17
Llamamos a la puerta a la que nos lleva la nota que Kathleen Strauss me entregó.
La casa es bastante grande, al menos para estar ubicada en la zona pobre de Plaguen.
La fachada tiene un color azul marino con detalles en blanco y negro.
Más que un hogar parece un establecimiento dedicado al arte o algo así, pues el estilo es indiscutible.
—No esperamos visitas —comenta un chico a través de una pequeña ventanita que se abre en la madera de la puerta. Tiene una mirada tan azul como el zafiro.
—Venimos a ver a Yleth Paquin —digo con educación.
—¿Tenéis invitación?
—¿Qué?—No doy crédito a lo que está diciendo. Intuyo que va a ser complicado entrar por las buenas, por lo que acabo agitando los dedos para que mi hermana se escabulla. Después de todo, el chico solo puede verme a mí—. Soy el stoker de Plaguen.
—Ya, disculpadme, milord, pero sin invitación no puede entrar.
La frustración se apodera de mí y me obliga a dar un golpe a la puerta para intentar tirarla abajo. En el momento en el que lo hago salgo despedido por los aires empujado por una fuerza invisible.
—Se lo he dicho, milord. Hay protecciones rúnicas por toda la casa. La señorita Paquin está ocupada hoy.
Me alejo de allí al tiempo que el chico cierra la ventanilla. Me apresuro a llegar junto a mi hermana, pero no me da tiempo, por lo que soy espectador directo de como sale disparada desde uno de los balcones.
—Maldita bruja... —se queja Enfi mientras se frota el trasero después de la caída— ¿Y ahora qué?
—A esperar... —suspiro y me siento en uno de los bancos de madera que decoran la calle.
Y así lo hacemos, permanecemos allí durante al menos una hora.
No bajamos la guardia en ningún momento, no sabemos lo que se oculta en las calles, aunque lo podemos intuir.
Enfi vuelve a llamar a la puerta, pero nadie viene a atendernos, ni siquiera para darnos una negativa.
Así que ella se impacienta y empieza a aporrear el llamador con la misma insistencia que una niña pequeña.
Quizá no captamos la atención del interior de la casa, pero sí de aquellos que vagan hambrientos lejos de las ballestas de la guardia real.
—¡Atenta! —grito sacando el arma de la funda de mi espalda.
La calle se llena de hombres y mujeres cuya única intención es comer.
No son ágiles, nada que ver con los que han entrado recientemente en frenesí, más bien son lentos y carecen de inteligencia.
Se mueven a cuatro patas como animales, sus cuerpos son tan delgados que se les nota la columna vertebral y las costillas.
Los que más me impactan son los niños que no han salido adelante.
Estoy dispuesto a acabar con todos ellos, ya no por protegernos, sino por ponerle fin a su sufrimiento.
Y estamos a punto de hacerlo cuando la puerta se abre y una chica surge de ella con el porte de un pavo real.
La extraña camina hacia los vagabundos y extiende las manos para convocar la magia que habita en su interior. Bajo el suelo surgen látigos de agua que inmovilizan a los enemigos y los dejan completamente fuera de juego.
—Disculpad a Jem, tenéis acceso a mis dominios, stokers de Plaguen —dice ella en el momento en el que se gira y sacude su melena con elegancia—. Pasad, aquí estaréis a salvo.
—¿Y ellos? —Enfi no guarda las dagas en ningún momento.
—Morirán si traen más problemas.
—No quiero que sufran —Mi hermana insiste en acabar con la tortura de vivir en un estado más cercano a la muerte que nuestra propia naturaleza.
—Como desees, querida —Yleth chasquea sus dedos y los tentáculos se retuercen sobre los vagabundos hasta reducirlos a un espectáculo de huesos rotos—. Soy de las que prefiere no mancharse con todo esto.
Yleth Paquin camina con elegancia mientras su melena, color salmón, oculta el movimiento de sus nalgas ondeándose con cada uno de sus pasos.
La bruja lleva un vestido ajustado de color azul apagado, una prenda de alta costura cuyo precio se aleja de las ganancias medias del distrito en el que se ubica su casa.
Mi hermana y yo la seguimos sin decir nada, el alivio me invade cuando me siento protegido por la magia de su casa.
—¿Quién os ha mandado hasta aquí? —Su voz es una suave melodía idéntica a los violines que escucho en alguna estancia de su hogar.
—Necesitamos que ayudes en el alumbramiento del Tritón de Laneth —expongo sin querer perder más el tiempo.
—¿Cirigh se ha puesto de parto? ¿Es demasiado pronto? —No se detiene en ningún momento, continúa con la celeridad de alguien que tiene un compromiso pendiente.
El edificio es más grande de lo que aparenta, sus pasillos son alargados y muestran estancias en cuyo interior hay maniquíes de madera y un sin fin de conjuntos de alta costura. Si Yleth fue alguna vez una bruja, ahora parece que lo ha olvidado, ha forjado una sastrería de diseño en menos de un mes.
—Sí y la corona necesita tu ayuda —Enfi se adelanta para situarse frente a ella—. ¿Vas a ayudarnos o no?
—Estoy en medio de un desfile, mis invitados llevan esperando esto desde hace semanas y no puedo dejarlos colgados ahora.
—¿Cómo? —No doy crédito a lo que estoy escuchando. Entonces decido plantearlo de otra manera—. Te estamos diciendo que la nueva generación de stokers precisan de tu ayuda, que si no acudes de inmediato pueden morir.
—Tranquilo, lord Estevian —No pierde la calma en ningún momento, me llega a poner hasta nervioso—. Dejadme despedirme de ellos y estaré con vosotros enseguida.
Una chica de cabello rubio y ojos azules abre dos puertas talladas con flores y felinos perdidos en un jardín imaginario. En el momento en el que se descubre la sala mi corazón da un vuelco. Allí hay un montón de vampiros, cuento veinte, algunos de ellos los reconozco de la alta nobleza vampírica.
Hay sillas dispuestas alrededor de un escenario alargado y de madera.
Sobre él caminan hombres y mujeres, en su totalidad humanos, que hacen gala de los diseños que la propia Yleth ha confeccionado para ellos.
Hay un trío de cuerda situado al fondo de la sala, una troupe de vampiros que hace que la crisis del exterior no exista.
No se escucha nada más que la música. Enfi y yo entramos sin hacer ruido mientras observamos cómo los presentes apuntan en un papel las prendas que desean adquirir.
—Disculpad la interrupción —La bruja camina por el escenario deteniendo el espectáculo con el movimiento de su melena—. Los stokers precisan de mis servicios. Interrumpiremos el desfile hasta nuevo aviso. No os preocupéis, habrá descuentos por las molestias que os he podido causar.
Nadie dice nada, no hay protestas ni gritos. Los presentes se incorporan, se despiden de Yleth y se van. Me sorprende identificar como todos los miembros del servicio de la bruja tienen los ojos azules y brillantes. Hay un poder oculto entre ellos, una magia que solo ella entiende.
—Mira los emblemas —apunta Enfi señalando las medallas de plata que los invitados sacan de sus cuellos. En el momento en el que cruzan las puertas de salida sus cuerpos se rodean por finos escudos protectores similares a los que Cirigh invoca cuando lucha.
—La invitación —secundo comprendiendo que la magia de Yleth es más retorcida de lo que parece.
—¿Nos vamos? —La chica aparece frente a nosotros con la ropa completamente cambiada. No sé en qué momento lo ha hecho, pero ahora lleva un conjunto oscuro y una capa negra que oculta su rostro bajo la capucha.
Salimos de la casa y nos ponemos rumbo a la verja de alambre.
Pasamos inadvertidos junto a los cadáveres de los vagabundos que no se han podido alimentar, en el momento en el que los dejamos atrás, estos arden para convertirse en cenizas arrastradas por el viento.
Eso es lo que pasa cuando no se le da sepultura a un vampiro, su alma se inmola para hacer desaparecer su cuerpo.
Los sacerdotes de Santa Illythia dicen que es la diosa la que recoge las almas para darles otra función completamente diferente.
Los textos sagrados hablan de que la luz alimenta el Midna o de que forjan estrellas.
También se menciona el hecho de que la diosa de los vampiros se alimenta de nuestras almas para no perder su poder.
En la noche eterna la supervivencia y el hambre siempre están presentes.
Las madres y las adastas que dan a luz acaban consumiéndose bajo su propio sufrimiento. A eso se le llama fatum, aunque yo pienso que es la peor de las torturas, pues sus cuerpos se inmolan en vida cuando le otorgan su alma al bebé.
—Pasa algo raro... —Yleth se detiene en seco y extiende la mano para acariciar las primeras gotas de lluvia.
—¿Vienen más vagabundos? —pregunta Enfi sacando sus dagas del cinturón. Observo cómo la bruja se lleva los dedos a la boca y de pronto sus labios se manchan de rojo.
—Esto no es agua, es sangre.