13
Cirigh de Laneth
Estoy tan nervioso que casi me tropiezo cuando gritan mi nombre.
Pierre y Mariel me siguen mientras yo encabezo la marcha hacia la fiesta.
Lánar no ha podido venir, debió de comer algo que no le sentó bien y está indispuesto.
Me ha prometido que, si se encuentra mejor, me mostrará su pésima habilidad de baile. Yo lo estoy deseando.
—Cogedme si me caigo, por favor —les suplico a mis acompañantes—. Nunca he llevado algo así.
Los sastres reales han diseñado un traje especial para mí.
No sabría cómo llamarle porque no he visto nada parecido antes.
Es como una túnica de color turquesa que deja mi hombro izquierdo al descubierto, tengo el emblema de la Corte de la Noche enganchado en el único tirante que sostiene la tela.
La primera pieza termina en mi cintura para dar paso a unos pantalones oscuros que se pierden en el vuelo de la capa azul que Pierre y Mariel sostienen.
Lo que más me gusta es la corona de hojas de oro y plata que han puesto en mi cabeza.
La duquesa Amari me dijo que así parecería un hijo de Rysantha para que todos pudieran admirarme. Ahora sé que estaba en lo cierto.
—Encantado de saludarle, milord —Una mujer se acerca a mí para hacerme una reverencia.
—Es un placer estar frente al adasta real —dice otro con timidez mientras besa mis nudillos.
La escena se va repitiendo mientras la multitud forma un pasillo hasta los tronos de los duques. En el momento en el que me sitúo frente a ellos, Darius se incorpora y alza las manos para que se haga el silencio.
—Cirigh de Laneth, no solo has salvado la próxima generación de stokers de la corona de oro negro y rubíes —Su voz se propaga con majestuosidad mientras la grandeza de la sala le hace eco—. ¡Nos has salvado a todos!
La multitud estalla en aplausos mientras Amari me sonríe con efusividad. En su mirada verde puedo discernir la presencia de unas lágrimas que no quieren salir. Para ella soy más que un simple portador de sus crías, soy su amigo y yo no puedo hacer otra cosa que asentir con la cabeza.
—Como ya sabréis, el general Rhain perdió la compostura al abusar del poder que el Antiguo le dio —El duque continúa mientras la gente se calla para poder escucharle—.
Mi padre estuvo a punto de echar a perder todo lo que hemos luchado por mantener durante tanto tiempo la sociedad vampírica.
Pero hoy no quiero hablar de sus errores, sino del logro que Plaguen está consiguiendo frente a la adversidad de la crisis de frenesí —No hay ni un solo murmullo en la multitud, todos escuchan a su rey—.
¡Cirigh le devolvió la esperanza a este reino y yo quiero devolverle la grandeza!
—La gente vuelve a aplaudir y antes de que todo estalle en vítores Darius vuelve a recuperar el control de la situación.
Las enseñanzas del duque Ábsolem se ven reflejadas en cada gesto que su pupilo utiliza—.
Pero no puedo hacerlo sin vuestra ayuda, en especial sin el apoyo de Ninfa Oscura.
Quiero agradecer que estéis aquí y espero que disfrutéis de todo lo que hemos preparado esta noche.
Pero también me gustaría pediros un favor —El duque se gira y extiende su mano para que Amari se levante, le dé la mano y le acompañe en la petición más importante del reino.
—Queridos humanos del Continente de la Banshee, necesitamos más que nunca vuestras donaciones de sangre para seguir haciendo de Plaguen un lugar seguro y una ciudad feliz —La gente empieza a mirarse mientras la duquesa no puede evitar derramar lágrimas frente a la situación que están viviendo.
Los stokers siempre han tenido todo lo que querían y ahora suplican el apoyo de sus súbditos—.
Mis hijos están en camino y nuestros enemigos están empeñados en destruir todo lo que hemos construido.
¿Nos ayudaréis a recuperar fuerzas? ¿Queréis que la noche eterna vuelva a ser un lugar seguro para vuestras familias?
—¡Sí! —Se escucha al fondo de la sala y otros le hacen coro—. ¡Por la corona de oro negro y rubíes!
La multitud se convierte en una tormenta donde la lluvia grita de alegría y los relámpagos claman el nombre de sus líderes. La gente empieza a aplaudir mientras Darius y Amari agradecen el apoyo de los humanos.
—¡Que comience la fiesta! —grita Estevian justo antes de que la música empiece a sonar y los presentes se alejen del trono para bailar, hablar y beber.
Me duele la cara de tanto sonreír, todos los que se acercan a mí son de lo más agradable y no dejan de llevarme de un lado a otro.
Algunos me acercan una copa de vino o algún canapé de pescado, mientras otros me piden que les prometa que bailaré con ellos cuando esté más tranquilo.
A pesar de estar rodeado de tanta gente con el único con el que ansío bailar está tan lejos que duele.
Estevian se mantiene junto a lady Alia en todo momento, a veces nos miramos y nos dedicamos alguna sonrisa, pero eso empieza a serme insuficiente.
Hay algo en mi interior que no consigo descifrar, un sentimiento de necesidad y posesión que solo se calma cuando tengo a mi vampiro cerca.
Y cuando parece que viene hacia mí, siempre está su prometida para detenerle.
No tengo nada en contra de ella, pero a veces desearía que no existiera.
Las brujas parecen nubarrones andantes que vagan de un lado a otro sin que nadie les preste atención.
Al principio pienso que se han hecho invisibles y yo soy el único con el poder de verlas, pero Pierre me ha explicado que tiene que ver con las leyes de los inmortales.
Estúpidas leyes y estúpidas tradiciones que impiden que la gente pueda actuar con libertad.
Eso es lo que menos me gusta de tierra firme y es algo que odiaré por siempre.
Cuando la Corte de Agua Carmesí exista no habrá este tipo de cosas.
—Los vampiros te adoran —Lady Angélika surge de la pista de baile con un vestido de color coral.
Nadie reconoce su porte de reina, pero yo sí, está implícito en mi especie.
Quizá por eso acabo dedicándole una reverencia por inercia—.
No seas tonto, la que se tendría que arrodillar soy yo.
Has conseguido que nuestro pueblo cobre sentido en la sociedad de la noche.
—Bueno, tú conseguiste convertirte en lady.
—Pero nunca han dejado de verme como algo diferente, incluso exótico —Astiarte y Canderra se separan de un par de inmortales con los que estaban bailando para saludarme—. Por eso los nobles quieren yacer con mis guerreras. Tú has hecho algo mucho mejor, te has convertido en un héroe.
—Y eso que la primera vez que mi aurane brilló yo no era consciente de la realidad de su funcionamiento.
De repente las siluetas negras empiezan a flotar por encima de todos.
Me quedo eclipsado mientras observo la facilidad con la que lo hacen.
Sigo sonriendo atento al espectáculo que están a punto de llevar a cabo.
La niebla surge de la nada, atraviesa la puerta y se desliza por las escaleras como si un calamar hubiera huido despavorido de la fiesta dejando atrás su tinta.
La bruma blanquecina recorre el suelo jugueteando con nuestros pies y atrayendo, ligeramente, la presencia de mis escamas en los tobillos.
Me siento querido al ver como soy el único al que las nubes le rodean, una suave caricia que me es agradable.
Todos nos quedamos embelesados por el baile hipnótico de la niebla.
Un truco que parece provenir del aquelarre, pero estamos muy equivocados.
De repente tres cabezas ruedan por el suelo apartando la bruma en su movimiento.
Me doy cuenta de que son los dos guardias y el capellán situados a la entrada de la fiesta.
La música se detiene al mismo tiempo que cinco figuras encapuchadas aparecen en el mirador de las escaleras.
—¡Necrófagos! —Sería capaz de diferenciar la voz de Estevian incluso con el mundo desmoronándose.
La magia es un arma que se puede utilizar de mil formas.
La niebla repta por las paredes del Salón del Baile cubriéndolo todo para entorpecer nuestros sentidos.
Angélika sostiene mi mano y me hace retroceder mientras, en la inmensidad del manto blanco distingo luces moradas que se fijan en mí.
Dudo que alguien sepa cómo ha podido entrar el enemigo en palacio, pero la realidad es que ya están aquí.
Su hedor es desagradable y sentirlo cerca provoca en mí un escalofrío de pavor.
La multitud empieza a gritar mientras retroceden hacia los tronos de los duques.
—¡Huye, Cirigh! —Angélika intenta tirar de mí, pero la humedad ha descubierto nuestras escamas. El morado resbala sobre el azul mientras los invitados se convierten en una estampida imparable que aleja a la reina sirena de mí.
—¡Venid conmigo! —Amari proyecta su voz con maestría mientras los presentes se aferran a ella como un hilo de esperanza.
A pesar de que escuche los gritos de terror y desesperación, la niebla consigue hacerme sentir que estoy solo. Una mano rodea mi cintura, justo cuando espero ver a Estevian a mi lado me topo directamente con un rostro verde apagado y un aroma a muerte.
—El Maestro te quiere con vida —Su voz es el quejido de un animal moribundo. Mis ojos se abren de par en par al deducir que la Orden y los monstruos trabajan juntos. Estoy a punto de gritar para pedir auxilio, pero su mano sella mis labios provocando la llegada de las arcadas.
El necrófago me sostiene sin esfuerzo, se mueve a gran velocidad hacia la salida.
Si llegamos a las escaleras estaré perdido.
Algo surge de la niebla, golpea al monstruo y lo derriba por completo.
Respirar el aire fresco lejos del olor de esa criatura me alivia.
Astiarte y Canderra están frente a mí, aunque son muy diferentes.
Están armadas con el poder de Rysantha, pero prescinden de su aleta.
Las sirenas de tierra tienen la piel gris, garras afiladas como cuchillos y dientes de tiburón.
Entonces soy consciente de que han consumido pociones de tormenta y ahora son rivales dignos del enemigo.
El necrófago se incorpora de un salto mientras escucho el chocar de las espadas y el arder del fuego en una guerra que solo puedo imaginar pues el velo blanco lo cubre todo.
Extiendo las manos y me concentro en proteger a mis iguales.
La humedad del ambiente se pega a mí dibujando mi silueta para después desprenderse formando dos sombras semitransparentes que caminan hacia las sirenas.
Mis réplicas las abrazan creando armaduras con la misma consistencia que las burbujas protectoras que estoy acostumbrado a invocar.
Las guerreras luchan bloqueando los zarpazos del enemigo gracias a la nolmancia. Una parte de mí quiere seguir luchando, protegerlas y derrotar a esos monstruos llenos de magia negra. La otra parte me repite que tengo que huir, ponerme a salvo y proteger el aurane.
—¡Cirigh! —Enfi surge de la niebla con el vestido roto y dos dagas en las manos. A su lado está Jasper—. Tienes que marcharte, mi hermana ha abierto un pasadizo junto al trono. Lady Alia y los otros están escapando, ve con ellos, ponte a salvo.
—No puedo —comento con las manos extendidas para mantener la protección de las sirenas.
—Yo las ayudaré.
—Ven conmigo —Jasper me extiende su mano para que le acompañe.
Justo en el momento en el que la vampira se va a alejar de mí, una llamarada surge de la nada y se interpone entre ella y el combate que se está llevando a cabo delante nuestro.
El fuego es tan poderoso que rompe mis escudos y calcina a las sirenas y al necrófago por igual.
La niebla se aparta durante unos segundos para mostrar el origen del hechizo.
Allí hay otro de esos monstruos, no me cuesta reconocerlo, es el mismo que intentó quemarme en las alcantarillas de la arena.
El ser escupe sus lenguas ígneas provocando que nosotros tengamos que retroceder.
—¡Corre, Cirigh! —grita Jasper al mismo tiempo que me invada la culpabilidad y el dolor.
La criatura que quiso secuestrarme devora los cuerpos de las sirenas que yacen muertas en el suelo.
Intento lanzar un hechizo para apartarlo de ellas, pero Enfi tira de mí y me aleja del lugar.
Recorremos el Salón del Baile mientras seguimos la ruta que nos marcan los gritos de los nobles.
Cuando llegamos a los tronos de los duques descubro a Amari junto a una apertura en la pared.
—¿Estás bien? —me pregunta nerviosa. Yo asiento con la cabeza, pues no tengo heridas físicas, aunque si llevo el dolor de la pérdida en mi corazón. Aun así, no me permito llorar.
—Sácalo de aquí, Jasper—le ordena Enfi a su amado—. Ponlo a salvo.
El humano me conduce a través de la multitud mientras recorremos un pasillo estrecho que se retuerce a las sombras del palacio que alguna vez he conocido.
Poco a poco la batalla se enmudece mientras el miedo que marca el compás de los pasos de los más indefensos me aleja de la niebla.
El sentimiento de seguridad intenta anidarse en mi corazón, pero no puede, menos aun cuando escucho:
—¡Estevian, atrás!