sabes qué tipo de persona tienes delante.
Aun así, el sabor es agradable, no termina de tener el aroma de nuestras reservas de palacio, pero cumple su función.
El agotamiento se disipa en un abrir y cerrar de ojos, mucho más que eso, la lluvia nos otorga un subidón de energía solo comparable con los hechizos de una bruja.
—No te excedas... —digo al cerrar la boca de cara al cielo—. No sabemos qué efectos podría tener.
—Está tan rica... —Enfi me hace caso y se resiste a seguir alimentándose.
Nuestra bestia interior es insaciable, cuando empiezas a beber es muy difícil detenerla, siempre quiere más.
Ahí es donde entra en juego nuestra fuerza de voluntad, nuestra cordura y nuestra humanidad.
Hace tiempo los vampiros acababan con sus víctimas porque eran incapaces de dejar de beber, ahora hemos evolucionado, aunque seguimos cargando con el peso de las decisiones de nuestros antepasados.
—¡No puedo más!
Los gritos de Yleth son precedidos por los ataques del herrero.
Los stokers tenemos que movernos a gran velocidad para colocarnos delante de ella y bloquear los golpes de martillo.
No puedo permitir que la bruja muera, no cuando mi tritón depende de ella.
Los ballesteros retoman sus disparos mientras nosotros iniciamos un baile que pretende agotarnos antes de conseguir eliminar a nuestro enemigo.
Idris y Cynder llegan cuando más los necesitamos.
Los hijos del consejero Luther aparecen saltando el alambre y expulsando fuego por las manos.
Enfi se encarga de coger a la bruja en brazos, está tan cansada de utilizar tualmancia que ha bajado la guardia.
Regresamos a zona segura justo en el momento en el que el herrero estalla en llamas.
—Que la noche sea eterna, Estevian —me dice el mayor de los Ashlax mientras me dan un apretón de manos.
—Y que la luz no os pille desprevenidos —les respondo con la cercanía de un amigo.
—¿Qué está pasando? —Es Cynder el que coloca la mano en cuenco para coger la sangre que cae del cielo.
—Muchas preguntas sin respuestas,... —Enfi e Yleth ya están montadas en Lily cuando decido despedirme de ellos—. Ahora tenemos que irnos.
—No te preocupes, nos quedaremos un poco más para asegurarnos de que las cosas no se complican —Idris me sonríe—. Estate tranquilo.
—Con vosotros siempre.
Cabalgamos todo lo rápido que podemos. Los cascos de los caballos salpican sangre en cada una de sus zancadas.
Galopamos al trote dejando atrás la estela roja que dejan nuestras miradas.
Llegamos a las escaleras del Monte Reushgon antes de lo esperado, dejamos a Airman y a Lily atados justo antes de empezar a ascender.
—¿Por qué dejaste el aquelarre? —Me atrevo a preguntar con la confianza de haber compartido una pelea.
—¿Por qué estás enamorado de un tritón? —Yleth hace gala de una lengua viperina.
Aunque luego recapacita y responde—. Cuando te crían en un lugar donde no tienes la vida que deseas, aprovechas cualquier oportunidad para desprenderte de tus ataduras.
Pero eso será algo que te contaré cuando tengamos más confianza.
Cruzamos las puertas de entrada sin llamar al servicio, recorremos los pasillos para llegar a las piscinas privadas de lady Angélika. Enfi mantiene los ojos abiertos de par en par, sorprendida al ver por primera vez en su vida, habitaciones construidas debajo de un lago.
—¡Cirigh, reacciona, por favor! —escuchamos los gritos de Amari, que hacen eco en las paredes transparentes con vistas directas a los peces que habitan los dominios de la sirena.
En el momento en el que entramos nos encontramos con una escena que no se nos olvidará nunca.
Cirigh está en su forma más salvaje, la de escamas grises y dientes de tiburón.
El mismo aspecto monstruoso que utilizó cuando quiso matarme.
El tritón no deja de gruñir y articular palabras en su propio idioma.
Más que eso, surge del agua amenazante cuando alguien pretende acercarse a él.
—Está imposible —explica lady Angélika con el tritón gritando de fondo. Cuando me doy cuenta me percato de que el brazo de la sirena está tapado por un paño ensangrentado. No hay ninguna duda de que Cirigh la ha atacado.
—¿Qué tengo que hacer? —Yleth da un paso al frente y extiende las manos para percibir el agua de mar embravecido que se agita en el interior de la piscina.
—Debes activar las runas de nolmancia talladas en los tótems alrededor de la mesa de piedra —Las palabras de Angélika se atropellan unas con las otras—. Pero solo podrás hacerlo cuando el tritón entre en la zona.
—Mi poder no tiene tanto alcance —se queja la bruja.
—Entonces, tendrás que acercarte, nolmante —dice Darius tenso.
No me quiero ni imaginar de qué es lo que han podido ver Darius y Amari durante las horas en las que Enfi y yo hemos estado fuera. Lo que tengo claro es que no les importa poner en riesgo a la nolmante, para ellos la prioridad son los nuevos stokers. Y tienen razón, no hay otra opción.