Corona de huesos y espinas (Corte de agua carmesí 2) 11
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La enredadera se desliza por la barandilla de la escalera con la misma elegancia que una serpiente.

Poco a poco van apareciendo flores de color granate y dorado mientras las hojas, verdes como la esmeralda, ocupan los huecos vacíos.

La niña se mantiene concentrada en controlar su poder mientras las demás nos ocupamos del resto de los preparativos.

—Os dije que tenerla entretenida nos vendría bien —susurro a través de mi mente para que Seylah no me pueda escuchar.

Mis hermanas no dicen nada, se centran en suspirar mientras las mesas y las sillas flotan por la estancia como si estuvieran vivas.

Telekinesis nivel bajo. El Salón del Baile tiene un gran ventanal que muestra el esplendor de Plaguen.

Desde la distancia no se aprecian la crisis ni las muertes que se está llevando con ella.

Al contrario, es como si todo fuera perfecto e ideal.

Hemos colgado cortinas blancas para resaltar con los suelos de madera y las paredes de papel plateado.

Calista se ha empeñado en aprovechar las grandes dimensiones de la habitación para crear diferentes ambientes.

Hay una zona de mesas para poder degustar los canapés y los licores que se dispondrán durante la fiesta.

Un escenario para la orquesta que vendrá desde Ninfa Oscura, como los humanos que han sido invitados.

Las esquirlas de hielo flotantes evocan un cielo estrellado sobre la pista de baile.

Y al final están los tronos para el duque y la duquesa.

—¿Te gusta así, Kath? —me pregunta Seylah señalando los ramos de rosas rojas que coronan las mesas del catering.

—Es ideal. ¿Se te ha ocurrido a ti sola? —A pesar de que me parece excesivo no puedo negar que el detalle es precioso. Ella asiente con la cabeza y se pone a bailar como si la fiesta ya hubiera empezado.

Terminamos los preparativos justo antes de que la duquesa Amari y sus dolientes entren para darnos el aprobado. A la vampira le brilla tanto la mirada que es imposible no percatarse de su ilusión. Lo entiendo, hace mucho tiempo que no se realizan fiestas en palacio.

—¿Alguna de vosotras sois, Kathleen Strauss? —pregunta ella y mi corazón da un vuelco.

—Soy yo, mi señora —respondo sin mostrar mi rostro, es algo que se considera falta grave.

—Mi hermano te está buscando. ¿Puedes ir a verle al Salón de Verano?

—Sí, mi señora.

Mis hermanas me dan la seguridad necesaria como para ausentarme de mis obligaciones durante unas horas. Camino con la elegancia que me da llevar el hábito de bruja, es decir, ninguna, y sigo las indicaciones de la duquesa para encontrarme con lord Estevian.

—Sé que estoy en deuda contigo, Kath —Cuando me lo encuentro está jugando con uno de los bustos que decoran la estancia—. Pero necesito que me hagas dos favores.

—Como sigas pidiéndome cosas no habrá riqueza que puedas pagarme, Chacal —me jacto instantes antes de acercarme a él y abrazarle—. ¿Ya no somos amigos o qué?

—Eso siempre —Estevian me devuelve el gesto y añade—. No vuelvas a llamarme así o te muerdo.

—Ay, cielo, es la costumbre —me disculpo mientras me invita a sentarme en una de las sillas situadas frente a los cuadros más caros del Continente de la Banshee. Después se da cuenta de que una bruja no puede acomodarse fuera de la guarida y recapacita—. ¿Qué necesitas?

—El parto de Cirigh se va a tornar tenso, no tengo demasiado tiempo, pero necesito a una nolmante. ¿Conoces a alguna?

—Las brujas desertaron en medio de la crisis y muchas se han ido de la ciudad —Me niego a contactar con ella, no ahora que la he perdido por fin de vista. Los ojos del stoker brillan al detectar un ápice de mentira en mis palabras.

—Es importante, no te lo pediría si no lo fuera—Él aprieta su mandíbula con tanta fuerza que su gesto se torna poco amigable.

—Está bien, pero no pienso ir a hablar con ella.

—Iré yo, no te preocupes.

—Ten cuidado con lo que tocas cuando vayas a su casa —Le advierto mientras escribo la dirección en un trozo de papel—. No te quedes demasiado tiempo allí adentro, aunque no lo parezca, pueden pasar horas sin darte cuenta.

—Entiendo... —Coge las indicaciones y me mira sonriente—. Estaré bien.

—Has dicho que necesitabas un par de favores. ¿Cuál es lo otro? —Pongo los ojos en blanco, aunque él no pueda verme.

—Cuando todo esto acabe quiero acompañar a Cirigh a alta mar y me temo que no estoy preparado para hacerlo.

—Morirías, la presión submarina explotaría tu cabeza como un tomate al fuego.

—Por eso te necesito. ¿Hay alguna manera de que pueda sobrevivir a grandes profundidades? —Su voz suena preocupada. Jamás me negaría a ayudarle para que esté con su tritón, no ahora que han conseguido tantas cosas.

—En la antigüedad existieron brujas que se escondían en alta mar para atacar a los barcos que pretendían invadir el Continente de la Banshee.

—¿Cómo lo hacían?

—Utilizaban una poción para obtener las capacidades de los ahogados... —Él aclara su garganta y yo me doy cuenta de que me está corrigiendo—... de las sirenas.

—¿Me vas a poner una aleta?

—No, no, es más bien como una protección para que no mueras en el intento. Pero no dura más que una semana.

—Dime qué necesitas y te lo traeré.

—Creo que tengo los ingredientes necesarios, llevamos siglos sin repetir esa receta. Espero que funcione, Estevian.

—Si mi cabeza se convierte en un tomate tendrás la culpa.

—Acepto —asiento con la cabeza antes de despedirme de él—. Nos vemos mañana en la fiesta.

—Una pena que no podamos bailar juntos.

—Seguro que estás bien acompañado —Las bromas vuelan como flechas en una exhibición de tiro con arco—. Hay por ahí una stoker que se muere por tus huesos.

Camino a través de los pasillos del palacio para regresar al Salón del Baile y reunirme con mis hermanas. Estoy rememorando los ingredientes que necesito para la Poción del Ahogado cuando alguien clama mi nombre de nuevo:

—Kath... Eres tú, ¿verdad? —Escucho la voz de Cirigh desde algún lugar.

—¿Dónde estás, pececito?

—Aquí, aquí, en el Salón Azul.

Sigo su voz para esquivar la infinidad de estancias del palacio para llegar a él. El tritón me mira con una sonrisa de oreja a oreja mientras su gesto se contrae en timidez al verme vestida con la niebla.

—¿Puedo abrazarte?

—¡Claro! —Soy yo la primera en acercarme—. ¿Qué tal estás?

—Bueno, nervioso, ya sabes que dentro de poco saldrán de mí —Se señala el vientre.

Me fijo en que detrás de él hay tres figuras sentadas alrededor de una mesa con té y galletas, entiendo que son sus dolientes—.

Ay, que maleducado soy. Ven que os presento.

Chicos ella es mi amiga Kathleen, una pena que no podáis verla porque es preciosa.

Ellos son el sacerdote Pierre, la señorita Mariel y mi mejor amigo Lánar.

—Encantado —me saludan a coro.

—Un placer —les respondo con educación.

De repente mi mundo se detiene en un instante.

Mis ojos se clavan en el tercer humano, el del cabello cano.

Su rostro me es tan familiar que me incita a acercarme para saludarle.

Para disimular mi gesto le dedico también un apretón de manos al resto.

Pero Lánar tiene algo especial, algo que no consigo recordar.

En mi mente se dibujan tantas incógnitas que me provocan un escalofrío.

—¡Nos vemos, Kath! —Cirigh es tan encantador como siempre, imposible no quererle.

Yo no puedo negar lo que estoy sintiendo.

Algo en mi interior me advierte de que las cosas con la Orden de los Condenados no se han calmado.

Más aún cuando sé que Lánar oculta algo que no puedo descifrar.

Antes de regresar al Salón del Baile me escondo en el cuarto de baño, sacudo mi mano para que una serpiente de sombras bloquee la puerta y me pongo a meditar.

Mi cuerpo se eleva sobre el suelo en el mismo momento en el que cruzo las piernas y cierro los ojos para perderme en el abismo de mis recuerdos. El velo negro se agita alrededor de mí mientras una brisa de energía y magia me protege de todo lo que pueda ponerme en riesgo:

“—¡No te acerques a mis cosas! —protesto al ver mis pociones desparramadas sobre el suelo.

—Relájate, Kathleen, que ha sido sin querer.

—¡No, Yleth! Tú nunca haces nada sin querer —No la creo, hay una rivalidad entre nosotras que nunca se va a resolver.

Hubo una vez en la que ella y yo fuimos amigas inseparables, pero todo cambió cuando nuestras madres seleccionaron a sus prefectas.

Fue ahí cuando todo se rompió, en el mismo momento en el que Anya, la líder de las brujas encargada de la alquimia y los hechizos de utilidad, me escogió como su aprendiz.

En ese momento mi amiga me traicionó, delató mis salidas con la única intención de resaltar por encima del resto.

Daidra, la encargada de las premoniciones y la magia protectora escogió a Calista.

Y Minrash, de la guerra y todos los hechizos ofensivos, seleccionó a Edana como su hija predilecta.

Yleth no fue escogida y, aunque resaltara por el manejo de sus mancias, no captó la atención de nuestras maestras.

Nos distanciamos, me alejé de su rabia y dejé que el tiempo pasara.

Realmente nunca ha tenido nada que envidiarme, ella siempre ha sido preciosa, diestra en la magia y con capacidad de liderazgo.

Algo cambió en nosotras y ella insistió en que fuéramos rivales por toda la eternidad.

—¡Déjame en paz! —Mi hermana sale de la habitación dando un portazo de infarto. Lo único que puedo ver es cómo sacude su larga melena rosa para descargar su ira. Una práctica que le ayuda a reprimir las ganas de luchar contra mí.

—¡Me tienes harta!

Utilizo un hechizo de teletransportación para salir de la guarida y caminar a través de las calles de Plaguen.

Algo prohibido para las hijas del Aquelarre del Cuervo, pero yo conseguí hacerlo sin que nadie se enterase, supongo, porque no me reprendían por ello.

Mi primera parada es la Yegua Coja, una taberna donde siempre hay algo que celebrar.

Me siento en la barra y pido la primera cerveza, la bebo calmada hasta que alguien capta mi atención:

—¿Qué hace una vampira tan guapa en un lugar como este? —El Maestro ha borrado mis recuerdos para que su voz suene distorsionada y su rostro sea una cara sin ojos, boca, ni nariz.

—Beber, ¿no lo ves?

—¿Y te podemos acompañar?

—No soy la reina de la barra, así que haced lo que queráis.

Mi yo del pasado le mira con una sonrisa estúpida, la misma que pongo cuando alguien me atrae demasiado. Así como al Maestro no puedo identificarle, a su lado hay un humano que reconozco a la perfección:

—Él es Lánar, es hijo de las tías de los stokers. Y yo me llamo... —Pero su nombre no se escucha, al menos no en mis recuerdos.

—Ah, encantada —Ni siquiera los miro, solamente contemplo las burbujas de mi cerveza antes de que el tabernero me traiga la siguiente. Estoy tan encenagada con mi discusión con Yleth que no soy consciente de la trampa en la que estoy a punto de caer.

—¿No te parece gracioso? —El Maestro me habla como si hubiera escuchado todo lo que dicen.

—El qué...

—Lánar está enamorado de una vampira y no le hace caso.

—Mira qué bien...

—¿Y tú, estás enamorada de alguien?

—Creo que te estás confundiendo —Le doy un sorbo a mi cerveza, me aparto de él y me dirijo a la puerta—. No nos conocemos de nada para que te tomes esas confianzas.

—Perdona, yo soy así, pero tienes razón. Te pido disculpas —Él se coloca entre la puerta y yo—. Acabo de llegar a la ciudad y estoy conociendo a gente nueva. ¿Podemos ser amigos?

—Yo no tengo amigos.

—Pues genial, seré el primero.

Lo tengo tan cerca que el corazón me va a mil. Mi yo del pasado está nerviosa, le tiemblan los labios y le entra calor. El Maestro debe de ser extremadamente apuesto. No recordarlo me reconcome por dentro.

—Está bien... —De pronto estoy caminando junto al vampiro y el humano intentando quitármelos de encima para teletransportarme de vuelta a la guarida de las brujas.

—¿Dónde vives?

—Muy lejos.

—Muy lejos, pero, ¿dónde?

—Creo que es demasiado pronto para saberlo.

—¿Y si te beso? —El Maestro se coloca tan cerca que me pilla totalmente por sorpresa.

—¿Qué haces? ¿Eres un acosador?

El recuerdo avanza a gran velocidad mientras las imágenes que van aconteciendo me ruborizan en la realidad.

Por mucho que me resistiera, mi yo del pasado no es de hielo y acaba cediendo ante los encantos del inmortal.

De pronto me encuentro desnuda sobre una cama de paja en algún establo de Plaguen.

Lo que más me sorprende es ver que he disfrutado de la compañía del Maestro y de su humano.

—Quiero cambiar las cosas en la ciudad, estoy reuniendo a un grupo de inmortales que persigan mi mismo sueño —Empieza a explicarme cuando me apresuro a vestirme y volver a casa.

—Piérdete....—pronuncio su nombre mudo”.

Regreso en mí completamente alterada. Mis labios recuerdan el tacto de los besos de Lánar, de su boca recorriendo mis pechos y de su cuerpo caliente ardiendo junto al mío.

Lo peor de todo es que me gustaba. Me apresuro a salir del cuarto de baño para regresar al Salón Azul y hablar con el doliente.

Tengo un mal presentimiento, la sensación de que él sigue trabajando para el Maestro.

—¡Kathleen ven! —Edana grita a través de la telekinesis provocando que mi cuerpo se teletransporte directamente al Salón del Baile.

Mis hermanas están allí con la mirada perdida en la ventana. Seylah está llorando mientras la duquesa Amari la abraza con cariño. Después de todo, para ella la niña es como su cuñada, no hay que olvidar que la ocultista es la hermanastra del duque Darius.

—¿Qué ha pasado? —pregunto alarmada.

—Había alguien observándonos desde el jardín, un encapuchado —explica Calista de manera acelerada.

—La Orden sigue ahí afuera —comenta la duquesa manteniendo el porte ante la situación.

Si el Maestro ha enviado a un explorador es porque está tramando algo—.

Reforzad las defensas del palacio, yo me encargaré de que la guardia patrulle nuestros dominios sin parar.

No voy a permitir que nadie eche a perder el encuentro entre Ninfa Oscura y Plaguen. ¿Entendido?

—Sí, mi señora —respondemos a coro y acto seguido regresamos a la guarida.