15
El dolor es tan fuerte que mi vista se nubla mientras mis labios gritan de agonía.
En ocasiones pierdo la consciencia y en otras veo como Estevian me carga en sus brazos y me lleva hacia algún lugar.
Percibo las conversaciones de manera intermitente, hay momentos en los que entiendo cosas y otros simplemente escucho mi propio sufrimiento:
—Que no salga nadie de palacio —ordena la extraña de cabellos rubios—. Aquí hay un traidor y tenemos que dar con él.
—Stokers, al despacho de invierno. ¡Ahora! —El segundo en hablar es el vampiro vestido enteramente de blanco—. Traed a lady Alia frente a mí.
Y después todo se sume en una oscuridad infinita. Mi mente intenta conectar con el aurane, pero no puede, no mientras todas mis extremidades estén secas. No sé cuánto tiempo permanezco inconsciente, pero cuando abro los ojos estoy nadando en agua salada.
Mi piel está cubierta por escamas de color gris, en mi boca han aparecido cincuenta dientes afilados como espadas y mis uñas son ahora cuchillos incandescentes con la capacidad de cortarlo todo.
En esta forma me siento extremadamente cómodo, la sensación no es otra que la de estar en casa, aunque la realidad es mucho más complicada.
Estoy encerrado en una piscina con paredes transparentes que muestran el interior de un lago. Al menos aquí el aurane no duele.
—El proceso se ha adelantado —escucho entre chasquidos de dientes y pequeños rugidos.
Cuando me giro me encuentro con una sirena con el mismo color de escamas que yo, pero con ciertos detalles que la hacen diferente.
En su aleta dorsal, la que crece de su columna vertebral, surgen varias espinas que, de quererlo, podrían tensarse para convertirse en un arma más en su cuerpo.
Una habilidad que solo las reinas sirenas tienen.
—Rysantha te reclama como su hijo.
—Aligarra —pronuncio el nombre en sirénido de lady Angélika mientras me acerco a ella.
La sirena se mantiene colocando pétalos violetas alrededor del altar de piedra que ha dispuesto para mi parto. No me mira en ningún momento.
—Lo siento...
—Astiarte y Canderra murieron con honor en la batalla —Sus ojos se clavan en mí al mismo tiempo que discierno el dolor de alguien que ha perdido su reino, de nuevo—. Sus almas ahora cuidan de nosotros en las corrientes del Isi Sami, el Otro Mar.
—Tenía que haber sido más fuerte, haber cuidado de ellas...
—La seguridad de las sirenas nunca ha dependido de un tritón. Ellas tuvieron la opción de huir como lo hice yo, pero se quedaron buscando la gloria de una muerte digna de nuestra raza.
—¿Y ahora? ¿Qué ocurre?
—Te he suministrado una mezcla que mantiene tu aurane dormido, cuando despierte ya no habrá vuelta atrás.
—Por eso debo permanecer aquí.
—Por eso necesitamos que Estevian encuentre a la nolmante antes de que sea demasiado tarde —me corrige ella.
Aligarra, me invita a nadar por la piscina para calmar mi ansiedad.
Y así lo hacemos, aunque no puedo dejar de pensar que somos como peces presos en el cristal.
Animales condenados a recorrer el mismo espacio hasta el fin de nuestros días.
La reina sirena se culpa de no haberse quedado en el Salón del Baile.
Por mucho que le diga que eso le hubiera conducido a la muerte, siente el dolor de una guerrera que no ha sido útil en la batalla.
—Debes permanecer aquí para que Rysantha cuide de ti —Ella nada hacia la superficie con la intención de dejarme solo—. Te traeré todo lo que necesites, pero tienes que descansar. Mentalizarte de que vas a experimentar el dolor más fuerte de tu vida.
—No sé si estoy preparado...
—Nadie lo está —Aligarra sitúa su frente sobre la mía al mismo tiempo que coloca su mano sobre su pecho, un gesto que yo imito.
Un saludo entre iguales, una tradición del pueblo submarino.
Señala el colgante de perla que me regaló la última vez que nos vimos, un complemento que permaneció en mi bolsillo durante la fiesta—. Si me necesitas, lo sentiré.
—Estaré bien, solo tengo que dormir.
La reina sirena se marcha convirtiendo la piscina en mi pequeño paraíso.
Se nota la diferencia entre el conocimiento de una ahogada y la de un caído.
A pesar de que Kathleen pusiera falso coral en su piscina, nada es comparable con la flora que Aligarra ha dispuesto para mí.
Reconozco las algas, las flores y el coral que se mantiene vivo aquí.
No hay nada artificial, incluso el agua está perfectamente oxigenada.
Esto es mucho mejor que mis aposentos de palacio.
Me tumbo sobre la vegetación y cierro los ojos con la esperanza de conciliar el sueño.
No sé cuándo volveré a poder hacerlo, convierto la obligación en una necesidad imperiosa.
Decido pensar en Estevian, en cada momento que he pasado con él, en el Árbol Noctívago y nuestros nombres tallados en su tronco.
Justo cuando el cansancio se apodera de mí, mis ojos comienzan a ver más allá de Plaguen.
De pronto me doy cuenta de que Rysantha me quiere enseñar algo:
Estoy en las profundidades del mar, lejos de la noche eterna del Continente de la Banshee.
Me muevo con tanta velocidad que apenas veo la fauna marina con detalle.
Esquivo formaciones rocosas, me introduzco a través de túneles y arcos de piedra y coral.
Reconozco los alrededores de mi hogar hasta que las consecuencias de mis acciones empiezan a robarme el aliento.
Laneth sigue en pie, al menos las cuevas, las montañas submarinas y las zonas de combate.
Pero no queda ninguna sirena allí, al contrario, lo único que nada entre los pasajes que me han visto crecer son caribdis que lo devoran todo.
Monstruos de escamas negras cuya aleta no duda en derribar todo a su paso.
No sienten ni padecen, solo vagan buscando alimento.
Cuento al menos cinco, deben de ser crías porque no son demasiado grandes.
De pronto Rysantha me conduce a través de un túnel de hongos y gorgonias rojas.
Mi vista se acostumbra a la oscuridad para mostrarme una hembra de gran tamaño enroscada alrededor del altar de piedra en el que guardamos el Orbe de las Mareas.
La reliquia de poder que la diosa nos otorgó para cuidar de sus hijas e hijos.
Un objeto que, por suerte, le entregamos al reino de Aeriel para el alumbramiento de sus tritones.
—¡No! ¡No puede ser! —grito despertando de golpe—. No, no, no me dejes así. Muéstrame más ¿Y mi familia? ¿Y mi madre? Están vivos, ¿verdad?
Pero nadie me responde, solo el silencio que trae la soledad y el sufrimiento. Cuando me doy cuenta las inscripciones de la cama de piedra están brillando de un color azul intenso. En ellas puedo leer:
La madre bendijo a sus hijas con la fuerza para la batalla.
La madre bendijo a sus hijos con el poder de la vida.
La madre bendijo al mar con una conexión infinita.
La madre engendró a la Primera para protegernos a todos.
La Primera duerme aguardando el momento en el que el mundo peligre.
La madre te ama.
—¿Qué quiere decir? —golpeo la piedra con las manos—. Déjate de juegos, muéstrame lo que te pido.
Y de pronto mi cuerpo se queda completamente inmóvil mientras mi mente viaja de nuevo a través de las mareas que recorren todo Valhía. El viaje es mucho más veloz que el anterior, con movimientos tan bruscos que llegan a marearme. A los pocos segundos se detiene y Rysantha me enseña la verdad:
La arena de la playa muestra un sin fin de huellas.
Camino a través de tierra firme para entrar en una selva de frondosidad colorida y fauna salvaje.
Una montaña se eleva por encima de los árboles, un coloso dormido cuyo fuego se mantiene completamente apagado.
Esquivo palmeras, árboles y lianas. Paseo invisible por encima de serpientes y bestias cuyos nombres desconozco hasta llegar a mi destino.
Son pocas, pero están vivas. Dudo que quede alguna clamamareas en pie, creo que todas son guerreras.
Reconozco a algunos de mis hermanos, en especial a Cesit y a Krank los cuales siempre me han regañado por distraerme en las clases de la anciana.
Ella también está ahí, aunque torpe y débil.
Sarra afila piedras para atar en diferentes palos de madera, junto a ella reconozco a mis hermanas Meral, Tora y Tef.
Nunca he visto su forma humana, pero Rysantha me da el poder de identificarlas.
En ningún momento veo a la reina, solo a su descendencia.
No queda nadie más, apenas cuento catorce miembros de mi tribu, cuando siempre hemos sido más de sesenta.
—¡Muéstrame más! —le suplico al agua salada que me rodea, es entonces cuando escucho un susurro que casi me hace temblar.
—Si quieres más tendrás que expulsar a los que han usurpado tu aurane —pronuncia una voz femenina, la voz de mi diosa
—¡Muéstrame más! —grito de nuevo y el dolor se apodera de mí mientras mi mente regresa a la isla.
Veo a mi madre tumbada en una cama de hojas de palmera.
Lo primero de lo que me percato es de que le falta un brazo y tiene barro esparcido por sus dos piernas.
Aun así, permanece con la corona de huesos y espinas mientras la anciana le prende fuego a diferentes mezclas con el golpe de dos piedras.
Está muy grave, su espíritu se arraiga a un cuerpo que no tiene fuerzas para continuar.
En el momento en el que la anciana apaga una de las velas, mi visión se apaga con ella.
Si la reina de Laneth sigue viva es porque la magia de su propia madre le mantiene atada a este mundo.
Eso es algo que tengo claro desde el mismo instante en el que la he visto.
Cuando Rysantha me devuelve a mi cuerpo el dolor es tan fuerte que no puedo dejar de gritar.
Las luces me rodean, no solo las inscripciones de la mesa de piedra sino también la perla que cuelga de mi cuello.
—¡Cirigh, no! —grita Aligarra mientras su cuerpo se cubre de escamas grises al entrar en contacto con el agua salada. Entonces me doy cuenta de que comprende lo que he hecho, forzar el parto de los nuevos stokers para poder encontrar a mi familia—. ¿Qué has hecho?
De pronto no me hago cargo de mis propios actos.
La visión se me nubla mientras mis prioridades cambian radicalmente.
En el mismo momento en el que veo a la reina sirena acercarse a mí dejo de percibir a una aliada, al contrario, lo que siento es que quiere arrebatarme a los vampiros de mi vientre.
De pronto el dolor se transforma en la adrenalina de la batalla.
Preparo mis armas, las garras y los dientes, y empiezo a luchar a muerte para proteger lo que es mío.